Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Lastre sagrado

16 Nov 2009
09:00 
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Ventana de otros ojos  // Miguel Delibes de Castro

 *Profesor de investigación del CSIC

Cuentan quienes saben de ello que los planteamientos heliocéntricos de Copérnico, que no en vano era canónigo y vivió de administrar bienes eclesiásticos, fueron recibidos con agrado por la Iglesia, incluido el Papa Clemente VII, y que el mismo cardenal Schönberg escribió al astrónomo urgiéndole a publicar sus hallazgos. Sucedió, sin embargo, que alguien recordó que, en la Biblia, el líder hebreo Josué, necesitado de tiempo para ganar una batalla, reclamó: “Sol, detente en Gabaón”,  y que entonces, siempre según la Escritura, “el sol se paró en medio del cielo y no se apresuró a ponerse en casi un día entero”. Eran textos sagrados, por tanto incontrovertibles, y no dejaban lugar a dudas sobre el movimiento del sol de este a oeste. Las ideas de Copérnico, por tanto, eran heréticas, como, muy a su pesar, se vio forzado a admitir Galileo.

 Esa urgencia irracional por violentar la realidad hasta hacerla coincidir con el contenido textual de los libros sagrados apareció también en el caso del gigante de Cardiff al que me referí la semana pasada. En la segunda mitad del XIX, un embaucador había hecho pasar una tosca estatua de piedra por un gigante fósil, y mucha gente incauta lo creyó. Cuando personas de razón trataron de denunciar el fraude se encontraron con un enemigo inesperado, los religiosos. En algún lugar de la Biblia estaba escrito: “En aquel tiempo, los gigantes habitaban la Tierra”, e importantes pastores eclesiásticos no dudaron en defender que el hallazgo hacía justicia al texto de la Escritura. Uno de ellos escribió: “Esto no es algo ideado por el hombre, sino la verdadera imagen de alguien que vivió en la Tierra y era hijo de Dios”.

 Para disgusto de los clérigos, el fraude del gigante de Cardiff fue descubierto (tras localizarse a los canteros y el escultor, el estafador confesó) y su exhibición fue prohibida. Pero un tipo llamado Barnum, aún más avispado que los inventores de la historia, había encargado una réplica exacta de la estatua y continuó exhibiéndola, pues la suya se consideró legal, ya que admitía no ser un fósil y sólo engañaba al que quisiera ser engañado. Tuvo un enorme éxito popular y ganó muchísimo dinero. ¡La gente pagaba por ver la réplica de un fósil inventado! El gigante de Cardiff original aún recibe visitas, supongo que sólo por curiosidad: está expuesto en el Farmers’ Museum de Cooperstown, New York. 

Credulidad

09 Nov 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Muchos reclamamos una sociedad mejor informada, más racional, con creciente formación científica. Los sociólogos afirman, además, que la gente valora la investigación y concede alta credibilidad a sus practicantes y resultados. La tarea, pues, se diría sencilla. Sin embargo, como Miguel Ángel Sabadell se encarga de recordarnos en esta sección, proliferan los videntes, los horóscopos, la superstición. A la parcela emocional de cada cual le atrae lo desconocido, creer en cosas raras, fabricar misterios. Andrew D. White, fundador de la Universidad de Cornell, dejó escrita en su autobiografía la historia del gigante de Cardiff, un fraude grosero y también un antiguo, pero llamativo, ejemplo de credulidad colectiva.

En 1868, un cigarrero de Nueva York llamado George Hull encargó a un cantero que fabricara una estatua de un gigante yacente, facilitándole para ello una piedra caliza de varias toneladas. Más tarde la envió por ferrocarril a su primo William Newell, que vivía en una granja en Cardiff, en el estado de Nueva York. William envejeció la estatua generando manchas, huecos y poros, y la enterró junto al granero. Un año más tarde encargó a dos hombres que excavaran un pozo precisamente allí, y ellos anunciaron el descubrimiento de un indio gigante petrificado.

La noticia corrió de boca en boca, de granja en granja, alterando la paz (escribió White) de aquellos tranquilos territorios. Los curiosos se arremolinaban en la granja, así que su propietario empezó cobrando unos centavos por ver la estatua, tendida en una zanja. Dada la demanda, en pocos días dobló el precio. Los escépticos, entre ellos Andrew White, advirtieron desde el principio que se trataba de una falsificación, pero otros admitían que podía ser una estatua muy antigua, y los más pensaban que era un hombre fósil.

Llegaron a organizarse trenes especiales para visitar al gigante, que al parecer impresionaba vivamente a todo el mundo, más por sus dimensiones y su conexión con lo ignoto que por su belleza. Apenas transcurridas unas semanas, el mito había crecido. Aparecieron presuntos conocedores de las tradiciones de los indios iroqueses mencionando viejas leyendas que hablaban de gigantes vagando por los bosques. No había duda, todo encajaba, había que verlo. En poco tiempo Newell y Hull ganaron decenas de miles de dólares, mientras White se desesperaba. En sus memorias recuerda cómo una máxima de Schiller martilleaba entonces constantemente su cerebro: “Contra la estupidez, los mismos dioses luchan en vano”. Otro día contamos el final.

Basurero global

02 Nov 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Ocho lustros investigando la naturaleza proporcionan no pocas satisfacciones intelectuales, pero también momentos de plenitud y emoción ajenos a toda racionalidad. Entre los míos, recuerdo vívidamente el hallazgo de un alcatraz en la inacabable y vacía playa de Doñana, un invierno de hace muchos años. Los alcatraces son grandes aves marinas, las mayores del Atlántico norte, que pescan arrojándose en picado sobre los cardúmenes de peces. No sé muy bien cómo distingue un alcatraz a sus presas desde la altura, pero probablemente el brillo del pescado tiene algo que ver. El caso es que “mi” alcatraz, confundido, supongo, había picado sobre una gran bolsa de plástico transparente, la había perforado y había quedado prendido en ella por el cuello, como si se hubiera puesto un chubasquero. Incapaz de remontar el vuelo, fue arrastrado por las olas a la playa, donde lo recogimos exhausto. Tras darle un poco de comida y forzarlo a batir las alas, lo echamos al aire y voló libremente. Entonces me sentí, a la par, alegre por el alcatraz y triste por el mar.

He recordado aquella batallita de juventud al recibir una serie de fotos dramáticas sobre los restos de jóvenes albatros en el atolón de Midway que, como su nombre indica, está a medio camino entre Asia y América, en mitad de la nada y relativamente cerca de Hawai. Mayores aún que el alcatraz, los albatros también son aves marinas que buscan comida en las aguas abiertas. Capturan cualquier cosa que les llama la atención, pues durante su larga historia evolutiva todo, o casi todo, lo que podían encontrar en el mar era comestible. Pero, ¿hoy? Miles de pollos de albatros mueren cada año en Midway reventados por los plásticos con los que sus padres les han dado de comer.

Las fotos muestran esqueletos de aves cubiertos de raídas plumas y trufados de brillantes y coloreados tapones de botellas (sobre todo), bolígrafos, encendedores, trozos de cuerdas, preservativos… Si no fuera tan triste, diría que las fotos sugieren bodegones surrealistas. Los albatros mueren por los plásticos que pueden tragar, pero no digerir y menos aún defecar. Y ocurre lejos de la gente, en mitad de ninguna parte, como he dicho, pero cerca de la gran mancha de inmundicias del Pacífico norte, una superficie marina varias veces mayor que España literalmente cubierta por plásticos en suspensión. No es la única. Los océanos son un gran basurero global.

Más sobre el clima

26 Oct 2009
09:00 
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MIGUEL DELIBES DE CASTRO// VENTANA DE OTROS OJOS

* Profesor de investigación del CSIC

La proximidad de la Cumbre del Clima en Copenhague, prevista para diciembre y que algunas voces han tildado de “la última oportunidad para poner freno al cambio climático” –y donde se aspira a sentar las bases de un acuerdo que mejore al de Kioto–, ha exacerbado la polémica científica sobre la naturaleza, la intensidad y otros detalles del calentamiento global. Desde el punto de vista científico es extraordinario que así ocurra, pues el hábitat natural de la ciencia es la confrontación de datos y de ideas. Desde el punto de vista de la sociedad, en cambio, las consecuencias son menos claras, puesto que, como hemos advertido muchas veces, la gente tiende a asociar el debate, la falta de acuerdo, con la ausencia de conocimiento.

El principal argumento novedoso, muy jaleado estos días en foros de Internet, se apoya en un análisis de los datos climáticos globales según el cual el año más cálido de la historia reciente habría sido 1998 (aunque en dura pugna con 2007). Destacados oceanógrafos han sugerido que el obvio calentamiento de la Tierra podría haberse detenido entonces, de acuerdo con ciclos naturales relacionados con la temperatura del mar, especialmente en el Océano Pacífico, que duran unos treinta años. Según ellos, en futuras décadas podría detectarse incluso un ligero enfriamiento. Independientemente, y con menos fuerza, otros investigadores argumentan que los cambios en la actividad del sol no han sido tan valorados como debieran. Como ya he dicho, los escépticos del cambio climático aprovechan estos debates para postular que todo esto del calentamiento es una gran mentira.

Debatir es necesario y muy útil, repito. Pero no hay que perder de vista las escalas de lo que se discute. Aún cuando 1998 hubiera sido el año más cálido, la última década lo ha sido más que todas las anteriores. Los glaciares disminuyen de tamaño con rapidez. Y el permafrost se descongela. El aumento global de la temperatura en medio siglo es inequívoco. A pequeña escala temporal podrá haber incrementos o decrementos debidos a causas que, efectivamente, no conocemos bien, y que deben investigarse, pero nada niega por ahora la gravedad de las tendencias detectadas por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de la ONU. Los políticos que en apenas mes y medio van a reunirse en Dinamarca harán bien en tenerlo en cuenta, y armándose de coraje y generosidad, negociar cuanto haga falta hasta ponerse de acuerdo. Por el bien de todos.

Efecto Popeye

19 Oct 2009
09:00 
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Miguel Delibes de Castro // Ventana de otros ojos

Siempre nos habían dicho que la lujuriante vegetación del Mesozoico, con sus enormes coníferas y los extensos bosques de helechos arborescentes, constituía un paraíso nutricio para los grandes dinosaurios fitófagos. Y, claro está, si los fitófagos abundaban, los carnívoros que se alimentaban de ellos no iban a ser menos. Pero resulta que no era así. O, al menos, esa es la opinión del profesor Brian McNab, bien conocido desde hace tiempo por sus importantes estudios sobre el metabolismo y el tamaño de los vertebrados. McNab sugiere que la vegetación de hace setenta millones de años era, en realidad, comida basura para los dinosaurios. En otras palabras, a diferencia de las gramíneas actuales, que entonces no existían, aquellas plantas llenaban la panza pero alimentaban poco, pues había que invertir mucha energía en digerirlas. Y aún así, con tan pobre condumio, hubo dinosaurios que alcanzaron pesos entre seis y ocho veces mayores que los de los elefantes actuales. ¿Cómo explicarlo? El experto dice que por el Efecto Popeye (Proc.Nat.Acad.Sci., 2009).

 Se preguntarán, como me ocurrió a mí, que tendrá que ver Popeye con los dinosaurios. El secreto está en las espinacas. ¿Recuerdan cómo se le inflaban los bíceps a Popeye inmediatamente después de ingerir las espinacas? Transformaba prodigiosamente el alimento en músculo, en masa corporal, y precisamente eso es lo que, al parecer, hacían los dinosaurios. De acuerdo con McNab, los gigantes del Mesozoico tenían un metabolismo intermedio entre el de los mamíferos y el de los poiquilotermos, o animales de sangre fría (como muchos reptiles actuales). Los mamíferos usamos casi toda la energía que consumimos para mantener nuestro cuerpo en funcionamiento, incluyendo, por supuesto, en la regulación estricta de la temperatura. Los poiquilotermos, en cambio, gastan poco en mantenerse, detienen su actividad en condiciones desfavorables, así que emplean en crecer gran parte de la energía que consiguen.

 Gracias a su gran tamaño, los dinosaurios lograban sin gran costo mantener relativamente estable su temperatura, y en consecuencia podían transformar con gran eficacia el alimento en masa corporal. También lo hacen así, aunque por otros motivos (el plancton tiene mucha energía y cuesta poco digerirlo), las ballenas que, como es sabido, alcanzan proporciones varias veces superiores a las de los mayores saurópodos. Tal vez las enseñanzas del profesor McNab sobre el efecto Popeye sirvan a aquellas, y aquellos, que hacen dieta: si apenas gastas, a poco que comas engordarás

Presidente científico

12 Oct 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO*Profesor de investigación del CSICCon la crisis económica y los anuncios de recortes presupuestarios, se ha recurrido directamente a la sensibilidad hacia la ciencia del presidente Rodríguez Zapatero para convencerlo de que no afecten a esa parcela. Todos sus esfuerzos previos por acercar la ciencia española al nivel de la de otros países avanzados, se le ha dicho con toda razón, quedarán en nada si se abandona la investigación en estos delicados momentos. Como una planta, la ciencia de un país se secará si deja de regársela, con más razón si es joven y, aunque en pleno crecimiento, carece todavía de sólidas y consolidadas estructuras (tronco, ramas, raíces).Pensando en el interés de Zapatero por la ciencia, he recordado al antiguo presidente de los Estados Unidos Thomas Jefferson (1743-1826). Es cierto que las cosas han cambiado mucho en 200 años, y hoy no puede imaginarse a un político en activo dedicado simultáneamente a la ciencia, o a un científico a la política (quienes lo hacen, dejan de investigar), pero ¿no sería bonito? Se dice de Jefferson que sabía medicina y cirugía, que predecía los eclipses y que era un excelente paleontólogo. Es más, se cuenta que en una ocasión John Kennedy reunió en la residencia presidencial a un numeroso grupo de Premios Nobel y les comentó: “Nunca ha habido en la Casa Blanca tanto talento por inquilino, si exceptuamos quizás las veces en que Thomas Jefferson almorzaba solo”.Jefferson describió unos colmillos fósiles de elefante encontrados en una excavación cercana a su finca de Virginia. Como en aquella época no se admitían posibles equivocaciones del Creador (no otra cosa representaría la extinción de una especie), pensó que aquel enorme ser debía existir en algún lado. Cuando fue embajador en París discutió de tú a tú con Georges Buffon, que sostenía que aquellos huesos eran una mezcolanza de varias especies. Siendo vicepresidente de su país, Jefferson compró otro esqueleto hallado en una mina de sal; se trataba de un animal con grandes uñas al que llamó Megalonix. Más tarde, junto a Caspar Wister, probaron que se trataba de un perezoso gigante, que describieron científicamente como Megalonix jeffersoni. Ante la sugerencia de Buffon de que los animales americanos eran copias menores (quizás degeneradas) de los europeos, Jefferson recopiló pesos y medidas demostrando lo contrario. Durante toda su etapa presidencial impulsó la investigación, con frecuencia basado en criterios tan patrióticos como estrictamente científicos. En suma, un buen ejemplo.

Ciencia aburrida

05 Oct 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

En la comunicación artística se concede mucho mérito a la originalidad, el hallazgo de nuevos caminos, incluso la perplejidad que genera la transgresión. La ciencia, en cambio, es básicamente un método reglado de adquirir conocimiento, basado en la acumulación de avances (recuerden lo de subir a hombros de gigantes de Newton) y con unas reglas y controles precisos, de manera que raramente un francotirador informal, por brillantes que sean sus ideas, conseguirá acceder a la academia. Ello tiene sus ventajas (no pasa por ciencia una ocurrencia que no lo sea), pero también sus inconvenientes (mucho de lo que se publica habitualmente en las revistas científicas es previsible, y por tanto aburrido).

Afortunadamente, entre los científicos no falta el sentido del humor, y en ocasiones se denuncia con ironía esa especie de “dictadura de las normas editoriales” que todos los que nos dedicamos a esto hemos sufrido alguna vez (a veces me preguntan “¿qué nombre científico dais al lince ibérico?”, y contesto con toda sinceridad: “El que nos exija la revista que acepta nuestro artículo”). El danés Kaj Sand-Jensen ha escrito (y publicado, así que también hay editores capaces de reírse de sí mismos; en este caso en Oikos, volumen 116) un articulito titulado Cómo escribir consistentemente literatura científica aburrida.

Kaj subraya la paradoja de que siempre digamos a los demás que la ciencia (generar conocimiento) es una apasionante aventura, cuando después las exigencias de claridad, brevedad e impersonalidad de las revistas, la tiranía de la jerga especializada, y la censura al humor y la sátira, convierten los productos científicos en algo “insoportablemente aburrido”. Con guasa, propone un top-10 de recomendaciones para conseguir que los artículos científicos sean, como deben ser, una pelmada.

No tengo espacio para resumir el decálogo, que incluye frases como: “Evita centrar el problema; introducir una multitud de preguntas, ideas y posibles relaciones entre ellas, renunciando a formular hipótesis claras, es un truco realmente inteligente”. O bien: “Alarga los artículos breves incluyendo más y más detalles y simplezas mentales; habría que insistir en que los grandes conceptos y descubrimientos científicos no pueden describirse en pocas palabras”. Al final, sin embargo, tras recomendar leer libros y ensayos por delante de los artículos especializados, el autor se pone serio: “Necesitamos desesperadamente hacer más accesibles y divertidas las comunicaciones científicas para atraer investigadores brillantes y para producir un conocimiento integral”. Al leerlo, sonriendo, atisbamos un camino quizás ilusorio.

Un solo gen

28 Sep 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

El análisis minucioso de múltiples casos por Darwin, y la intuición genial de Wallace, llevaron a ambos simultáneamente a concluir que los seres vivos tenían forzosamente que estar emparentados, descender unos de otros, de modo que en algún momento el camino de una especie se bifurcaba dando lugar a dos. Sólo así podían explicarse racionalmente las observaciones de campo (sobre la distribución en el tiempo y el espacio, por ejemplo). Pero la suya era sólo una hipótesis; ignorantes de la leyes de la herencia, no pudieron demostrarla (se ha comentado a menudo que justamente el “origen” de las especies es algo que Darwin no aclaró).

A partir de su hallazgo, Darwin y Wallace, muy distintos en su formación, carácter y medios de vida, optaron por rutas contrapuestas. El primero siguió investigando muchos aspectos relacionados con su teoría de la descendencia con modificación, mientras el segundo, satisfecho con el trabajo de Darwin, comentó a uno de sus amigos: “Gracias a eso me evita a mí la obligación de profundizar en el tema”. Fue Darwin, por tanto, quien abrumado ante la magnitud del problema optó por una respuesta que no respondía del todo: la acumulación de pequeños cambios durante periodos de tiempo muy largos conduce a que dos poblaciones difieran lo suficiente como para no poder reproducirse entre sí. Esta idea del cambio gradual generador de divergencia (que a menudo es cierta) ha estado muy presente en toda la biología del siglo XX, pese a que los botánicos, por ejemplo, sabían que especies triploides o tetraploides (con tres o cuatro juegos de cromosomas, en lugar de dos) pueden surgir repentinamente. Basta con que aparezca un mecanismo de aislamiento reproductor.

Unos ornitólogos americanos han “sorprendido” a dos poblaciones de aves de las islas Solomon en el momento en que sus caminos se bifurcan (Uy y otros, The American Naturalist, 174). Los individuos de una son completamente negros y los de la otra tienen el vientre castaño. Al parecer, los negros sólo se aparean con negros y los castaños con castaños (así lo deducen de que los machos de cada morfo no defienden sus territorios de cría ante los del otro). Pero, además, análisis genéticos han mostrado que las diferencias entre ellos se reducen a una mutación en el gen MC1R que regula la producción de melanina. No han precisado, pues, ni muchos cambios ni mucho tiempo. ¡Darwin se alegraría de saberlo!

Ciencia sin vuelos

21 Sep 2009
09:00 
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Ventana de otros ojos //Miguel Delibes de Castro 

Acabo de volver de una larga excursión ártica que ha enriquecido mi manera de ver y entender la naturaleza. Pronto viajaré de nuevo para trabajar en el campo y el laboratorio con colegas mexicanos. Por medio, me he movido y me moveré en España para dar una conferencia, formar parte de un tribunal de tesis, participar en un debate público y organizar un congreso. La ciencia, cada vez más, es una actividad global y pública, y la vida del científico exige viajar, a menudo en avión. Precisamente por ello, cabe anotar una paradoja: los investigadores que más reclaman (o reclamamos) luchar contra el cambio climático, emiten probablemente más gases de efecto invernadero que muchos ciudadanos de su entorno.

Un grupo de trece científicos conservacionistas de Estados Unidos, razonablemente representativos del conjunto del colectivo (incluyen desde becarios a jefes de departamento, y de académicos a miembros de ONGs), se ha aplicado a sí mismo uno de los estimadores de emisión de carbono que existen en la red (concretamente: www.climatecrisis.net/takeaction/carboncalculator) y ha llegado a un resultado pasmoso: en promedio, sus emisiones individuales son el doble de las de sus compatriotas, y más de diez veces las de un ciudadano medio del mundo. Y no ocurre así porque digan una cosa y hagan otra: el estilo de vida de la mayoría de ellos es acorde a sus ideas (usan poco el coche, que es eléctrico o híbrido, aíslan su casa, controlan lo que comen, etc), hasta el punto de que sus emisiones en ese aspecto son un 16% menores que la media del país. Sin embargo, nada menos que dos tercios del total del carbono que liberan se deben a los viajes en avión, casi todos profesionales (para asistir a conferencias y encuentros con colegas, realizar investigación, gestionar proyectos, obtener fondos, etc).

Aunque previsible, he recibido la noticia como un golpe bajo que me ha dejado medio noqueado. ¿Qué hacer? ¿Sabremos construir y comunicar la ciencia desde casa? ¿Perderemos competitividad sin viajar? Los científicos que se han autoanalizado proponen incrementar las videoconferencias, organizarse mejor, con marcos claros para la toma de decisiones que hagan innecesario el debate interpersonal, reducir el número de congresos, trabajar como grupos virtuales… Sólo con que los miembros de la Ecological Society of America, nos dicen, redujeran sus vuelos un 30%, sería el equivalente a retirar de la circulación 7300 coches por año. ¡Menuda responsabilidad!

Nansen y la deriva polar

14 Sep 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Un dicho popular, algo tonto, postula que los experimentos deben hacerse con gaseosa. Todos entendemos lo que quiere decir: puesto que se desconocen los resultados, razón misma de experimentar, conviene no poner en riesgo bienes muy valiosos al hacerlo. Evidentemente, no pensaba lo mismo el noruego Fridtjof Nansen quien, para probar que la banquisa de hielo ártico derivaba, sometió a un arriesgado experimento a su barco, a su propia persona y a sus compañeros.

En 1884 Nansen supo que los restos del pecio de un barco llamado Jeanette habían aparecido en la costa de Groenlandia. El buque había sido atrapado y destruido por los hielos perpetuos en el mar de Laptev, al norte de Siberia, tres años antes. ¿Cómo había llegado hasta allí? Tenía que haber pasado junto al polo norte desplazándose por el hielo. ¿Por el hielo o con el hielo?, se preguntó Nansen. ¿Acaso la banquisa, aparentemente estática, se movía? Para confirmar su hipótesis, decidió convertirse él mismo en sujeto y objeto de experimentación. Mientras que los marinos de entonces temían verse atrapados por el hielo polar, él lo provocaría. Se dejaría llevar, a ver qué pasaba.

Nansen encargó al escocés Collin Archar que construyera un barco, al que llamaron Fram, capaz de resistir la presión del hielo. El Fram, con víveres para cinco años, zarpó de Noruega con dirección norte, y luego este, en junio de 1893. En septiembre, como esperaban, quedó atrapado por el hielo. Durante dos años fue derivando en el sentido de las agujas del reloj, cuando Nansen se propuso otro objetivo. En marzo de 1895, con un compañero y numerosos perros,
abandonó la nave tratando de alcanzar el polo norte. Estuvo a punto de lograrlo, antes de volver por sus propios medios a Noruega. Al mando del Fram quedó el capitán Sverdrup, quien en agosto de 1896, tres años después de partir, sacó al buque del hielo en el mar de Groenlandia, demostrando que la deriva transpolar era un hecho.

Con todas las garantías de la tecnología y los conocimientos actuales, el viaje del Fram ha sido repetido hace poco por la goleta Tara, que por aquello del calentamiento global ha ido mucho más rápida. No diré que los riesgos asumidos por Nansen deban ser tomados como modelo por los investigadores, pero no me negarán su grandeza. Por su labor humanitaria, Fridtjof Nansen recibió en 1923 el Premio Nobel de la Paz.

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