Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Día, noche y evolución

06 Feb 2010
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Mi compañero Carlo Frabetti me ha regalado el delicioso librito El juego de la ciencia, basado en sus colaboraciones en este periódico y los comentarios de los lectores. Leyéndolo, reencuentro un asunto que en su día me estimuló, pero luego olvidé. Plantea una aparente paradoja: puesto que las especies evolucionan, en algún momento una madre de una especie debe generar un hijo de otra diferente. Ernst Mayr creía que esa percepción platónica de las especies como ideas puras (que son o no son) había retrasado la aparición del pensamiento evolucionista.

De muy niña, mi hermana menor, Camino, mostró inquietudes que nos faltaban a los demás. Un crepúsculo veraniego la sorprendimos con los ojos perdidos, repitiendo en voz baja: “Día, día, día…”. Y es que, mientras nosotros alborotábamos, ella trataba de determinar el segundo exacto en que el día se transformaba en noche. A fin de no distraerse, en aquella ocasión había decidido verbalizar lo que veía, pues siempre se perdía el cambio. Camino juzgaba el día y la noche como entes esenciales, tal vez con bordes imperfectos pero siempre con un límite claro entre ellos. Otro tanto, postulaba Mayr, ocurrió durante siglos con las especies.

Richard Dawkins lo ha recordado recientemente. ¿Por qué la idea evolucionista, sencilla y, una vez conocida, casi obvia, tardó en abrirse camino más que los complejos cálculos de Newton? Probablemente porque la mente humana es platónica. Nos resulta adaptativo, ya desde niños, tener las “ideas” claras, saber distinguir, por ejemplo, un perro de un gato, una gallina de un pato.

Somos capaces de reconocer que un dogo y un pequinés son perros, por diferentes que parezcan, y asumimos que todos ellos son variaciones alrededor del perro ideal, esencial e inmutable.

Una parte fundamental de la revolución de Darwin y Wallace fue precisamente romper esa barrera, aceptar que lo que servía para las variedades, sabidas cambiantes, podía aplicarse también a las especies.

Igual que no existe un minuto del día que dé paso a otro de noche, ninguna madre de la especie A produce un hijo de la especie B. Salvo excepciones (titulé una columna Por un solo gen), a lo largo de mucho tiempo distintos cambios van acumulándose en las poblaciones ,y en algún momento, o en algún lugar, lo que antes fue ha devenido otra cosa, o dos distintas. Nadie podría certificar en qué generación exacta ocurrió, pues esa generación no existe.

Optar para el futuro

25 Ene 2010
10:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

En 1997 Jared Diamond era conocido por sus investigaciones ornitológicas en Nueva Guinea, los estudios sobre ecología y conservación de comunidades, y algunas obras de divulgación. Entonces sorprendió con un libro de 500 páginas, Armas, gérmenes y acero, donde se preguntaba, nada más y nada menos, por qué los pueblos euroasiáticos habían dominado a los del resto del mundo y no al revés. Era antirracista: hombres y mujeres de Eurasia no eran más inteligentes, fuertes o innovadores; básicamente, habían encontrado mejores condiciones ambientales, en concreto un mayor número de especies animales que domesticar y una disposición este-oeste de la tierra firme que hacía posible extender la agricultura y ganadería a través de lugares con clima similar. Aunque objetable, como toda explicación simple de asuntos complejos, el libro
era inteligente y sus argumentos sugestivos.

Entre las principales críticas se mencionó el aparente determinismo ambiental. ¿Acaso las decisiones humanas no pintaban nada en el devenir de los pueblos? Diamond respondió en 2005 con otro libro aún más extenso, titulado Colapso: cómo las sociedades escogen fallar o tener éxito. La palabra esencial, desaparecida en la versión castellana, era escogen: el ambiente condiciona qué puede y no puede hacerse, pero en última instancia el destino de las sociedades depende de su comportamiento, fundamentalmente al gestionar los recursos. ¿Cómo probarlo? De encontrar dos lugares ambientalmente similares, pero utilizados de diferente forma, podrían usarse como un experimento no planeado. Tal vez ya imaginan donde lo analizó, pues estos días hablan de ello los periódicos.

La isla de La Española estaba totalmente cubierta de bosques cuando llegó Colón. Con el tiempo, el tercio occidental se convirtió en Haití y los dos tercios orientales en la República Dominicana. En realidad, ni haitianos ni dominicanos escogieron cómo usar su país, pues a lo largo de la historia lo hicieron por ellos colonizadores, latifundistas y dictadores. Deforestaron Haití (queda un 1% del bosque original), mientras que respetaron parte del arbolado (el 28%) en la República Dominicana. Como consecuencia, en Haití faltan madera y carbón vegetal, la erosión arrasa el suelo fértil, hay menos agua dulce y energía hidroeléctrica… Según la ONU, la República Dominicana ocupa un lugar intermedio a nivel mundial en el índice de desarrollo humano, mientras que Haití está entre los más bajos. De haber conservado los recursos, los pobres haitianos no hubieran evitado del terremoto, pero enfrentarían mejor sus consecuencias. Reconstruir el país debería incluir la restauración ambiental.

Madre y madrastra

18 Ene 2010
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Las dramáticas informaciones y estremecedoras imágenes de Puerto Príncipe nos recuerdan que la Tierra, tantas veces madre que nos alimenta, nos facilita aire puro y nos proporciona un clima adecuado, entre otros muchos servicios, actúa en ocasiones también como una terrible e inmisericorde madrastra. Hay gente que estos días me pregunta, a veces ingenuamente y otras con intención acusadora o con sentimiento de culpa, si catástrofes como la de Haití constituyen una venganza de la Tierra contra los humanos que la estamos dañando. Digámoslo con toda claridad. No. Por un lado, a la Tierra no le importa lo que hagamos con ella (iba a escribir que no le da frío ni calor, pero precisamente frío o calor sí que puede darle; es mejor decir que la Tierra ni siente ni padece). Por otro lado, que usemos a menudo las metáforas de la madre, o incluso de la madrastra, no debe hacernos olvidar que el nuestro es sólo un pequeño planeta más, por supuesto carente de cualquier tipo de intenciones o personalidad. No inventemos dioses.

En sus 4.500 millones de años de vida, la Tierra ha pasado por muchas situaciones, ha sido de muchas maneras diferentes. Erupciones volcánicas, bombardeos de asteroides, terremotos, radiaciones, fueron en otras épocas mucho más frecuentes que hoy, y por entonces no había seres humanos de quienes vengarse. Durante gran parte de la existencia del planeta, en la atmósfera debió faltar el oxígeno y en la estratosfera el ozono, de manera que animales como nosotros no podían vivir aquí. Y no pasaba nada. La vida es un milagro contra corriente y los seres vivos, “así tomados de uno en uno”, como escribía José Agustín Goytisolo, somos muy poca cosa en relación a las poderosas fuerzas telúricas. Pero la vida en su conjunto es resistente. Al igual que la mayoría de las especies que han existido alguna vez, los humanos pasaremos, pero durante millones de años la vida permanecerá.

Lo que para la corteza terrestre ha sido un pequeño reajuste “rutinario”, por decirlo de algún modo, para nosotros humanos se ha transformado en un inmenso, dolorosísimo drama. No se trata de un castigo, pero podemos apreciarlo como lección de humildad. Según la Biblia, Yahvé ordenó a los primeros padres dominar y someter la Tierra, y con no poca frecuencia pensamos que lo hemos conseguido. No es cierto. Seguimos, y seguiremos, dependiendo de ella más que a la inversa.

Tulipanes y comunicación

10 Ene 2010
20:07 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Uno de mis más admirados maestros tenía auténtica pasión por el conocimiento, pero muy escasa afición a compartirlo. Trabajaba a fondo, decidida e incansablemente, en muchos asuntos, pero tan pronto encontraba una respuesta a sus dudas, los olvidaba. “Es que las cosas, una vez sé cómo funcionan, dejan de interesarme”, argumentaba. Cuando tuve edad y confianza bastantes (en mí mismo y con él) como para contradecirle, le respondía que debía considerarse un medio científico, pues la ciencia no sólo consiste en conocer más, sino también en hacerlo saber al resto de la sociedad y en someter los nuevos hallazgos a su crítica. Nunca lo convencí del todo, y nos abandonó postulando que, si no decía todo lo que había aprendido, era para evitar que los demás supiéramos tanto como él.

La necesidad de que el conocimiento científico sea transmitido y recordado impone limitaciones (y dudas) no menores sobre la forma de comunicarlo. Nos guste o no, hoy día apenas tienen carta de existencia los conocimientos que no estén escritos, y descritos, en inglés. ¿Y en el pasado? ¿Cuánta sabiduría andará perdida por ahí, en lenguas que científicamente han pasado de moda? No hace mucho, el profesor Jim Al-Khalili, que ha trabajado para la BBC, nos recordaba que, contra la general opinión occidental de que la ciencia hizo un alto desde los griegos al Renacimiento, lo cierto es que vivió, entre los siglos IX y XIII, su edad de oro en el mundo árabe. Mi viejo amigo Esteban Hernández Bermejo, botánico de Córdoba, está buceando en esa casi desconocida ciencia árabe con la ayuda de expertos del CSIC en Granada.

Esteban y sus colaboradores (en Economic Botany 63: 60-66) han fastidiado un poco a los holandeses, pero hay que asumir que el saber no siempre resulta cómodo. El tulipán es la flor emblemática de Holanda, y durante mucho tiempo se ha mantenido que fueron holandeses quienes, en el siglo XVI, trajeron los primeros bulbos a Europa. La Umdat al-tabib, un tratado botánico fechado en Al-Andalus entre los siglos X y XI, parece decir otra cosa. Seguramente el tulipán, procedente de Turquía, ya era una planta ornamental en la Iberia islámica cinco siglos antes de hacerse famoso en los Países Bajos. Y el horticultor toledano Ibn Bassal, que significa “el hijo del cebollero”, debió tener un papel no pequeño en ello. Pero estaba escrito en árabe y nadie lo sabía.

Otra hora

21 Dic 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Escribo cuando apenas faltan horas para que termine la Cumbre del Clima en Copenhague y, obviamente, sin saber cómo lo hará. No va bien, es cierto, pero pocas veces este tipo de citas han cuajado antes del ultimísimo momento. Tengo la esperanza de que algo avanzaremos y la seguridad de que será menos de lo deseable. Y tengo, también, la certidumbre de que no es esta, ya, la hora de la ciencia, sino otra hora. La ciencia no es la única ni la principal noticia en Copenhague. Me atrevo a decir que afortunadamente. La ciencia debe aportar conocimiento, pero es la sociedad ilustrada la que debe responsabilizarse de sus decisiones. Ello permite detectar, en momentos como este, la falacia de cuantos argumentaban que aún no había argumentos científicos, como sugiriendo que de contar con evidencias, actuarían de inmediato. La ciencia ha ganado el pulso, hay más evidencia (basada en el conocimiento) de la necesaria, ya no se discute eso, pero quienes aguardaban sin hacer nada o haciendo poco intentan seguir aguardando. El pudoroso velo de la necesidad de ciencia ha caído y podemos mirarnos desnudos en el espejo, constatando una vez más nuestras miserias (léase, cuánto nos cuesta, a los que más tenemos, renunciar a nuestros privilegios).

El conocimiento es una palanca para cambiar el mundo, sin duda, pero el instrumento no presupone cómo ni hacia donde. Lo que la ciencia enseña no es bueno ni malo, mejor ni peor. Se suele pensar que Darwin, hombre religioso en su juventud, habría perdido la fe al descubrir la evolución por selección natural. Él lo contó de otro modo. La perdió al descubrir la malignidad en la naturaleza, incompatible, en su opinión, con la existencia de un misericordioso Dios creador. En parte lo movieron razones familiares (en especial, la pérdida de su hija Annie), pero en parte, también, el estudio de las avispas parasitoides, que ponen sus huevos en presas vivas a las que, tras nacer, la larva devora desde dentro, lenta e inexorablemente. ¿Cómo un buen Dios podría inventar tanta crueldad?

El conocimiento científico nos sirve para constatar que en el mundo hay insectos parasitoides e insectos víctimas, pero no quién debe ganar y mucho menos si actúa correctamente al hacerlo. También han sido sociedades parasitoides y países víctimas los que han discutido en Copenhague y seguirán haciéndolo durante mucho tiempo. El quién tenga razón es un asunto ético, no científico.

Arrhenius

14 Dic 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de Investigación del CSIC

Aunque quizás no lo hagan, en Copenhague, estos días, deberían homenajear a Svante Arrhenius. Nacido en Vik, Suecia, fue un niño prodigio y un joven en exceso inteligente para su tiempo. A los 25 años estuvo a punto de fracasar en la defensa de su tesis doctoral, pues sus profesores menospreciaban sus ideas y le dieron la mínima calificación. La tesis era el germen de su teoría acerca de la conductividad de los electrolitos, según la cual las moléculas de las disoluciones electrolíticas se separan o disocian en partículas cargadas eléctricamente, o iones, incluso sin necesidad de que una corriente fluya a través de ellas. En 1903 fue el primer sueco en recibir el Premio Nobel, precisamente por esa teoría. Pero si hay que recordarlo en la Cumbre del Clima es por otro motivo.

Arrhenius fue la primera persona que relacionó cuantitativamente los cambios en la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera con las variaciones en la temperatura terrestre. Durante el siglo XIX, tras constatarse que habían existido periodos glaciales en la historia de la tierra, los multidisciplinares científicos de la época se afanaron por especular acerca de los factores que afectaban al clima. El francés Fourier había sido el primero en plantear, allá por 1827, que los gases de la atmósfera debían retener parte del calor del Sol. Ya en la segunda mitad de la centuria otros científicos, como Tyndall y Langley, probaron que sin gases de efecto invernadero la temperatura de la Tierra sería tan baja que haría imposible la vida que conocemos. En 1896 Arrhenius fue capaz de estimar el calor absorbido en la atmósfera por una variedad de concentraciones de CO2 , así como los correspondientes cambios en la temperatura superficial.

En aquella época, sin ordenadores, Arrhenius debió realizar a mano entre diez mil y cien mil cálculos. Al parecer, sabía que científicamente era un trabajo poco rentable (al fin y al cabo, eran especulaciones, casi un pasatiempo), pero no le importaba demasiado; se acababa de divorciar y había perdido la custodia de su hijo, así que, deprimido, escogió una tarea que le ayudara a matar el tiempo pero no le requiriera demasiada concentración. Preparó una larga serie de tablas y concluyó que, doblando la cantidad de CO2 en la atmósfera, la temperatura global subiría aproximadamente cinco grados centígrados. Más tarde refinó la estimación, dejándola en dos grados. En Copenhague dicen casi lo mismo.

El poder de los transgénicos

30 Nov 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Acabo de ver en televisión una playa del sur cubierta de pepinos descargados desde tractores, mientras en el norte los agricultores regalaban toneladas de brócolis a los ganaderos para nutrir con ellos a las vacas. Producimos alimentos que nadie quiere o, al menos, por los que nadie está dispuesto a pagar lo que cuesta generarlos. Me ha venido a la mente un debate en Madrid, organizado por el CSIC, sobre los recursos transgénicos, pues el argumento principal de sus defensores era que la humanidad necesita esos productos para comer. “Hay algún riesgo inherente a los transgénicos”, admitían, “como lo hay en todas las cosas, pero ¿acaso preferís que la gente muera de hambre?”.

No me asustan los transgénicos. Al menos, no me asustan más que las mutaciones al azar o las producidas ciegamente por los humanos en el pasado, cuando han intentado (por ejemplo, con radiaciones) obtener nuevas variedades para aumentar el rendimiento de las cosechas. Requerimos prudencia en su uso, ciertamente, pero creo que existe. En el fondo, sin embargo, no sé si lo urgente es producir más o distribuir mejor lo que producimos. ¿De verás disminuirán los hambrientos del mundo con nuevos cultivares? Ojalá sí, aunque mucho me temo que, principalmente, servirán para que unos pocos adinerados se enriquezcan todavía más. Y me preocupa otra cosa. Modificando genéticamente los vegetales cultivados producimos variedades capaces de medrar, hasta ser rentables, en suelos o ambientes antes improductivos. ¿Se deforestaría al mismo ritmo infernal la Amazonía de no existir la soja transgénica? Alterando los usos del suelo (cultivándolo más) empobrecemos la biodiversidad e incrementamos de forma muy significativa la emisión de gases de efecto invernadero.

En otras palabras, mi problema no es tanto el transgénico en sí, como el poder de esa herramienta. Tengo muchos y buenos amigos que investigan sobre transgénicos. Comparto con ellos la pasión por el conocimiento y el deseo de que éste sirva para mejorar las condiciones de vida de la humanidad. Pero alcanzo a percibir que los objetivos de nuestros esfuerzos son, en gran medida, antagónicos. Ellos trabajan para conseguir incrementar la producción, mientras los biólogos conservacionistas aspiramos a que se estabilice o disminuya, en tanto se distribuye mejor. El conocimiento de todos aumenta cada día, lo que es muy positivo, pero tal vez lo que tejemos unos durante el día lo destejen otros por la noche, o al revés, con el dinero de todos.

Más sobre ‘El origen’

23 Nov 2009
09:00 
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Ventana de otros ojos  // Miguel Delibes de Castro

*Profesor de investigación del CSIC

Hemos hablado mucho, durante este 2009, de Darwin y El origen de las especies. No en vano se cumplían dos siglos desde el nacimiento del naturalista y siglo y medio desde la publicación del libro. En estos meses ha resultado difícil recordar alguna efeméride que no recordaran otros muchos al tiempo, pero volveré a intentarlo. Tal día como ayer, 22 de noviembre, pero en 1859, apareció en las librerías El origen…, denominación coloquial del que entonces respondía al complicado título “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia”. Aunque sólo sea en homenaje al meditabundo y venerable Darwin, desacralizado por los grandes auriculares, que encabeza “la ciencia es la única noticia” en la edición digital de Público, permítanme este recordatorio.

Se ha dicho a menudo que  El origen.. se agotó el mismo día de su publicación, y cabe imaginar largas colas de lectores en las librerías, como ocurre hoy día con los publicitados best sellers. En realidad no fue así. Lo que ocurrió, para sorpresa del editor, es que los libreros, estimulados por los rumores sobre la obra y por la fama de Darwin, pidieron más ejemplares de los publicados. Más concretamente, el editor John Murray encargó una primera tirada de 1250 ejemplares y los pedidos desde las librerías, aún antes de ponerse el libro a la venta, ascendieron a 1500. Apenas lo había leído nadie (150 ejemplares se repartieron como promoción), y El origen… ya era un completo éxito para la época. En vida de Darwin se vendieron, sólo en ediciones inglesas, 25000 ejemplares.

El verdadero éxito de ventas, sin embargo, llegó tras la muerte del autor, mejor o peor, legal o ilegalmente, traducido a todos los idiomas. La duda razonable es si ese éxito comercial ha sido, o no, un éxito de lectura. Alberto Gomis, de la Universidad de Alcalá, cuenta a este respecto una anécdota reveladora: en España se publicó un Origen de la especies cuyo texto, en realidad, era otra obra de Darwin, sobre el origen del hombre; nadie se quejó y de aquel falso origen se vendieron dos ediciones. A propósito, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid pueden visitar todavía una interesante exposición sobre las más de 220 ediciones de obras de Darwin en España, de la que es Comisario el propio Gomis.

Lastre sagrado

16 Nov 2009
09:00 
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Ventana de otros ojos  // Miguel Delibes de Castro

 *Profesor de investigación del CSIC

Cuentan quienes saben de ello que los planteamientos heliocéntricos de Copérnico, que no en vano era canónigo y vivió de administrar bienes eclesiásticos, fueron recibidos con agrado por la Iglesia, incluido el Papa Clemente VII, y que el mismo cardenal Schönberg escribió al astrónomo urgiéndole a publicar sus hallazgos. Sucedió, sin embargo, que alguien recordó que, en la Biblia, el líder hebreo Josué, necesitado de tiempo para ganar una batalla, reclamó: “Sol, detente en Gabaón”,  y que entonces, siempre según la Escritura, “el sol se paró en medio del cielo y no se apresuró a ponerse en casi un día entero”. Eran textos sagrados, por tanto incontrovertibles, y no dejaban lugar a dudas sobre el movimiento del sol de este a oeste. Las ideas de Copérnico, por tanto, eran heréticas, como, muy a su pesar, se vio forzado a admitir Galileo.

 Esa urgencia irracional por violentar la realidad hasta hacerla coincidir con el contenido textual de los libros sagrados apareció también en el caso del gigante de Cardiff al que me referí la semana pasada. En la segunda mitad del XIX, un embaucador había hecho pasar una tosca estatua de piedra por un gigante fósil, y mucha gente incauta lo creyó. Cuando personas de razón trataron de denunciar el fraude se encontraron con un enemigo inesperado, los religiosos. En algún lugar de la Biblia estaba escrito: “En aquel tiempo, los gigantes habitaban la Tierra”, e importantes pastores eclesiásticos no dudaron en defender que el hallazgo hacía justicia al texto de la Escritura. Uno de ellos escribió: “Esto no es algo ideado por el hombre, sino la verdadera imagen de alguien que vivió en la Tierra y era hijo de Dios”.

 Para disgusto de los clérigos, el fraude del gigante de Cardiff fue descubierto (tras localizarse a los canteros y el escultor, el estafador confesó) y su exhibición fue prohibida. Pero un tipo llamado Barnum, aún más avispado que los inventores de la historia, había encargado una réplica exacta de la estatua y continuó exhibiéndola, pues la suya se consideró legal, ya que admitía no ser un fósil y sólo engañaba al que quisiera ser engañado. Tuvo un enorme éxito popular y ganó muchísimo dinero. ¡La gente pagaba por ver la réplica de un fósil inventado! El gigante de Cardiff original aún recibe visitas, supongo que sólo por curiosidad: está expuesto en el Farmers’ Museum de Cooperstown, New York. 

Credulidad

09 Nov 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Muchos reclamamos una sociedad mejor informada, más racional, con creciente formación científica. Los sociólogos afirman, además, que la gente valora la investigación y concede alta credibilidad a sus practicantes y resultados. La tarea, pues, se diría sencilla. Sin embargo, como Miguel Ángel Sabadell se encarga de recordarnos en esta sección, proliferan los videntes, los horóscopos, la superstición. A la parcela emocional de cada cual le atrae lo desconocido, creer en cosas raras, fabricar misterios. Andrew D. White, fundador de la Universidad de Cornell, dejó escrita en su autobiografía la historia del gigante de Cardiff, un fraude grosero y también un antiguo, pero llamativo, ejemplo de credulidad colectiva.

En 1868, un cigarrero de Nueva York llamado George Hull encargó a un cantero que fabricara una estatua de un gigante yacente, facilitándole para ello una piedra caliza de varias toneladas. Más tarde la envió por ferrocarril a su primo William Newell, que vivía en una granja en Cardiff, en el estado de Nueva York. William envejeció la estatua generando manchas, huecos y poros, y la enterró junto al granero. Un año más tarde encargó a dos hombres que excavaran un pozo precisamente allí, y ellos anunciaron el descubrimiento de un indio gigante petrificado.

La noticia corrió de boca en boca, de granja en granja, alterando la paz (escribió White) de aquellos tranquilos territorios. Los curiosos se arremolinaban en la granja, así que su propietario empezó cobrando unos centavos por ver la estatua, tendida en una zanja. Dada la demanda, en pocos días dobló el precio. Los escépticos, entre ellos Andrew White, advirtieron desde el principio que se trataba de una falsificación, pero otros admitían que podía ser una estatua muy antigua, y los más pensaban que era un hombre fósil.

Llegaron a organizarse trenes especiales para visitar al gigante, que al parecer impresionaba vivamente a todo el mundo, más por sus dimensiones y su conexión con lo ignoto que por su belleza. Apenas transcurridas unas semanas, el mito había crecido. Aparecieron presuntos conocedores de las tradiciones de los indios iroqueses mencionando viejas leyendas que hablaban de gigantes vagando por los bosques. No había duda, todo encajaba, había que verlo. En poco tiempo Newell y Hull ganaron decenas de miles de dólares, mientras White se desesperaba. En sus memorias recuerda cómo una máxima de Schiller martilleaba entonces constantemente su cerebro: “Contra la estupidez, los mismos dioses luchan en vano”. Otro día contamos el final.

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