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OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Día, noche y evolución

06 Feb 2010
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Mi compañero Carlo Frabetti me ha regalado el delicioso librito El juego de la ciencia, basado en sus colaboraciones en este periódico y los comentarios de los lectores. Leyéndolo, reencuentro un asunto que en su día me estimuló, pero luego olvidé. Plantea una aparente paradoja: puesto que las especies evolucionan, en algún momento una madre de una especie debe generar un hijo de otra diferente. Ernst Mayr creía que esa percepción platónica de las especies como ideas puras (que son o no son) había retrasado la aparición del pensamiento evolucionista.

De muy niña, mi hermana menor, Camino, mostró inquietudes que nos faltaban a los demás. Un crepúsculo veraniego la sorprendimos con los ojos perdidos, repitiendo en voz baja: “Día, día, día…”. Y es que, mientras nosotros alborotábamos, ella trataba de determinar el segundo exacto en que el día se transformaba en noche. A fin de no distraerse, en aquella ocasión había decidido verbalizar lo que veía, pues siempre se perdía el cambio. Camino juzgaba el día y la noche como entes esenciales, tal vez con bordes imperfectos pero siempre con un límite claro entre ellos. Otro tanto, postulaba Mayr, ocurrió durante siglos con las especies.

Richard Dawkins lo ha recordado recientemente. ¿Por qué la idea evolucionista, sencilla y, una vez conocida, casi obvia, tardó en abrirse camino más que los complejos cálculos de Newton? Probablemente porque la mente humana es platónica. Nos resulta adaptativo, ya desde niños, tener las “ideas” claras, saber distinguir, por ejemplo, un perro de un gato, una gallina de un pato.

Somos capaces de reconocer que un dogo y un pequinés son perros, por diferentes que parezcan, y asumimos que todos ellos son variaciones alrededor del perro ideal, esencial e inmutable.

Una parte fundamental de la revolución de Darwin y Wallace fue precisamente romper esa barrera, aceptar que lo que servía para las variedades, sabidas cambiantes, podía aplicarse también a las especies.

Igual que no existe un minuto del día que dé paso a otro de noche, ninguna madre de la especie A produce un hijo de la especie B. Salvo excepciones (titulé una columna Por un solo gen), a lo largo de mucho tiempo distintos cambios van acumulándose en las poblaciones ,y en algún momento, o en algún lugar, lo que antes fue ha devenido otra cosa, o dos distintas. Nadie podría certificar en qué generación exacta ocurrió, pues esa generación no existe.

Elegante sencillez

14 Jul 2008
09:16 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC.

Alguien me ha reprochado que afirmara de la hipótesis del diseño inteligente que era anticiencia. “Tendrás que demostrarlo –me decían–; cualquier idea es susceptible de ser analizada científicamente”. No es exactamente así. La ciencia tiene un elegante mecanismo para descartar hipótesis sin necesidad de demostrar su falsedad. Basta con que sean más complicadas de lo necesario.

Imaginen que alguien argumenta que esconde en su despensa un ánima del purgatorio. Entramos a verla, pero no la vemos. “Naturalmente; es un ánima y no se deja ver”. Tratamos de olerla, pero tampoco huele. No prueba la comida. No hace ruido, ni cambia cosas de sitio. Entonces, ¿por qué necesitamos demostrar que no exista dicho ser? La explicación más simple para los hechos percibidos es que dentro de la despensa no hay nadie. A ella hemos de atenernos.

Ese aprecio por la sencillez es parte del atractivo de la ciencia. Con frecuencia, la información científica nos parecerá muy complicada. Pueden resultarnos difícilmente inteligibles la teoría de cuerdas o algunas partículas subatómicas de las que tanto sabe Manolo Lozano. Pero hemos de estar seguros de que constituyen la explicación más sencilla compatible con los hechos comprobados. Cualquier añadido innecesario se habrá eliminado.

Los científicos gustan decir que las complicaciones superfluas se “afeitan” con la cuchilla de Occam. Guillermo de Occam fue un escolástico inglés del siglo XIV, al que se atribuyó la frase: “No se deben multiplicar los entes sin necesidad”. Sonaba muy filosófica, por decirlo de algún modo, pero dicen los expertos que no es posible encontrarla en los escritos de Occam. Bertrand Russell demostró que sí aparece otra que viene a decir lo mismo, pero de una forma más castiza: “Es vano hacer con más lo que se puede hacer con menos”.

¿Entienden ahora por qué decía al principio que invocar el diseño inteligente para explicar el aparente orden del universo no es científico? Simplemente, no hace falta. Invocar la figura de un diseñador sobrenatural es una enorme complicación, sólo justificada si no conociéramos un mecanismo más sencillo, la evolución por selección natural, para explicarlo. Esa fue la gran revolución darwiniana. Ello justifica también que suenen tan poco científicas las comunicaciones al extraño congreso de ecología organizado por el Estado Vaticano en Zaragoza. “La evolución de nuestra especie –escribe en Público Bermúdez de Castro– debió llevar a la aparición de determinados caracteres biológicos que resultaron ventajosos para la obtención de recursos”. Sencillo, ¿no? Lo dice un científico. ¿Saben cómo hablan de ello en Zaragoza?: “El mundo en su condición de religado al ‘Lógos’ creador y como don de Éste al hombre en cuanto criatura que tiene ‘lógos”. Me temo que si Occam saca a relucir su navaja no deja ni un pelo.

Darwin, palomas y brócolis

02 Jun 2008
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, estas líneas responden a un reto, bien es cierto que amable. Hace pocas semanas, un grupo de amigos recorrimos a pie varias decenas de kilómetros por tierras del Cabo de Gata, en Almería. Olía intensamente a tomillo cuando pisábamos las laderas silvestres, y a abono orgánico (o sea, mal) en los llanos, al circular entre cultivos. De vez en cuando, el fuerte viento hacía volar trozos de tela plástica, que nos sobresaltaban al confundirlos con pájaros negros. En un campo cuajado de brócolis pastaba un rebaño de ovejas, así que imaginamos estaba abandonado y recogimos varias plantas. Uno de los excursionistas, seguidor de esta sección, me espetó: “¡A ver si hablas de los brócolis en Público!”.

Darwin podría haber dedicado un espacio a los brócolis en su obra sobre el origen de las especies, pues constituyen un magnífico ejemplo de selección artificial. En carta enviada en 1857 al americano Asa Gray, Darwin escribió: “Es maravilloso lo que puede hacer el principio de la selección por el hombre, es decir, escoger individuos con una cualidad deseada, y criar a partir de ellos, y de nuevo volver a escoger”. Para comprobar ese poder, el propio Darwin reprodujo razas de palomas (de las que sí que habla en el Origen), hasta el punto de que, en carta al geólogo James Dana, pudo decir: “Tengo una gran colección de palomas vivas y muertas, y soy uña y carne con toda clase de aficionados”. Estudiando casos de selección artificial, Darwin advirtió que podía demostrar la existencia en la naturaleza de una fuerza similar, capaz de escoger “exclusivamente lo bueno de cada ser orgánico”, y la llamó selección natural. Revolucionó con ella las ideas previas sobre el mundo y la especie humana.

Desde la antigüedad, los campesinos han seleccionado una y otra vez individuos con características deseables de la planta Brassica oleracea, col silvestre propia del entorno mediterráneo, para obtener de ella diferentes variedades comestibles. Escogiendo reiteradamente determinado tipo de flores, se ha consiguido la coliflor; trabajando sobre las hojas, la berza; seleccionando yemas, el repollo y las coles de Bruselas; fijándose en el tallo, los colinabos; y actuando a la vez sobre tallo y flores, el brócoli. Todas son variedades de una especie única, pero nos proporcionan distintas verduras. Como escribió Darwin en el anexo a Gray: “Mediante ese poder de acumular variaciones, el hombre adapta los seres vivos a sus necesidades (…), él hace la lana de algunas ovejas buena para alfombras y la de otras para ropa”.

Estarán de acuerdo conmigo, ¿no? En vez de criar palomas, Darwin bien pudo haber cultivado brócolis para probar sus tesis. Pero no conocía los plásticos almerienses.

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