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Cinco nuevos impuestos que pagaremos el año que viene

23 May 2017
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El impuesto al azúcar es un aviso. De momento está implantado solamente en Cataluña, pero es cuestión de tiempo que se aplique en toda España. El modelo a seguir es el de los impuestos que se cargan sobre el alcohol y el tabaco, como productos dañinos que son, y los que gravan las actividades contaminantes, como quemar derivados del petróleo en el motor de un coche. Aquí se puede ver un resumen de los impuestos ambientales que se pagan en nuestro país.

En general se penaliza el derroche de energía y de agua y la producción excesiva de residuos. También el vertido de sustancias contaminantes o indeseadas a la atmósfera (aunque el gasóleo, un principal causante de ellas, está subvencionado, como en general los combustibles fósiles), de manera que los coches que emiten más de 120 gramos de CO2 por km pagan un impuesto que no pagan los que emiten menos, etc.

Ahora se está viendo la posibilidad (siguiendo la estela del azúcar) de cargar impuestos a  sustancias y productos dañinos que hasta ahora se habían ido de rositas. La lista puede ser muy larga, pero aquí hemos seleccionado cinco de ellas, las más evidentes, por las que sin duda pagaremos un impuesto especial al año que viene o el siguiente.

Los alimentos ultraprocesados

La comida ultraprocesada es aquella formulada específicamente para halagar nuestro paladar con mezclas irresistibles de grasas, azúcar, sal, saborizantes, texturizantes, etc. Provoca a largo y mediano plazo toda clase de problemas sanitarios con los que tiene que lidiar la sanidad pública, de ahí la necesidad de un impuesto especial.

Calibrar este impuesto sería bastante fácil. Se pueden establecer baremos de número de ingredientes y de aditivos y de presencia de varios elementos indicadores como aceite de palma (ver también abajo), diferentes tipos de azúcares, etc.

La velocidad

La velocidad de los vehículos, cuando es excesiva, provoca muchos problemas. El principal es el aumento de accidentes con víctimas, pero hay otros. El ruido aumenta en proporción directa con la velocidad, así como el consumo de combustible y la contaminación. Ahora mismo el exceso de velocidad se persigue y se multa, pero se puede llegar un poco más lejos.

El impuesto a la velocidad debería gravar aquellos coches (generalmente de gran potencia) que prometen velocidades punta de más de 120 km/h, que es el límite actual legal. Hay que tener en cuenta que muchos coches a la venta podrían llegar a moverse a 220 km/h, de manera que este impuesto sería un filón para el estado.

Los objetos de usar y tirar

Su etiqueta diría algo así: “Este es un objeto efímero que terminará en la basura en breve plazo, por lo que se le aplica el impuesto a los objetos de usar y tirar”. Con lógicas excepciones para los productos sanitarios y similares, este impuesto se podría aplicar a una amplia gama de productos que no están pensados precisamente para durar, como la ropa low cost. Los envases desechables ya tienen su tasas (el punto verde) y las bolsas de plástico están siendo erradicadas, pero la ropa de usar y tirar se está convirtiendo en un gran problema. Lo mismo se puede aplicar a otros productos, como la cubertería desechable y otros productos efímeros de decoración.

No será fácil distinguir un producto efímero de otro diseñado para durar, lo que dificultará la aplicación de este impuesto.

El ruido

El ruido es un enemigo insidioso de nuestro bienestar. Convierte nuestras ciudades en insostenibles y es un problema de salud pública muy grave. Gravar con un impuesto los productos ruidosos podría contribuir a erradicar esta plaga.

Un impuesto al ruido sería bastante fácil de implantar. Habría que considerar el tamaño de la instalación del equipo de aire acondicionado, la cilindrada del coche de motor térmico, la potencia del aparato de música, etc.

Los alimentos de alto impacto

Los alimentos de alto impacto serían aquellos que no valen lo que cuestan, en términos de salud, ecología y sostenibilidad. Por ejemplo, aquellos traídos de miles de kilómetros de distancia cuando se pueden conseguir mucho más cerca y con menos contaminación derivada del transporte. O los que destruyen los paisajes naturales en el proceso de cultivo o extracción, caso de la producción masiva de langostinos que aniquila manglares costeros o del aceite de palma que destruye la selva tropical en Indonesia.

Se han propuesto varias etiquetas de kilometraje de alimentos que podrían ayudar a implantar este impuesto. Más difícil sería gravar los alimentos que contribuyen a la destrucción de la naturaleza, pero se podría plantear una especie de etiqueta de alimentos negativa que avise a los consumidores, como ahora lo hacen las del tabaco: “Alimento obtenido por un procedimiento esquilmante e insostenible”.

Nota: algunos alimentos llevarían varios impuestos añadidos. Por ejemplo, una caja de cereales de desayuno infantil tendría que estar gravada con el impuesto a los ultraprocesados y a los alimentos de alto impacto, así como el que se carga sobre el azúcar y alguno que grave el sobreempaquetado (caja de cartón y bolsa de plástico).

 

 

 

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