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Los vecinos furiosos tienen razones

25 Jul 2017
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A juzgar por lo que publica la prensa, la más tímida iniciativa de restricción del tráfico rodado provoca la furia vecinal instantánea. También hay gente a favor, pero sale menos en los medios. Los vecinos están en contra de cualquier iniciativa que limite la velocidad de los coches, establezca zonas peatonales, elimine carriles de circulación para vehículos o marque limitaciones de entrada a ciertas zonas (por ejemplo, que solo se permita la entrada a residentes), etc.

Las razones de la oposición vecinal suelen ser que las medidas antitráfico solo provocan atascos, que los comerciantes perderán clientes y que la seguridad ciudadana empeorará. Estos temores son lógicos, porque vivimos en una ciudad hecha para los coches. Nos pone nerviosos no escuchar la riada de coches bajo nuestras ventanas o el traqueteo del tráfico en nuestra calle. El argumento “técnico” y muy utilizado de que restringir el tráfico en una calle solo provoca el atasco en otra es una cortina de humo.

Otros argumentos técnicos, como el descenso de las ventas de los comerciantes, son refutados una y otra vez por la experiencia. Las calles peatonales son una mina de oro para los comerciantes. Las aceras anchas permiten a la gente caminar con más calma y mirar a su alrededor, e incrementan las ventas. El ejemplo histórico más usado es la peatonalización de la calle Preciados en Madrid, que comenzó ya en las navidades de 1968 y luego, ya en la década de los 70 del siglo pasado, se hizo total. Los comerciantes clamaron al cielo. Actualmente Preciados es la calle comercial más valiosa y transitada de España.

Algunos beneficios de la pacificación del tráfico dejan poco lugar para la polémica. Reducir la velocidad a 30 km/h como máximo equivale a reducir mucho los accidentes de tráfico y sobre todo los atropellos a peatones en ciudad, que provocan cientos de muertes al año en nuestro país, principalmente de niños y ancianos. Los coches circulando a menos velocidad también producen menos ruido y menos contaminación. Las calles con menos tráfico y más espacio para los peatones se revalorizan. Hay más sitio para colocar plantas, árboles y parterres, bancos y otro tipo de mobiliario urbano.

Todos estos razonados argumentos caen sobre los vecinos furiosos y no convencen a nadie. Los vecinos furiosos ven la pacificación de tráfico como un ataque intolerable a su estilo de vida, y tienen razón. Durante décadas, nos han dicho que nos compráramos un coche y lo usáramos intensivamente. Lo hemos hecho (sólo en Madrid circula un millón y medio de automóviles diariamente), nos cuesta un montón de dinero mantener el estilo de vida motorizado (unos 500 euros al mes, como media) y ahora nos dicen que el coche es intrínsecamente malo y que lo apartemos de nuestra vida. Eso sin contar que el automóvil es un 15% como mínimo del PIB español, genera cientos de miles de puestos de trabajo, etc. Por cierto, el Gobierno da generosas ayudas para que nos compremos un coche nuevo (los planes PIVE).

Son demasiados mensajes contradictorios. Hace medio siglo dejamos entrar al coche en nuestras ciudades y ahora no va a ser fácil hacerlo salir. Los vecinos furiosos tienen razón, no están a sueldo de una conspiración petrolera, pero también la tienen los ayuntamientos que intentan avanzar hacia una ciudad más sana y sostenible. ¿Qué hacemos? ¡Aporte su comentario!

 


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