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Segunda vuelta

14 ene 2008
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ANTONIO AVENDAÑO

Tic tac, tic tac. Ha comenzado lo que a los periodistas, tan imaginativos, nos gusta llamar la cuenta atrás. Las elecciones generales del 9 de marzo son en realidad una segunda vuelta de las celebradas el 14 de marzo de cuatro años atrás, cuando Aznar cometía el mayor error político de la historia democrática española y le servía a Zapatero la victoria en bandeja. El 9 de marzo se celebra la segunda vuelta de aquella jornada fatídica porque así lo ha querido el Partido Popular a lo largo de esta legislatura: durante cuatro años sus dirigentes han venido interpretando el 14-M en clave de absoluta provisionalidad, como si la victoria socialista lo hubiera sido únicamente de la primera parte de un encuentro cuyo segundo tiempo todavía está por disputarse.
Pero a su vez también los socialistas sospechan que su victoria del 14-M tuvo mucho de gol en propia puerta del equipo contrario. Ciertamente, los goles del adversario en propia puerta suben igualmente al marcador, pero no le saben igual al ganador. Ni a la afición. Aquella derrota desencadenada por él mismo le provocó al PP un resentimiento tan perdurable que no ha logrado sobreponerse a él en estos cuatro años. Por eso y aunque él mismo no lo sepa, el PP necesita perder el 9-M. Porque sólo una derrota le hará comprender lo que no ha comprendido en estos cuatro años: que los goles en propia puerta valen igual y que si uno no acepta esa sencilla regla del juego, no es un jugador de fiar.

Insurgentes en el metro

11 ene 2008
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ISAAC ROSA

La mayor amenaza para la convivencia y el progreso no es hoy el terrorismo etarra, ni el machista ni el automovilístico. El mayor peligro está en un puñado de trabajadores de limpieza del Metro de Madrid que con su huelga han puesto en riesgo los cimientos de nuestro desarrollo, haciendo visibles varios elementos cuya invisibilidad garantiza el buen funcionamiento del sistema.

Para empezar, han expuesto una situación empresarial y laboral muy común: servicios públicos explotados por empresas privadas, con contratas y subcontratas de todo tipo. Que unos trabajadores precarios y divididos hayan sabido movilizarse unitariamente y resistir puede ser una buena noticia para la clase trabajadora, pero nefasta para las empresas, y no olvidemos que son ellas las que generosamente crean riqueza, no los resentidos obreros.

Pero además, la huelga ha hecho visible otras dos cosas que no solemos ver: la basura que producimos, y el trabajo de quienes la recogen. Los residuos del sistema productivo, tan importantes como la actividad que los genera, sólo son visibles cuando quedan sin recoger. No vemos los vertederos hasta que se desbordan, como saben hoy en Nápoles. Quienes usamos el metro ignoramos las toneladas de basura que nuestro paso deja. Pero también ignoramos a quienes la recogen, raramente los vemos, como si el metro se limpiase solo, o mejor aún: como si no se ensuciase. Confiemos en que Esperanza “Thatcher” Aguirre actúe contra estos insurgentes y no se salgan con la suya.

Creencias que comparten el Gobierno y los obispos

10 ene 2008
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ANTONIO AVENDAÑO

El problema principal que tiene la Iglesia española es que no se ha enterado que España ha dejado de ser católica. De ahí se derivan casi todos los malentendidos que alimentan el esqueleto argumental del discurso de la Conferencia Episcopal, cuyo presidente verdadero es el arzobispo Rouco, aunque el presidente aparente sea el obispo Blázquez, cuyas razones, por cierto, para presentarse a un cargo que nunca ha ejercido son un inescrutable misterio.
Los obispos se comportan como si el 90 por ciento de la gente fuera a misa; se comportan como si los católicos que van quedando hicieran algún caso a lo que sostiene Roma en materia sexual, educativa o política; se comportan como si Dios fuera también un obispo como ellos; se comportan como si la alianza de la cruz y el trono no hubiera sido derrotada varios siglos atrás; y se comportan, en fin, como si estuvieran convencidos de que todavía es posible seguir convirtiendo a la gente a hostias.
Pero todo esto no sería tan malo si no mediara aquí algo peor. A fin de cuentas, que los obispos españoles sigan creyendo todos esos disparates tampoco es tan raro: ser obispo y encima español no es un destino fácil. Lo peor, pues, no es que los obispos crean todo eso, sino que lo crea ¡¡¡el mismísimo Gobierno de España!!! Lo que todo el rojerío antiguo, moderno y mediopensionista le reprochamos al Gobierno es justamente eso, que durante todo su mandato se haya venido comportando como si España siguiera siendo católica como antaño, como si la gente le echara cuenta a las consejos sexuales de la Iglesia o como si Dios mismo fuera un obispo español. Pero incluso eso podría un buen ateo disculparle al Gobierno. Ahora bien, lo que de ninguna manera cabe disculparle es que haya sido tan rematadamente pardillo como para creer que el verdadero presidente de la Conferencia Episcopal era un tal Blázquez.

La lotería y la muerte

07 ene 2008
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ANTONIO AVENDAÑO

La lotería es como la muerte: siempre les toca a los otros. Uno de los atractivos históricos de la lotería es que solía tocarle a los pobres, con lo cual los telediarios del día 22 de diciembre o del 5 de enero se ponían a reventar de pobres con la barriga al aire bebiendo sidra El gaitero hasta salírseles por las orejas. Si tú también eras pobre, te cabreabas un poco, pero bastaba con apagar el telediario y hacerte le fino descorchando una botella de cava. Sin embargo, ahora resulta, maldita sea, que la maldita lotería también les toca a los malditos ricos. Sobre todo a los ricos que tienen cuentas pendientes con hacienda y con la justicia, como el presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, que no llevaba uno, ni dos, ni tres décimos del gordo del Niño, qué va, el tipo ¡llevaba diez decimacos!
A veces ocurre con la lotería como con la muerte, que llega y resuelve un montón de problemas. Pero un montón, un montón. Cuánta no sería la alegría de Fabra que, nada más saberse afortunado, se comportó como se comportan los pobres en estos trances: haciendo pública su suerte. En el pasado, cuando a un rico le tocaba la lotería, se lo callaba como un muerto. Era poco distinguido hablar de ciertas cosas, y además que si no eras discreto se te llenaba la finca de parientes pobretones pidiéndote dinero. Los ricos de ahora se ve que son distintos y les falta tiempo para piarlas. Pensarán que mejor tener la casa llena de parientes que no de inspectores de hacienda.