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Reflexión aristotélica a propósito de Enrique Múgica

29 nov 2008
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ANTONIO AVENDAÑO A Enrique Múgica le gustan los toros, pero no le gustan los tontos. La razón de que le gusten los toros no está clara ni tiene por qué estarlo. Ni tiene él por qué explicársela a nadie, porque intentar explicar cosas de tanta hondura y sentimiento como las corridas de toros es de tontos. Sí está clara, en cambio, la razón por la cual al defensor del Pueblo, del Pueblo Listo, se entiende, no del Pueblo Tonto, que a ese no tiene por qué defenderlo nadie porque con los tontos es perder el tiempo; la razón, digo, de que a Múgica no le gusten los tontos es diáfana, dado que si a alguien no le gustan los toros es porque es tonto, cualquier buen conocedor de la Lógica de Aristóteles, como sin duda lo es Múgica, infiere sin dificultad que si a uno le gustan los toros, por fuerza no han de gustarle los tontos, pues si le gustaran los tontos él mismo sería tonto y eso es imposible puesto que él es un tipo listo, como se demuestra por el hecho de gustarle los toros. Se entiende, ¿no?

Con esta controversia el defensor se ha metido en un lío. En un lío tonto. Múgica pide explicaciones a los antitaurinos, sin advertir que las cosas son justamente al revés, que quienes deben dar explicaciones son los taurinos. Si alguien maltrata a un animal o levita mientras otros lo hacen, es él quien debe dar las explicaciones y no quien se opone a esa tortura. Si uno va por la calle y ve a otro darle una patada a un perro, está en su derecho de preguntarle por qué le da esa patada. De preguntárselo incluso aunque el agresor lleve bajo el brazo una edición anotada de la Lógica de Aristóteles. Lo raro sería que quien acaba de patear al perro le preguntara al pacífico ciudadano que lo observa que por qué no patea él también al animal. El interpelado no sabría qué contestar, naturalmente. Seguramente pensaría: ¡Vaya pregunta! Este tipo leerá mucho a Aristóteles, pero debe ser tonto.

La felicidad de no ser encuestado

24 nov 2008
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JUAN GÓMEZ

El dato, de entrada, asusta. Si conocer a un sólo analfabeto activa emociones, impresiona saber que en España hay en la actualidad casi un millón de ellos, o bien el 2,4% de nosotros.

Menudo ejército formarían si les diera por movilizarse todos a una, vaya usted a saber con qué propósito. Pero como en todas las estadísticas, falta lo fundamental, saber cómo vive su propia condición cada una de las personas que, por la gracia del INE, engrosan esas filas.

A golpe de titular, alistamos a todos los analfabetos en un problema nacional, sin que ellos lo sepan ni tengan por qué sentirse así. La inmensa mayoría de los españoles somos, por ejemplo, incapaces de descifrar una partitura musical, y aunque eso no nos impide gozar con Miles Davis, fingir que lo pasamos bien con Béla Bartók o no soportar a Van Morrison, para cualquier melómano ciudadano educado en el centro de Europa somos un guarismo preocupante.

Se conocen pocas ventajas de no saber leer ni escribir, salvo ahorrarse tonterías como este punto de vista. Es muy grave que tanta gente no haya tenido acceso a esa especie de sexto sentido, tan básico para sobrevivir en la jungla social. Pero frente a las apabullantes encuestas, alimento del miedo, imagina uno la vida particular de cualquiera de esas personas y no encuentra motivos para, sólo por ser analfabetas, condenarlas a la infelicidad, o a lo contrario.

Los golpes «flojos» y el legado de Wilson

22 nov 2008
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LUZ SANCHIS. Periodista

Desde la prisión de Brians, Antonio Fernando Quincoces dijo que no se arrepentía de nada, que nunca había tenido antecedentes penales y que a él lo que le ilusionaba era ponerse un uniforme para trabajar porque su padre era guardia civil y su hermano, teniente del Ejército del Aire.
No tenía antecedentes hasta que un jurado lo encontró culpable de homicidio y fue condenado a 13 años. Era vigilante del Maremàgnum, en Barcelona, y junto a Mariano Romero, portero del pub Caipirinha, y James Anglada, del Mojito, propinaron una paliza a Wilson Pacheco porque se puso chulo cuando no lo dejaron entrar.
Quincoces dijo que sólo le había atizado con su porra “dos veces y en las nalgas”. Romero, que le dio golpes “flojos y disuasorios”. Anglada arrojó a Pacheco al mar, a 25 metros de la pasarela del puerto. Estaba bebido y calzaba deportivas. Aunque intentó quitarse las zapatillas y la ropa, murió ahogado ante la mirada de un grupo de personas que le vieron moverse en el agua hasta que se hundió. Luego, se dispersaron.
Para lo único que sirvió su muerte fue para que la Generalitat se decidiera a regular el sector. Los candidatos a controlar las puertas de discotecas y pubs pasan ahora por un curso de 40 horas donde aprenden algo de leyes, primeros auxilios y psicología. Los que tienen antecedentes por agresiones o delitos contra el patrimonio están vetados.
Ante la comprobación de que muchos pueden haber superado el curso y después repartir somantas de palos al primero que les plante cara, la patronal del sector pide ahora que se mejoren los controles. Que se crucen los antecedentes penales con más frecuencia para detectar a los gorilas violentos pero licenciados en buenas maneras. Pero si los agentes no dan muchas vueltas para detectar a los que no tienen el título, no servirá de nada.

La culpa de todo es de todos

20 nov 2008
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 JUAN J. GÓMEZ

Ahora casi parece que la culpa de todo es de Garzón, de su legendario afán de protagonismo, de su tendencia a hacerlo él todo, como si no hubiera ya suficientes jueces, fiscales o incluso políticos que dedican toda su energía y sus recursos a la Ley de Memoria Histórica, que, como bien sabemos, se basta además ella sola para salir adelante.

Incluso si todo esto fuera incierto, si la desvergüenza nacional que lleva más de 70 años esperando una reparación corriera peligro de perpetuarse, si no estuviera la memoria sobre todo en manos de familiares de las víctimas, de forenses jubilados o de historiadores tenaces, ahora todo eso casi parecería también culpa del juez, de tantas críticas que le llueven estos días por todas partes.

La izquierda le culpa de lo que pasa: la investigación de los crímenes de la Guerra Civil y el franquismo, con la que tanto ilusionó a tantos, ha quedado en suspenso –en verdad queda en manos de la veintena de juzgados de las provincias a las que el juez trasladó el martes la causa–.

La derecha le culpa de lo que pudo pasar: los miles de cadáveres en las cunetas, los represaliados durante la dictadura, los niños de los rojos robados a sus padres estuvieron durante un mes a punto de recuperar su lugar en la historia, haciéndose su recuerdo incompatible con la impunidad –en verdad es cuestión de tiempo, quizá sólo de la nacionalidad del próximo juez, pero los muertos tienen siempre de su lado la paciencia–.

La otra derecha, esa multitud que suele declararse apolítica, le culpa por haber despertado las suficientes conciencias como para que ya nunca puedan mirar hacia atrás sin sentir cierta inquietud.

La Fiscalía, la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional y los compañeros jueces le culpan de haber intentado hacer justicia más allá de donde puede llegar la justicia –aunque se retirase antes de que le pitasen prevaricación o de que lo declarasen incompetente–.

Todos le culpan, pero no es culpa de ellos. Suele ocurrir que culpamos a uno de todo cuando todos tenemos parte de culpa. Son ya demasiados años de olvido como para que quede aún alguien inocente.

De plata o de bronce, vale con que sea medalla

17 nov 2008
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AMPARO ESTRADA

Los deportistas que ganan la medalla de bronce suelen estar más satisfechos que los que ganan la plata, porque los primeros se comparan con todos los que no ganaron medalla, mientras que los segundos lo hacen con el que ganó el oro –y porque han perdido la final–.

En estos momentos de crisis, cuando el desempleo aumenta al ritmo de 200.000 parados más al mes, tener un trabajo es como colgarse una medalla, aunque hace unos meses se viera ese mismo empleo lleno de inconvenientes.

Además de imperar el conformismo en las crisis, éstas deterioran los avances conseguidos en las relaciones laborales. La crisis es una buena excusa para que las empresas sean cicateras y no atiendan las reivindicaciones de los trabajadores. Ya no sólo sirve de justificación para no subir –o subir poco– los sueldos, sino que también permite sobrecargar de trabajo a la plantilla, ya que a los que no pierden el empleo se les exige trabajar por dos. Cierto que en España hay mucho que mejorar en productividad.

Ante este panorama, ¿qué papel juegan los sindicatos?