Civismos incívicos

Porque, en temas de seguridad urbana, no todo es lo que parece

Ciudades para viejos

30 ago 2010

A pesar de que la discriminación en el acceso a la vivienda está generalmente prohibida, en Estados Unidos algunas leyes permiten hacer excepciones con las retirement o old-age communities (comunidades de jubilados o personas mayores). En estas ciudades, como Sun City, en Arizona, los jóvenes no están permitidos, y policías jubilados se dedican a patrullar las calles buscando criminales de la edad. Las visitas de los nietos están limitadas, o incluso prohibidas, en pro de la “tranquilidad”. Ante la propuesta de construir una escuela cerca, por ejemplo, los habitantes de Sun City se opusieron por miedo a tener niños y adolescentes “deambulando por las calles y aterrorizando el entorno”.

Pero parece que las comunidades de viejos no son una excentricidad (excluyente y de legalidad cuestionable) estadounidense: los habitantes de Sun City son tolerantes si los comparamos con los promotores de Villamartin Hills, cerca de Alicante. El vídeo de promoción de sus 68 apartamentos “de lujo” establece que las visitas de los familiares más jóvenes tendrán que realizarse en “zonas especiales” (04:36), o en los apartamentos de alquiler construidos en los alrededores, para no “perjudicar” a los residentes. La seguridad es una de las “mayores prioridades” del complejo (06:04): los apartamentos tienen “interfonos de pánico”, hay seguridad privada las 24h, el complejo está vallado, hay cámaras de seguridad que se controlan desde una sala de control específica y control de todos los accesos.

Me pregunto qué llevará a los residentes a echar mano del interruptor del pánico: ¿la aparición de una pelota o una bici? ¿la identificación de rasgos de acné en la cara de algún incauto visitante? ¿el lejano eco de una nana o un reggeatón?

Vistas las cifras de delincuencia en las comunidades aisladas (bajísimas, aunque con un gran eco mediático), me temo que el mayor riesgo al que se enfrentarán los que opten por este estilo de vida es la muerte por aburrimiento. Eso sí, retransmitida en directo en la sala de control.

*La fotografia pertenece a un proyecto de Matières Prises. “A los 4 años, les dices hola a la gente y te sonríen… a los 18, te rompen la cara”. Karim, 19 años.

De manteros y negociaciones

22 ago 2010
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La semana pasada todos los medios catalanes se volcaron en el anuncio realizado por parte de las poblaciones de Calafell y El Vendrell de crear zonas de tolerancia para la venta ilegal (“top manta”). Mientras escribo estas líneas, está prevista en Calafell una manifestación contra los “manteros”, y no parece que el tema vaya a desaparecer de las sobremesas.

El debate mezcla tantos elementos que es difícil simplificarlo: los ayuntamientos de quejan de la inactividad policial y/o del Departamento de Interior, los comerciantes se quejan de los manteros y de los ayuntamientos, todos se lamentan por la “mala imagen” que dan las persecuciones de vendedores ambulantes, y ningún mantero ha dicho aún esta boca es mía.

Lo más sorprendente, no obstante, es precisamente la sorpresa que ha suscitado la revelación de que, en temas de seguridad ciudadana, la negociación no es la excepción, sinó la norma: en todos los municipios se negocia con los manteros y se aplica la ley con discrecionalidad. A veces de forma informal e individual, como cuando un policía decide no intervenir al no observar alteración de la convivencia ni recibir ninguna queja ciudadana. Otras veces de forma más articulada, como cuando una Policía Local o una Área Básica Policial opta por relajar o aumentar la presión sancionadora, dependiendo de las presiones del momento o de la necesidad de controlar los efectos perversos de la mano dura (aumento de la pequeña delincuencia, por ejemplo). Y en otros casos, son los mismos consistorios los que deciden iniciar procesos de negociación a largo plazo que permitan establecer espacios de diálogo, reducir tensión y proteger los intereses y necesidades tanto de los comerciantes como de los ciudadanos y de los manteros.

En el caso de Calafell y El Vendrell, me temo que precisamente la atención mediática de estos días impedirá a corto plazo la articulación de un proceso de este tipo, además de poner a los manteros en una situación de mayor vulnerabilidad. En otros municipios, sin embargo, la existencia de mesas de negociación con representantes de vendedores ambulantes sin papeles, policías y técnicos municipales está abriendo las puertas a políticas públicas de seguridad que huyen de lógicas racistas, que afrontan la realidad (en lugar de negarla), que aplican un marco legal que incluye la Ley de Extranjería, pero también los convenios internacionales y los Derechos Humanos y, sobre todo, que ponen por encima de los intereses particulares el bien común y la convivencia.

En todo el mundo, en realidad, las mejores experiencias de abordaje de los retos vinculados a la seguridad ciudadana han partido de la complicidad de todos los actores implicados con la mejora de los entornos urbanos: de responsables municipales que han optado por salir de las lógicas heredadas para buscar soluciones creativas a los problemas, de ciudadanos que han renunciado a la cultura de la queja para responsabilizarse del devenir de sus calles, de colectivos marginales que se han organizado e implicado en procesos colectivos, y de comerciantes que han puesto por delante del beneficio inmediato la apuesta por la convivencia (dejando de vender alcohol a ciertas horas, por ejemplo, para contribuir a la disminución de la violencia vinculada a los estados etílicos; o no permitiendo la entrada de niños y adolescentes en horario escolar para combatir el absentismo en los colegios).

Ahora que tenemos el debate sobre la mesa, esperemos que no se nos pudra en el laberinto de las acusaciones mutuas, la insolidaridad y las visiones particulares y a corto plazo, y que de él salgan reforzadas las iniciativas que, en muchos lugares, están sabiendo crear procesos de responsabilidad colectiva.