Civismos incívicos

Porque, en temas de seguridad urbana, no todo es lo que parece

Techno-hype

15 sep 2010
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Leía ayer en La Vanguardia que las pulseras contra maltratadores “presentadas por el gobierno a bombo y platillo para controlar los pasos de los hombres denunciados por malos tratos” no acaban de despegar, y que después de una inversión de CINCO MILLONES DE EUROS, en Catalunya sólo se ha colocado una.

A vueltas con la hipérbole tecnologica. Parece como si la tendencia generalizada a desconfiar de los políticos, de los vecinos, de los hijos y de las predicciones meteorológicas nos haya llevado a poner lo poco que nos queda de fe (y dinero) en la tecnología. ¿Qué en un avión se cuela un loco que ya estaba fichado por una mala coordinación entre fuerzas de seguridad? Compremos escáneres corporales. ¿Que la gente se queja de la inseguridad ciudadana? Pongámos cámaras. ¿Que los niños se escapan de la guardería? Insertémosles chips.

Sin entrar a valorar la insistencia en buscar solutiones técnicas a problemas sociales, lo que hace que este technohype bordee lo irracional es que, como en el caso de las pulseras, estas carísimas tecnologías son incapaces de hacer lo que prometen.

Sobre todo en el caso de las tecnologías aplicadas a temas de seguridad, el marketing de estos gadgets apela constantemente a visiones futuristas de control que tienen muy poco que ver con la realidad de la operatividad de las soluciones que se proponen. Yo, por ejemplo, aún no he visto ningún escáner del iris en un aeropuerto que funcione, y ahora mismo las empresas que los comercializan están trabajando en aparatos que tengan en cuenta diferentes medidas biométricas, reconociendo así que el gasto millonario realizado hasta la fecha por diferentes países ha sido inútil, pues el cálculo de sólo una variable ha demostrado no ser fiable.

Así que señores y señoras que deciden sobre el gasto público, ustedes que pueden, ¡léanse las instrucciones antes de dejar de pagar sueldos para financiar maquinitas!

¿Mujeres seguras?

26 jul 2010
Espero poder leer pronto la guía elaborada por Maria Naredo para ayudar a los municipios a incorporar la visión de las mujeres en los planes de seguridad. Sin embargo, la cobertura que hace Público del acto de presentación vuelve a poner sobre la mesa que, a pesar de los esfuerzos por desvincular la idea de vulnerabilidad del tratamiento de la seguridad y las mujeres, al final el mensaje que llega es el de la mujer-víctima. Aunque la nota de prensa se centra precisamente en esa voluntad de romper una relación que nos infantiliza, el artículo sobre el acto de presentación vuelve a caer en los tópicos de siempre.
 
Es cierto que la experiencia de la calle de las mujeres puede ser (¡y es, sin duda!) en algunos casos afortunadamente puntuales de miedo o agresión, pero para las mujeres el espacio público es mucho más un espacio de socialización, de cotidianidad, de relación y de empatía con el entorno que un espacio de angustia. ¿No sería útil entender la seguridad de las mujeres en términos de refuerzo de esta capacidad de encontrarse y habitar la ciudad, y dejar de ceñir la definición de seguridad al riesgo objetivo de ser víctima de un acto delictivo? Más que nada porque cada vez está más claro que la sensación de inseguridad no está relacionada con cifras de delincuencia, sinó con factores estructurales, familiares y de percepción del entorno en general.
 
Además, la demanda de iluminación, visibilidad y apertura de los espacios puede serle útil a la mujer-vulnerable, pero ésa no es nuestra identidad fija en el espacio público. ¿Qué ocurre cuando somos mujer-enamorada y buscamos la protección de la oscuridad del rincón o el portal? ¿Y cuando somos mujer-joven y necesitamos huír de la mirada de los mayores para intercambiar confidencias, primeras caladas y escapadas clandestinas?
 
Si las políticas de seguridad en entornos urbanos van a acabar produciendo ciudades en las que Romeo y Julieta no hubieran podido enamorarse, espacios de control y de miedo, de criminalización de la carcajada y el desafío a las normas, flaco favor le estaremos haciendo a nuestros sueños, aspiraciones y expectativas como mujeres. 
 
Estoy segura de que la guía que acaba de presentar la Generalitat tiene en cuenta estas consideraciones, y espero que aquellos que deben llevar a la práctica los planes locales de seguridad sepan salir de los tópicos y entiendan que el derecho a la ciudad de las mujeres no pasa sólo por “protegernos”, sinó por la creación de espacios de interacción, participación, reconocimiento y cuidado mutuo.
 
Porque, al final, ¿de qué sirve la iluminación de la calle si nadie mira, y si a nadie le importa lo que ve?