Opinion · Con M de

Los rohingyas saben que no volverán nunca

Vista aérea del campo de Kutupalong. Con una población de más de 500.000 personas, es el campo de refugiados más grande del mundo, según datos de ACNUR. Ignacio Marín

A finales de agosto del año pasado, la frontera entre Bangladés y Myanmar fue testigo de un éxodo sin precedentes. Los rohingya, la minoría étnica más perseguida del mundo, huía de Myanmar para escapar de lo que las Naciones Unidas han clasificado como una “limpieza étnica de manual”.

Una vez en Bangladés, cuando fueron trasladados a los campos de refugiados, se reencontraron con familiares y vecinos que hacía décadas que no veían: eran otros rohingya que, como ellos, buscaron refugio en el país vecino durante los estallidos de violencia de la década de los 90 o los 2.000.

Hoy, tras nueve meses de estancamiento y con el acuerdo de repatriación entre los dos países pospuesto hasta nueva orden -por preocupaciones acerca de la seguridad de los que retornen-, tanto los refugiados como las agencias internacionales se preparan para una crisis que puede durar indefinidamente.

De acuerdo con las estadísticas, cuando una situación de desplazamiento pasa la barrera de los seis meses, lo más probable es que dure años. Sin ninguna razón para creer que esta crisis será diferente, sin nada que hacer y sin sitio adonde ir, los refugiados rohingya saben que no volverán nunca.