Opinion · Con M de

No existe lágrima extranjera

 

El oso, la valla y el madroño por Youssef El Yedidi

Un cuento poético de Andri Castillo Söderström (@hilocrudo)

“Muy poca cara para semejante sonrisa”, pienso cuando les miro iluminar la habitación en la que por fín respiro. Sonríen y se despeja cualquier duda. Sucederán estas vidas con un ímpetu invencible porque las gobierna un anhelo que no se arredra ante nada.

Y entiendo el mapa desde aquí, como si las sonrisas fueran hogueras crepitantes que iluminan y señalan los caminos. Se les queda chica la mueca para la ilusión sin filtros que les asoma a la cara cuando juegan al futuro. Y se aventuran y amagan vaticinando una vida decente y juiciosa en nuestro lado del valle. Aquí donde la oportunidad brota, acá donde la posibilidad hierve y la viñeta se llena de paisajes amables en los que sembrar y curtirse, en los que prosperar y crecerse, en los que robustecerse y amparar al que vela desde lejos su aventura.

La necesidad traza el camino y combate cualquier frontera, la necesidad conspira y empuja, y se enciende como la luna un impulso ingobernable que no encontrará más obstáculo que la muerte misma, sin tragedia; sin leyenda; sin sentimiento heroico alguno. Perseverar es la excusa. El deber es el propio destino. Miro con ellos y desde ellos el relieve claro de mi tierra en el horizonte. Me sobrecoge como siempre la idea de que solo YO tengo permiso. En unas horas cruzaré sin más las aguas que contemplamos con una facilidad insultante y entenderé como siempre el empeño que les mueve a seguirme en el camino. “Hasta nuestros perros viajan con más derechos que sus hijos”, siento y pienso mientras naufraga en mi pecho la Europa esquiva e indecente que no puedo respetar. Soy una niña de orilla que cruza la linea invisible con los puños apretados, incapaz de aceptar lo inaceptable. Puedo exorcizar mis frustraciones de primer mundo ensuciando el mapa con mis vacaciones low cost. Puedo embarcar mi desamparo feroz en el siguiente vuelo y engañarme sin piedad pisoteando los senderos maltratados del último paraíso. Puedo gastarme los quintos que no tengo en descubrir esas ciudades que la masa ordenada descubre sin atención al mismo tiempo. Puedo. Puedo moverme, puedo equivocarme, puedo girar. Ellos, con sus sonrisas implacables, no pueden jugar, no pueden equivocarse, no pueden girar, no pueden venir siquiera a traernos sus verdades, su consuelo, su belleza insolente, su acervo, su genialidad, su moraleja y su cuento.

No existe la lágrima extranjera. Todas las lágrimas cuentan lo mismo. Estas carcajadas torrenciales brotando de bocas tan distintas son el único esperanto. La única esperanza.

¿Quieres oírlo?