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El Líbano: lecciones de solidaridad de un país al límite

El Líbano, con tan solo 6 millones de habitantes y una superficie del tamaño de Asturias alberga hoy a más de un millón de refugiados sirios. Según la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR) se trata del número más alto de refugiados por habitante de cualquier país del mundo. De todos los vecinos de Siria, Líbano ha sido el más afectado por el éxodo de la guerra. A esta ola de refugiados hay que añadir cerca de 30.000 iraquíes y casi  175.000 refugiados palestinos llegados hace décadas a territorio libanés, cuya subsistencia peligra seriamente tras el recorte de contribuciones de Estados Unidos a la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA).

Casi el 80% de los refugiados sirios son mujeres y niños. Alrededor de dos tercios de los refugiados sirios no tienen estatus legal de residencia y cerca del 70% viven por debajo del umbral de la pobreza. Debido a la experiencia de casi sesenta años de permanencia de refugiados palestinos en Líbano, el Gobierno libanés ha prohibido la apertura de nuevos campos en su territorio, optando por programas de vivienda temporal en apartamentos, edificios abandonados, tiendas reacondicionadas y campamentos informales, lo que añade más presión a la población local, en términos de infraestructura, acceso a servicios básicos, vivienda, educación o seguridad. La antigua Suiza de Oriente Medio es un país desangrado por la guerra civil y la emigración económica: entre 11 y 13 millones de descendientes libaneses viven en el exterior. Mientras en Europa nos rasgamos las vestiduras, Líbano da una lección de compromiso y solidaridad en un país que ni siquiera ha firmado la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 ni su Protocolo de 1967. La enorme presión social y económica que supone acoger a tantos refugiados, la ausencia de marco legal, el insuficiente apoyo financiero y político internacional y la incipiente hostilidad en algunas zonas del país, han favorecido un entorno de discriminación y vulnerabilidad creciente, tal y como denuncia Human Rights Watch en su informe de abril de 2018 sobre desahucios masivos por razones de nacionalidad o religión.

A esta ola de refugiados hay que añadir cerca de 30.000 iraquíes y casi  175.000 refugiados palestinos llegados hace décadas a territorio libanés, cuya subsistencia peligra seriamente tras el recorte de contribuciones de Estados Unidos a la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA)

El Líbano celebró elecciones el pasado 6 de mayo después de nueve años de gobiernos de coalición, tres extensiones de la legislatura y dos años de vacío presidencial. El reparto negociado del poder en el Líbano convierte el marco institucional en un esquema rígido difícilmente accesible a actores ajenos a los que negociaron la Constitución de 1926 aún vigente. La alta llegada de sirios, se percibe como una amenaza al encaje de bolillos inter-confesional, ya que la mayoría de la población refugiada es musulmana sunita o chiita, lo que viene a alterar el delicado equilibrio social y político, convirtiéndose en un obstáculo para su naturalización e integración en la sociedad libanesa. Para unos, este sistema es una joya de ingeniería política que permite una frágil convivencia en una región explosiva. Para sus detractores supone una inexpugnable barrera que impide la entrada en el sistema de otras minorías, miembros de confesiones no reconocidas, laicos, movimientos de la sociedad civil, etc. La confesionalidad no solo afecta al reparto de escaños y altas magistraturas, sino que determina el estatus civil y familiar al permitir a los grupos religiosos reconocidos legislar en estas áreas. La primera víctima de este sectarismo es la mujer que, como describe Human Rights Watch en Desiguales y Desprotegidas, al no existir un código civil que regule cuestiones vitales como el divorcio, la custodia de los hijos, el derecho a la propiedad privada o la herencia, deja en manos de tribunales religiosos sus derechos y los de sus hijos.

Una reciente encuesta de ACNUR, UNICEF y el PMA, muestra que los sirios refugiados en el Líbano son más vulnerables que nunca: más de la mitad viven en la pobreza extrema y más de tres cuartas partes lo hacen por debajo del umbral de la pobreza. Su dependencia de la ayuda internacional es cada vez mayor y las incertidumbres que amenazan la financiación humanitaria en 2018, acrecientan su debilidad y precariedad. El difícil y caro acceso a permisos de residencia les aboca a la clandestinidad y a evitar todo contacto con las autoridades quedando así sin protección ni acceso a la justicia. Según el informe de 2017 de Human Rights Watch más de 200.000 niños sirios quedaron sin escolarizar durante el curso 2016-2017, porque los padres no podían pagar el transporte, por el trabajo infantil (fomentado por las duras regulaciones impuestas a los refugiados adultos para obtener la residencia legal o trabajar), o por las restricciones a la inscripción en las escuelas. Aprender inglés y tecnología es la única vía de salida para muchos niños y adolescentes que ya han perdido el ritmo educativo o nunca lo tuvieron tras siete años de conflicto.

En el Líbano, la educación es un valor muy arraigado, con un 99% de matriculación en la educación primaria. La magnitud de la crisis de refugiados sirios en Líbano plantea desafíos a medio y largo plazo en todos los ámbitos, pero es el terreno de la educación donde más posibilidades tienen los sirios de integrarse en su país de acogida. El Ministerio de Educación libanés ha establecido programas de enseñanza específicos para refugiados sirios en cerca de 300 escuelas públicas del Líbano para niños entre 5 y 13 años. Las familias sirias no pagan tarifas, tasas ni el material escolar.

En la bellísima región montañosa del Alto Chouf, al sur de los Montes del Líbano, a 50 km de Beirut, la localidad de Moukhtara, de población principalmente drusa y cristiana, dedicada a la agricultura, es un ejemplo de la actitud integradora de los libaneses. Sara Abou Assi, una profesora drusa de 31 años, imparte clases de inglés en el colegio público de Moukhtara a niños libaneses de primaria y secundaria. Por las tardes, en las mismas aulas, niños sirios ocupan esos mismos pupitres con la ilusión de un futuro mejor. Según Sara, los niños sirios tienen un nivel muy bajo de inglés, ya que la enseñanza en Siria es principalmente en árabe y provienen en su mayoría de familias con bajo nivel educativo. Muchos empiezan casi desde cero. La enseñanza que brindan estos proyectos es más académica que profesional. Hay miles de niños sirios que no están inscritos en estos programas debido al precio del transporte, la falta de aulas, el miedo a cruzar puestos de control o la propia inseguridad personal por el desconocimiento del inglés y francés. Según ella, los niños sirios y libaneses gozan de las mismas condiciones educativas, materiales y de trato, a la vez que aprenden la cultura y los valores libaneses. Los chavales libaneses y sirios se turnan en las aulas, sin llegar a cruzarse, aunque forman parte del mismo proyecto. Este sistema del doble turno que tiene beneficios obvios, también es criticado por implicar la segregación del alumnado, el agotamiento del profesorado, la falta de recursos de un sistema ya de por sí deficitario y sobrecargado. Lo que fue pensado como una solución a corto plazo requiere ahora una visión más sostenible e inclusiva, pero es un ejemplo de cómo la educación para la integración es el mejor camino para curar las heridas de la guerra, mantener a los niños alejados del trabajo infantil y darles una oportunidad de futuro.

Emily Nasralá, escritora libanesa y militante de los derechos de las mujeres, recientemente fallecida, tenía tres constantes en su obra: la emigración, la situación de la mujer árabe y la guerra, según ella ramificaciones del mismo árbol del que emanaban sus palabras. Ella, como libanesa, era muy consciente del desgarro de la emigración y como describe en su obra Pájaros de septiembre “la quemadura que arde en el corazón no la apagará el retorno porque nunca volveremos a ser lo que fuimos”. La guerra nunca alteró el amor por su país siempre presente en su obra del que siempre le asombraba su “vitalidad, su capacidad de renovarse y de renacer”.