Opinion · Con M de

Atenas, la odisea interrumpida de los jóvenes refugiados

Una joven refugiada en un campo de refugiados en Grecia – Ignacio Marín

Por Diana Moreno.

Después de siete horas de trayecto, la zodiac en la que viajaba Lama* se quedó sin combustible en medio del océano, frenando en seco un viaje que había empezado con la huída de la guerra de Siria. Muchos de sus tripulantes se marearon y todos, sin excepción, se preguntaron si sobrevivirían a aquel día. Ella y su familia de siete miembros planeaban continuar su viaje rumbo a Europa pero, después de una hora a la deriva, les recogieron guardacostas griegos para llevarlos al país que no iba a ser la siguiente escala del viaje, como pensaban, sino el final del mismo.

Lama, que entonces tenía 17 años, y su familia pasaron a engrosar el número de personas refugiadas que, en los últimos años, han llegado a Grecia. Años después del “austericidio” que el FMI impuso al país heleno, este ha tratado de ofrecer una respuesta a la crisis de asilo con sus pocos recursos, especialmente durante la llegada masiva de refugiados en el año 2015 a sus costas. Sin embargo, el cierre de fronteras tras el acuerdo de Turquía en marzo de 2016 contribuyó a convertir al país- en el que, casualmente, nació el término “odisea”- en una ratonera de donde miles de seres humanos ven sus viajes abruptamente interrumpidos. Se calcula que más de 45.000 refugiados están ahora mismo atrapados dentro de las fronteras de Grecia, cuyo sistema de asilo se encuentra desbordado: solo en las islas hay el doble de personas que de plazas, como ha denunciado Oxfam.

El país se ha convertido así en un estado-cárcel a la frontera de Europa donde, para los solicitantes de asilo, solo existen dos alternativas: la vida en un campo de refugiados apartados de las ciudades, o la opción que mucha gente toma, desplazarse a Atenas u otros núcleos urbanos donde subsistir mientras esperan la respuesta a sus solicitudes de asilo, reunificación familiar o pasaporte. ¿Qué clase de vida pueden rehacer así, en la incertidumbre total, todas estas personas, especialmente los jóvenes? Para miles de ellos, las ilusiones de trabajar o de estudiar otra cosa que no sean idiomas se frustran. Una vez en tierra firme, a muchos, como a Lama, les parece que siguen perdidos en el océano y el viaje hacia la tierra prometida se hace interminable.

Jóvenes en el limbo

A Sayid*, por ejemplo, le gustaría retomar los estudios de medicina que quedaron interrumpidos cundo tuvo que abandonar Siria y llegó solo a Grecia, a los veintipocos. Dos años después, ya en la ciudad de Atenas, colabora con centros y oenegés para ayudar a otras personas recién llegadas, pero su sueño de ser médico o de viajar se vuelven muy borrosos. “En Grecia no tengo derechos”, dice encogiéndose de hombros. “No tengo DNI, no tengo pasaporte, no puedo ir a Europa como turista, no puedo estudiar aquí porque necesito dinero, no puedo trabajar…” Para obtener alguna clase de documento tiene que esperar un año más y hacer una entrevista, pero ni siquiera sabe si se lo darán o no. Alemania es su tierra soñada, por eso, un día dibujó una línea imaginaria desde sus pies hasta allí y echó a andar, pero a la altura de Croacia le detuvieron y le devolvieron de vuelta a Grecia, su cárcel particular.

Cuando los recursos no son suficientes para proteger a las personas más vulnerables, muchas quedan en la calle, y es lo que sucede a un perfil concreto de menores y jóvenes no acompañados. Muchos se reúnen en plazas como la de Exarchia, un hervidero de hombres jóvenes, idiomas extranjeros, hogueras, pancartas y humeantes puestos de kebab. “Mi vida está muy jodida”, me explica allí un chico de 23 años que llegó solo de Irán. Después de un año en Grecia, vive en un piso compartido financiado por organizaciones, pero en tres meses tendrá que abandonarlo y ahora pasa sus días deambulando por la plaza, esperando la llegada de su pasaporte e imaginando destinos europeos, ya que tiene decidido abandonar el país en cuanto le den alas. Confía en que sus enfermedades, propias de alguien mucho mayor, le permitan trabajar. “Pienso que cuando estaba en mi país tenía mi trabajo, dinero, tenía todo, mi familia, pero aquí la vida es una mierda. No sé qué hacer, quiero encontrar un trabajo, no quiero mucho más”. Ante la absoluta falta de expectativas, muchos jóvenes emprenden nuevos viajes, mucho más oscuros: los del alcoholismo, las drogas o la prostitución.

Oenegés, squats y redes solidarias

“Los jóvenes entre las edades de 15 y 24 años corren un riesgo especial de alienación y desesperación cuando se ven afectados por la guerra y el desplazamiento”, explican desde la ONG Mercy Corps. “Hay muy pocos espacios seguros para que pasen tiempo, pocas oportunidades para que aprendan o ganen ingresos, y poco apoyo social y psicológico para ayudarlos a sobrellevar lo que han pasado”. Más allá de los agónicos esfuerzos estatales para ofrecer protección a estas personas, quienes toman la batuta de forma mucho más decidida y reivindicativa son los movimientos sociales, los centros llevados por voluntarios y los potentes movimientos anarquista y okupa griegos, que hicieron de la crisis oportunidad dándole vida a algunos de los cientos de edificios abandonados tras la debacle económica. Los diez squats que en los últimos años han sido ocupadas en Atenas –antiguos hoteles como City Plaza, escuelas u oficinas abandonadas ahora transformadas en hogares de paso- dan alojamiento a unas 2.000 personas; pero además, junto con centros sociales -como Khora Community o Melissa Network-dddd o la red de clínicas y farmacias solidarias ateniense que atiende sin mirar los papeles, cubren las necesidades básicas y ofrecen clases, actividades, asesoría legal y un espacio en el que crear comunidad y redes solidarias.

En estos centros la infancia y la escolarización es uno de los principales objetivos, aunque para ello es necesario tener papeles en regla. “A algunos [refugiados] no les interesa porque si consiguen papeles consta que han pedido asilo en Grecia y les es más difícil ya irse a otro país”, explica un voluntario de la squat de la calle Ajarnon, que se encarga de vacunar y escolarizar a los niños y niñas de las 25 familias que viven en su interior. “Si van a estar ya tiempo aquí, lo suyo es que al menos aprendan inglés u otra cosa”, añade.

Y dentro de ese movimiento de solidaridad los refugiados no son solo parte beneficiaria, sino parte activa. Lama, por ejemplo, colabora ahora como voluntaria en el Victoria Centre, cerca de la plaza Victoria, donde trabajan oenegés españolas como SOS Refugiados o Zaporeak y se ofrece comida diaria a entre 600 y 700 personas. Ella ayuda en la guardería, la cocina y a gestionar la ropa donada. “Me gusta ayudar a la gente”, explica. “Hay muchos refugiados que están prestando ayuda a otras personas”. Y desde hace un mes demuestra lo que los jóvenes refugiados pueden aportar a su nuevo hogar -aunque este sea de paso- impartiendo ella misma clases de árabe tres veces por semana para todo aquel que quiera asistir. Para muchos jóvenes como ella, la solidaridad es una forma de recuperar el rumbo que habían perdido sus viajes.

*Nombres ficticio