Rescatar el paseo

08 Oct 2009
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La costumbre de echar a andar sin misión prefijada, solo por el gusto de callejear y ver qué novedades ofrece la vida urbana, o con la idea opuesta de constatar que sigue ahí, intacto, lo que nos sirve de asidero en nuestra ciudad (que cada uno marque en la casilla correspondiente si se trata de una charcutería o de un árbol centenario) comienza a ser un acto de militancia. De ahí que, en el temario de algunas escuelas de arquitectura españolas, ya se encuentre el capítulo titulado “el incierto futuro del espacio público”.

Este enunciado nos invita a reflexionar acerca de una modalidad de espacio que se tambalea a gran velocidad. La paradoja, no exenta de perversión, radica en que muchos de los núcleos urbanos recién construidos, si bien tienen un aspecto atractivo, con casas sólidas e hileras de árboles frondosos junto a los que apetece caminar, han sido concebidos para que la unidad básica de circulación sea la rueda y no el pie humano.

Escribo esto desde una ciudad con un centro bastante degradado, que ahora enseña sin pudor sus tripas en muchos puntos estratégicos, rodeados de vallas amarillas y bloques apilados de granito que desvían el camino de los transeúntes. Si bien su estatus de ciudad paseable peligra, Madrid sigue contando en sus calles con flâneurs, esos viandantes de la modernidad. Me pregunto si los lectores de Cuenca, de Jaén o de Estella, por citar varias ciudades al azar, sienten este temor acerca de su propio lugar de residencia. Si ni siquiera conciben la amenaza de un futuro en el que salir de paseo sea una actividad descatalogada en su ciudad, eso indica que están de verdad salvados.