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Vigencia del disparate

22 oct 2009
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A Ramón Gómez de la Serna lo conocíamos como escritor, pero hoy, y gracias a San Youtube, podemos verlo monologando o, en términos más contemporáneos, realizando una performance en la filmación El orador, con el Retiro madrileño de fondo. El material es una joya: impostando la voz desde su corbata bien anudada, Ramón (me permito llamarle por su nombre a secas) nos habla ceremoniosamente y con no poca sorna acerca del mónóculo sin cristal, centrando su atención en la variante “especial para nuevos ricos”; nos muestra también su maestría como imitador de los sonidos que se producen en el corral de gallinas y, por último y como plato fuerte, nos describe con precisión los usos del invento llamado “la mano convincente del orador”, un cruce entre guante de beisbol y manopla para sacar bandejas calientes del horno que, según él, produce un sinfín de efectos beneficiosos sobre las masas.

Esto sucedía en 1928, en plena dictadura de Primo de Rivera y con el crack del 29 llamando a la puerta. ¿Tenía España entonces el cuerpo tan poco de jota como lo tiene ahora? Lo ignoro pero, en cualquier caso y para mi sorpresa, el documento audiovisual no presenta síntoma alguno de envejecimiento: ochenta y tantos años más tarde, ya soplen vientos favorables o adversos, muchos seguimos entusiasmándonos con tipos como Gómez de la Serna, cuyo discurso nos saca con brío de la solemnidad. Y otros tantos, como probablemente sucedía en época del propio Ramón, seguirán considerando mamarrachos a los que tengan un mensaje de aires descabellados que transmitirnos. Qué razón tenía Julio Iglesias: la vida sigue igual.

Rescatar el paseo

08 oct 2009
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La costumbre de echar a andar sin misión prefijada, solo por el gusto de callejear y ver qué novedades ofrece la vida urbana, o con la idea opuesta de constatar que sigue ahí, intacto, lo que nos sirve de asidero en nuestra ciudad (que cada uno marque en la casilla correspondiente si se trata de una charcutería o de un árbol centenario) comienza a ser un acto de militancia. De ahí que, en el temario de algunas escuelas de arquitectura españolas, ya se encuentre el capítulo titulado “el incierto futuro del espacio público”.

Este enunciado nos invita a reflexionar acerca de una modalidad de espacio que se tambalea a gran velocidad. La paradoja, no exenta de perversión, radica en que muchos de los núcleos urbanos recién construidos, si bien tienen un aspecto atractivo, con casas sólidas e hileras de árboles frondosos junto a los que apetece caminar, han sido concebidos para que la unidad básica de circulación sea la rueda y no el pie humano.

Escribo esto desde una ciudad con un centro bastante degradado, que ahora enseña sin pudor sus tripas en muchos puntos estratégicos, rodeados de vallas amarillas y bloques apilados de granito que desvían el camino de los transeúntes. Si bien su estatus de ciudad paseable peligra, Madrid sigue contando en sus calles con flâneurs, esos viandantes de la modernidad. Me pregunto si los lectores de Cuenca, de Jaén o de Estella, por citar varias ciudades al azar, sienten este temor acerca de su propio lugar de residencia. Si ni siquiera conciben la amenaza de un futuro en el que salir de paseo sea una actividad descatalogada en su ciudad, eso indica que están de verdad salvados.

¿Y éste quién es?

01 oct 2009
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¿Es en los comentarios anónimos de las noticias publicadas en blogs donde se halla el sentir popular en su máxima expresión? Si damos por válida la hipótesis, observaremos que gran parte de ese sentir popular opta por la protesta, a menudo en su versión refunfuñona. Es frecuente que, en entrevistas a personajes cuyas caras y apellidos no frecuentan los medios, aparezcan comentarios en tono chulesco preguntando “¿Y este quién es? Lo conocerán en su casa a la hora de comer”.

Parece fácil constatar que tras ese comentario de tinte agresivo se esconde quien pide pan y circo y obtiene a cambio una rebanada de un cereal distinto del trigo y un formato circense desprovisto de la carpa de rayas que tan bien conoce. Tiembla entonces el suelo para este pequeño Rey Sol que ningunea todo lo que ignora y que cree participar en un concurso perenne en el que sumamos o restamos puntos por nuestro saber o ignorancia.

En el mejor de los mundos la figura desconocida no sería interpretada como una amenaza o un insulto a nuestras carencias y, por ende, no nos urgiría ir hacia el teclado a mostrar nuestra rabieta despectiva. Es un impulso sano no aceptar ciegamente toda información que se nos proporcione, pero la necesidad automática, casi pavloviana, de ponerse en guardia ante lo no familiar es un mal lamentablemente ibérico, propio de quien viene acomplejado de fábrica. Cambiar esta actitud por las dosis de curiosidad suficientes para evitar que reaccionemos con rabia ante lo que aún no es parte de nuestro bagaje cultural, me temo que llevará edades geológicas. La pregunta es si hay alguien interesado en que este cambio suceda.