Tras leer No Logo, el vendidísimo libro de Naomi Klein, a muchos nos da pampurrias el poderío de ciertas marcas que se plantan entre nosotros con los ademanes toscos de un magnate obeso sin escrúpulos. Seamos realistas: por el momento no parece posible un mundo ideal en el que cualquier rastro de marca haya sido borrado por completo. De hecho, las inocentes marcas blancas de los supermercados son también reconocibles como tales, y en el sector alimenticio o en el de la ropa y el calzado todavía es inviable pensar en comprar genéricos como los de las farmacias: no existen cajas de cartón donde simplemente se lea “zapatillas de deporte talla 40” ni cajetillas genéricas de tabaco rubio.
Pero, al menos en Italia, se puede y se debe sacar pecho al meter en el carrito de la compra legumbres, pasta y vino de la marca Libera Terra (www.liberaterra.it). Todo lo cultivado por Libera Terra procede de los terrenos confiscados a la Mafia en Sicilia, Puglia y Calabria. Estas tierras, que ahora son gestionadas por cooperativas, pretenden escapar, en sus propias palabras “de la cultura del favor y del privilegio”. Salvando las distancias respecto de un problema tan importante y complejo como el de la mafia, a todos nos resulta familiar por estos lares ese estilo de vida en el que priman el favor y el privilegio, materializado en el “tú tranquilo, que yo me ocupo”, o en el sobrino inepto del jefe enchufado en un trabajo. Como de lo que se come se cría, otro gallo nos cantara si nuestros potajes y cocidos llevaran garbanzos de Libera Terra.
Japón se ha dado cuenta: es posible sacarle rendimiento económico al vicio por explotar las burbujas del papel de embalar plastificado. La marca Bandai, creadora del Tamagotchi, la antaño popular mascota virtual, es la artífice del llaverito antiestrés llamado Puchi-Puchi, que permite al usuario reproducir hasta el fin de sus días el sonido que hacen las adictivas burbujitas al estallar. El Puchi-Puchi se puede encontrar en España desde el año pasado y es pariente conceptual de otro producto: el recién publicado Cuaderno de garabatos para los adultos que se aburren en el trabajo, que torna sofisticada la afición por hacer dibujitos mientras se habla por teléfono. La idea principal de dicho cuaderno es la de proporcionar un entorno organizado en formato libro para ese desenfreno gráfico que a muchos nos entra cuando hablamos por teléfono o en momentos de espera aburrida.
Por lo que se ve, los clásicos y modestos pasatiempos humanos directamente relacionados con la ansiedad y el estrés son ya objeto de comercialización por parte de las empresas. No parece que la idea sea ofrecer opciones para combatir el garabateo compulsivo ni la manía de reventar burbujitas; al contrario, se nos insta más bien a seguir practicando nuestras obsesivas aficiones pero pasando antes por caja y dándoles un aire refinado y dotado de mayor complejidad. Imagino que ya estará en pruebas algúna mano postiza con uñas para morder, evitando así el deterioro de las nuestras. Pero por favor, que venga con calendario y cronómetro, a ser posible.
Si a algo estamos expuestos sin ser demasiado conscientes de ello es a las noticias chuscas de los portales de internet. Te saludan cada día cuando pasas ante ellas para entrar en tu cuenta de correo electrónico, te hacen creer que son amenas, que te proporcionan información curiosa y que te alegran la mañana cuando, en realidad, te la amargan poco a poco sin que puedas controlar bien de dónde procede esa sensación de que el mundo es un lugar estúpido que ellas contribuyen a generar.
Salvo alguna noticia oficialmente “seria” de cuyo rigor informativo dudo bastante, el resto son curiosidades y consejillos de poca monta. Ejemplos reales son, en la sección salud: “orejas de soplillo: no te acomplejes, tienen solución”; en la de sucesos: “un ladrón obliga a sus víctimas a oirle cantar”, y en la de cotilleo sobre famosos, el tono de chufla generalizado incluso ante tratamientos de quimioterapia (“Farraw Fawcett pierde su melena: el ocaso del ángel”). Todo muy en la línea de aquellos dos bizarros periódicos, El Caso y Noticias del mundo, que de vez en cuando era divertido ojear, pero no a diario y menos en nuestros monitores de 13´3 pulgadas. De aquí a nada, las caras de Vélmez aparecerán en ellos como ejemplo de información pertinente para el mundo contemporáneo.
Mientras tanto, y para evitar leer esos titulares que se subrayan solos para que hagamos click sobre ellos, trato de llegar a mi correo por algún atajo; lo mismo que hacemos cuando no queremos encontrarnos con ciertos vecinos del edificio y fantaseamos con salir por la ventana mediante un sistema de poleas. A veces, no queda otro remedio.
Entramos de lleno en la época de las comuniones: se ven, sobre todo en escaparates de tiendas pequeñas de confección no franquiciadas, vestidos de novia liliputienses, uniformes de marinero y americanas azules con botones dorados tamaño infantil. Pero desde hace ya casi una década hay alternativas a este sacramento: las comuniones civiles se han convertido en la manera de no renunciar al festejo esquivando unas creencias con las que uno, nunca mejor dicho, no comulga.
Pero no es sólo la avidez de banquete y de recibir como regalo la primera cámara de fotos lo que conduce a celebrar comuniones civiles: algunos padres alegan presión social, pues temen el clásico mamá-por-qué-yo-no de parte de sus laicos hijos. También parece estar en juego la necesidad de efectuar un rito de paso a la adolescencia y la de pertenecer a una comunidad: a todos nos gusta formar parte de algún grupo, pero ojo, hay que elegir bien de cuál.
Es pronto para saber si las comuniones civiles serán el evento primaveral por excelencia dentro de unas décadas o si su aparición es solamente fruto de una fase intermedia entre la ineludible comunión de antaño y una época futura en la que los laicos vayan tranquilamente silbando por la calle sin inventarse nuevos rituales. En otras palabras: quizá estas neocomuniones funcionen hoy de algún modo como la prestación social de las últimas décadas del siglo pasado, cuando la mili ya se estaba resquebrajando pero aún se hacía necesario sustituirla por otra actividad.
Desde hace décadas, la idea del autor como artífice único de su obra, imponiendo su visión del mundo pluma o pincel en mano, se ha ido resquebrajando hasta casi hacerse añicos. Pero en esta sociedad requeteposmoderna la cosa no podía quedar así: tras aceptar mal que bien esas nuevas ideas y aprender a ver a los que firman textos, vídeos y lienzos como meros participantes de una sesión de espiritismo en la que alguien habla a través de ellos, llega la idea de autoría a productos alimenticios que, antaño, al igual que el Cantar del mío Cid, habían sido anónimos.
Primero desembarcaron los aceites de Ferrán Adrià, con soja, albahaca o cardamomo, y a partir de ahí, la etiqueta “de autor” se empezó a manejar con soltura en aguas, chocolates y otros productos que llevarse a la boca de los que antes sólo conocíamos su marca. Nos consuela pensar que hay una persona detrás de esos alimentos, aunque sea una abuela genérica que hace caldos de pollo y magdalenas esponjosas, o un churrero anónimo que fríe con esmero sus patatas y empaqueta su “obra” en bolsas amarillas de papel. Nos viene bien sustraerle a lo comestible ese toque impersonal e industrial y así quitarnos de la cabeza las escalofriantes leyendas urbanas sobre el proceso de producción del fiambre en lonchas o de la pizza congelada. Lo positivo de todo esto llegará cuando logremos dignificar toda tarea añadiéndole este prestigioso sambenito y llamemos al conjunto de labores que incluyen pasar la aspiradora, doblar los calcetines limpios de una determinada manera y ordenar los tarros de la cocina según su tamaño, “limpieza de autor”.
Si los timos que ocurren en los taxis de Madrid fuesen escenas de una obra teatral, no serían ni por asomo las de un montaje colectivo en el que los actores proponen ideas y añaden frases de su cosecha, sino más bien las del teatro de texto de siempre: un sainete con sus acotaciones y sus personajes estereotipados. Y, ante todo, prohibido saltarse una línea: a los taxistas sisadores, como a todo timador formado en la escuela de pícaros cinematográficos modelo Atraco a las tres o Los que tocan el piano, les molesta que te salgas de tu papel e improvises.
Lo sufrí en mis carnes: la taxista en cuestión, experta en realizar el trayecto más caro posible entre el aeropuerto y cualquier punto de la ciudad, me aclaró, tras indicarle yo dónde quería ir, que ni soñase con ir por el centro, y quiso zanjar la cuestión. Le hice ver que en la pegatina de la ventanilla figuraba entre mis derechos el de elegir itinerario (a falta del derecho a solicitarle al taxista que apague inmediatamente la COPE). Se puso aún más nerviosa y me amenazó con devolverme al aeropuerto de inmediato si no aceptaba el itinerario que me “sugería”. Para no liarla más, accedí a ser estafada y ahí comprendí la dinámica de su actitud violenta: ella esperaba de mí una turista japonesa que le mostrase un papelito con el nombre de su hotel y cuyo vocabulario en castellano se limitase a un “por favor” y un “gracias” mal pronunciados. Ese es el personaje apto para que el taxista estafador luzca su talento escénico. Alguien que apela a sus derechos en esa situación, es como un personaje de Bergman metido con calzador en una peli de Tony Leblanc.
Quiza sea una estrategia comercial, pero agradezco que los dueños de las cadenas de comida rápida desvelen públicamente sus nombres y apellidos. Niall y Faith MacArthur, propietarios de la británica Eat, firman sus comentarios sobre los productos de la marca en sus propios envases, lo que proporciona al consumidor el alivio de saber que alguien se hace cargo de esa comida.
No ocurre lo mismo en el mundo del bocadillo de aeropuerto español o de su línea aerea nacional: tras el logo de “Fast Good” sí se esconde, a lo lejos, Ferrán Adria; no así tras el bocadillo de jamón serrano con aceite de oliva que también se sirve en los aviones ibéricos a seis euros. Me refiero a una especie de bimbollo relleno de un jamón tan chicloso que ni los colmillos de un depredador lograrían lidiar con él. Sí, la clásica escena del mordisco en el que uno se queda con todo el jamón entre los dientes y deja el mazacote de pan vacío nos ha ocurrido a mí y a otros en los aviones de un país que exporta como rasgos identitarios su gusto por el buen comer y por los productos “de siempre”.
Me duele la decepción del turista que decida inaugurar su viaje a este país con la promesa de un rico bocadillo de jamón a bordo y no halle a quién mostrar su desencanto, a quién preguntar dónde está el famoso aceite de oliva o por qué no lleva tomate ese pan fronterizo con la bollería industrial. ¿No nos entran grandes ganas de blandir, todos a una, los panes pagados a precio de oro en aeropuertos y aviones españoles y emplearlos a modo de porra? La actividad no entrañaría riesgos, pues pocas contusiones provocaríamos con armas tan blandengues.
Mi bilbaína amiga Nere, autora de una novela y casi de una tesis, me cuenta que animaba a su abuelo a leer algún libro cuando este no encontraba con qué distraerse. Él nunca aceptaba la propuesta y alegaba: “no, que me deprimo ahí sentado yo solo, en silencio, con tanta letra pequeña en blanco y negro”.
Tres cuartos de lo mismo parecía pasarle a Fran Rivera cuando se separó de Eugenia Martínez de Irujo hace unos años: un teleobjetivo lo pilló sentado en el banco de un parque, solitario, leyendo un libro. Al verlo, los periodistas mostraron en titulares y entradillas su preocupación por la salud psíquica y el tono vital del torero. ¿Por qué el muchacho, en la flor de su vida testosterónica, en vez de estar riendo con los amigos en alguna animada taberna o sacándole acordes a una guitarra de curvas femeninas en compañía de otros, estaba sentado en un parque, acompañado nada más que por un amasijo de papel con letra impresa? Debía estar grave para haber tenido que recurrir al libro, elemento melancolizador por antonomasia según los criterios de este país jolgorioso.
Nere, como vemos, no ha sido la típica astilla similar a su abuelo-palo, pero con estas ideas circulando por el aire ibérico, resulta tirando a difícil valorar a los profesionales cuyas tareas implican concentración silenciosa a largo plazo, es decir: escritores, artistas e investigadores. Temo que dentro de poco los que las ejercen en en España sean considerados meros nerds y, por lo tanto, relegados al ostracismo social. Y todo por ese horror vacui ante el silencio que se padece por estos lares. O por estos bares, que es decir casi lo mismo.
Historia verídica: recibo un mensaje incendiario vía Facebook de una mujer con la que hablé veinte minutos una tarde y que, al haberle denegado mi amistad caralibresca, me increpa con un “en cualquier caso, ya me habían advertido que no había quien te aguantara”. Si no he entendido mal, la buena mujer en un principio quería socializar conmigo, curiosear entre mis fotos, conocer mis aficiones, y todo ello aunque un tercero le hubiese hecho ver lo insoportable de mi carácter.
Llegados a este punto me surge una pregunta quizá obvia: ¿Para qué quiere añadirme entonces a su lista de amigos si ya le caigo mal de fábrica? Parece que en la avidez contemporánea de acumulación no se distingue entre calidad y cantidad —cuántos gigas de películas y música anodinas guardaremos en nuestros ordenadores sólo por la compulsión de poseer—. Los amigos de Facebook parecen también una modalidad de colección, no muy lejana a aquella de búhos que toda tía abuela atesoraba en los ochenta. Al ser el significante “búho” lo único que contaba, y al aceptarse como animal de compañía en cualquiera de sus formatos (de barro toscamente torneado; de plástico tóxico, de cerámica de Sargadelos…), nobleza e innobleza buhísticas cogían polvo al unísono en vitrinas cerradas con llave. Que no nos sorprenda comprobar cómo, en las redes sociales de internet, resultamos eso mismo para muchos: meros búhos cuya misión es formar parte de una colección, pero cuyo valor individual para su “poseedor” es casi igual a cero. Yo ya ni me preocupo: me limito a ulular al respecto.
La narrativa, en cualquiera de sus variantes, no se ha cansado de abordar el gran tema del viaje hacia atrás en el tiempo: en los tebeos de Zipi y Zape aparecía en ocasiones un tonel gigantesco que funcionaba como rústica máquina del tiempo; el cine también ha tratado, casi siempre a través de la comedia, la posibilidad de regresar a otras décadas y arreglar esas cosillas que podrían haber mejorado nuestras vidas, entre ellas impedir que nuestros padres se conocieran.
Para esas miles de personas, llámense Michael J. Fox o Zutana Mengánez, que han fantaseado alguna vez con retroceder en el tiempo, todavía no existen los condensadores de flujo que en Regreso al futuro facilitaban el garbeo por épocas pasadas, pero desde este mes de marzo sí que contamos con algo parecido, aunque a escala diminuta: el llamado “botón del pánico” de Gmail.
Anunciado hace una semana por Michael Leggett, el principal ñapas del servidor de correo electrónico de Google, la codiciada herramienta te permite pensarte durante cinco segundos si prefieres echarte atrás en el envío de ese mail que, en realidad, acabas de mandar al ciberespacio. El botón de “Undo send” es un hito: muestra que la tecnología por fin se hace cargo del Errare humanum est, rasgo característico de nuestra especie desde tiempos de Maricastanea vulgaris, y nos permite corregir el pasado inmediato regalándonos cinco segundos para el titubeo, cinco segundos cuyo valor en el mercado negro del tiempo pronto será desorbitante por la cantidad de desaguisados que pueden evitar. Parece claro que arrepentirse es tendencia.