Amazon a pie de calle

27 Ago 2009
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El sueño bibliófilo de pasear por una calle plagada de librerías de las que no salir hasta la hora del cierre es factible al menos en Londres y Buenos Aires: Charing Cross Road y la avenida Corrientes siguen ahí para que se cumpla este deseo casi erótico de los locos por la letra impresa. La idea de encontrar todos los libros —viejos, saldados y nuevos— que se nos pasen por la cabeza sin desplazarnos nada más que en línea recta o, como mucho, cruzando el paso de peatones convierte a estas dos calles en una versión tridimensional de Amazon.com. Pero no nos engañemos: los cambios en la industria editorial, con la reciente aparición del libro electrónico prêt-à-porter, provocan fisuras en los cimientos de las librerías instaladas en estas emblemáticas calles, consagradas al servicio de los lectores desde hace décadas. Así, en Charing Cross Road, Murder One, especialista en novela negra desde los setenta, cerró en enero de este año, explicando por medio de carteles en la puerta que la competencia en internet le obligaba a hacerlo. Le siguieron otras de pequeño tamaño; hoy solo permanecen las grandes como Foyles.

En Corrientes la cosa está mucho más animada: entre las calles Junín y la avenida 9 de Julio se encuentran kilómetros de librerías muy queridas por sus visitantes: Gandhi, Hernández, De la Mancha… La noticia que nos alegra la daba el diario La Nación a principios de este año: las ventas subieron, y el ambiente que se respira en ellas es lo más alejado posible a la idea de decadencia. Pero sería imperdonable olvidar que estas librerías alternan sus escaparates con los de pizzerías y otros locales dedicados a nutrir el cuerpo como El palacio de la papa frita, La Giralda, el vetusto café El Gato Negro y muchos otros. Como ejemplo de su importancia, el ritual del escritor argentino Damián Tabarovsky (publicado en España en Caballo de Troya) cuando pasea por Corrientes: husmear entre los estantes de Hernández y tomarse un helado de dulce de leche y frutilla con crema en Cadore. Otros alternan los libros con una porción de pizza en Güerrín o Banchero…. Estos complementos son los que le faltan —y le faltarán por siempre— a Amazon. Larga vida entonces a Corrientes.

Tecnofilia y tecnofobia

04 Jun 2009
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La columna de mi ilustre vecino de página Isaac Rosa sobre el libro digital (31 de mayo) me ha hecho pensar en cómo nos relacionamos con la tecnología. Cuento solo con 1600 caracteres, de ahí que asuma la imposibilidad de mostrar todos los pros y contras del e-reader y los dilemas que ya provoca en el sector editorial la llegada del libro electrónico. Me limitaré a decir que he visto y tocado uno y que soy fan de los que crearon la tinta electrónica, que hace olvidar la fatiga ocular propia de los que vivimos frente al ordenador. También aplaudo lo fácil que resulta cambiar el tamaño del texto: a mí, que ya me está llamando a filas la presbicia, me viene de perlas.

 

Me inquieta la ausencia de optimismo inicial hacia este u otros inventos por parte de muchos, su nula curiosidad hacia los beneficios que pueda traer consigo el e-reader, como los que ya trajeron el correo electrónico o google en su día. Obviamente, las grandes marcas están ahí detrás para sacar tajada, y eso es lo que debería de verdad irritarnos. Pero, en principio, la pobre máquina es inocente como mero soporte. Mi miedo hacia los tecnófobos viene al recordar a esos amigos que, durante años, se resistían a abrirse una cuenta de email, explicando el porqué con una sonrisilla que dejaba ver su orgullo ante su postura “auténtica”. Hoy, en cambio, y tras caer finalmente en lo que ellos consideraban una trampa, son los máximos generadores de basura electrónica en forma de chistes y cadenas de mensajes que has de reenviar para que tu vida no se vaya a pique. Comprendo que se resistieran a la tecnología, si para ellos venía asociada con tales sandeces.