Contra el dos punto cero

03 Sep 2009
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El afrancesado término rentrée no es más ni menos que la versión adulta de la vuelta al cole y, al igual que esta última, implica pequeños o grandes reajustes en nuestra cotidianidad. Tanto para los que estrenan agenda nueva en septiembre, dependientes aún —y a mucha honra— de las directrices del año académico tradicional, como para aquellos que abandonaron esa práctica hace años y ahora inauguran calendario el uno de enero, septiembre suele traer consigo algún cambio vital. Un clásico es el deseo repentino de deshacernos del exceso de trastos que nos emparentaban con Drugos el acumulador, ese genial personaje de Mauro Entrialgo cuya vida transcurre dedicada al mantenimiento de sus colecciones de objetos. Otro, más clásico aún, es acudir con optimismo a matricularnos en el gimnasio o en algún idioma cuyo subjuntivo no acabamos de conjugar bien.La idea que se esconde tras esto es la de someternos a una actualización, término que ya no suena bien por la frecuencia inusitada con la que aparece en nuestras vidas desde las pantallas de nuestros ordenadores: se nos insta casi a diario a actualizar nuestros programas informáticos, algunos de ellos totalmente ignotos para nosotros, bajo amenazas en forma de virus o cuelgues del sistema. Ese furor por la renovación constante comienza a propagarse como una mancha de crudo por el resto de nuestra existencia. Para combatirlo, tratemos de no considerar un fracaso el renunciar al curso de Photoshop o de inglés comercial este trimestre. La procrastinación, el dejar para mañana lo que podamos hacer hoy, aunque esté totalmente demodée puede ser una sana reacción contra la furia actualizadora que nos rodea.

Piticlín piticlín

09 Jul 2009
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Cada vez me ocurre con más frecuencia: en cualquier lugar público en el que suenen móviles, confundo el sonido de los teléfonos ajenos con el del mío propio, pues todos hemos elegido como tono de llamada el clásico ring ring que imita al del teléfono de baquelita de otras décadas.

 

Hace un par de años esta confusión apenas se daba. En bares, estaciones o aeropuertos se oían politonos por doquier. Cada usuario de móvil parecía tener el suyo personal e intransferible: fragmentos de sinfonías de Mozart, el aria del Toreador de Carmen, el No cambié de Tamara, el “cuñaao” de Risitas o incluso uno en el que los amigotes braman el nombre del dueño del aparato.

 

No sé qué es mejor, si decantarse por un soso y tradicional ring-ring para el móvil o elegir entre el despliegue de sonidos que imprimen carácter o te posicionan como erudito de la actualidad televisiva. Quizá lo primero ocasione infinidad de equívocos, quizá fomente nuestra fusión total en la masa gris de la colectividad, pero también es cierto que mediante esta tendencia se observa un cierto cansancio hacia el factor “lúdico” de aparatos que han de cumplir ante todo una misión práctica. Hay un deseo de volver a lo funcional. ¿Qué hace el perro? Guau, guau. ¿Y el cerdito? Oink, oink. ¿Y el teléfono? Ring ring. De repente, el pudor entra en escena: ya no queremos que nuestros compañeros de sala de espera aeroportuaria conozcan nuestros gustos y perversiones; mejor que no sepan que nos divierte ser considerados torpedos sesuales o fistros pecadores de la pradera, proferidos genialmente a chillidos por Chiquito a través de nuestros celulares.

Tecnofilia y tecnofobia

04 Jun 2009
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La columna de mi ilustre vecino de página Isaac Rosa sobre el libro digital (31 de mayo) me ha hecho pensar en cómo nos relacionamos con la tecnología. Cuento solo con 1600 caracteres, de ahí que asuma la imposibilidad de mostrar todos los pros y contras del e-reader y los dilemas que ya provoca en el sector editorial la llegada del libro electrónico. Me limitaré a decir que he visto y tocado uno y que soy fan de los que crearon la tinta electrónica, que hace olvidar la fatiga ocular propia de los que vivimos frente al ordenador. También aplaudo lo fácil que resulta cambiar el tamaño del texto: a mí, que ya me está llamando a filas la presbicia, me viene de perlas.

 

Me inquieta la ausencia de optimismo inicial hacia este u otros inventos por parte de muchos, su nula curiosidad hacia los beneficios que pueda traer consigo el e-reader, como los que ya trajeron el correo electrónico o google en su día. Obviamente, las grandes marcas están ahí detrás para sacar tajada, y eso es lo que debería de verdad irritarnos. Pero, en principio, la pobre máquina es inocente como mero soporte. Mi miedo hacia los tecnófobos viene al recordar a esos amigos que, durante años, se resistían a abrirse una cuenta de email, explicando el porqué con una sonrisilla que dejaba ver su orgullo ante su postura “auténtica”. Hoy, en cambio, y tras caer finalmente en lo que ellos consideraban una trampa, son los máximos generadores de basura electrónica en forma de chistes y cadenas de mensajes que has de reenviar para que tu vida no se vaya a pique. Comprendo que se resistieran a la tecnología, si para ellos venía asociada con tales sandeces.

 

La ansiedad es tendencia

21 May 2009
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Japón se ha dado cuenta: es posible sacarle rendimiento económico al vicio por explotar las burbujas del papel de embalar plastificado. La marca Bandai, creadora del Tamagotchi, la antaño popular mascota virtual, es la artífice del llaverito antiestrés llamado Puchi-Puchi, que permite al usuario reproducir hasta el fin de sus días el sonido que hacen las adictivas burbujitas al estallar. El Puchi-Puchi se puede encontrar en España desde el año pasado y es pariente conceptual de otro producto: el recién publicado Cuaderno de garabatos para los adultos que se aburren en el trabajo, que torna sofisticada la afición por hacer dibujitos mientras se habla por teléfono. La idea principal de dicho cuaderno es la de proporcionar un entorno organizado en formato libro para ese desenfreno gráfico que a muchos nos entra cuando hablamos por teléfono o en momentos de espera aburrida.

 

Por lo que se ve, los clásicos y modestos pasatiempos humanos directamente relacionados con la ansiedad y el estrés son ya objeto de comercialización por parte de las empresas. No parece que la idea sea ofrecer opciones para combatir el garabateo compulsivo ni la manía de reventar burbujitas; al contrario, se nos insta más bien a seguir practicando nuestras obsesivas aficiones pero pasando antes por caja y dándoles un aire refinado y dotado de mayor complejidad. Imagino que ya estará en pruebas algúna mano postiza con uñas para morder, evitando así el deterioro de las nuestras. Pero por favor, que venga con calendario y cronómetro, a ser posible.

La máquina de perder el tiempo

29 Ene 2009
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Cuando inicio sesión en facebook me acuerdo de los incautos padres que, en los ochenta, le compraban un ordenador a su hijo “para que aprendiera informática”, cuando la utilidad real que le iba a dar la criatura estaba más bien relacionada con el Comecocos y el Donkey Kong (videojuegos rancios de mi época) y no con la programación en Basic o Cobol. La versión adulta de esta situación nos la da facebook, salerosamente apodado caralibro por muchos usuarios ibéricos, que en teoría está al servicio de actividades útiles como mostrar públicamente el curriculum o anunciar convocatorias en un inmenso tablón de anuncios intangible cuyas dimensiones dependen de la cantidad de “amigos” que hayas logrado pescar —una vez más, he ahí el parecido con la actitud del videojugador, con el ansia de matar el mayor número posible de marcianos.

Pero no hace falta ser un investigador del MIT para darse cuenta de que el uso principal que le damos (tiro la primera piedra) a facebook, y que deja en un cuarto plano a esos usuarios que llegan a él con sanas intenciones de desarrollo laboral y personal, es el de “actualizar estado” o, dicho en cristiano (pero laico), el de comentar en tercera persona en qué andas cada vez que te conectas a la herramienta. “Mengano está leyendo a Murakami” (mentira, estás enganchado a facebook); “Zutana resacosa y ojerosa”. Tal es la popularidad de la retransmision en directo del estado de cada uno que, obviamente, las mejoras tecnológicas caralibristas apuntan por ahí: ahora ya podemos comentar, con ayuda del móvil, nuestro estado de ánimo cada 3 minutos, pensando que eso interesa un montón a nuestros invisibles amigos facebookeños. Y la sofisticada ingeniería de telecomunicaciones detrás de todo eso: si Graham Bell levantara la cabeza…