Por qué Podemos no ganará las próximas elecciones

21 Ene 2015
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Isidro López ( ) y Emmanuel Rodríguez ()

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Lo dice Rajoy, lo dice el FMI y lo dice la UE. Y lo dicen con números. La economía española crece, no mucho, pero lo suficiente. Y con ello disminuyen los motivos de descontento.

La historia del meteórico ascenso de Podemos se puede resumir como un caso de captación política del malestar que ha generado la interminable crisis económica. En innumerables ocasiones se ha denunciado la falta de margen económico de los gobiernos. La reducción de su autonomía –se dice– les impide detener el crecimiento de las opciones electorales que ponen en tela de juicio el, a todas luces catastrófico, orden económico europeo.

Ciertamente, los programas de austeridad, que se pusieron en marcha en 2010, fueron la mejor demostración de que el poder neoliberal europeo no estaba dispuesto a ceder un palmo en la lucha distributiva. Como es sabido, el colapso de las burbujas inmobiliarias y financieras en el sur de Europa, particularmente en España, desplazó los ataques financieros sobre los mercados de deuda pública. Y una vez más, quedó demostrado que el orden neoliberal europeo es quizá la muestra más acabada de construcción institucional bajo el poder de las finanzas que existe en el mundo. La dimensión transnacional de las instituciones europeas ha permitido a la UE mantener un grado de desvinculación con la democracia, impensable en otras partes del mundo. De hecho, en 2009-2010 las instituciones europeas apenas necesitaron recuperar el entramado legal post Maastricht, para desencadenar poco menos que sendos golpes de estado en Grecia y en Italia, y para controlar con comodidad los gobiernos de España, Irlanda y Portugal.

Frente a lo que pudiera parecer, Estados Unidos tiene una tradición de democracia monetaria, siempre en terminos domésticos –el resto del mundo es otro cantar–, mucho mayor que la de la Unión Europea. En 2009, tras los primeros síntomas de crisis persistente, y tras haber desplazado exitosamente la crisis sobre la UE, puso en marcha un programa de expansión monetaria, esto es, de compras masivas y sostenidas de activos de distintos tipo por parte de la Reserva Federal. El programa se conoce por sus siglas en inglés QE, Quantitative Easing –expansión cuántitativa o monetaria en castellano–. El QE, si bien no ha resultado ser la base de la recuperación económica –palabra demasiado grande e inapropiada para la actual situación económica–, sí lo ha sido de la contención de los perfiles más agresivos de la crisis.

Despues de seis años de políticas expansivas, pronto seguidas por Japón, se puede asegurar, sin demasiado miedo a equivocarse, que en EEUU se han compensado los efectos depresores de las políticas de austeridad que hoy azotan al continente europeo. Desde luego, los QE no han sido, ni serán armas económicas suficientes para construir un ciclo de crecimiento consistente. Pero han valido para mantener a los capitales financieros dando vueltas alrededor del carrusel de las bolsas globales.

Tarde, muy tarde, el BCE ha decidido lanzar su propio programa de QE. Este podría emprender sus operaciones esta misma semana. Es importante reconocer el papel del BCE, en la medida en que es una de las pocas instituciones europeas capaz de cumplir una de las funciones primordiales del Estado moderno: absorber la lucha de clases, hasta el punto incorporarla, en ocasiones de forma muy distorsionada, a sus líneas políticas. Desde 2011 y de forma casi imperceptible, esta institución se ha ido saltando casi todos sus mandatos, estrictamente neoliberales, en respuesta a la inestabilidad política –conviene recalcarlo– de los países del sur de Europa. Y es que el escenario que tienen en mente los cerebros del BCE es el de una inminente victoria electoral de Syriza en Grecia y el aumento en la intención de voto a Podemos en España. Muy posiblemente, le preocupe más lo segundo que lo primero. Más que nada, por la diferencia comparativa del volumen de las economías de uno y otro país. Y para demostrar que el tamaño importa, no hay más que comprobar como ha flexibilizado (es decir alargado) los requerimientos de cumplimiento del Pacto de Estabilidad y Crecimiento a Francia y a Italia. También es de esperar que muy posiblemente aplace los recortes que tiene pendiente el PP en España —nada menos que 20.000 millones de euros— hasta después de las elecciones generales.

Volvamos a nuestra propia coyuntura política. El QE tiene bases frágiles. Un impago griego poco controlado por los agentes de la UE o un ataque financiero sobre las monedas de los países emergentes —valga Rusia cómo ultimo ejemplo—, podrían suponer una recaída en el panorama de caos financiero a corto plazo. No obstante, esto no es lo más probable. En el escenario del bussiness-as-usual, el QE debería ser capaz de limitar los ataques a la deuda española en el próximo año y de mantener los niveles de crecimiento en España en niveles de crecimiento medio-bajo, en torno al 2 %. Junto al retraso del cumplimiento de los objetivos de austeridad, esto debiera ser suficiente para que la crisis no se agudice escándalosamente justo antes de las convocatorias electorales.

Hasta la fecha, Podemos ha jugado todas sus cartas a la captación de votos sobre dos motivos principales: la corrupción y el hartazgo con la clase política, y el malestar económico y sus devastadores efectos sociales. Sobre lo primero cabe decir que tiene un recorrido no muy largo y que es de pensar que otras opciones de “regeneración”, como Ciudadanos, sepan también jugar sus bazas. Sobre lo segundo, caben consecuencias más importantes. Confiando en que el malestar económico siga produciendo desencanto con los partidos tradicionales, Podemos ha querido renunciar a cualquier posicionamiento demasiado marcado, particularmente en materia económica. De igual modo, ha mostrado una repetida tendencia a minusvalorar la construcción de una organización propiamente dicha, con criterios de pluralidad, generosidad y conexión con otros actores sociales. En cierto modo, se podría decir que ha dejado que su opción política crezca sola, en tanto única fuerza capaz de convertir la materialidad de la crisis en una opción electoral de rechazo de la austeridad, la deudocracia y las privatizaciones. El problema es que es posible que este modelo de crecimiento político esté ya tocando techo. Caso de que el análisis sea correcto, la dulcificación de los perfiles de la crisis mostrará los limites políticos de un modelo comunicativo basado principalmente en la recepción del malestar económico y del señalamiento de las responsabilidades de la “casta”.

Desde luego, cabe decir que el QE es solo una variante del adagio marxista que dice que el “capital nunca resuelve sus crisis sino que las desplaza”. Un desplazamiento a unos periodos de tiempo tampoco particularmente largos, pero que probablemente cubran todo el próximo año. Por eso mismo conviene considerar que lo fundamental, no son solo estas elecciones, sino generar las condiciones para poder reemprender el combate sobre bases más sólidas cuando la poca, pero tampoco despreciable, artilleria de que dispone la Unión Europea se haya desgastado definitivamente. Estas condiciones parecen pasar, inevitablemente, por la consolidación de una estructura organizativa plural y sólida, tanto en terminos territoriales, como sectoriales, y siempre conformada por sensibilidades políticas lo suficientemente amplias. Al fin y al cabo, se trata de afrontar un impás como el que viene, sin miedo a caer en el vacío que implica ver cómo se esfuma la principal carta política; una baza, la del malestar económico, que si bien no va a desparecer puede perder sus perfiles políticos más penetrantes.

 


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