Andalucía: ¿Primera prueba de la recuperación del bipartidismo?

23 Mar 2015
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Emmanuel Rodríguez () y Isidro López ( )*

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Una de las peculiaridades de España es que el país se ha construido de norte a sur. Que la escritura de la historia se escribe en esa dirección lo muestra la asunción de términos de tanta carga ideológica como el de Reconquista, por el que se “naturaliza” la conquista del sur peninsular por los reinos cristianos del norte. Se trata de una de esas paradojas clave en la construcción histórica de España, al menos si se considera que el valle del Guadalquivir y la costa mediterránea han sido los polos civilizatorios de la Península Ibérica desde época prehistórica o si se toma en cuenta que Andalucía ha sido, de largo, la región más rica durante toda la época moderna hasta mediados del siglo XIX.

¿Muestran las elecciones andaluzas una inversión de esa flecha geográfica, en este caso protagonizada por la “reconquista” de los actores del régimen del 78 del terreno perdido desde que irrumpiera el 15M? Ni tanto ni tan calvo, habrá que decir. Ciertamente, el bipartidismo ha perdido terreno, dejándose caer del 80% al 62% de los votos. Los dos actores políticos de última generación, Podemos y Ciudadanos, han acumulado casi el 25%. Teresa Rodríguez ha conseguido hacerse con un hueco difícil frente a la “muy andalucista e izquierdista” Susana Díaz. Por su parte, el candidato de Ciudadanos (Juan Marín), desconocido hasta hace poco, ha obtenido algo más de un 9%. Todo un éxito para un partido que se declara “de y para” las clases medias, justo en el territorio en el que estas son tan débiles como para rozar la irrelevancia.

Sin embargo, el PSOE repite prácticamente resultados: poco menos de un millón y medio de votos y los mismos diputados que en 2012. Tampoco la abstención ha sido movilizada de una forma significativa. Sólo se ha conseguido empujar del 60 a poco más del 63%. Las pérdidas se concentran de hecho en el partido de oposición regional, el PP, que pasa del 40 al 27 %, y el socio de los socialistas (IU) que cae del 12 al 7%. Al PSOE le ha bastado con una candidata dispuesta a jugar las cartas de un izquierdismo deslavazado y vacío, aderezado de la repetición infinita de “andaluces y Andalucía”, amén de la imponente imagen de un embarazo que se muestra tanto en platós de televisión como en mítines multitudinarios, para conseguir esa “victoria histórica” que Susana (obviedades del poder) reclama para sí.

Sea como sea ¿son extrapolables estos resultados al resto del país? Es aquí donde reside todo el interés de la prueba andaluza, especialmente para la única fuerza política que reclama abiertamente la ruptura con el régimen de ’78, Podemos. Caben pocas dudas de que el sistema de partidos tiene tiempos y resistencias distintos en la mitad sur del Estado que en el resto de la geografía. Pero también de que Andalucía no es sencillamente una excepción, sino una pieza tan particular como otras dentro del complejo puzzle peninsular. Dicho en otras palabras, y considerando el material de encuesta disponible, es dudoso que en Madrid o Valencia el PP sea batido como primera fuerza, por mucho que su 50% pueda ser llevado a la banda del 30%. Al igual que la “histórica” Susana Díaz, las organizaciones regionales del PP saben de la escasa o nula densidad organizativa de Podemos o Ciudadanos a las escalas municipal y autonómica, y que en ese terreno pueden confiar en las solidez de la sociedad civil, esto es, de sus redes clientelares larga y generosamente alimentadas por la manguera del presupuesto público. En la misma línea, pero con colores diferentes, los resultados en el País Vasco y Catalunya pueden mostrar resultados similares con la confirmación, también, de los partidos en el gobierno: el PNV y una CiU reinventada.

También es preciso reconocer que Ciudadanos es una realidad electoral viable y que ha conseguido consolidarse en el territorio que le era menos propicio. Su 9% puede duplicarse en los caladeros de voto tradicional del PP, fragmentando esa “centralidad del tablero” que habían imaginado los estrategas de Podemos. A nivel estatal, la confirmación de una cuatripartito –cuatro formaciones entre el 15  y el 30% de los votos– abre un escenario de pactos complejo en el que el horizonte de una ruptura constituyente quedaría aplazado indefinidamente. En este terreno, la posibilidad de un gobierno progresista (PSOE, IU, Podemos) sería de hecho la peor opción.

En definitiva, las conclusiones siempre provisorias de los resultados de las elecciones andaluzas podrían ser, en primer lugar, que el ciclo político es largo, no corto. O en otras palabras, que los resultados electorales pueden no ser concluyentes en la decantación del cambio político. Se abre un periodo incierto y con problemas obvios de gobernabilidad, pero en el que la posición más probable –y la más interesante– es la de articular una oposición consistente que labre las oportunidades de ruptura en el medio plazo. En segundo lugar, confirmamos algo ya sabido: la realidad política del país es poliédrica y responde a una diversidad geográfica y social que hace inviable la hipótesis populista, al menos en su versión escolar extraída de las lecciones rápidas de los gobiernos progresistas de América Latina. La emergencia de Ciudadanos, como partido de la regeneración de los segmentos más nítidamente identificados con la “clase media” y la diversidad de los resultados electorales en las tres comunidades que suman más de la mitad de la población (Andalucía, Madrid y Catalunya) debiera servir como contra-prueba suficiente. Y por último, y quizás lo más importante: muchos de los elementos despreciados hasta el momento, principalmente la necesidad de construir una organización con implantación territorial, cuadros competentes y un proyecto solvente (más allá de la repetición de los memes de la corrupción y la “casta”), cobran en esta coyuntura una relevancia de carácter estratégico. Sobre decir que para ello se requiere de un giro que, en algunos ámbitos, es de 180 grados.

 

*Isidro López es candidato a las primarias de Podemos a la Comunidad de Madrid

 

 

 


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