Opinion · Contraparte

España no es Grecia pero casi. O sobre las elecciones griegas

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Emmanuel Rodríguez ( e Isidro López  (@suma_cero)

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¿Recuerdan las elecciones griegas de enero? ¿Y el referéndum de julio? Los comicios del pasado domingo no levantaron ni las expectativas ni las esperanzas de aquellas. Han sido resueltos de forma más bien anodina: la mayoría casi absoluta de Tsipras con el 35 % de los votos y una abstención que supera en un 50 % los votos de Syriza. Sobre los disidentes de Unidad Popular apenas un recuerdo: no alcanzan el 3 %, quedan fuera del Parlamento. Se trataba de elegir al administrador del próximo rescate y era lógico que se votara —a regañadientes y sin interés— a quien finalmente tuvo que aceptarlo.

España no es Grecia pero casi. Las elecciones griegas tienen un significado especialísimo para la situación política doméstica —Podemos en primer lugar— y muy en concreto para los partidarios de esa palabra, cada vez menos cargada de sentido, llamada “cambio”. No fue casual que Pablo Iglesias y la dirección de Podemos hiciera campaña por Tsipras, y que al mismo tiempo los “críticos” miraran con curiosidad y simpatía la creación de Unidad Popular.

Las elecciones griegas han tenido mucho de pleibiscito interno de Tsipras. Pero este no consistía —o al menos no sólo— en su ratificación como presidente heleno; en las elecciones griegas se jugaba algo mucho menos conocido puertas afuera. Con el adelanto de elecciones, Tsipras se libraba de afrontar el decisivo congreso de su partido que debía celebrarse a la vuelta del verano; y con ello también de la oposición interna. El Congreso se preveía tan movido como para cuestionar la política y la figura del presidente.

La salida de los críticos del partido de Unidad Popular no tiene, en última instancia, más razón que esa. Enfrentados a la máquina presidencialista, expulsados del gobierno, sancionados tras su voto negativo al Memorándum y sabedores que no iban a estar en las listas electorales, tomaron el único camino que pueden tomar aquellos que siguen apostando por la vía parlamentaria: la formación de otro partido. Nótese que las razones políticas, como la oposición al Memorándum son importantes, pero están subordinadas a la posibilidad de convivencia interna dentro de Syriza.

Por extraer una conclusión rápida: el experimento Syriza, tal y cómo lo hemos conocido hasta ahora, está en fase terminal. No se trata ni de que Syriza acabe siendo el nuevo PASOK, ni de que Tsipras haya traicionado al pueblo griego. Sobre las razones de ceder o no al dictado a la Troika había tantas a favor de hacerlo como de no hacerlo. Se trata de que Syriza ha cumplido su vida como partido de múltiples cabezas, como espacio plural para la discusión político estratégica y sobre todo como partido conectado a la dinámica de movimiento. Hoy por hoy, Syriza, también en Grecia, es un partido más.

Existe una percepción distorsionada de los éxitos de las recientes formaciones electorales en los países del sur de Europa. Es una historia que se explica a partir de la “autonomía de lo político”, de los aciertos y las virtudes de líderes concretos, de campañas comunicativas y atracciones carismáticas. Se trata de una historia que como toda historia, refuerza y legitima sus presupuestos implícitos, en este caso, la autonomía de la representación política. Esta historia olvida que el éxito principal de Syriza residió en su capacidad para expresar electoralmente un ciclo de movilizaciones que arranca en 2011, en el movimiento de las plazas, y que como en España se dirigió tanto contra las políticas de austeridad de la UE como contra los arreglos políticos de los años setenta, la Transición griega.

España no es Grecia pero casi. Mutatis mutandis hagan la traducción de Syriza a Podemos. A pesar de sus profundas diferencias, Podemos y Syriza han crecido en un contexto político parecido: la asimilación de la socialdemocracia sur-europea al thatcherismo blando de Blair, la ruina de los partidos comunistas desde los primeros años ochenta y la incapacidad de construir una izquierda nueva sobre estos cadáveres. Ambos han abrevado también en bases teóricas y discursivas parecidas: el intento de superación de la tradición tercer internacionalista  y la vuelta a discurso nacional-popular como elemento agregante de una sociedad que se comprende a medias.

La crisis de este primer intento de articular una izquierda europea post-socialista o post-comunista tiene pues una doble raíz. La primera reside en su incapacidad de construir una máquina política a la altura de las circunstancias, radicalmente democrática y sinceramente porosa hacia su afuera: los movimientos. Con el presidencialismo, la verticalización interna, la burocratización, el partido (los partidos) renuncian a ser una herramienta de poder constituyente.

La segunda apenas la hemos intuido detrás del debate griego sobre euro sí o euro no. Esta tiene que ver con la escala del conflicto pero también con la materialidad del mismo. Grecia constata los límites del movimiento democrático en un solo país. Allí no han fallado ni la altura de la discusión —muy superior a la del resto de Europa—, ni la envergadura del desafío. Si algún mérito ha tenido Syriza es el de entender que el envite es europeo y que este requería el sometimiento de las políticas neoliberales europeas a algún tipo de expresión democrática. Algo que no ha sucedido nunca en la Unión Europea de una forma tan clara como en el referéndum de julio. Aunque parezca evidente después de los acontecimientos, la propia magnitud del desafío ha engullido al gobierno de Syriza, devolviéndolo a una posición de simple gobierno de un país menor de la UE, al tiempo que lo despojaba de cualquier aspecto de herramienta anti austeridad a escala continental.

Pero más allá de Syriza, el dolor de cabeza griego para el gobierno de la Unión Europea, representante de la coalición de intereses entre Alemania y las finanzas, está lejos de haber acabado. El tercer plan de rescate va a generar, muy probablemente, una nueva oleada de descontento entre la población griega, un nuevo ciclo de luchas. Difícilmente una población depauperada, desesperada y con una tradición reciente de movilizaciones de alto octanaje político va a permanecer impasible ante otra vuelta de tuerca a las políticas austeritarias y deudocráticas.

En estas condiciones, cada punto temporal del pago del rescate, cada vencimiento de la deuda, se puede convertir en un momento de tensión política de toda la UE. Y es ahí donde veremos si el dispositivo político de la izquierda griega es capaz de reinventarse de nuevo, como una herramienta de apertura democrática contra el poder de los mercados. O si, por el contrario, en la mejor tradición de las izquierdas europeas —socialdemócratas y postcomunistas—, se convierte en el agente de la desmovilización, la división de los movimientos y, en última instancia, en el mejor custodio de los intereses de las finanzas y del gobierno Alemán.

El referéndum griego de julio no fue en balde. Grecia abrió una vía de agua al poder hegemónico alemán que el gobierno de Tsipras no supo, o no pudo, capitalizar en forma de victoria política. Se trata de una brecha que va a ir agrandándandose en toda Europa bajo diversas formas. A la crisis política abierta por Grecia se suman unas previsiones económicas que no auguran nada bueno: una nueva fase de estancamiento que parece confirmarse (a peor) con los temblores asiáticos de recesión.

Grecia, muy problemente, volverá a ser la chispa que incendie la pradera. Si Syriza, o lo que surja de los restos de esta, acepta su papel de pirómano y no el de bombero, depende también de que el resto de formaciones europeas —empezando por Podemos, pero incluyendo todas las izquierdas nacionales— entiendan la altura del desafío que supone la democratización a escala continental huyendo de las, muchas tentaciones, al encierro en las propias fronteras nacionales bajo la forma de lo nacional-popular. Si se huye de la cuestión europea, ella misma acabará por encontrarnos. Más allá de las fantasías de la salida del euro como forma de recuperación de soberanía económica, existe una división del trabajo que nos hace materialmente dependientes del contexto continental y que exige una política de emancipación a escala europea.

Por resumir mucho, Europa es el problema y la solución. No hay vuelta a un Estado-nación que sea capaz de gobernar y encauzar medio siglo de especializaciones locales —como la España como receptor turístico y soporte de los ciclos inmobiliarios europeos— dentro de esa unidad geoeconómica y geopolítica llamada Europa.

España no es Grecia pero casi. Y ese “casi” se llama Europa.

 

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