Por una Europa europea

10 Abr 2017
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Alvaro Oleart (@AlvaroOleart) y Juan Domingo Sánchez Estop (@IohannesMaurus)

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“Se la lotta restasse domani ristretta nel tradizionale campo nazionale, sarebbe molto difficile sfuggire alle vecchie aporie. (…) Il fronte delle forze progressiste sarebbe facilmente frantumato nella rissa fra classi e categorie economiche. Con la maggiore probabilità i reazionari sarebbero coloro che ne trarrebbero profitto.” 

Los militantes antifascistas Ursula Hirschmann, Ernesto Rossi y Altiero Spinelli, Ventotene manifesto (‘Por una Europa libre y unida’)

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El 25 de marzo se cumplieron 60 años de los Tratados de Roma, que, globalmente, pueden considerarse un éxito. La paloma de la paz está siendo uno de los símbolos más utilizados para celebrar el inicio de la sexta década de vida del proyecto europeo, lo cual refleja una de las principales dimensiones de la integración europea. En estos 60 años, se ha logrado evitar guerras entre Estados europeos, y se ha creado un área de libre circulación de personas, bienes, servicios y capitales. Usando los conceptos de Fritz Scharpf, tales éxitos corresponden a una integración negativa. Es decir, el proyecto europeo se ha basado hasta ahora en la eliminación de barreras entre las economías europeas, mientras que la integración positiva, que se refiere a la creación de normas comunes aplicables a nivel europeo, ha sido muy limitada. No faltan ciertamente ejemplos de integración positiva de mucho éxito, como la legislación medioambiental elaborada en Bruselas, la más estricta del mundo. También son ejemplo de integración positiva a nivel social y personal las becas de los programas Erasmus, que han enseñado a una generación a reconocerse como europeos, en contacto con jóvenes de otros países, lo cual no impide que, en otros aspectos,la integración positiva haya resultado catastrófica (como ciertas medidas tomadas por el Banco Central Europeo, un organismo con un nivel de control democrático muy discutible).

Los malos ejemplos de integración positiva (como el trato dado a Grecia por algunos gobiernos nacionales europeos y la Troika, formada por la Comisión Europea, el BCE y el FMI) han llevado a una serie de actores (nacionalismos de derechas y alguno de izquierdas, como aquellos que defendían el “Lexit” en el Reino Unido durante la campaña del Referéndum británico) a romper con la idea misma de la integración europea. Al mismo tiempo, los diferentes establishments europeos reclaman la continuación del proyecto europeo de integración negativa. Tal situación refleja la mayor deficiencia del proyecto europeo hasta ahora: la falta de europeización de la política.

Europa, la Unión Europea, no existe como realidad política, pues depende de la voluntad de sus oligarquías articuladas en grandes grupos financieros y empresariales y en Estados también dependientes de los mismos grandes grupos financieros y empresariales. Tal y como anunciaron los autores del Manifesto di Ventotene, el regreso a unos supuestos “Estados soberanos” solo contribuirá a diversas fórmulas de “neoliberalismo en un solo país”, así como a un refuerzo del nacionalismo y del peligro de reinicio de una guerra civil entre Estados europeos. El soberanismo es una solución simplista y utópica que no conduce a la democracia ni a una superación democrática del neoliberalismo en favor de las mayorías. Es hoy más urgente que nunca dar al espacio europeo en el que ya nos movemos irreversiblemente la dimensión política y democrática necesaria para que no funcione solo en beneficio de las oligarquías. La democracia a nivel estatal es hoy inviable, solo una Europa federal podrá ser democrática.

El proyecto democrático y social expresado por Altiero Spinelli y otros padres (¡y madres!) fundadores en el Manifiesto de Ventotene (1944) es importante hoy más que nunca. Frente a los incipientes nacionalismos (sobre todo de derechas, pero también algunos de izquierdas), ese manifiesto europeísta escrito por desterrados del fascismo sirvió de inspiración a la resistencia italiana y europea contra el fascismo. En él ya se afirmaba una concepción del socialismo enteramente dominada por la democracia y no tanto por los conceptos de Estado y de soberanía: “El principio verdaderamente fundamental del socialismo -afirmaba el Manifiesto- es aquel según el cual las fuerzas económicas no deben dominar a los hombres, sino ser sometidas, guiadas, controladas por el hombre, del modo más racional hasta que las grandes masas dejen de ser víctimas”.

Frente a la integración negativa propuesta por los establishments y la liquidación del proceso integrador impulsada por los nacionalismos, hace falta crear una integración de nuevo tipo: una integración positiva democrática. Tal propuesta no debe basarse simplemente en el traspaso de competencias cruciales como la fiscalidad, las prestaciones sociales o las pensiones de los Estados miembros a la UE, sino en el establecimiento de un debate de dimensión europea, donde los marcos de referencia no sean los Estados, sino el continente europeo. En la UE (donde hay elecciones al Parlamento Europeo desde 1979), se da la paradoja de que las elecciones europeas se juegan en clave nacional. Esto supone que los partidos políticos que se presentan lo hacen con un programa nacional. Así,  por ejemplo, nada impide que la izquierda española defienda un programa que nada tenga que ver con el de la izquierda alemana.

Para evitar caer en la trampa de los soberanistas, pero también en la de los establishments nacionales y europeos, urge poner en pie una alternativa democrática y europea. Las elecciones de 2019 son una buena oportunidad para ello. Un Manifiesto de Ventotene actualizado podría servir de base a un auténtico programa electoral europeo.


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