Que me diga qué le debo. De donaciones y partidos

14 Jul 2017
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Pablo Carmona Pascual (@pblcarmona) ,
Concejal por Ahora Madrid

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Corría el año 1987 cuando el grupo Siniestro Total lanzaba uno de sus singles más conocidos y más delirantes Diga que le debo. El tema en cuestión consistía en una machacona conversación que el cliente de un bar mantenía sobre las consumiciones realizadas. La cuenta era extremadamente precisa: tortillas, morcillas, quesos de tetilla, cañas y jarras de cerveza y hasta un palillero y servilletero se habían agotado en aquel bareto.

Ayer, tras varias horas de titulares de prensa sobre las donaciones y las deudas que reclamaba el partido político Podemos no pude sino acordarme de ese tema de Siniestro. Siempre me pregunté a quien daba esas explicaciones el protagonista de la canción, seguramente un simpático beodo que no pagó su cuenta tras darse un atracón. Siempre sospeché que la escena comenzaba antes, cuando al protagonista era interpelado por un barman, no menos surrealista, que le quería sacar los cuartos hasta por respirar. El resultado no podía ser otro: la factura final incluía hasta el palillero y el servilletero del bar. Por momentos tuve la sensación de que esta conversación se estaba reproduciendo en la nueva política.

Fuera bromas, hay que destacar que un acierto del nuevo ciclo político es que buena parte del dinero que ganan sus representantes y sus asesores sea donado a organizaciones sociales. También es un éxito que cada vez que alguien ocupa un cargo público se someta una carta financiera y un código ético firmados de su puño y letra, donde pone negro sobre blanco cuales son sus obligaciones. Ambas cosas, junto al compromiso de hacer cumplir el programa electoral son elementos irrenunciables, tal y como yo mismo hice al presentarme por Ahora Madrid.

Otra de las virtudes de todo ello es que las donaciones que cada cual hace, así como los compromisos éticos y financieros que firma, se hacen públicos en las páginas web de los partidos y candidaturas, lo que ofrece cierta confianza: cualquiera puede contrastar cómo, cuándo y a quién se dona el dinero. Además es importante recordar que todos estos elementos eran impensables hace no más de tres años en los partidos políticos tradicionales. Los límites salariales de los cargos electos y las donaciones son algo nuevo en nuestra democracia.

Sin embargo, el debate sobre las donaciones que explotó ayer en un nueva guerrita cultural —aunque esta vez en los mentideros de la nueva política—, y que tuvo una expresión mediática abrumadora, no tiene nada que ver con las donaciones y los dineros que unos y otros pagan en sus organizaciones. El debate de ayer tiene que ver con un hecho cada vez más irrefutable: Podemos padece, cada vez más, de los tics de las estructuras de partido tradicionales.

Ya pocos se acordarán de que entre enero de 2014 —cuando se presentó el manifiesto inaugural de Podemos— y el primer Congreso de Vistalegre se produjo una ola de debate y de ilusión en torno a la propuesta que lanzaron algunos de los actuales líderes del partido. En aquellos tiempos la herramienta Podemos avanzó sobre el caldo de cultivo de un 15M ya en ascuas y que no terminaba de encontrar su rumbo organizativo.

El primer Podemos se presentó como un partido contra la casta y alejado de las estructuras clásicas de partido. Su poder estaba en los círculos, auténticos soviets de base que darían músculo y vida a una organización llamada a ser de masas. Junto a los círculos Podemos adoptó e impulsó toda clase de herramientas de participación y democracia digital. Había nacido el primer gran partido europeo organizado en torno a poderosas herramientas de tecnología política (tecnopolíticas). Cientos de miles de personas se sintieron atraídas por el nuevo modelo de participación.

Debates, análisis, críticas, valoraciones, votaciones y elecciones giraban en torno a una idea fundamental. Podemos no sería un partido de comités y estructuras cerradas, su fuerza residía en ser un espacio abierto y democrático, el partido donde cualquiera podía participar y donde el término afiliado quedaba desterrado. Podemos era un nosotros inclusivo y abierto donde a nadie se le pedía el carnet para participar, opinar y tomar decisiones, sólo hacía falta inscribirse para ser protagonista del proceso.

En el último año, sobre todo en los meses previos al Congreso de Vistalegre II se ha debatido mucho acerca de la forma y el grado de democracia interna que debía tener Podemos. El retroceso del papel de los círculos, el sobrepeso de los Consejos Ciudadanos, la construcción del movimiento popular o la función de los líderes carismáticos y casi plenipotenciarios, fueron algunos de estos debates.

Más allá de Podemos, el pequeño escándalo las donaciones es relevante porque es la primera vez que el partido hace un movimiento de captura y disciplinamiento orgánico, ya no dentro de su propia estructura —algo que vienen siendo habitual—, sino sobre su entorno más inmediato. No es casualidad que Podemos haya lanzado esta ofensiva no sobre concejales o diputados que se presentaron en sus listas para que cumplan sus códigos éticos, sino sobre personas que no pertenecen a Podemos y ni siquiera se presentaron a las elecciones por Podemos. Tampoco es casualidad que este movimiento se haga sobre posiciones municipalistas, de hecho, quizás sea el hecho más relevante de este episodio.

Podemos sigue percibiendo a los movimientos municipalistas, aquellos que lograron aupar candidaturas ciudadanas en medio país, como espacios anómalos. Aquellas candidaturas que surgieron en mayo de 2015 fueron la expresión de la diversidad política de numerosas ciudades y pueblos en los que participamos decenas de miles de personas con la ilusión de construir una democracia local cercana y transformadora. Aquellas candidaturas, además de definirse por la diversidad de sus participantes y estar integradas por actores diversos se caracterizaban por no girar bajo el control de Podemos.

Toda esa diversidad, que optó por listas de candidatos y candidatas abiertas y diversas, que contó principalmente con los movimientos y luchas reales arraigadas en cada territorio y que se articuló en torno a un discurso de democracia radical, se diferenciaba de la lógica de “máquina de guerra electoral” que definía Podemos. La imposibilidad de Podemos de construirse en un tiempo récord a nivel municipal y el empuje de diversos procesos municipalistas hicieron que a las elecciones de mayo de 2015 se presentase un auténtico crisol de candidaturas, irreductible a unas siglas concretas.

Tras dos años de aquella apuesta municipalista, cuando se empiezan a tejer las primeras alianzas comarcales, regionales y nacionales de candidaturas y sectores municipalistas, Podemos empieza a considerar con cierto nerviosismo las elecciones locales de 2019. Demasiados actores y un panorama demasiado abierto podría hacerle perder pie en la escala municipal y dar paso a una nueva fase donde sean las candidaturas municipalistas quienes marquen de forma federada el ritmo de sus regiones, dejando a Podemos como un actor más. Entre tanto el municipalismo se presenta a la vez como una herramienta útil y un valor electoral pero también como una incógnita.

Con el gesto de la donaciones Podemos desvela su pulsión por controlar los entornos a los que no llega, y lo hace con un zarpazo, reclamando dinero a quienes no son de Podemos y a quienes nutren buena parte del ciclo municipalista madrileño. Saben que en Madrid se libra una batalla política crucial, y tienen razón. Pero de nuevo se equivocan optando por reducir todo al denominador “todo es Podemos”. Es un error, de todo punto, tratar de subordinar a lógicas de partido a los movimientos municipalistas. Madrid sólo se ganará con más municipalismo y con la mayor diversidad de fuerzas que se puedan concitar. Esa es la principal lección de 2015 que deberíamos saber aplicar en 2019.


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