Cataluña, la Independencia de los Estados Unidos, el liberalismo, y Dinamarca

04 Oct 2017
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Antón Fernández de Rota (https://es-es.facebook.com/anton.derota)

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El País publicó hace unos días un artículo asombroso: “Mitos y falsedades del independentismo”. Hay quien está ahí para ilustrarnos, o mejor, para erguir barricadas que sirvan de orejeras. Maquetado como panfleto político, traducido al inglés para la comunidad internacional, escrito a dos manos por el Director Adjunto del periódico y por su Jefe de Opinión, el texto es claramente contra-programático. Pero, a poco que rasques, te encuentras entre sus párrafos hilos temporales de los que puedes tirar para llegar hasta cuestiones más interesantes. Un recorrido por el pasado y el presente, ¡ahí vamos!

Así comienza el argumento que resumo: la historia que cuentan los independentistas catalanes es falsa. En el 1713-1714 no se dio en Cataluña una guerra de secesión, no es la historia de una nación que se levanta por su libertad pero que termina conquistada. La guerra del 1714 fue el broche final a un conflicto monárquico, el último episodio, el último avatar, de la Guerra de Sucesión “española” (1701-1713). Y en ella no había cuestiones nacionales en juego, sólo dinásticas, avivadas por el trasfondo de otro conflicto más amplio que enfrentaba dos proyectos político-económicos. Eso es lo que fue, y no otra cosa. Nada que ver, concluyen los autores, con la independencia de los EEUU.

Con la mención a la fundación estadounidense aluden, en tono de reproche, a otro artículo redactado por Pep Guardiola junto con otros catalanistas, y que no es menos curioso. Conviene citar su párrafo inicial: “En 1773, justo 59 años después de que la capital de Cataluña, Barcelona, fuese tomada por el ejército español aboliendo sus instituciones, los Hijos de la Libertad dirigieron el intrépido Motín del Té. En el centro de sus protestas se encontraba la creencia en que las colonias americanas estaban siendo gravadas con impuestos excesivos, al tiempo que sus opiniones no eran tomadas en cuenta por Londres. Esta acción inició el proceso revolucionario por el cual las colonias se convirtieron en los Estados Unidos de América, teniendo la defensa de la libertad, de la justicia y de la democracia como frontispicio de su Constitución”. Veremos por qué todo esto no es, ni mucho menos, exacto. Pero, volvamos al artículo de El País.

Es cierto que en 1714, tal y como afirman sus autores, no existía aún el concepto cultural-popular de nación: no existía el nacionalismo. Pero, más allá de la revisión histórica que proponen, reductora y unidimensional, los que firman este texto caen en otro anacronismo, no menos flagrante, al presentar el conflicto suscitado por la Guerra de Sucesión en los siguientes términos: “Lo que pronto sería una cruenta guerra de monarquías también lo fue de proyectos: el librecambismo anglo-holandés frente al proteccionismo fisiócrata francés”. Pero, ¡ay!, aquí el problema, y la incongruencia, y el enorme error, que demuestra lo equivocados que están, por una razón, bastante obvia y también irrefutable: por aquél entonces la fisiocracia no existía. La confunden con otra cosa y retuercen la historia hasta desfigurarla por completo. Esta confusión no tiene nada de inocente, por más que pueda deberse a la ignorancia o a un desliz. Las consecuencias, como veremos, tampoco son menores para el presente. Las confusiones de unos y otros, aunque sirven para enarbolar emblemas patrios ahora antagónicos, son, en el fondo, solidarias.

Independencia “Made in USA”

Si la mencionada fisiocracia alcanzó alguna influencia, esto fue después de la publicación del Tableau économique de Quesnay en el 1758, mucho después de la Guerra de Sucesión. Hasta esa fecha no puede mencionarse más que un hito significativo: el nombramiento en el 1751 de Gournay como intendant du commerce. El impacto de la fisiocracia fue en cualquier caso bastante limitado. No gozó más que de dos momentos de esplendor político: con Turgot, nombrado contrôleur général en 1774, pero rápidamente depuesto; y unos años antes, entre 1759 y 1762, con Le Mercier como intendente en Martinica, donde, sin embargo, no instauró el conocido principio de la fisiocracia. ¿Cuál? ¡Vaya! El famoso laissez faire.

En cuanto al librecambismo británico… En los años anteriores y posteriores a la Guerra de Sucesión, Inglaterra no paró de aprobar leyes mercantilistas, proteccionistas y monopólicas, es decir, lo contrario del libre mercado que liberales como Adam Smith —amigo de Quesnay— teorizaron mucho más tarde, modificando y ampliando las propuestas de la fisiocracia francesa. En el 1699 Inglaterra promulgó la Ley sobre la Lana Irlandesa, gravándola con fuertes impuestos. Sobre sus políticas a partir del 1714, valgan de ejemplo todas las otras leyes monopólicas que impuso a sus colonias norteamericanas, como la Ley sobre los Sombreros (1732) o la Ley sobre las Melazas (1733); y más tarde, la Ley sobre el Pino Blanco, la Ley sobre el Hierro, la Ley sobre el Azúcar, la Ley del Timbre, y así hasta la declaración unilateral de independencia por parte de los EEUU. Allí, por cierto, casi nadie respetó el ordenamiento jurídico. Casi todos los Padres Fundadores —admirados igualmente por los liberales independentistas catalanes y por los españoles autodenominados “Constitucionales”— o bien eran contrabandistas, o bien se beneficiaban de la transgresión generalizada de la ley en vigor. Esta ilegalidad y esta unilateralidad es la que todos aplauden.

La independencia de los Estados Unidos fue de todo menos algo sujeto a garantías democráticas. El 1 de mayo de 1776 se celebró una especie de referéndum en Filadelfia. Debido a las políticas represivas y poco inteligentes de los británicos, la causa independentista se había hecho fuerte, de manera súbita, durante los dos años anteriores. Filadelfia era, con mucho, la ciudad más grande de todas —35.000 habitantes, aproximadamente— y también la capital de la colonia más próspera y poderosa. Si Pensilvania se iba, otras colonias marcharían tras ella. La votación popular tuvo lugar en un clima de extrema crispación. Los partidarios de la secesión y de la reconciliación se repartían respectivamente en dos mitades casi iguales. Pero la votación popular dio la victoria, por un estrecho margen, al “no”. Dos meses más tarde fue promulgada la Declaración de Independencia, vulnerando el resultado de este referéndum, mediante el voto afirmativo de los representantes reunidos en el Congreso Continental.

Como sostienen los escritores de El País, la hipotética independencia de Cataluña nada tendría que ver con la de los Estados Unidos. Pero por la razón opuesta a la que se imaginan. De producirse —en un referéndum acordado, pues del 1 de octubre no saldrá nada con fuerza y legitimidad suficiente para ser vinculante— la catalana sería, de las dos, la única democrática, sobre todo si se tiene en cuenta que los representantes americanos no habían sido elegidos, precisamente, por sufragio universal: ni votaban las mujeres, ni votaban los indios, ni votaban los esclavos, ni votaban los pobres.

Con todo, tienen razón en algo que dicen del liberalismo. Justo antes de la Guerra de Sucesión Inglaterra comenzó a avanzar, pero sólo en unos sectores muy concretos, hacia ese libre mercado que tanto admira la jefatura de El País y sus antiguos socios de Convergència i Unió. A petición de los terratenientes y comerciantes de Virginia y otros, Inglaterra suprimió a finales del siglo XVII el monopolio de la Royal African Company. La libertad (¡!) concedida a los comerciantes y a sus empresas para esclavizar negros africanos llevó a una drástica expansión de este mercado, que alcanzó una magnitud hasta entonces sin precedentes. Los motivos aducidos fueron de índole económica: con libertad de mercado para apalear, apresar, comprar y vender negros, llenaremos los campos de esclavos y duplicaremos la producción… eso adujeron: competitividad, en este caso frente a los franceses y holandeses.

Más tarde, ya en el siglo XIX, fueron prohibidas las asociaciones obreras y los trabajadores quedaron atados a su patrón por medio de las cartillas de trabajo —en Francia, en Prusia, etc.— en condiciones de trabajo formalmente “libres” que en la práctica, salvo por el régimen punitivo, no se distinguían tantísimo de la esclavitud. Otros ponen todas sus esperanzas en la concatenación de reformas laborales regresivas que vienen aprobándose desde los tiempos de Felipe González, a menudo con el beneplácito de sindicatos que ya no parecen sindicatos (p. ej. la legalización de las ETTs en el 1994).

La historia silenciada

La acumulación de capital de la Inglaterra “liberal”, que posibilitó el gran boom de la revolución industrial ulterior, y también la acumulación de capital estadounidense, fueron sedimentándose gracias a la desposesión del campesinado, gracias a la piratería y gracias al trabajo de los esclavos. No es menos cierto, añado para escapar de todo maniqueísmo, que con el famoso Caso Somerset (1772) se empezó a plantear en Inglaterra la abolición de la esclavitud en suelo insular y la restricción del comercio de esclavos en América. Liberales escoceses como Adam Smith la consideraban inmoral y anti-económica. Si estas ideas cobraron fuerza se debió por un lado a las razones humanistas que propagaron los activistas, junto con ciertos intelectuales y abogados; y por el otro, porque el absolutismo español, aun siendo también él esclavista, contaba en sus ejércitos americanos con batallones formados por libertos y africanos libres: una y otra vez se sirvió de esta baza para llamar a la rebelión de los negros y mulatos de las colonias británicas. Precisamente por este motivo, para crear un “cordón sanitario”, Londres prohibió —sin que los colonos le hiciesen mucho caso— emplear esclavos en la Georgia que limitaba con las posesiones de la monarquía española.

El fantasma de la emancipación que portaban las noticias del naciente movimiento abolicionista del Reino Unido ­no le gustó nada a los tratantes de esclavos y terratenientes del otro lado del Atlántico. De hecho, causó pánico. La libertad para comerciar y la libertad para esclavizar se dieron la mano fraternalmente en el gran sueño de esos mismos Padres Fundadores —el abolicionista Thomas Paine no formaba parte de este grupo— que vitoreó Pep Guardiola en su artículo grupal. Ni siquiera Jefferson, contrario a la esclavitud, dejó de ser dueño de esclavos. En 1790 Estados Unidos contaba con 700.000. En el 1850, eran 3,2 millones. No por casualidad, la Colonia 14, Florida, que hasta el 1763 había estado en manos de la corona española, y a la que se fugaban los esclavos para poblar los destacamentos militares de negros libres, se negó a unirse al independentismo norteño. Durante la Guerra de la Independencia regresó por un tiempo al dominio hispano.

Hay que contar la historia con matices, y añadir a los olvidados: no hubo una sino dos revoluciones norteamericanas, desde arriba y desde abajo, ambas, a su vez, plurales. La que suele obviarse es la de quienes se opusieron tanto al Imperio como a los esclavistas, a los terratenientes, a los comerciantes y a los financieros autóctonos, es decir, la de quienes —hombres y mujeres— buscaban independizarse también de la hueste patriarcal de los Padres Fundadores “liberales”, de las grandes familias de colonos oligarcas: de los Hamilton, de los Hancock, de los James Madison, de los George Washington, etc.

El Motín del Té que mencionaban el futbolista y los suyos, no fue más que uno de los múltiples episodios que se fueron sumando para precipitar la revolución. Sin otros movimientos populares, rurales, como el de los Reguladores de Carolina del Norte, urbanos, como las constantes rebeliones de los marineros y estibadores en las ciudades portuarias, y antiesclavistas, como la ola de insurrecciones y fugas negras en el ciclo de luchas reabierto tras la insurrección de Tacky en Jamaica, que pronto se extendió por el continente, nada hubiese ocurrido en el 1776, o hubiese ocurrido algo pero muy distinto. Estos revolucionarios y estas revolucionarias, más bien olvidadas, fueron los que tomaron las calles de Filadelfia después del “no” a la independencia votada en Pensilvania. A pesar de sus diferencias e intereses contrapuestos en puntos capitales, fueron quienes se aliaron con algunos notables pro-independencia, como John Adams, para lograr arrancarle al Congreso Continental un “sí” a la independencia.

El Motín del Té poco tiene que ver con la descripción del mismo que ofrecía el futbolista y cia con el fin de legitimar cierto Procés, el de las élites catalanas, liberales y medio xenófobas —“Com a Europa, el nord s’ha cansat del Sud”, declaraba Artur Mas durante la crisis económica tan corruptas como las españolas, tanto como algunas de aquellas otras élites americanas, y que todavía se dan cita en Cataluña alrededor de un eslogan, “Espanya ens roba”, que carga contra la lógica redistributiva del pacto fiscal estatal para ocultar otra redistribución, pero hacia arriba, la del “3%”, análoga a la del PP en todas partes y a la del PSOE en Andalucía. Ahora bien, el actual movimiento pro-referéndum catalán desborda por mucho estas élites —en lo que va de año la caída del PDeCat ha sido espectacular— y también los contornos del nacionalismo. El 1 de octubre ha sido la más clara demostración. Bajo la demanda democrática del referéndum se encuentran, además, otras de índole social —en torno al modelo social, la sanidad, el desempleo y la precariedad, la pobreza energética y la vivienda, etc.— que están ahí y terminarán por volver a emerger reactivando las contradicciones que por un tiempo minimizó el Procés.

El Motín del Té no fue liderado, sin más, por la asociación de los Hijos de la Libertad. Lo llevaron a cabo marineros, trabajadores portuarios y otros operarios disfrazados de indios mohawk, que no militaban en esa asociación, formada por notables y controlada por varias de las figuras que más tarde serían reconocidas dentro del grupo de los Padres Fundadores. Entre ambos grupos, entre ambas revoluciones, desde arriba y desde abajo, se dio un compromiso en torno a la cuestión secesionista, pero también una tensión constante y conflicto. Hoy, en Cataluña, entre quienes piden y llevan años pidiendo en las calles más democracia —política y económica— no hay sólo nacionalistas, ni todos los nacionalistas son iguales. En el 1714 también se dio una diversidad de actores, de luchas y de reivindicaciones. Pero esta diversidad, que tan a menudo encontramos en la historia, es algo que muchos prefieren pasar por alto, incluidos los articulistas del Grupo PRISA.

Liberalismo y nacionalismo

En el texto contra-programático publicado por El País, lo que sigue al primer epígrafe concerniente a la historia es un cúmulo de demagogia disparatada. Presentar la Constitución Española como típica de un estado descentralizador, a la luz de lo que acontece en Cataluña hoy, no puede caber más que en la categoría del disparate. Comparar el referéndum catalán con los de Hitler y Franco se queda, en el mejor de los casos, en lo ridículo. Definir como obsoleto el derecho a la autodeterminación, y afirmar que es incuestionablemente más moderno el principio de la indivisibilidad de la nación —con el pretexto: “ya lo dijo Italia, ya lo dijo Alemania”, también Franco— es bastante gracioso (o no). Medir los niveles de democracia en España según los criterios de la Freedom House americana —medio neocon, medio neoliberal— delata a los firmantes, ¡y al periódico! Da miedo lo que estos señores —y El País— entienden por democracia. Los Padres Fundadores de los EEUU se declaraban antidemocráticos de manera pública y notoria. Por eso no introdujeron esta palabra ni en la Declaración de Independencia ni en la Constitución; el futbolista barcelonés y sus compañeros se equivocan: la palabra “democracia” no aparece ni en el frontispicio ni en ninguna otra parte. Al esconder la historia desde abajo y al no dejar sitio más que para la historia de las élites, los adláteres rojo-y-gualdas —catalanes, españoles— de aquellos Padres Fundadores, no parecen ser mucho menos antidemocráticos.

La jefatura de El País, por cierto, descubre la pólvora al llegar a una vieja conclusión: el nacionalismo, su visión de la historia, es inconsistente y mistificadora. Por supuesto que lo es, siempre lo ha sido, y da igual de qué nacionalismo hablemos —español, catalán, etc.— pues siempre llegaremos a la misma conclusión: el fallo de la interpretación nacionalista se da en esencia, es conceptual. Los nacionalistas no son como son por haber nacido en una nación que los haya hecho así mediante el lenguaje, el clima y la topografía, la cultura, su historia, sino por haber inventado esa misma nación seleccionando formas culturales, cultivadas a propósito para homogeneizar lo delimitado, o por haberla imaginado y fabricado discursiva, política y tecnológicamente.

Pero estaría bien que los autores de este y del otro artículo emprendiesen de igual modo una crítica de esa otra historia, laudatoria y no menos mistificadora, del liberalismo que tanto les gusta. El País no tuvo el menor problema cuando Zapatero hizo suya la política financiera que Aznar importó de los Estados Unidos, con las consecuencias que todos conocemos, y que nos han hecho siervos de las deudas creadas por las altas finanzas. Convergència i Unió estaba encantada.

Robert Morris, “el financiero de la Revolución Americana”, y los Padres Fundadores, Madison y Hamilton, como antecesores: la nación americana fue construida durante la Guerra de Independencia sobre una montaña de deudas. Así nació una nación, guerra y finanzas, sometiendo las poblaciones de las colonias independizadas a los acreedores, endeudándolas a la fuerza para forjar un Estado, central aunque federal. ¿Qué había por aquél entonces más patriótico que los ejércitos de George Washington y el Bank of North America de Robert Morris? ¿Qué plan tienen los independentistas en Cataluña, algunos de los cuales ya piensan en formar ejércitos o subcontratarlos, para tratar el problema de la deuda? Algunos exigen pasarla al otro lado: que la deuda pública de Cataluña se la quede España, que la carguen sobre sus espaldas los gallegos, madrileños, andaluces, etc., pero esto no es más que un brindis al sol. De darse la independencia, se irá con las deudas. Hoy dicta la política monetaria de Europa el Banco Central Europeo, que no tiene que rendir cuentas a nadie salvo a los mercados, que ni siquiera es de titularidad pública, ni mucho menos democrático, pues nada tienen que ver en él, mucho menos tienen derecho a votar, los ciudadanos. El “independentismo” de las finanzas es el que va ganando, y mientras esta situación no cambie la independencia de una nación significará más bien poco.

Dinamarca… y Groenlandia.

Si Cataluña se independiza será un desastre, aseguran alarmados desde El País, están convencidos de ello, pero no tienen argumentos: citan los informes preparados ad hoc para —por— el Ministerio de Economía del Partido Popular. Lo mismo se dijo de la independencia de las 13 Colonias, y tras unos primeros años de boicot, a la gran potencia británica no le quedó otra que transigir y reabrir el comercio con los todavía pequeños Estados Unidos de América. No les fue tan mal a sus respectivas élites con esta liberalización. Claro que para los indios, exterminados, para los negros, que siguieron esclavizados, y para las masas campesinas y urbanas americanas, presas de los intereses crediticios, que continuaron siendo desahuciadas en masa o dieron con sus huesos en las cárceles de deudores, no fue éste un buen negocio.

Si contemplamos la futura República catalana desde la perspectiva de la cleptocracia de la ex-Convergència, si esa república fuese la finalmente instaurada, la independencia sólo podría servir para una cosa: para que nada cambie. La Cataluña del 3%, de Felip Puig, de la corrupción, de la represión policial autóctona y del neoliberalismo más descarnado, lavaría sus vergüenzas para volver a la carga. En caso de independizarse y de que se impusiese el bando contrario, el de la izquierda, ¿qué es lo que pasaría? ¡A saber!

Hasta hace poco Albert Rivera hablaba mucho de un país pequeño: Dinamarca. Lo veía como un ejemplo a seguir, aunque sólo fuese en lo laboral: workfare y flexibilidad, pero sin su welfare, es decir, sin bienestar, precariedad universal, como receta contra el “modelo dual” del “mercado de trabajo”. Rivera, que en sus inicios le puso una cara amable a la ultra derecha del nacionalismo español en Cataluña, es el engendro renovado de PRISA, pero PRISA no menciona a Dinamarca en su artículo. Dinamarca es un país pequeño. Su capital, por importante que sea, no tiene el peso global que ostenta Barcelona. El país cuenta con dos millones de habitantes menos que Cataluña. Ahora bien, Dinamarca sólo es pequeña en términos poblacionales. Groenlandia le pertenece, y desde el 2008, gracias al nuevo estatuto, esta vasta extensión de tierra goza de un derecho a la autodeterminación reconocido por Copenhague, y que no ejercerá todavía, pero no porque no se lo permitan, sino porque no quiere.

Esta es una de las cosas que Albert Rivera olvidó mencionar cuando estaba en campaña. No hablemos ahora de Quebec y de Canadá, pues podría ayudarnos a resolver el conflicto jurídico. Bien pensado, mejor olvidarse también de Dinamarca. Al ex-trabajador de la banca, que tanto tiene en común con PDeCAT, todo, hasta los colores patrios, sólo que repartidos de otra manera sobre la bandera, quizás sólo le interese emular al país escandinavo en lo concerniente a la disciplina de la mano de obra y a su modo de acceso a las mercancías: Dinamarca ocupa el puesto número uno, por encima de todos los países de la OCDE, en lo que se refiere al endeudamiento de las familias. Dista de ser idílica.

Con todo, otros mencionan el caso danés para probar la viabilidad de una Cataluña independiente, más “europea” y “progresista”. A finales del siglo XVIII Gran Bretaña era una potencia mundial y los Estados Unidos una economía emergente. En el caso ibérico ocurre todo lo contrario. Pero si Cataluña se independiza, más allá de los primeros años de inestabilidad, es posible que tengan razón y quien lo padezca no sea tanto Cataluña —hay opiniones para todos los gustos— como la España restante, y en especial la España más pobre tanto en términos territoriales —el Sur— como de clase. Aquí cabe barajar toda suerte de especulaciones, y sin duda este debate no cesará durante los próximos meses hasta agotar sus posibilidades. Pero todas las previsiones pueden quedarse en eso, en futuros imaginarios. La independencia está mucho más lejos de lo que pueda parecer, y en este marco temporal de más largo alcance es en el que tenemos que situarnos.

Después del 1 de octubre

El historiador y analista Emmanuel Rodríguez publicó hace poco un diagnóstico con el que dio en el clavo. Desde su primera llegada al poder el Partido Popular siempre supo sacar tajada del conflicto territorial. Con el “problema vasco” temporalmente desactivado, la reactivación de los egos nacionales, Cataluña mediante, le ha servido para mantenerse en el gobierno últimamente. La derecha española ha promovido la tensión nacional-territorial siempre que ha pasado por malos momentos, por razones evidentes. Quizás terminen por perder el control y la bomba que ellos mismos activaron les estalle entre las manos, dando inicio a una situación inédita e impredecible; o quizás logren mantener un equilibrio efectivo entre la relativa fuerza o debilidad de los actores desobedientes y la previsible escalada de la política represiva: “Los costes —escribe Emmanuel Rodríguez— de hecho, son calculables: mayor ilegitimidad del Estado en Cataluña, detenidos, penas de cárcel, conatos de huelga, heridos, incluso (por qué no) algún muerto. Pero el punto es que Cataluña puede arder durante meses e incluso años, pero si eso no lamina su posición en el resto de España, los costes [políticos, para el PP] serán asumibles”.

Durante las últimas semanas el gobierno español viró aún más hacia posiciones autoritarias. La continuidad de esta tendencia parece garantizada, de no hacer nada para evitarlo. Puede darse con un PP unido y cada vez más retrógrado, o fustigado por una facción que se desmarque en el futuro siguiendo de algún modo la estela de las nuevas extrema-derechas europeas. No existe una solución óptima al conflicto. Si en el escenario abierto por el 15-M en el 2011-2012 sólo había opciones positivas, unas mejores que otras, aquí todas son negativas. Pero si de lo que se trata es de dar salida a las pulsiones democráticas, en Cataluña y no sólo, y desactivar el mecanismo de seguridad derechista, el que explota a su favor la tensión territorial, postergar indefinidamente un referéndum reconocido y vinculante —que ya antes del 1 de octubre demandaban, según El País, el 82% de los catalanes— no mejorará en absoluto las cosas.

El conflicto parece inevitable. Mejor tomar la iniciativa y echar a un lado a los que, calculadamente, apagan fuegos con piolines armados. ¿Cuándo le va a pedir el Grupo PRISA a Pedro Sánchez, indistinguible ya de Susana Díaz, que presente esa moción de censura que le prometió a sus bases? Tal vez nunca, o tal vez cuando sea demasiado tarde; al fin y al cabo, ellos y los otros dos gobiernos enfangados en este asunto forman parte de una misma “retrocracia” irresponsable. La UE difícilmente tomará cartas en el asunto, más allá de una serie de declaraciones retóricas con las que lavar su imagen para pasar como demócratas. No le interesa un gobierno alternativo al actual. Y los dos partidos con opciones de formarlo tienen buenos motivos para no hacerlo. Uno, por las discrepancias entre Podemos y el PSOE. Dos, porque sus respectivos partidos están en carne viva. Tres, por el problema catalán, que le explotará a quien tenga que gestionarlo. Cuatro, por Mario Draghi y el Banco Central Europeo, que quiere comenzar a suprimir, por pasos, el programa de compra de deuda. No es éste el mejor escenario para entrar en un gobierno, y la apuesta por una moción de censura tampoco carece, por supuesto, de peligros. ¿Pero cuáles son las alternativas?

El referéndum de autodeterminación no es sólo la única opción democrática, sino que además es la única manera de solucionar el problema. El 1 de octubre marca un antes y un después. Pero, después del Día 1, ¿qué? Tres opciones.

Es posible que el mecanismo de (in)seguridad ensamblado en la tensión territorial para que nada cambie, siga su recorrido tragicómico durante un buen tiempo, con el PP intentando comprar a las élites catalanas, primero dándoles unos duros golpes judiciales y luego ofreciéndoles a los nuevos interlocutores algo a cambio, para así regular el conflicto entre límites que sean políticamente tolerables. Lo que puedan darle a Cataluña como contrapartida difícilmente logrará justificar a la contraparte catalana en la negociación, que de inmediato será repudiada por un movimiento popular que desborda ya el sistema de partidos.

Hasta aquí el primer escenario, por el cual el conflicto sigue su curso. De no darse esta traición al movimiento estaremos en el segundo escenario: el conflicto enquistado con el PP al mando y el PSOE como falsa oposición o comparsa, según las líneas descritas por Emmanuel Rodríguez en la cita anterior, que valen igualmente para la primera hipótesis.

Una tercera posibilidad, la menos mala, es la que apunta a la moción de censura. Pero, de efectuarse, no llegará sino cuando la situación esté ya extremadamente deteriorada, si no lo está ya. En ese contexto, con el PP en la oposición, y por ese motivo virado aún más hacia la derecha, maniobrará a gusto en contra de quienes caminen hacia algún tipo de referéndum, al tiempo que la economía empiece a resentirse por el —anunciado— corte de grifo del Banco Central Europeo.

Hay buenas razones para el pesimismo, aunque también para no limitarse a los pronósticos más plausibles. Ya lo dice el adagio: lo previsto es lo menos se cumple, y lo que menos te esperas es lo que al final pasa. Como en las 13 Colonias americanas del siglo XVIII, en Cataluña no hay uno sino varios movimientos, está ahí lo manifiesto junto a lo latente, y las virtualidades que no se reducen a las posibilidades ahora contempladas; pero también los condicionantes del contexto transnacional, que es de todo menos estable, y que más que limpias y sosegadas tardes veraniegas, parece venir a traernos nubarrones. Lo latente desde lo virtual bien puede trastocar las manifestaciones para hacer real —para mejor o para peor— el dicho anglosajón que quizás sea el que anticipe, aunque sin darle contenidos, el futuro por venir: shit happens!

A Coruña, 1 de octubre de 2017.


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