Opinion · Contraparte

El candidato Errejón y la Operación Chamartín

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Pablo Carmona Pascual (@pblcarmona)
Concejal en el Ayuntamiento de Madrid

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Recordemos el famoso juego de las sillas. Aquel en el que siempre hay más participantes que sillas en las que sentarse. La música suena acompasada, el maestro o maestra de ceremonias mantiene la música unos segundos y…¡zas! El sonido se interrumpe de golpe y todo el mundo tiene que encontrar su hueco. En ese instante hay que saber estar lo más cerca de un asiento y dar un discreto culetazo que deje al rival más próximo fuera de la partida.

Podemos -especialmente en Madrid- se ha convertido en un permanente juego de las sillas. Cada pocos meses los líderes de la organización ponen a todo el mundo a bailar anunciando que se va a parar la música. La carrera por no quedarse sin silla se acentúa y las familias oficiosas, oficiales y políticas se preparan para que empiece el juego. Los tiempos de las confluencias, la diversidad y la heterogeneidad de los procesos de cambio se acabaron, pasando de ser un valor a convertirse en un estorbo.

Cada vez más los tiempos se precipitan y la efectividad electoral obliga, otra vez, a apagar la música. Además todo apunta a que el número de sillas a ocupar es cada vez menor y a que habrá que tirar de codazos y culetazos para hacerse con un puesto. De nuevo lo urgente se come lo importante.

En estas últimas semanas se ha abierto con la candidatura de Errejón a la Comunidad de Madrid un ejemplo claro de lo que hablamos. El pulso mantenido por Pablo Iglesias y Errejón ha eliminado, por primera vez, los adornos de la democracia interna y la diversidad en Podemos. La unidad que se clamaba en Vistalegre 2, el nuevo Podemos de las bases y el movimiento popular han dejado paso al lenguaje crudo del poder. “Quiero controlar la candidatura, el proceso y la lista” -decía Íñigo. “Ni media tontería, Íñigo” -le replicó Pablo Iglesias-. Todas las cartas están ya boca arriba: comienza la timba.

Ante semejante escenario, trabajar sobre sistemas de primarias proporcionales que respetasen el peso tanto de minorías como de mayorías supondría una buena manera de deshacer el lío. Pero, por desgracia, ya no estamos en este escenario. Ya nadie se plantea, ni en las formas más básicas, repartir el poder de manera más equitativa. La batalla de Madrid dentro de la cúpula de Podemos ha comenzado. Sin embargo, a menos de un año de la campaña, nada sabemos sobre el modelo urbano que proponen para la región metropolitana madrileña o los contenidos políticos e ideológicos de esta pugna. El choque de estructuras aparece como un simple juego de poder y es aquí donde empiezan los verdaderos problemas.

Llega la Operación Chamartín.

En estos días convulsos en Podemos se empiezan a conocer los detalles definitivos de Madrid Nuevo Norte, el acuerdo al que han llegado el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Fomento-ADIF y el BBVA para sacar adelante la denominada Operación Chamartín. Esta operación, que moviliza una edificabilidad de 2,7 millones de metros cuadrados y que supone una de las operaciones urbanísticas más importantes de España, se ha consolidado en el imaginario social como el gran pelotazo de nuestra ciudad; aquel que nos devuelve a los gloriosos tiempos de la burbuja inmobiliaria.

Como bien sabemos, el punto de partida de toda la operación se produce gracias a un convenio opaco entre BBVA y ADIF que permite que el suelo público sea el motor del beneficio privado. Pero lo curioso es que -tal y como han denunciado asociaciones vecinales, ecologistas y urbanistas-, esta operación que pretende hacer crecer Madrid hacia el norte en 3,5 kilómetros, es apoyada e impulsada mayoritariamente por la dirección de Podemos.

Parece lógico que si lo que está en juego es el futuro de Madrid, antes de repartir los sillones se produjera un debate sobre el modelo de ciudad y de región que queremos. Más aún si entendemos que el acuerdo firmado por el Ayuntamiento tendrá su primera fase de aprobación en la escala municipal, pero será la Comunidad de Madrid quien finalmente tenga que dar su beneplácito. Una situación que llevará a que en 2019 -si no se cambia mucho el rumbo-, Podemos, el PSOE, Partido Popular y Ciudadanos llegarán a la campaña con un punto de acuerdo programático básico en el modelo urbano y de desarrollo de nuestra región, un hecho inaudito en la política madrileña.

Para quien no conozca el detalle de esta operación se debe recordar que estamos hablando de la construcción de un centro de negocios con más de 25 rascacielos similares a las cuatro torres de Florentino Pérez, la construcción de más de 10.500 viviendas y la reordenación de la ciudad de Madrid de nuevo en sentido norte favoreciendo el desequilibrio territorial de la ciudad y de toda la región metropolitana.

La Operación Chamartín además ha abierto una nueva brecha entre Podemos y el movimiento ecologista y vecinal de Madrid, además de en el propio equipo de gobierno de Ahora Madrid. Y se trata de una operación tan nuclear que no se puede resolver con votaciones de candidatos o repartos de puestos. Todo aquel que aspire a presidir y capitanear la Comunidad de Madrid debería dar desde ya una respuesta a qué hará con esta Operación si llegase a gobernar. Si Madrid como área metropolitana se rompe entre centro y periferia, entre norte y sur, la Operación Chamartín es la que lo hace posible reforzando y agudizando estos procesos.

En Podemos lo saben y en estos días tratarán de mejorar la imagen de la operación que -una vez consumada- está siendo maquillada con algunas mejoras en las zonas verdes, los equipamientos deportivos de la EMT, mejoras puntuales para algunos barrios o la protección de las ermitas existentes en este ámbito. Todo ello sin tocar lo nuclear del proyecto, la construcción de un megalómano centro de negocios y de miles de viviendas de lujo. De nuevo Madrid como atractor de un modelo de inversión inmobiliaria-especulativa que levanta el vuelo y de cuyo colapso aún no hemos levantado cabeza.

Por esta razón debemos estar atentos y valorar las mejoras que se han propuesto, no en vano son el fruto de la lucha vecinal y ecologista, pero sin olvidar que esta operación acelera la ruptura norte-sur de Madrid, expulsa de nuestra ciudad infraestructuras de transporte público básicas como son las cocheras de la EMT, produce un claro colapso en la movilidad de todo su entorno y desplaza aún más al norte el centro gravitacional de nuestra región reforzando los desequilibros y la desigualdad.

Las listas, las candidaturas y los nombres propios -incluso las batallas internas por posicionarse en todos esos ámbitos- deberían ser reflejo al menos de modelos y programas políticos entre los que elegir. Muy al contrario, el caso de Chamartín demuestra que el poder y la toma de posiciones es previo a cualquier programa político. Lo que sí sabemos en este caso es que ganen los de Iglesias o los de Errejón, se lleve el gato al agua Ramón Espinar o Clara Serra, todos ellos y ellas deberían despejar la incógnita sobre el modelo de ciudad que defienden y responder por el claro cambio de rumbo que se ha producido en el urbanismo madrileño con respecto al programa de 2015,  del que tarde o temprano tendrá que dar explicaciones la dirección de Podemos ahora que tanto interés despierta la política de nuestra región.