Berto Romero

Voy a hablarles hoy de los datos que la semana pasada publicó El Observatorio Joven de Vivienda. Antes, por deformación profesional, no puedo evitar hacer una apreciación jocosa, absurda y estéril sobre el nombre de tal identidad: Formulado de este modo, parece que sea el observatorio el que es joven, es decir, que se ha construido o instituido hace poco, y no que sea la relación de la juventud con la vivienda el objeto de su análisis. Propongo cambiar su nombre por el de “Observatorio de la Vivienda para jóvenes”. No se preocupen, no encontrarán más chorradas de este calibre en lo que queda de columna. Me pongo serio. Ya verán:
Según el observatorio de equívoco nombre los jóvenes deben destinar el 86% de su sueldo para poder comprar una vivienda. 86%…¡86%!…¡Ochenta y seis por ciento! (manos a la cabeza). Para cumplir la saludable, deseable, utópica e incluso me atrevería a decir que diurética premisa de destinar únicamente un 30% de su sueldo a ello, ese joven del que hablamos debería cobrar como mínimo 3.400€/mes (la media actual es de 1.200€). En caso de que el susodicho joven quiera compartir su miseria en pareja, el gasto dedicado a la compra de la vivienda es de un 53,9%, con lo cual más de la mitad de las neuronas de la pareja dejan de dedicarse al amor para ocuparse en temas más urgentes, como por ejemplo intentar conciliar el sueño por las noches.
Estos datos llevan aumentando de forma exponencial desde los últimos 8 años. Mientras tanto, ¿qué hacen la banca y el sector constructor/inmobiliario, los dos mayores responsables en la actual crisis económica? Los primeros no dan dinero y los segundos se resisten a bajar el precio de los pisos. Todos ellos congelados, paralizados, conejitos ante los faros de un coche, mirando para otro lado, esperando que se produzca un espontáneo milagro macroeconómico. A mí la Fundación Alfred Nobel no me daría el premio de economía ni aunque sólo quedáramos en el mundo un chimpancé senil y yo, pero como joven sí que soy se me ocurre decir algo demagógico, insensato, seguramente incorrecto y a todas luces poco meditado: a lo mejor…sólo a lo mejor…¡Podrían empezar por bajar de verdad los precios de los pisos e ir soltando algo de pasta!
Los españoles nos encontramos entre los más optimistas del mundo. Este es uno de los resultados que arroja una reciente encuesta de la universidad de Kansas y la empresa de demoscopia con nombre de cubito de caldo de pollo: Gallup. Demoscopia es, según la Real Academia, “el estudio de las opiniones, aficiones y comportamiento humanos mediante sondeos de opinión”. O sea, hacer encuestas, esas conversaciones que, cuando se mantienen por teléfono comienzan con un “¿tiene un minuto?” y cuando son callejeras con un “perdone, perdone”. Hago la aclaración etimológica del término porque la primera vez que alguien se me acercó anunciándome que venía a hacerme una consulta demoscópica huí a toda velocidad cubriéndome los genitales.
Me ha llamado poderosamente la atención un detalle común a casi todas las menciones que he contrastado de esta noticia en la prensa, tanto escrita como online. La mayoría de periodistas hacen hincapié en el hecho de que en Portugal el nivel de optimismo es sensiblemente más bajo que en España. Múltiples variaciones de la siguiente frase: “Llama la atención el contraste entre el alto optimismo de los españoles y el bajo de nuestros vecinos, los portugueses”. A mí no me parece tan raro viniendo de una cultura que ha hecho de la “saudade”, esa melancólica añoranza de la alegría ausente, la piedra angular de su cultura y cuya música tradicional es el fado. Sinceramente, me hubiera sorprendido lo contrario.
En general, según esta encuesta, la población mundial tiende a ver la botella medio llena. Dice el responsable del estudio, Matthew Gallagher, que “dichos resultados constituyen una demostración de que el optimismo es un fenómeno universal”. Me alegra mucho que el ser humano sea mayoritariamente optimista. Sin embargo, me intranquiliza pensar que la creencia en un futuro mejor se pueda convertir en pasaporte hacia el descuido y la despreocupación. Mi apuesta es por el optimismo activo, en el que la esperanza de que las cosas vayan a mejor se fundamente en hechos derivados del trabajo constante continuo y consciente en esa dirección. Desde aquí reto a Portugal a una lucha demoscópica por alcanzar esa primera posición peninsular. Y a Gallup pongo por testigo.
“Orgullo y prejuicio y zombies” (“Pride and prejudice and zombies”, Quirk Books, 2009) es el título de la última novela del escritor norteamericano Seth Grahame-Smith. Se trata de una reescritura de “Orgullo y prejuicio”, de Jane Austen, combinando los acontecimientos y tramas de la obra original con una invasión de zombies. Una novela de temática consecuente con el patrón cultural del siglo XXI, un monstruo devorador de la obra de cerebros muertos que regurgita remakes, reversiones y revisiones de clásicos y anónimos.
La curiosísima y “friqueante” singularidad de “Orgullo y prejuicio y zombies” la ha convertido rápidamente en un best-seller en los Estados Unidos y se habla de una posible adaptación al cine. Grahame-Smith, espoleado por el éxito y seguramente también por su editor armado con un cheque, ya se encuentra trabajando en una nueva novela, cuya temática, apunta la rumorología, podría ser “Abraham Lincoln: cazador de vampiros”.
Más zombies. Para mí no es sólo un nuevo ejemplo de la revitalización de un género que me gusta, sino una nueva muestra de la encumbración del mito del zombie como la encarnación del terror definitivo del siglo XXI. El muerto viviente encarna a la perfección todos nuestros miedos. La sublimación de nuestra pulsión agresiva, de nuestro instinto caníbal, de nuestra voluntad autodestructiva y de nuestra natural tendencia al aborregamiento.
Pero, sobretodo, convertirse en zombie representa la disolución total de la identidad propia en la pulpa descerebrada de la masa social, la lobotomía en masa. La entrada definitiva en el club del pensamiento único. La pérdida del criterio y la individualidad. Y esa sí es la gran lucha diaria. La batalla se libra cada día a través de todas las armas comunicativas con que nos hemos dotado tecnológicamente: cada actualización de un blog, de un twitter, de un perfil de facebook, cada video colgado en youtube, cada conversación de chat es un intento desesperado de colocar una boya en el océano de pensamientos globales. El horror toma forma a través de la percepción de que el ruido general ahoga nuestra voz, nos inocula el virus zombificante del anonimato, y nos reduce a otro número en la masa renqueante de comedores de sesos. ¡Buen provecho!
Tenemos símbolo. La mascarilla sanitaria es ya, definitivamente, el icono del fin del mundo primavera 2009. Y no siempre hemos podido disfrutar de uno tan claro e identificable para el armagedón.
“Hola, ¿te acuerdas de mí, que hablamos aquella mañana cinco minutos antes del fin del mundo?” De este modo me presenté hace unos días a Celia Montalbán, directora y presentadora del programa “No somos nadie” de M80, con quien sólo había hablado telefónicamente en su programa. Creo que fue cuando lo del acelerador de partículas del CERN, que había de crear un agujero negro que nos tragara a todos. O quizá fue durante alguna otra de las periódicas catástrofes que han de acabar con nuestro planeta una vez al año (dos, con suerte). Aquella vez no pudimos visualizarlo bien, la amenaza era un haz de partículas subatómicas o algo así. Iconográficamente abstracto.
El fin del mundo que nos ocupa actualmente es el de gripe de la mascarilla (porcina, A, N1H1, nueva, americana, mexicana, etc). Parece que va cediendo el clamor apocalíptico, que se estanca, que la mascarilla pierde potencia icónica. Nos alegramos. Y un poco no. Fuera caretas (nunca mejor dicho): nos gusta pensar que se acaba el mundo mañana más que rebañar la salsa del puchero con el dedo. Fantasear con que en unas horas se acabarán las obligaciones, las responsabilidades, los quebraderos de cabeza, la rutina. Es tan excitante sacar la cabeza por el precipicio y contemplar el abismo que, al final de la crisis cíclica, nos sentimos secretamente decepcionados ante el anuncio de que el peligro ha pasado.
Así que mientras se desarrollan los acontecimientos del presente Apocalipsis, antes de guardar la mascarilla en el cajón mental de los disgustos pasados, me permito alimentar desde estas líneas nuestra común y vergonzosa veneración a Tánatos. Ahí va un terror planetario a largo plazo: el asteroide Apofis (o Apophis, o asteroide porcino, enmascarado, como queráis) pasará muy cerca de la Tierra en 2029. Si choca con algún otro asteroide y nos cae encima producirá un efecto superior al de 40.000 bombas atómicas. Que sí, que lo he leído en la Wikipedia. Aunque hasta entonces habremos vivido muchísimos más fines del mundo, por supuesto.
Antes de empezar, un chiste clásico: Una chica muy guapa permanece sepulcralmente callada durante toda una cena. Finalmente, uno de los comensales, interesado por su belleza, se le acerca y le pregunta por qué no habla. Ella contesta con una voz horrorosa “¿pa qué? ¿pa cagarla?”
Haciendo uso de la exhortación que titula esta columna, un lector llamado Vicente me ha pedido amablemente que me corrija, porque me he equivocado. Resulta que hace dos semanas hablé aquí con cierta sorna del tan traído y llevado comentario de Silvio Berlusconi sobre el nuevo alojamiento en tiendas de campaña de las víctimas del terremoto que sacudió Italia, al que se refirió como “un fin de semana en un camping”. Parece ser que Berlusconi hizo estas declaraciones a un grupo de niños, de ahí el tono entre paternalista y telettubiesco con que se refería a una crisis nacional con cientos de muertos de por medio. Los medios de comunicación habrían sido los causantes de descontextualizar sus palabras. Hecha queda pues la rectificación.
Sin embargo, Berlusconi ha sido más rápido y ha logrado él solo que el cámpingate cayera prontamente en el olvido. Lo ha conseguido anunciando que su partido, el PDL (la que con toda probabilidad será la mayor formación conservadora del Parlamento Europeo tras las elecciones de junio) presentará una lista de eurodiputadas compuesta por vedetes, modelos, gogós e incluso una concursante de Gran Hermano.
Vaticino dos nuevas sorpresas en las futuras noticias políticas italianas. La primera: que el anuncio de la lista de eurodiputadas se lo estaba dando también a un grupo de niños. La segunda: un nuevo ¿pa qué? ¿pa cagarla?
Mycocepurus smithii”, se llaman. Se trata de un tipo de hormigas halladas en la selva amazónica que, tras renunciar al sexo, prescindir de los machos y desarrollar un sistema reproductivo basado en la clonación, ha evolucionado hacia una población formada únicamente por hembras. La comunidad científica resalta que el aspecto que les llamó la atención de dichas hormigas no fue su radical abstinencia sexual, sino su habilidad para cultivar una mayor cantidad de alimento que otras especies.
Al parecer, destacan de su sociedad algunas ventajas “indudables” como el “ahorro energético” (que esto no he sabido bien por qué se da; imagino que el coito, la gestación y el parto gastan una considerable cantidad de energía) y el incremento, hasta un 100% de la población, del número de individuos potencialmente capaces de reproducirse (aunque no se llegue a usar, ya que todos ellos son clones de la hormiga reina). También han señalado el curioso guiño que supone la coincidencia de haberse hallado en la Amazonia unos seres que remiten a las amazonas de la mitología griega, una casta de mujeres guerreras que vivían en un reino independiente ajenas a la compañía de varones.
Un mundo más eficiente, tranquilo y productivo. No cabe duda de que la naturaleza se ha dado cuenta de algo que ya sospechábamos desde hacía bastante tiempo: que el mundo funcionaría mejor sin nosotros. Y parece haber tomado cartas en el asunto. A ver cuánto tardan nuestras respectivas señoras en llegar a la misma conclusión. Pensábais que la crisis económica era nuestro problema más acuciante, ¿verdad, muchachos? ¿Qué os parece la extinción de nuestro género?
“Tómenselo como un fin de semana de camping”, dijo Silvio Berlusconi, el primer ministro italiano de terso rostro, a las 17.000 personas que se habían quedado sin hogar, después del seísmo que dejó en el centro de Italia 260 muertos. En declaraciones a la una agencia de noticias, el jefe del gobierno italiano aseguró que “no les falta de nada. Tienen cuidados médicos, comida caliente…Por supuesto, su lugar de abrigo actual es provisional (tiendas de campaña), pero hay que tomarlo como un fin de semana en un camping”.
Un mensaje ciertamente positivo que no puede entenderse de otro modo que una nueva perla de la excentricidad del Cavalliere. No obstante, y ya puestos a elucubrar, abre una hipotética línea de trabajo para la política a nivel internacional. Podría definirse como de “eufemismo euforizante”. A partir de ahora, todas las malas noticias que un gobierno deba comunicar a sus ciudadanos pueden expresarse desde esta curiosa perspectiva.
Tomen nota portavoces del gobierno del mundo: Una invasión militar podría ser tomada como “una excelente ocasión para estrechar lazos entre culturas y etnias distintas”. El aumento del precio del carburante pasaría a ser “una coyuntura ideal para los paseos a pie y en bicicleta”. Una huelga de barrenderos ofrecería “una irrepetible oportunidad de pasar una temporada en la baja edad media”. Una pandemia no será sino el preludio de “una saludable descongestión demográfica” y la detonación de un artefacto nuclear que asolara una ciudad entera no dejaría de ser “un acicate al sector de la construcción gracias al repentino aumento del terreno edificable”.
El lunes pasado, hacia el mediodía, minutos después de saber que “El programa de Berto” había sido cancelado por La Sexta, recibí otra noticia mucho más divertida. Nuestra productora, Fe (sin duda el nombre más adecuado para desarrollar dicho trabajo en un programa de televisión), me informaba acerca de una serie de llamadas telefónicas que había estado recibiendo durante toda esa mañana. Resulta que una vidente se había estado ofreciendo insistentemente para colaborar con nosotros.
Fue una maravillosa y fortuita actualización del siguiente chiste clásico: Un hombre acude a la consulta de un vidente. Llama a la puerta, toc toc, y se escucha desde el interior del despacho al futurólogo preguntando “¿quién es?”. El hombre vuelve sobre sus pasos, porque “si no lo sabe, vaya desgracia de vidente es”.
El día de autos, además, algunos tertulianos de televisión en una cadena local de Barcelona celebraron el buen dato de audiencia de “El programa de Berto”, un supuesto 6.6 de share (que era un 3.3 en realidad, pero alguien se debió equivocar al difundirlo, o lo leyó dos veces). A consecuencia de esto, también recibí un par de sms felicitándome.
Dos nuevas constataciones de que el universo hace sus propios chistes, siempre mejores, más intencionados, crueles, divertidos, sarcásticos y libres que los que un cómico profesional podrá llegar a imaginar jamás.
Parafraseando al teórico de la comedia canadiense Arthur Caffer: “El hecho cómico existe por y en sí mismo, y se produce de forma aleatoria y espontánea. La identificación, interpretación y posterior comunicación y disfrute del mismo es meramente una elección consciente individual”.
La ciudad de Oslo ha sido noticia por su iniciativa consistente en reconvertir 80 autobuses municipales para que se impulsen con biometano extraído de desechos humanos: caca. Se trata de una más de las iniciativas que persigue el Gobierno noruego para convertirse en el año 2050 en un país completamente CO² neutral. El desecho hecho materia prima: el círculo perfecto.
La noticia me ha llamado poderosamente la atención, básicamente por mi obsesión desde pequeño por la escatología en sus dos acepciones principales. Por un lado, escatología se refiere a la parte de la fisiología que estudia los excrementos (del griego skatós, excremento). Pero también, en su acepción religiosa, la palabra significa el conjunto de creencias referentes a la vida después de la muerte y acerca del final del hombre y del universo (del griego ésjatos, último).
¿Conocéis el tabaco de liar Pueblo? Su uso ha aumentado exponencialmente entre los fumadores a raíz del aumento del precio de las cajetillas de tabaco convencional. Sin embargo, pude comprobar hace unos días en un estanco cómo la misma marca Pueblo había comenzado a comercializar su mismo producto en cajetillas, liado. Pregunté al estanquero por el nuevo producto, extrañado. Respondió con gran normalidad que “a algunas personas les da pereza liar”. Círculo.
Tabaco que se deslía y se vuelve a liar, caca que se hace combustible. Encontraréis ejemplos en todas partes: novelas que generan películas que generan obras de teatro que vuelven a generar películas, moda que se reinventa cada dos temporadas sobre la de la década anterior. La potencia del movimiento circular. El auténtico signo de nuestro tiempo.
Sabes la típica cosa que, aunque ya te la imaginabas, cuando te la explican con detalles precisos te impresiona aún más de lo que creías? Pues en esas estoy. Ocurrió este sábado, mientras celebraba tardíamente el día de San Patricio en una taberna irlandesa con unos amigos. La conversación derivó hacia el siguiente tema: el retoque fotográfico. Pudimos nutrirnos de información de primera mano, ya que una de las contertulianas trabaja retocando fotos de modelos para catálogos de ropa interior.
A ver, que no me he caído del guindo. Que ya sabía que el retoque digital está a la orden del día. Pero la lista de sus quehaceres laborales, no por previsible, dejó de ser menos sorprendente para mí. Atención, que voy: estrechar caderas, tapar estrías, alisar vientres, quitar pelos del culo, reducir el tamaño del pene cuando es demasiado grande, eliminar la vena del mismo, borrar casi totalmente la axila (no sólo el pelo, sino toda su forma), erradicar los codos, sombrear el abdomen, tapar las ojeras, quitar las pecas, duplicar ojos (si el modelo tiene un ojo más feo que el otro, se coge el ojo bonito y se clona, dejándole los dos iguales), etc.
Me confesaba mi amiga que cuando empezó en el trabajo era incapaz de percibir qué debía corregir en las fotos pero que con el tiempo ya es capaz de hacerlo casi de forma mecánica. La pregunta del terror es: ¿me habré acostumbrado yo también a percibir dichas aberraciones digitales como naturales y habré desarrollado rechazo a un buen culo estriado y celulítico, a un buen pene venoso, a unos ojos bien asimétricos? Dios mío, dame discernimiento más allá del Photoshop.