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Calcetines de deporte

16 mar 2009
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Llevo todo el fin de semana pensando en una noticia que leí en la prensa el jueves pasado. La cosa ocurrió así: los tres astronautas de la estación Espacial Internacional (ISS), a 400 kilómetros de altura sobre la tierra, se vieron obligados a refugiarse en la cápsula Soyuz, que permanece allí atracada a modo de cápsula de emergencia. Al parecer, un fragmento de basura espacial pasó por la llamada “zona de seguridad” junto a la ISS, con el consiguiente peligro de impactar contra la estación. Afortunadamente, el pedazo de chatarra pasó de largo y no hay que lamentar daños humanos ni materiales. La tripulación, formada por Michael Fincke, comandante, Sandra H. Magnus y Yuri Lonchakov, pudo salir de la Soyuz (cuya compuerta ni siquiera pudieron llegar a cerrar, detalla la noticia) a los diez minutos.

Año 2009. La Luna está deshabitada. A Marte apenas hemos conseguido enviar algunos coches teledirigidos con termómetros y videocámaras. Nuestra estación espacial orbita la Tierra a más o menos la misma distancia que separa Barcelona de Teruel, cuatro horas de coche por autopista, no más.
Actualmente, la mayor aventura espacial a la que se enfrentan nuestros sufridos hombres del espacio consiste en no chocar con un pedazo de basura.

Y lo que es peor, cuando vemos imágenes de los astronautas de la ISS por televisión, llevan calcetines de deporte blancos, de esos con una raya roja y otra azul.
Ya no pido que los coches vuelen, de eso ya me desengañé. Pero aprovecho para maldecir públicamente el día que, siendo niño, vi por primera vez Star Wars, Galactica, Star Trek, Alien, ET, Encuentros en la tercera fase, 2001 y V. ¿Por qué no pude aficionarme a las películas de piratas? Ellos nunca podrán decepcionarme porque ya no existen.

Bajo la alfombra

02 mar 2009
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Llevo una semana muy resfriado. Pero no se me nota. Porque me administro uno de esos medicamentos que “frenan los síntomas del resfriado”. Como buen trabajador autónomo, sólo puedo permitirme enfermedades de extrema gravedad, preferiblemente letales, y si puede ser en Navidad y Semana Santa. Que yo recuerde ahora mismo, se trata del cuarto resfriado consecutivo al que le “freno los síntomas”.
Y no puedo evitar pensar que se trata del mismo resfriado. Y que cuando “freno sus síntomas”, en realidad, lo que hago es meterlos “bajo la alfombra” de mi organismo. Siguiendo con esta línea de pensamiento: ¿qué ocurre cuando barres el comedor y metes la suciedad bajo la alfombra? No ocurre a menudo porque, afortunadamente, se trata de una frase hecha que no refleja una práctica social habitual. Pero en el hipotético caso de que alguien lo hiciera regularmente… llegaría un momento en que la acumulación de basura bajo la alfombra sería tal que… no sé… ¿se pudriría la alfombra? ¿Estallaría? ¿Se hincharía hasta dejar de ser un alfombra y convertirse en una especie de colchón?

¿Y si me pasa eso a mí? ¿Me pudriré? ¿Estallaré? ¿Me transformaré, cual Pokemon, en otro ser? Me atenaza el temor de pensar que, dentro de unos años, todos esos resfriados acumulados, ese súper-resfriado que ha anidado en mi seno, que se ha desarrollado y fortalecido en mi interior, aparecerá por sorpresa y me fulminará. Temo también que haya mutado en una nueva variante high-tech de la gripe española y aniquile a media Europa.
Un amigo me cuenta en un sms que no puede salir de casa por una diarrea fulminante que le ha esclavizado al inodoro. Pido a la industria farmacéutica que nunca jamás desarrolle un fármaco para “frenar sus síntomas”. ¡Oh, no, acabo de recordar que sí que existe uno!