Los españoles nos encontramos entre los más optimistas del mundo. Este es uno de los resultados que arroja una reciente encuesta de la universidad de Kansas y la empresa de demoscopia con nombre de cubito de caldo de pollo: Gallup. Demoscopia es, según la Real Academia, “el estudio de las opiniones, aficiones y comportamiento humanos mediante sondeos de opinión”. O sea, hacer encuestas, esas conversaciones que, cuando se mantienen por teléfono comienzan con un “¿tiene un minuto?” y cuando son callejeras con un “perdone, perdone”. Hago la aclaración etimológica del término porque la primera vez que alguien se me acercó anunciándome que venía a hacerme una consulta demoscópica huí a toda velocidad cubriéndome los genitales.
Me ha llamado poderosamente la atención un detalle común a casi todas las menciones que he contrastado de esta noticia en la prensa, tanto escrita como online. La mayoría de periodistas hacen hincapié en el hecho de que en Portugal el nivel de optimismo es sensiblemente más bajo que en España. Múltiples variaciones de la siguiente frase: “Llama la atención el contraste entre el alto optimismo de los españoles y el bajo de nuestros vecinos, los portugueses”. A mí no me parece tan raro viniendo de una cultura que ha hecho de la “saudade”, esa melancólica añoranza de la alegría ausente, la piedra angular de su cultura y cuya música tradicional es el fado. Sinceramente, me hubiera sorprendido lo contrario.
En general, según esta encuesta, la población mundial tiende a ver la botella medio llena. Dice el responsable del estudio, Matthew Gallagher, que “dichos resultados constituyen una demostración de que el optimismo es un fenómeno universal”. Me alegra mucho que el ser humano sea mayoritariamente optimista. Sin embargo, me intranquiliza pensar que la creencia en un futuro mejor se pueda convertir en pasaporte hacia el descuido y la despreocupación. Mi apuesta es por el optimismo activo, en el que la esperanza de que las cosas vayan a mejor se fundamente en hechos derivados del trabajo constante continuo y consciente en esa dirección. Desde aquí reto a Portugal a una lucha demoscópica por alcanzar esa primera posición peninsular. Y a Gallup pongo por testigo.
“Orgullo y prejuicio y zombies” (“Pride and prejudice and zombies”, Quirk Books, 2009) es el título de la última novela del escritor norteamericano Seth Grahame-Smith. Se trata de una reescritura de “Orgullo y prejuicio”, de Jane Austen, combinando los acontecimientos y tramas de la obra original con una invasión de zombies. Una novela de temática consecuente con el patrón cultural del siglo XXI, un monstruo devorador de la obra de cerebros muertos que regurgita remakes, reversiones y revisiones de clásicos y anónimos.
La curiosísima y “friqueante” singularidad de “Orgullo y prejuicio y zombies” la ha convertido rápidamente en un best-seller en los Estados Unidos y se habla de una posible adaptación al cine. Grahame-Smith, espoleado por el éxito y seguramente también por su editor armado con un cheque, ya se encuentra trabajando en una nueva novela, cuya temática, apunta la rumorología, podría ser “Abraham Lincoln: cazador de vampiros”.
Más zombies. Para mí no es sólo un nuevo ejemplo de la revitalización de un género que me gusta, sino una nueva muestra de la encumbración del mito del zombie como la encarnación del terror definitivo del siglo XXI. El muerto viviente encarna a la perfección todos nuestros miedos. La sublimación de nuestra pulsión agresiva, de nuestro instinto caníbal, de nuestra voluntad autodestructiva y de nuestra natural tendencia al aborregamiento.
Pero, sobretodo, convertirse en zombie representa la disolución total de la identidad propia en la pulpa descerebrada de la masa social, la lobotomía en masa. La entrada definitiva en el club del pensamiento único. La pérdida del criterio y la individualidad. Y esa sí es la gran lucha diaria. La batalla se libra cada día a través de todas las armas comunicativas con que nos hemos dotado tecnológicamente: cada actualización de un blog, de un twitter, de un perfil de facebook, cada video colgado en youtube, cada conversación de chat es un intento desesperado de colocar una boya en el océano de pensamientos globales. El horror toma forma a través de la percepción de que el ruido general ahoga nuestra voz, nos inocula el virus zombificante del anonimato, y nos reduce a otro número en la masa renqueante de comedores de sesos. ¡Buen provecho!
Que es un título así como de novela de Harry Potter o de nueva entrega de la saga Indiana Jones. Bien, la filosofía de esta columna es hablar de una persona, un animal o una cosa. ¿Se ve venir el chiste, verdad? ¿En qué categoría incluyo a Michael Jackson? En las tres. Hasta que la ciencia no se pronuncie en sentido contrario aún se trata de una persona, es y ha sido sin dudarlo un animal escénico, y sí, parece una cosa.
Michael Jackson, uno de los grandes genios de la música del siglo XX, a la par que uno de los grandes engendros de la estética del XXI, tiene (o tenía) previsto dar una serie de 50 recitales en el O² Arena de Londres. Resulta que Jacko podría tener firmado un contrato que le impediría actuar en un escenario si no es en compañía de sus hermanos, otros que están también como para invitarlos a un bautizo.
Confieso que me planteé desplazarme a Londres, por dos razones. La primera es que ya lo hice en 2007 cuando Prince dio 21 conciertos en el mismo recinto. En aquella ocasión, además de disfrutar de un excelente recital, pude presenciar una deliciosa excentricidad del genio de Minneapolis. Los músicos atravesaron a pie el espacio entre el camerino y el escenario circular central del O² Arena. Pero Prince, para evitar ser visto, pasó metido en un cajón de transporte de instrumentos con ruedas empujado por cuatro porteadores, para regocijo del respetable. La segunda razón es que temo perder la oportunidad de ver a Jackson en directo. Pienso que, de un día para otro, podría estallar, licuarse, desmembrarse, partírsele la cadera, derretírsele el rostro, volverse del revés como un calcetín o convertirse en un puñado de cenizas al entrar en contacto con la luz solar y quedar desparramado por el viento en una avenida de Los Ángeles.
Algunas fuentes aseguran, sin embargo, que Michael Jackson se encuentra ensayando para sus 50 citas de julio. Afirman, y este es mi dato preferido, que “trabaja con un coreógrafo y diez bailarines en un nuevo movimiento de baile que mantiene bajo estricto secreto”. ¿Os acordáis de Ben Stiller en el papel de Derek Zoolander hablando de su nueva mirada Magnum en la película del mismo nombre? Aquí es donde me entra la risa y tengo que parar.