Sabes la típica cosa que, aunque ya te la imaginabas, cuando te la explican con detalles precisos te impresiona aún más de lo que creías? Pues en esas estoy. Ocurrió este sábado, mientras celebraba tardíamente el día de San Patricio en una taberna irlandesa con unos amigos. La conversación derivó hacia el siguiente tema: el retoque fotográfico. Pudimos nutrirnos de información de primera mano, ya que una de las contertulianas trabaja retocando fotos de modelos para catálogos de ropa interior.
A ver, que no me he caído del guindo. Que ya sabía que el retoque digital está a la orden del día. Pero la lista de sus quehaceres laborales, no por previsible, dejó de ser menos sorprendente para mí. Atención, que voy: estrechar caderas, tapar estrías, alisar vientres, quitar pelos del culo, reducir el tamaño del pene cuando es demasiado grande, eliminar la vena del mismo, borrar casi totalmente la axila (no sólo el pelo, sino toda su forma), erradicar los codos, sombrear el abdomen, tapar las ojeras, quitar las pecas, duplicar ojos (si el modelo tiene un ojo más feo que el otro, se coge el ojo bonito y se clona, dejándole los dos iguales), etc.
Me confesaba mi amiga que cuando empezó en el trabajo era incapaz de percibir qué debía corregir en las fotos pero que con el tiempo ya es capaz de hacerlo casi de forma mecánica. La pregunta del terror es: ¿me habré acostumbrado yo también a percibir dichas aberraciones digitales como naturales y habré desarrollado rechazo a un buen culo estriado y celulítico, a un buen pene venoso, a unos ojos bien asimétricos? Dios mío, dame discernimiento más allá del Photoshop.
Llevo todo el fin de semana pensando en una noticia que leí en la prensa el jueves pasado. La cosa ocurrió así: los tres astronautas de la estación Espacial Internacional (ISS), a 400 kilómetros de altura sobre la tierra, se vieron obligados a refugiarse en la cápsula Soyuz, que permanece allí atracada a modo de cápsula de emergencia. Al parecer, un fragmento de basura espacial pasó por la llamada “zona de seguridad” junto a la ISS, con el consiguiente peligro de impactar contra la estación. Afortunadamente, el pedazo de chatarra pasó de largo y no hay que lamentar daños humanos ni materiales. La tripulación, formada por Michael Fincke, comandante, Sandra H. Magnus y Yuri Lonchakov, pudo salir de la Soyuz (cuya compuerta ni siquiera pudieron llegar a cerrar, detalla la noticia) a los diez minutos.
Año 2009. La Luna está deshabitada. A Marte apenas hemos conseguido enviar algunos coches teledirigidos con termómetros y videocámaras. Nuestra estación espacial orbita la Tierra a más o menos la misma distancia que separa Barcelona de Teruel, cuatro horas de coche por autopista, no más.
Actualmente, la mayor aventura espacial a la que se enfrentan nuestros sufridos hombres del espacio consiste en no chocar con un pedazo de basura.
Y lo que es peor, cuando vemos imágenes de los astronautas de la ISS por televisión, llevan calcetines de deporte blancos, de esos con una raya roja y otra azul.
Ya no pido que los coches vuelen, de eso ya me desengañé. Pero aprovecho para maldecir públicamente el día que, siendo niño, vi por primera vez Star Wars, Galactica, Star Trek, Alien, ET, Encuentros en la tercera fase, 2001 y V. ¿Por qué no pude aficionarme a las películas de piratas? Ellos nunca podrán decepcionarme porque ya no existen.
Atención, damas y caballeros: ya ha llegado a mis oídos la siguiente frase: Internet ha muerto. Reconozco que esta vez me ha sorprendido, aunque estoy acostumbrado a oír este tipo de aseveraciones categóricas semi apocalípticas de vez en cuando. Llámame ingenuo, pero con Internet pensaba que la gente se iba a cortar un poquito. No sé…la veía tan boyante, tan efervescente, tan llena de píxeles, blogs y facebooks…
Internet ha muerto, decía. Al parecer, esta frase fue pronunciada por un periodista especializado en nuevas tecnologías durante una charla a los trabajadores de una empresa en la que trabaja una conocida. Según aseguraba dicho gurú, en cuestión de 5 ó 10 años los contenidos informativos, audiovisuales y de comunicación interpersonal se han de ver trasladados masivamente a los dispositivos de telefonía móvil, relegando la Internet que conocemos a un uso residual.
Añadimos pues este presunto nuevo cadáver a otras insignes formas de comunicación dadas también por fallecidas: la prensa escrita, la radio, la televisión, el teatro, el correo ordinario, el libro, la pintura, la fotografía, el cine, el mimo, las palomas mensajeras y un largo y lúgubre etcétera de defunciones que me permito detener aquí para no aburrirte ni apesadumbrarte. Cultural y comunicativamente hablando, la nuestra es la era zombi, en la que todo está muerto, si es que no murió ya al nacer. Y, si no lo está, le quedan cuatro días.
“Internet ha muerto” pasa a colocarse en el número uno de mi lista de aseveraciones categóricas y desproporcionadas favoritas. Acaba de desbancar a “el Iphone ya cansa”, pronunciada por un buen amigo mío meses antes de que dicho aparato comenzara a venderse legalmente en nuestro país.
Llevo una semana muy resfriado. Pero no se me nota. Porque me administro uno de esos medicamentos que “frenan los síntomas del resfriado”. Como buen trabajador autónomo, sólo puedo permitirme enfermedades de extrema gravedad, preferiblemente letales, y si puede ser en Navidad y Semana Santa. Que yo recuerde ahora mismo, se trata del cuarto resfriado consecutivo al que le “freno los síntomas”.
Y no puedo evitar pensar que se trata del mismo resfriado. Y que cuando “freno sus síntomas”, en realidad, lo que hago es meterlos “bajo la alfombra” de mi organismo. Siguiendo con esta línea de pensamiento: ¿qué ocurre cuando barres el comedor y metes la suciedad bajo la alfombra? No ocurre a menudo porque, afortunadamente, se trata de una frase hecha que no refleja una práctica social habitual. Pero en el hipotético caso de que alguien lo hiciera regularmente… llegaría un momento en que la acumulación de basura bajo la alfombra sería tal que… no sé… ¿se pudriría la alfombra? ¿Estallaría? ¿Se hincharía hasta dejar de ser un alfombra y convertirse en una especie de colchón?
¿Y si me pasa eso a mí? ¿Me pudriré? ¿Estallaré? ¿Me transformaré, cual Pokemon, en otro ser? Me atenaza el temor de pensar que, dentro de unos años, todos esos resfriados acumulados, ese súper-resfriado que ha anidado en mi seno, que se ha desarrollado y fortalecido en mi interior, aparecerá por sorpresa y me fulminará. Temo también que haya mutado en una nueva variante high-tech de la gripe española y aniquile a media Europa.
Un amigo me cuenta en un sms que no puede salir de casa por una diarrea fulminante que le ha esclavizado al inodoro. Pido a la industria farmacéutica que nunca jamás desarrolle un fármaco para “frenar sus síntomas”. ¡Oh, no, acabo de recordar que sí que existe uno!
“A ver cuánto tardas en escribir una columna de listas”, me profetizó un amigo cuando le informé de que comenzaba a escribir esta columna. Hace de esto 85 días.
Según me comentó este caballero, todo columnista usa en alguna ocasión el recurso fácil de confeccionar una lista de filias y/o fobias. Algo así como si te contara que odio poner una radiofórmula y escuchar por enésima vez Every breath you take, Faith o I want to break free, porque me las han hecho aburrir. Porque creo que el uso de consultoras que les dictan lo que supuestamente el público quiere escuchar las ha convertido en una brasa repetitiva y adocenante. O que no me gusta darle mi nombre a los del Starbucks para que me avisen luego en voz alta al entregarme el café, y les doy nombres falsos. Es por eso que un día nos sirvieron a un amigo y a mí como “señor Ortega” y “señor Gasset”. Que me enfurece que me llame por teléfono una grabación para venderme algo. O que lo haga a horas intempestivas, porque la oficina que han subcontratado para realizar este trabajo está en la India. Que cuando alguien gira sin poner el intermitente delante mío pienso en un AK-47, un arma tremendamente efectiva y de fácil manejo. Que me da pena cuando alguien entra en un sitio sin saludar. O cuando no me devuelven el saludo cuando entro yo, especialmente si el sitio es una tienda. O que me molesta que un vendedor me trate como si fuera retrasado mental por no conocer tan bien sus productos como él. Que me indigna que el doctor del seguro no me trate como merezco porque se le acumulan las visitas y quiere sacarse faena rápido. Que opino que la frase “y lo bueno es que aparcas donde quieres” debería prescribir ya y no poder usarse en las conversaciones entre motoristas.
Nada, que he tardado 85 días.
Me cuenta un amigo que la empresa en la que trabaja ha anunciado beneficios. Sin embargo, hace unas semanas, me explicaba cómo la misma empresa había echado a la calle a unos cuantos de sus compañeros y reducido el sueldo de los que aún siguen allí.
Mi amigo se halla estupefacto e irritado, y se siente alterado, molesto, inquieto y nervioso. Presenta un curioso tic que le hace alzar el dedo corazón de una mano y es probable que también sufra algún tipo de prurito en la zona genital que le lleva a agarrarse simultáneamente los testículos con la otra mano. He intentado hacerle entrar en razón. No debe haberse informado bien. Quizá no se ha enterado de que vivimos una crisis global, que afecta a todos y cada uno de nosotros. Individuos físicos y jurídicos. No sólo a los currantes, sino también a las empresas y corporaciones que, sin duda, han renunciado a sus beneficios habituales. Es más, no sólo han renunciado a dichos beneficios, sino que la mayoría de sus directivos han dejado de cobrar bonificaciones, comisiones, incentivos, pluses, bonus o como le llamen (propongo un nombre inventado: Fairlengehender-Payments).
Han agotado todos los planes necesarios de reducción de gastos, eliminado todo lo superfluo, constreñido el margen de beneficio hasta el mínimo. Han aplicado en el engranaje preciso de la estructura empresarial los fondos de ayuda gubernamental, en caso de recibirlos. En definitiva, han hecho lo indecible hasta que la
inaguantable situación coyuntural les ha llevado a un callejón sin salida. Y la obligación les ha arrastrado amargamente a la decisión final de tener que llevar a cabo esos despidos que me comentabas. Infórmate correctamente, querido amigo. Porque NO puede ser de otra manera.