YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Mi padre, que llegó bastante lejos en el mundo de la cultura en general y la novela en particular, solía decir que la familia es algo que sólo sirve para algo cuando estás enfermo. Creo que se equivocaba. Un ciudadano de origen asiático le ha encontrado una utilidad añadida secuestrando a su propio nieto.
Lo que vale un crío
El caballero de talante creativo en cuanto a los usos familiares puso precio al rescate del crío: 50.000 euros; una cantidad apreciable en estos momentos en que hay que apretarse el cinturón. Verdad es que tal cifra, equivalente a menos de diez millones de pesetas, no da para sacar adelante a un hijo si hay que alimentarlo, vacunarle, vestirle, llevarle al colegio y quién sabe si hasta a la universidad. Añadamos el que haga deporte, algunos libros, la factura del móvil, dinero de bolsillo, cines, vacaciones y viajes, y los cincuenta mil euros se quedan en una cantidad ridícula. Pero como el crío secuestrado era un bebé, se ve que la valoración de mercado tira a la baja.
Pagando vicios
Lo mejor del episodio del señor Jintuan, que es como se llama el individuo en cuestión —el secuestrador, no el niño— es que el dinero lo quería el pollo para gastárselo en tragaperras. Como nunca experimenté tal placer, no sé para cuánto da una cantidad así pero teniendo en cuenta los detalles técnicos, el hecho de que, según creo, en tales máquinas hay que echar monedas y la de valor más alto disponible es de dos euros, el abuelo desaprensivo pensaba tener crédito para cerca de veinticinco mil jugadas. Diez al minuto, y salen poco más de cuarenta horas, sin contar lo recuperado con los premios que, por necesidad, serán pocos. Vaya fiasco.
Maximizando la inversión
Pedir más dinero por el secuestro de un bebé tiene el problema de que los padres pueden verse incapaces de pagar tanto. Una vez dado el primer paso, hay que maximizar las posibilidades. En la línea de Jonathan Swift, quien realizó su modesta y célebre proposición de comerse a los niños pobres de Irlanda para hacerlos útiles al público y evitar que fuesen una carga para sus padres, digo yo que cabría considerar a la familia como una fuente de proteínas o, en estos tiempos transmodernos, un suministro perfecto de órganos para trasplantes. Así seguro que conseguíamos las monedas necesarias para acudir al tragaperras todo un mes seguido y quien sabe si hasta para esnifarnos, de propina, una rayita de coca o dos.
DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO
Llevo meses acordándome a menudo de la portada de un disco de Supertramp, Crisis? What crisis?, con un hombre sentado, en bañador, gafas de sol, sombrilla, mesa, periódico, cóctel, y el resto, ya en blanco y negro, fábricas y desperdicios.
Subastas
El lunes pasado, en una subasta en Nueva York, Sotheby’s esperaba recaudar 260 millones de euros y se quedó en 172. Sin embargo, una obra de Malevitch alcanzó los 42,5, convirtiéndose en una de las más caras de la historia. En realidad, había sido adquirida semanas antes. Imagino al comprador como al tipo del disco: la crisis estaba allí, pero él no se había enterado (hay otra lectura, claro: a él no le afecta). ¿Cuánto pagaría hoy por la misma pintura? Mientras, Christie’s se dispone a subastar el “Wittelsbach azul”, diamante que Felipe IV regaló a la infanta Margarita Teresa, figura central de Las Meninas.
Las Meninas
Ese cuadro es tan hermoso, tan sereno, que parece que nos va a proteger. De pequeño yo pensaba que Velázquez era el caballero que aparece tras la puerta del fondo. Y hasta hace poco, que el niño que molesta al perro era eso, un niño, y no un enano milanés con nombre y todo (Nicolás Pertusato). El señor desdibujado que habla con la monja es el guardadamas palatino. Originalmente, la principal misión del guardadamas era ir en el estribo del coche de las damas para impedir que nadie hablase con ellas. Curioso oficio. Dicen que Velázquez pintó el aire; dicen que al verlo, maravillado, Teófilo Gautier dijo: “¿Dónde está el cuadro?”.
Fantasía
Me pasé media mañana haciéndome una pregunta propia del inspector Clouseau: “¿Dónde está el diamante?”. Miraba y remiraba las manos de la infanta, su cuello, sus cabellos, su vestido, y no lo veía por ninguna parte. Empezaba a desconfiar de mis ojos, de la reproducción de aquel libro, me desesperaba. Como en un buen cuento de Poe, se me ocurrió al fin la solución más simple: no lo veía porque no estaba. Releí la noticia y, en efecto, nada se decía de que la joya apareciera en Las Meninas. Llevado por mi fantasía, lo había inventado; llevado por mi fantasía, había imaginado que, de ser inmensamente rico, pujaría por la joya. De pronto, ese multimillonario caprichoso que no soy había perdido todo interés por ese diamante que Velázquez no había pintado. Ya no estaba dispuesto a pagar una cantidad disparatada. Y es que las obras de arte tienen un valor incalculable, pues valen lo que alguien esté dispuesto a pagar por ellas. Porque el dinero es algo tan poco romántico –y tan necesario– que al final, el cliente siempre tiene razón. Aunque tratemos de arte.
HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG
Hace una semana Yma Sumac, la soprano inscrita en el Paseo de la Fama de Hollywood y descendiente del inca Atahualpa, murió en un asilo de Los Ángeles y con ello resucitó la inútil pero divertida pregunta de cuál ha sido la voz cantante más sorprendente de la historia. Ella tenía una voz inaudita: se mudaba de los rugidos más graves a los trinos de los pájaros sin recurrir al falsete, pasando del barítono al soprano sin trucos de estudio y alcanzando un registro de cinco octavas, un récord vocal que podría leerse como el Everest de la voz. Descendiendo de esa montaña, la pregunta de fondo es otra. ¿Qué nos seduce de una anónima voz por teléfono si no conocemos el cuerpo que la produce? ¿Qué es tan irresistible de Joaquín Sabina, cuya voz algún día será objeto de un congreso de otorrinolaringólogos? En su libro Una voz y nada más, el filósofo Mladen Dolar dice que, incluso cuando vemos hablar a una persona en vivo, hay una suerte de ventrilocuismo en juego, algo que dota a su voz de una autonomía espectral como si nunca terminara de pertenecer a su cuerpo. Casi nunca es sexy la chica del sexo por teléfono.
Mladen Dólar explica que un cantante trae la voz al primer plano a expensas del significado y que el canto es una distracción de lo que las palabras quieren expresar. Una prueba irrefutable son las canciones de amor, a cuyas letras ordinarias algunos cantantes pueden dotar de hipnotismo y poesía. En Frank Sinatra está resfriado, Gay Talese apuntaba cómo la entonación del divo producía un significado más profundo en una letra sencilla. «Poco representa la verdad de lo que decimos –recuerda Pascal Quignard– frente a la persuasión que con empeño buscamos al hablar». El teatro de la intimidad y de la política exige más que una voz sincera o meliflua. En un pasaje de En busca del tiempo perdido, el yo narrativo de Marcel Proust usa el teléfono por primera vez para hablar con su abuela: «La voz de ella, oída sola, sin su cuerpo, lo sorprendió –dice Mladen Dólar–: es la voz de una anciana frágil, no la voz de la abuela que él recuerda». La voz es como una huella digital que se permite ironías.
La de los buenos cantantes siempre nos trae efectos secundarios. «La voz es la forma más sutil de la carne y al mismo tiempo la más pérfida», sentencia Dólar. A principios de este año, Juan Diego Flórez, el tenor más famoso del mundo, canceló sus actuaciones en Estados Unidos por una inflamación en la garganta causada por una espina de pescado. Hallada en su laringe sin que comprometiera sus cuerdas vocales pero agravada por una gripe, su médico le recetó descanso. El caso de este tenor, compatriota de Yma Sumac, recuerda la gravedad de las pequeñeces en la vida de todos. Pero a la vez el drama de un hombre dependiente de la excepcionalidad de su voz.
YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Me parece que era Pío Baroja quien sostenía que el analfabetismo se cura leyendo y el nacionalismo, viajando. Los viajes, de acuerdo con esa idea, constituyen una especie de seminario en marcha, una vía de culturización que para sí querrían los filósofos peripatéticos de la Grecia clásica. No existen ya academias ni liceos al estilo de las de Platón y Aristóteles pero tampoco viajes a pie, como los de antes. Ahora se recurre a los vuelos de bajo coste y el viajero, el sufrido viajero, luce la etiqueta de turista.
Modalidades al uso
Ser turista no tiene hoy mérito particular: la especie abunda. Pero tal vez sea el horror a la masa el que lleve a que los paquetes turísticos se diversifiquen en busca de alguna identidad. Así, existen el turismo deportivo que arrastra a los hooligans de estadio en estadio; el culto, compuesto, en buena parte, por japoneses que acechan cámara en ristre desde los alrededores de Nôtre Dame; el turismo rural, fuente de incontables recalificaciones urbanísticas y, por fin el turismo en busca de sexo que se desplaza a países como Cuba o Tailandia. Aunque acabo de enterarme de la aparición de una nueva forma de turismo a la que llaman por su nombre anglosajón: el pub crawling. Lo que inventa el hombre blanco.
Puestos a traducir
Las noticias acerca de esa fórmula novedosa llegan desde Mallorca y, buceando por el diccionario de mi Mac, he podido enterarme de que crawling es la manera lenta de moverse de los insectos o, en otra acepción, el desplazamiento sobre rodillas y manos, como gateando. Dado que gat significa, en mallorquín, borracho, eso del pub crawling me parece una expresión de lo más indicada para nombrar el nuevo turismo sin necesidad de hacerse con una alternativa en castellano.
Gateando en busca de la felicidad
Parece obvia la satisfacción que produce el turismo gateante. Lo que resulta más raro es que haya que trasladarse hasta una isla remota en busca de tabernas; se diría que ingleses, galeses, escoceses e irlandeses disponen ya de suficientes. Es proverbial la ignorancia de los turistas en busca de alcohol y playa acerca del lugar en que se encuentran; una vez logrado un cierto índice de alcohol, se entra en el Nirvana así que, ¿a santo de qué el viaje? Quizá sea cosa del precio: entre 60 y 80 euros bastan para alcanzar el paraíso del turismo etílico. Un Baroja redivivo diría hoy que lo que se cura con el pub crawling es el miedo a tener que vivir en este siglo infausto.
¿SOY YO O ES LA GENTE?// ANTONIO OREJUDO
Que opine me trae sin cuidado. Reconozco que tenía curiosidad por saber si era discreta. Ya he visto que no. Yo pensaba que la educación refinada daba para más; y estaba por sacar a mis hijos de la escuela pública, que está hecha un asco. Pero veo que los colegios de pago y la educación políglota no garantizan el sentido común, así que los voy a dejar en el instituto del barrio. Por cierto, el único político que ha hablado con sensatez en todo este asunto ha sido González Pons. Que lo hayan mandado callar dice mucho del canguelo de nuestros demócratas, incluso de los más republicanos y homosexuales, cuando tienen que lidiar con los asuntos de La Casa.
Coraje
Estaría bien que los homófobos perdieran el miedo a la Nueva Inquisición (a las Pajín, Aído y De la Vega) y se expresaran con total libertad, que dijeran con claridad lo que piensan. Por ejemplo: los homosexuales no pueden casarse. O: los homosexuales deben estar fuera de la ley. En este sentido, la Iglesia católica es un ejemplo de coraje. Cuando el Papa se ocupa de esos elevados asuntos teológicos que tanto le preocupan (los condones y la penetración anal), no tiene reparos en manifestar su delirante opinión. Acaba de decir que los homosexuales no serán ordenados sacerdotes, aunque sean castos. Podrás estar de acuerdo o no con Benedicto16, pero no me negarás que hay que tenerlos bien puestos para decir eso en la era de la corrección política y en plena crisis de vocaciones.
Vergüenza y filología
Pero, fíjate, prefiero esta actitud, casi naif, a la homofobia vergonzante de nuestros conservadores. Acobardados por la Nueva Inquisición, ninguno se atreve a decir lo que piensa: que la homosexualidad va contra natura y que habría que volverla a llamar pecado nefando. Repiten como una letanía el clavo ardiendo al que se han agarrado: estoy-a-favor-de-que-los-homosexuales-se-casen, pero-que-no-lo-llamen-matrimonio. También dicen: yo no soy racista, pero los moros no me gustan. O: yo no estoy en contra de la inmigración, pero en España no hay trabajo para todos.
¿De dónde les vendrá esta repentina preocupación lexicográfica? No les molesta que los homosexuales se casen y formen familias cristianas. Lo que les molesta es la palabra. Un matrimonio, dicen, no es eso. ¡Pero no dijeron nada, los muy bribones, cuando la palabra nave, utilizada siempre para designar barcos, se aplicó también a los cohetes! ¡Y tampoco protestaron cuando navegar dejó de ser solamente un desplazamiento por mar para convertirse en un viaje por Internet! ¿Acaso no es esta evolución semántica un fenómeno igualmente indignante? No sé qué pensarán en La Casa.
CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA
Hace unos días estuvo en Barcelona Lou Reed, invitado por el festival literario Cosmópolis, que desde hace unos años organiza con acierto y empuje el CCCB (que no son las siglas de una agencia de espionaje, sino del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona). Pero esta vez el mito viviente no vino a cantar, sino a recitar poesía de autores catalanes (traducida al inglés, por supuesto). De hecho, este recital más bien insólito ya se estrenó hace unos meses en Nueva York, donde, además de Lou Reed, leyeron poesía catalana las no menos míticas Laurie Anderson y Patti Smith. No estuve en la lectura de Nueva York y no pude ir a la de Barcelona, por lo que me maldigo mil veces, porque, según cuentan las crónicas, ambas ocasiones fueron memorables. En fin, otra vez será.
Conexión Al Brown
Uno de los poemas que recita Lou Reed es el titulado All Brow, de Blai Bonet. Mallorquín de Santanyí, Bonet es uno de los poetas y novelistas más potentes que ha dado la literatura catalana moderna. Su poderío verbal, y su mundo más bien alucinante, que mezcla el misticismo cristiano con el homoerotismo y una visión de la vida como hecho violento más que impactante, lo convierten en uno de los autores más fascinantes que un servidor se ha echado a los ojos. Bonet tenía un punto visionario, y lo demuestra el hecho de que escribiera un libro entero titulado Nova York, sin haber puesto jamás un pie en esta ciudad y sin moverse de Cala Figuera, donde pasó los últimos años de su vida combatiendo la tuberculosis que le acompañó toda su vida y que al final le venció definitivamente, hace once años, mientras miraba un partido del Barça (le encantaba). En ese libro magnífico se incluye el poema All Brow, que no es más que la forma en que Bonet, que de inglés no iba muy sobrado, supuso que se escribía el nombre de Panamá Al Brown, otro mito: el negro panameño que salió de la miseria más absoluta para alcanzar la gloria al convertirse en el primer hispano que llegara a ser campeón del mundo de boxeo, cosa que logró en la categoría de peso Bantam. Después fue amante de Jean Cocteau, y un personaje querido y respetado en los exquisitos círculos intelectuales del París de los años treinta. Murió de tuberculosis, como le ocurriría años más tarde a Blai Bonet. En fin, Panamá Al Brown ha despertado la atracción y el interés de muchos artistas, entre los cuales se cuenta, por supuesto, Lou Reed, uno de cuyos mejores discos se titula, precisamente, New York. Con las lecturas de los versos de Bonet por parte del astro del rock se cierra un bonito círculo que va desde Mallorca hasta América pasando por París y Panamá, y se demuestra que la justicia poética, a veces, funciona. No me digan que no es reconfortante.
YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Buena la ha hecho la Generalitat Valenciana por aplicar el ingenio a la educación. Dispuesto el gobierno del Partido Popular a llevar a cabo su cruzada contra la asignatura de Educación para la ciudadanía, y sin mayores argumentos para oponerse a lo que, a todas luces, es beneficioso para formación de un adolescente, el Govern de Francisco Camps topó con la fórmula magistral de hacer que las clases se dieran en inglés. Peor habría sido elegir la lengua de Shakespeare para la Literatura española, digo yo, pero como esperpento no está nada mal.
Do you speak Spanish?
Tan gran nivel alcanza el disparate que la manera mejor que se les ocurrió a los próceres valencianos para arreglarlo no fue otra que la de poner dos profesores en clase: uno que anima a comportarse como miembros de la polis, pero en inglés, y otro que vierte las lecciones al castellano. Habida cuenta de que el catalán —perdón, el valenciano— es también lengua oficial en esa comunidad, tal vez habría sido mejor subir hasta tres el número de los docentes. En época de mucho paro, cualquier remedio capaz de aliviarlo llega como agua de mayo.
Traducciones para todos
Pero lo más hermoso de la idea del ejecutivo valenciano, capaz de dejar a Marcel Duchamp reducido al papel de aprendiz, es que no tiene por qué limitarse a algo tan manido como la enseñanza en colegios e institutos. Sería magnífico extender la iniciativa, por ejemplo, a la Cortes, ofreciendo traducción simultánea que permitiese a cualquiera entender las soflamas de portavoces y diputados sin más que verter los eufemismos, las paráfrasis, los insultos y los errores sintácticos a un castellano digno de tal consideración. Verdad es que, de tal suerte, un discurso de media hora igual podía reducirse a un simple “hasta luego, Lucas”, pero la concisión es una virtud en sí misma y, en política, un premio inesperado.
Los experimentos, con gaseosa
Voces envidiosas se han levantado condenando a Camps y a sus consejeros por el hallazgo de la traducción simultánea como arma política. Sostienen los críticos que las peleas barriobajeras no han de hacerse usando a los escolares como arma arrojadiza y víctimas, todo a la vez. Pero ya dijo Fidel Castro que no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos. Que lo que se rompa sea en este caso toda una generación de bachilleres importa poco si comparamos esa minucia con la gloria de los padres de la patria.
CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA
Todo este serial de la memoria histórica, con el último capítulo, de momento, protagonizado por el juez Garzón y su iniciativa de procesar al franquismo (a buenas horas, mangas verdes) me trae a la memoria –disculpen la redundancia–, la obra de Salvador Espriu, uno de los colosos del siglo pasado. En su Primera història d’Esther, Espriu escribió unas palabras célebres: Atorgueu-vos sense defallences, ara i en créixer, de grans i de vells, una almoina recíproca de perdó i tolerancia. Eviteu el màxim crim, el pecat de la guerra entre germans (algo así como Otorgaos sin desfallecer, ahora y cuando crezcáis, de mayores y de ancianos, una limosna recíproca de perdón y tolerancia. Evitad el crimen máximo, el pecado de la guerra entre hermanos, y discúlpenme otra vez por la traducción improvisada).
En la obra de Espriu son frecuentes fragmentos como éste, e incluso libros enteros (los poemas de La pell de brau, por ejemplo), dedicados a difundir la necesidad del perdón mutuo después del gran desastre de la Guerra Civil. Por supuesto, Espriu no hablaba por hablar: él mismo había visto cómo la guerra se llevaba por delante el mundo en el que había crecido, esa Catalunya todavía noucentista, civilizada, industriosa y algo remilgada que poco antes él había caricaturizado con mordacidad en los relatos de Ariadna al laberint grotesc y que de repente se encontraba hundida y destrozada. En los años cuarenta, el poeta expresó su desolación por la hecatombe en un poema de Cementiri de Sinera que empieza diciendo Els meus ulls ja no saben / sinó contemplar dies / i sols perduts (mis ojos ya no saben sino contemplar días y soles perdidos), las palabras que Llorenç Villalonga eligió para abrir su obra mestra, la novela Bearn.
Limosna denegada
Más allá de la constatación del dolor por lo perdido, Espriu comprendió que la única forma de superar las consecuencias de tanta muerte y destrucción era esa limosna de perdón y tolerancia que él reclamaba. Sin embargo, esa dádiva nunca fue concedida. En su lugar, se perpetró el invento llamado Transición, oficialmente modélica porque no murió (casi) nadie, pero que básicamente consistió en que los vencidos (y humillados durante 40 años) se callaran para que los vencedores pudieran cambiarse la camisa y aparecer como demócratas convencidos de toda la vida. La guerra, la dictadura y sus consecuencias nunca fueron superadas por este camino. Como no habitamos las mentes ni los corazones de los genios, se hace imposible conjeturar qué diría Espriu si levantara hoy la cabeza y viera dónde y cómo estamos. Pero lo que es evidente es que su limosna recíproca de perdón y tolerancia no parecía ir, ni mucho menos, por aquí. Y aún menos otras palabras suyas, aún más difíciles e incómodas: Quin delicte no té / cap dret a l’amnistia? (¿Qué delito no tiene ningún derecho a la amnistía?)
DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO
“A veces es difícil, pero, con esfuerzo, siempre es posible mirar a otro lado”. Frases como ésta van marcando el paso –nunca mejor dicho, pues es, entre otras cosas, una novela sobre la guerra- de Abril (Lengua de Trapo), el último libro de Carlos Eugenio López.
Humor
Que este escritor, que inició con El orador cautivo (1997) una carrera sostenida y brillante, no sea conocido por el gran público, es una cuestión de azar (prefiero ser optimista). En Abril, en primera persona, con un humor inteligente y un estilo sencillo (y por lo tanto, difícil de conseguir), narra la historia de un inocente joven que, en un futuro indeterminado, aunque bastante cercano, y tras ver que con su licenciatura en Ciencias del Medioambiente no tiene posibilidad de encontrar trabajo (“ya entonces empezaba a sospechar que la vida es una carrera en la que todos llegamos los últimos”), se alista en el ejército para obtener el título de fontanero.
Giro
Pero sus planes se complican cuando a quien se le da, también se le exige; cuando le envían al frente; cuando el mal hace su aparición. Tras ver los síntomas de la enfermedad moral del protagonista (que es la nuestra, la de nuestra sociedad), empezaremos a atisbar las consecuencias, y nuestra sonrisa, a transformarse en una mueca. Hacia la mitad de la novela Abril da un giro que, aun siendo de 180º, no resulta brusco, prueba de habilidad en la conducción. Es como si atravesáramos una pared, o (porque se hace menos realista) un espejo deformante. Y mientras todo se derrumba, asistimos a una triste historia de amor que funda sus esperanzas en la huida, y entonces Abril se convierte en una novela sobre la necesidad de los sueños para seguir viviendo.
Un barco de recreo y las cataratas
Leyéndola, he tenido la sensación de subirme a una embarcación de recreo, que empieza a navegar por un río que fluye manso, tranquilo. Los pasajeros sonreímos, la travesía es muy agradable, placentera. Nos dejamos conquistar por ese ambiente, olvidamos que había, desde el principio, aquí y allá, señales que deberían habernos puesto sobre aviso. De pronto, empezamos a oír un ruido, un rumor sordo, en la distancia. La corriente empieza a ir más rápido, hay espuma en el agua. El ruido se va haciendo más fuerte y cercano. Comprendemos que esa embarcación de recreo se dirige hacia unas cataratas. Si el antihéroe de Abril cae por ellas, si las evita, o si Carlos Eugenio López lo deja en el aire, es algo que no revelaré aquí. A quien tenga curiosidad por saberlo, le espera una lectura muy divertida, que hace reflexionar en su engañosa ligereza.
HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG
Un día, mientras caminaba de un lado al otro en su apartamento del Kremlin, Stalin aplastó la cabeza de su loro con una pipa: el dictador no pudo tolerar que un pájaro enjaulado imitara su costumbre de escupir. Desde tiempos bíblicos, todos los inventos del hombre han convivido con sus imitaciones, réplicas, falsificaciones, ecos y herencias.
Jonathan Lethem, el novelista de La fortaleza de la soledad, es de quienes creen que la originalidad es una virtud sobreestimada. Desde adolescente, ha tenido apetito y simpatía por el collage artístico, y el arte que más lo ha entusiasmado es el de un autor endeudado en sus temas y estilos. A Lethem lo desconcierta la reacción policiaca de gente que denuncia apropiaciones y préstamos en lugar de disfrutar de los beneficios de la influencia de un artista sobre otro. Harto de la tiranía del copyright y su avaricia de convertir todo en propiedad privada, escribió el provocador The Ecstasy of Influence, a Plagiarism (traducido como Contra la originalidad por Tumbona Ediciones), un ensayo que Lethem construyó con frases sin comillas, citadas o parafraseadas de otros autores a quienes agradece al final del texto para pagar su deuda.
Desde Shakespeare hasta Dan Brown han sido acusados de plagio, aunque Lethem prefiere usar la palabra “apropiación” y cree que la “colaboración sublimada” es uno de los fundamentos naturales de cualquier creación. Las tijeras y el pegamento son para Lethem instrumentos normales de cualquier escritor, artista plástico o músico. Uno de sus emblemas es Bob Dylan, quien ha saqueado para sus canciones fragmentos de películas de Hollywood, de un poeta estadounidense del siglo XIX, de un médico y escritor japonés y del propio Shakespeare: consecuente de sus originales desmanes, nunca ha llamado a su abogado cuando alguien canta en la ducha o fuera de ella un pedazo de sus canciones. Hemingway hizo famoso a John Donne por rescatar su frase “nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti” para el título de su libro. El collage es según Lethem la mayor forma del arte de los últimos siglos.
“En esencia, todas las ideas son de segunda mano, tomadas consciente o inconscientemente de millones de fuentes externas”. El plagio es para él una semilla inevitable, pero el mal plagio se reconoce apenas se ve por no añadir valor que transforme lo prestado en algo nuevo. En ese sentido, Lethem niega que Nabokov sea un plagiario por haber tomado prestado el argumento del relato Lolita, publicado cuarenta años antes por Heinz Von Lichberg. Como contraejemplo, acusa a Disney de plagiario imperial que ha robado ideas a diestro y siniestro, pero que sobreprotege con un ejército de abogados a sus criaturas compuestas con el método Frankenstein. Lethem lo llama “la hipocresía de las fuentes” y no se traga la falsedad del monopolio.