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Sanchis en Òmnium

31 mar 2008
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CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA

Pues nada, estos días en Catalunya algunos andamos contentos porque Vicent Sanchis, después de las últimas elecciones entre los socios de la entidad, se ha convertido en un nuevo hombre fuerte en Òmnium Cultural. Ahí es nada, el voto de los socios ha situado a Sanchis como vicepresidente de Òmnium, bajo la presidencia del muy solvente Jordi Porta. Aunque uno no sea socio de Òmnium, como es mi caso, ésas son sin duda buenas noticias: en Catalunya se necesita a gente como Vicent Sanchis al frente de instituciones como Òmnium Cultural.

Sanchis
Llegados a este punto, es posible que el lector amable se esté formulando dos preguntas sustantivas: ¿quién es Vicent Sanchis? ¿Qué es Òmnium Cultural? Vamos a ello. Vicent Sanchis es conocido sobre todo por haber sido el director del periódico Avui durante un montón de años y hasta hace muy poco, y por haber conducido ese diario a superar una situación más bien depauperada para convertirse en una referencia clara para la sociedad catalana. Joven aún, y altamente incansable, el valenciano (y muy valenciano) Sanchis se está erigiendo en un protagonista de la Catalunya actual: enérgico, inteligente, culto y abierto de miras, Vicent Sanchis es ahora mismo una voz reclamada en todas partes porque se la percibe necesaria. Incluso en la directiva de Òmnium Cultural.

Òmnium
Me parece que no exagero si digo que todos los de mi generación nos hemos reído alguna vez de Òmnium Cultural, porque en ciertos momentos representó una Catalunya rancia y ensoberbecida que no nos interesaba. Sin embargo, esto de la cultura catalana no es algo fácil, por lo cual, además de las instituciones digamos oficiales, hace falta alguna entidad que desde la sociedad civil se haga cargo de la necesidad de su vertebración. Eso es lo que representa Òmnium Cultural: el esfuerzo –frecuentemente anónimo– de muchos para que la pervivencia de una cultura y de una lengua sean posibles. Y, si alguna vez ese esfuerzo había tomado tintes algo folclóricos o asilvestrados, ahora corresponde celebrar que ese esfuerzo se encuentre en manos de gente capaz de comprender la enorme complejidad de la sociedad catalana de hoy y de actuar en consecuencia. Por eso me permito insistir en que la llegada de Vicent Sanchis a su junta directiva es una magnífica noticia para todos: enhorabuena y bona feina a los que creen en lo que hacen. Cuando los fachas os insulten, tomadlo como un elogio. Y, si la cosa va a ir como es felizmente previsible, igual incluso voy y me hago socio.

Un reflejo de la condición humana

30 mar 2008
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DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO

De un país dice mucho su capacidad de crear obras artísticas, y también, la de destruirlas o despreciarlas. Pocos países como España han llegado tan lejos en ambas direcciones a la vez.

El crimen
Destrucción y dispersión del patrimonio artístico español, de Francisco Fernández Pardo, recientemente concluida, es una obra cuyos números asustan un poco: cinco volúmenes, más de 3.000 páginas, 3.500 ilustraciones, p.v.p. 300 euros. Lo malo es que aún asusta más su contenido, un repaso de la devastación sufrida por nuestro patrimonio, desde 1808 hasta nuestros días, en todos sus ámbitos: pintura, escultura, arquitectura, artes decorativas, archivos, códices, yacimientos… Museos y colecciones particulares de todo el mundo se han visto beneficiados. La Guerra de Independencia fue un periodo especialmente cruel. Los franceses robaron y robaron y robaron. Nuestros aliados, como Wellington, tampoco eran Hermanitas de la Caridad.

La continuación del crimen
Lo de las Hermanitas de la Caridad viene a cuento porque el siguiente periodo de consecuencias funestas fue el de la Desamortización. La Iglesia fue víctima y culpable: muchos curas, con su ignorancia, contribuyeron a la pérdida de miles de obras artísticas, malvendiéndolas. La Guerra Civil fue otro desastre, como no podía ser menos. Los republicanos incendiaron Toledo, los fascistas bombardearon Madrid ferozmente, dañando más de 7.000 edificios y destruyendo más de 200. Cuando la capital cayó, Negrín llenó un yate, el Vita, con obras no inventariadas. Ni siquiera sabemos todo lo que se ha perdido. En tiempos de paz, los cascos históricos de las ciudades han padecido todo tipo de destrozos por la especulación.

Los culpables
Cuando acabó la IIGM, España y Suiza compartieron la vergüenza de ser los únicos países en los que se consentía la compraventa de las obras de arte expoliadas a los judíos. Nuestro país se convirtió en el paraíso de los traficantes de arte, algunos de los cuales se esforzaron por enterarse de dónde, por desidia, por codicia, por abandono, por incultura, había tesoros aún por rapiñar… En fin. En esta destrucción masiva -que continúa, aunque atenuada- han participado propios y extraños, ateos y religiosos, fascistas y estalinistas, republicanos y monárquicos, nobles y plebeyos, ricos y pobres. Esta no es una historia de malos y buenos, sino triste, sin más. Destrucción y dispersión del patrimonio artístico español versa sobre el sufrimiento de nuestra riqueza artística, pero es también, como acaba siendo toda obra valiosa, un reflejo de la condición humana.

Un monstruo en la intimidad

29 mar 2008
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HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG

En una fotografía no muy conocida, Hitler aparece abriendo una caja de regalos con cara de ilusión. David Ballardo, un editor clandestino, halló ésta y otras fotos del dictador nazi en un mercado callejero de París. Un anónimo las había pegado no en un álbum sino en unas cartulinas negras y habían llegado así, sin anotaciones, hasta un vendedor de antiguedades. El único rasgo común de todas esas fotos era presentar a un Hitler con su uniforme militar pero en situaciones íntimas, como un amigo de los niños, las plantas y los animales. En otra fotografía de esta colección, Hitler aparece cargando a la hija de Goebbels, su ministro de propaganda. En otra, Hitler intenta alcanzar la hoja de un árbol a través de una ventana. En otra, Hitler persigue por un jardín a un pavo real. No parecen ser parte de una estrategia de imagen de un secuaz neonazi. Parecen sólo un curioso intento de mostrar la otra cara, no menos auténtica, del demonizado dictador alemán, alguien que también fue un adicto al dibujo y la pintura, y tuvo ilusiones de arquitecto.

Fotografiar a alguien suele ser documentar una emoción. Ver a un genocida e hipnotizador de masas cargando a una niña puede producir un cortocircuito, una descarga eléctrica de una ternura sospechosa. Así la emoción no viene tanto de la situación retratada sino de la paradoja entre la reputación satánica que tenemos del personaje y sus posibilidades verdaderas de conmoverse ante una niña o la hoja de un árbol. Aunque de otra naturaleza, una emoción paradójica similar sucede cuando uno revisa el libro “Picasso & Lump”, donde el fotógrafo David Douglas Duncan retrata escenas íntimas de Picasso y un perro teckel, la mascota del fotógrafo. Lump llega como un intruso a vivir en la vida del pintor a su casa cerca de Cannes y son cómplices a primera vista. En una foto, Picasso, un hombre con reputación de no haber sido muy amable con sus mujeres ni con sus mascotas, aparece cargando al perrito ante la mirada sorprendida de su última esposa. En otras, Picasso recorta una caja de galletas llena de azúcar y le da la forma de un conejo para que el teckel devore esa espontánea obra de arte. En otra, Picasso sostiene la cabeza de Lolita, una hembra teckel, para que Lump se monte sobre ella en una boda canina en la que el pintor fue el padrino. De eso se trata recordar a alguien y la emoción de ver fotografías propias y ajenas.  

Un día Picasso le dijo al fotógrafo dueño del perro: “Lump tiene lo mejor y lo peor de nosotros”. Ver a gigantes emocionados frente a cosas pequeñas produce una fascinante incredulidad. En esas fotos caseras de Hitler no es notable la voz del fotógrafo ni eso que Cartier Breson llamaba el instante decisivo. No son situaciones irrepetibles: sólo fotos familiares que uno ya no las puede ver con la mirada del fotógrafo de entonces sino casi con la mirada de un turista que se pasea por la vida privada de un monstruo de la historia.

Tres adjetivos

26 mar 2008
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YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE

En el quinto aniversario, quinto, de la guerra de Irak, mientras las gentes se preguntan todavía cómo es posible que se haya montado semejante berenjenal, el presidente George W. Bush ha calificado la aventura de justa, noble y necesaria. Queda bien. Es una máxima literaria muy conocida que los calificativos han de ir de tres en tres para dar lugar a una frase redonda, equilibrada y hermosa. El presidente con despacho oval podría haber usado cualquier otra terna diciendo, por ejemplo, que la invasión planificada en las Azores fue rotunda, eficaz y hermética, o núbil, astringente y solidaria. Pero esos tres adjetivos acerca de la justicia, la nobleza y la necesidad son, encima, passe-par-tout, referencias de las que le cuadran casi a cualquier cosa.

Justicia
La justicia, tratándose de guerras, la establece —desde que a Trasímaco se le ocurrió la idea— el vencedor. Cierto es que el ejército expedicionario está a años luz de ganar la guerra de Irak pero aquí nos encontramos ante una pescadilla guerrera de las que se muerden la cola. Así que se dice que la guerra es justa y, con un poco de suerte, igual se termina ganando. O no.

Nobleza
Lo que a nadie escapa es lo muy noble del acto que consiste en derrocar a un dictador. Que en el trámite se cuelen cerca de medio millón de muertos, cada uno de los cuales ha salido a un precio aproximado de dos mil dólares —sin IVA— son aspectos menores de los que sólo preocupan a los disolventes y no empañan en absoluto la nobleza de ánimo.

Necesidad
Queda, por fin, el detalle último de lo necesario. Saben muy bien los técnicos del mercado que las necesidades hay que crearlas porque la gente es muy suya y, si no se le anima, saca su lado más estoico. Pero una vez que se nos convence de lo mucho que necesitamos qué sé yo, una máquina de gimnasia pasiva o un colchón de agua lo cierto es que se nos puede convencer de la necesidad de cualquier cosa. Entre Ánsar, Bush y el sonrisas, con vino por medio, dieron en lo muy necesario que era armar un pollo gigantesco para que el siglo no se nos muriese de aburrimiento. Siempre es preferible morir de un buen bombardeo, o de los atentados concomitantes. A partir de ahí, lo único que queda es dar con el mejor guionista de anuncios para que la necesidad se convierta en universal. En ésas estamos.

Dios & Associates Inc.

25 mar 2008
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¿SOY YO O ES LA GENTE?// ANTONIO OREJUDO

Fitna es un cortometraje sin estrenar del político neerlandés Geert Wilders. Como la película critica el islam, una delegación de los Países Bajos formada entre otros por representantes de la Iglesia protestante viajará a Egipto para explicar que el corto sólo expresa la opinión de Wilders.

Viva el temor
La visita supone una victoria de la intransigencia religiosa sobre el laicismo. En vez de fomentar la libertad de expresión en los países islámicos, los europeos estamos importando la sumisión a las religiones. Es normal: a la sucursal cristiana de la multinacional de Dios le interesa una prohibición universal de crítica a los textos sagrados. Moros y cristianos trabajan unidos para que todos volvamos a ser temerosos de Dios. ¿Pero de qué Dios? Eso es secundario. Lo importante es el temor.

Viva la muerte
El otro día Magdi Allam, subdirector de Il Corriere della Sera, apostató del islam y se hizo católico. El Papa lo bautizó en el Vaticano. Hay fotos. Magdi Allam lo ha hecho para denunciar la violencia intrínseca del islam. Ha dado las gracias al Papa por la valentía de bautizarle. Pero el Papa debe de estar encantado con este lavado de imagen. Los católicos también fueron violentos. Al que criticaba las escrituras lo torturaban en nombre de Dios. Conseguían la confesión y lo quemaban. Han necesitado quinientos años para domesticarse. Y todavía no lo han conseguido. Ese clérigo, Ratzinger, que bautiza solemnemente a Magdi Allam en la Basílica vaticana de San Pedro, prefiere que la gente se muera torturada por el SIDA a que se forre el pene con una funda profiláctica de látex. Dice que a Dios le ofenden los condones usados. A mí también; algunas veces los piso sin querer en el aparcamiento de la universidad. Hay un arzobispo de Pamplona que dice que Cristo murió dignamente, sin cuidados paliativos. ¿Pide la crucifixión para los que agonizan en el Hospital de Leganés? No. Es un simple adorador del dolor físico. La socialización del sufrimiento, como dirían los de ETA. Sobre todo si el sufrimiento es ajeno. Pero el dolor no dignifica, todo lo contrario: nos despoja de nuestra humanidad y nos convierte en piltrafas.

Vivan los clérigos
Magdi Allam, has hecho un pan como unas hostias. Más te hubiera valido luchar desde tu periódico para que se oyeran las voces de los islamistas moderados, para que los Erasmos de Rotterdam del islam inicien la travesía que tienen pendiente. Y si lo que querías era poner un clérigo en tu vida, más útil hubiera sido ahora darle un abrazo al Dalai Lama.

De ratones y hombres

24 mar 2008
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CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA

Últimamente me he topado con dos estupendas ficciones con rata –o ratón– dentro: me refiero, claro, a la película Ratatouille, producida por Disney-Pixar, y a la novela –más bien nouvelle, por su brevedad– Firmin, de Sam Savage. Ya sé que descubro la sopa de ajo porque ambas, película y novela, han sido dos exitazos: Ratatouille se llevó el Oscar al mejor film de animación y Firmin ha merecido traducciones a un montón de idiomas, ventas masivas y elogios encendidos por parte de casi todo el mundo. Aún así pienso que vale la pena subrayar la excelente sorpresa que muy posiblemente se lleve el lector amable si decide asomarse a las historias de estas dos ratas.

No es lo que parece
En efecto, Firmin y Ratatouille están especialmente indicadas para los consumidores de tópicos. Por ejemplo, si uno es de los que todavía piensan que algo que gusta a las masas no puede ser bueno, aquí tiene dos magníficas oportunidades para cambiar de idea. Más bien puede ser que suceda al revés: la gente no es necesariamente burra, como presume el prejuicio, sino que también sabe reaccionar positivamente cuando se le ofrece calidad. Y después, está la sabiduría de Savage y de los casi anónimos creadores de Disney-Pixar a la hora de esquivar o subvertir los estereotipos: a mí mismo, reconozco que la historia de un ratón que quiere ser chef de cocina, o la de una rata sabia que ha crecido en una librería de saldo y toca el piano y lee a Joyce, me sugerían, en principio, cursilada y empalago. Y, sin embargo, nada de eso: Ratatouille, además de un divertido entretenimiento para todos los públicos, es una reflexión bien válida sobre la condición del artista, sobre cómo se sitúa éste ante la recepción que se dispensa a su obra, y sobre las imposturas que el arte propicia. Por su parte, Firmin, mucho más amarga, es una bella alegoría acerca de los placeres de la literatura y el precio que con frecuencia se paga por ellos, que no es otro que la soledad. Muy recomendables, de verdad (y no recibo comisión).

Verdades conocidas
Por lo demás, en su eficacia impecable, tanto Ratatouille como Firmin nos recuerdan algunas verdades bien contrastadas: una, que las ficciones tienden siempre a devolver una imagen de su tiempo y de sus gentes, con lo cual cabe preguntarse qué nos sucede para sentirnos tan cerca de un par de ratas. Y otra, que, como dictaminó el gran Billy Wilder, para conseguir hacer una buena película –o escribir una buena novela, por supuesto– lo primero y principal que se necesita es una buena historia, y la inteligencia necesaria para saber contarla. Tan sencillo como eso, y, sin embargo, tan difícil de encontrar.

Papá ostra

19 mar 2008
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YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Una ostra se reproduce lanzando a la corriente millones de huevos —si es hembra— o espermatozoides —de ser macho— con la esperanza de que unos y otros se encuentren en alguna esquina y nazca un hijo. Ni que decir tiene que las ostras no saben nunca si eso ha sucedido o no. Jamás echan siquiera un vistazo a los hijos que les van naciendo.
Los humanos, por contra, tenemos muy pocos descendientes a los que dedicamos cuidados inmensos. Dejado aparte si eso lleva en sí mismo a la felicidad o a la desesperación, que en botica hay de todo, el asunto quedaba lo bastante claro como para poder usar la comparación entre humanos y ostras en las clases de sociobiología comparada.

Quiero saber
La nueva ley de adopción aprobada cuando al 2007 le quedaban tres telediarios cambió las cosas. Los niños pueden solicitar ahora que se les diga quién es su padre biológico, incluso en el caso de quienes han recibido el espermatozoide de un donante. Con el añadido digno de tener en cuenta de que, siendo este país como es, las leyes se aplican al buen tuntún. Otra de ellas, de 2006, regula —es un decir— la reproducción asistida y limita el uso de células reproductivas de un solo donante a sólo seis casos. Pero en la práctica se usan mucho más. Como, encima, cada donante puede suministrar semen un par de veces a la semana durante medio año en un mismo centro y, lo que se dice centros, hay bastantes, no resulta nada descabellado pensar que tal vez haya en el mundo miles de críos con el mismo padre. Críos-ostra: críos que son muchísimos y que no saben nada de su papá.

Afrontando paternidades
No sé en qué acabo la historia de aquel matrimonio de mujeres que tuvieron un hijo y, tras divorciarse, pidieron al donante del semen una pensión para el crío. La ruina acecha a los padres-ostra por esa vía pero incluso si sus infinitos hijos no piden pasta sino sólo reconocimiento, puede ser hasta peor. La estampa clásica del divorciado con un puñado de críos pasando el domingo en el MacDonalds puede convertirse en algo parecido a una ceremonia en la plaza de San Pedro, con los niños-ostra aclamando a quien, sin hipérbole alguna, cabría llamar su Santo Padre.

Camus y Wilson
Decía Camus que la única cosa seria que puede plantearse un hombre a lo largo de su vida es el suicidio. Edward Wilson, padre de la Sociobiología, combatió con saña ese pensamiento. Se ve que ni Wilson era español, ni donó semen en nuestro país. De lo contrario, igual se apuntaba.

‘Procesionódromo’

18 mar 2008
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¿SOY YO O ES LA GENTE?// ANTONIO OREJUDO

La perseguida Iglesia católica celebra estos días su molesto botellón de todos los años. A juzgar por la impunidad con la que ocupan los espacios públicos, nadie diría que se trata de una organización perseguida por el Gobierno. Todo lo contrario. Más bien parece gozar de una protección mafiosa, ya que todos los ciudadanos están obligados a soportar las molestias derivadas de sus ritos exhibicionistas. No hay ninguna organización social, política o religiosa a la que se le den tantas facilidades para celebrar sus actos de proselitismo y propaganda. Ni siquiera al Real Madrid se le corta el tráfico durante una semana para que celebre sus triunfos.

El Cristo
Hace unos años las manifestaciones en Madrid eran tan frecuentes que se llegó a proponer la construcción de un manifestódromo, un lugar donde se pudiera organizar una protesta sin necesidad de cortar el tráfico y provocar molestias a los demás. La idea es absurda en el caso de una manifestación política, pero debería recuperarse para las procesiones de Semana Santa. Ya lo estoy viendo: Procesionódronomo José Luis Rodríguez Zapatero, una especie de polideportivo cubierto con una pista de tartán, donde los costaleros puedan montar el Cristo sin molestar al vecindario. Pero dudo mucho que la Iglesia católica acepte esta innovación. A los curas no les gustan los cambios, y no me extraña. ¿Para qué cambiar si el chiringuito lleva 2.000 años funcionando como la seda?

La FIFA
Sólo hay otra organización tan inmovilista como la Iglesia católica y es la Federación Internacional de Fútbol. Aunque hoy día existen medios técnicos para detectar el fuera de juego o para reducir al mínimo los errores arbitrales, no le hable usted al presidente de la FIFA de permitir que el árbitro vea, como hacemos los espectadores, la repetición de la jugada antes de pitar penalti. Si el tinglado, con sus botellazos y árbitros caseros, sus injusticias y sus faltas que no lo son, genera millones de euros, ¿para qué modernizarse?

El Almería-Barcelona
El Almería-Barcelona del pasado domingo coincidió con la primera procesión de Semana Santa. Dicen que en Almería algunos costaleros llevaban en la oreja un pinganillo por el que seguían la retrasmisión. Qué irreverencia. Cuánto mejor hubiera sido celebrar la procesión en el Estadio. O en el citado procesionódromo, donde los penitentes y costaleros pudieran pasear al Jesús de la Santa Cena por la pista de atletismo mientras en el centro del campo se disputaba el encuentro.

Semana Santa

17 mar 2008
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CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA 

Me encanta la Semana Santa, qué quieren que les diga. Supongo que una educación católica siempre pesa por mucho que uno no quiera, pero si ese uno tiene recuerdos vívidos en que se ve a si mismo recibiendo (por iniciativa de mis dilectos profesores de lo que entonces llamábamos EGB) una cruz de ceniza en la frente en ocasión del Miércoles de ídem; absteniéndose de comer carne (para un mallorquín como un servidor, eso incluye dramáticamente la sobrasada) durante los viernes de cuaresma, para después desembocar en la gloriosa felicidad de las panades -una pasta salada de forma redonda, rellena de carne de cordero, guisantes y algo de magro de cerdo, de origen claramente judío: bien doradas, constituyen un manjar espléndido-; o asistiendo ansioso (porque repartían confits, unos excelentes caramelos a base de azúcar y anís) a las procesiones de los multicolores nazarenos, pues difícilmente va a poder evitar un curioso confort cuando siente que se acercan estas fechas. Además, la Semana Santa coincide siempre con la llegada o el inicio de la primavera: tiempo de renacimiento que contrasta con la dureza y la oscuridad de la fiesta religiosa que se celebra. Una delicia, vamos.

Hallazgo estético
Pero en fin, si me gusta tanto la Semana Santa supongo que es debido precisamente a esa dureza y a esa oscuridad, que me parecen todo un hallazgo estético -al César lo que es del César- por parte de la Iglesia católica, apostólica y romana. Del mismo modo que las Navidades son de un cursi que echa de espaldas (a fuerza de años he terminado por reconciliarme también con esas fiestas, pero eso no quita que sean una terrible horterada), la Semana Santa, en cambio, es puro nervio trágico, algo auténticamente impresionante por poca atención que se le preste. Es una de las escasas celebraciones, acaso la única, en que la Iglesia mantiene lo mejor de sí misma, que por supuesto es el espíritu anterior al Concilio Vaticano II: cantos graves, reflexión sobre la muerte, oprobio del Mesías, conciencia del dolor inherente a la condición humana, mucho temor de Dios y una esperanza de resurrección. Muchos dirán que eso es represor y oscurantista, pero eso es porque se limitan a juzgar un ritual atávico desde parámetros que no le corresponden en absoluto. ¿Represor y oscurantista? Quizás, pero, para los que son creyentes, es un fundamento principal de su fe -algo que se tiene o no se tiene, y sobre lo cual, por lo tanto, resulta superfluo discutir. Y, para los que carecemos de fe y de creencias, algo que siempre vale la pena contemplar y tratar de entender.

Picasso

16 mar 2008
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DE AQUÍ PARA ALLÁ / MARTÍN CASARIEGO

Casi 400 obras del Musée National Picasso de París se exhiben, hasta el 5 de mayo, en el Reina Sofía de Madrid. Es una oportunidad única de ver el Picasso “íntimo” –las de París son obras de las que nunca se quiso desprender– junto al más “público”, el del ‘Guernica’.

Excesivo y compulsivo
Picasso es indiscutiblemente uno de los principales artistas de toda la Historia, y el más famoso del siglo XX. También de los más prolíficos. Empezó a pintar y dibujar desde pequeño, y no paró hasta morir, a los 91 años. Dejó unas 70.000 obras, que se reparten por todo el mundo, aunque, lógicamente, no de forma equitativa. Obsesivo y excesivo, pintó, modeló, esculpió y dibujó compulsivamente. Quizá ya avisó desde la cuna, si tenemos en cuenta que su nombre completo era Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Crispín Crispiniano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso.

El viaje de Picasso
Esta soberbia exposición se abre con ‘La muerte de Casagemas’ (1901), retrato póstumo de un amigo que se suicidó por amor, y en el que la influencia de Van Gogh, en las pinceladas y el color, resulta evidente. Su ‘Autorretrato’, del mismo año, es ya de la época azul, un cuadro extraordinario, sobrio y hermosísimo. Uno se va adentrando en las cuatro salas que la acogen, y pasa por los estudios para la revolucionaria ‘Las señoritas de Avignon’, los cuadros del cubismo analítico y del sintético, las esculturas, el imponente ‘Guernica’ (por cierto, un encargo, dicho sea para quienes creen que los encargos disculpan las obras vulgares), y continúa, y comprende que el viaje de Picasso fue un viaje único, impresionante, que cambió el Arte.

Inflación
Yo tengo un pequeño problema con Picasso: una gran parte de sus pinturas las encuentro horrorosas, y no digamos de sus esculturas. Claro que desde hace tiempo hemos asumido que el arte no tiene por qué ser bello. El final me parece ya el súmmum, veo esos cuadros de 1970 ó 71, como ‘Viejo sentado’, y pienso, ¡por Dios!, ¿cómo es que nadie le paró? En el fondo, el cubismo siempre se me atragantó, pero me ha costado muchos años reconocerlo. Paseando entre caballos, toros y mujeres destrozados me resultaba enternecedor –porque me reconocía en ellos– ver los ímprobos esfuerzos de la gente por conseguir que todo Picasso les gustara. La mayoría lo conseguía. Pensaba en ese número, 70.000, y me imaginaba al andaluz en su taller, haciendo billetes falsos. Cierto es que entre tanta inflación muchas de sus obras bastan para considerarle un genio, y eso es lo único que de verdad importa.