HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG
Juan Pablo Meneses, uno de los más divertidos cronistas en español, se compró una vaca para ser testigo del viaje de ella hasta un plato de comida. Su exquisito propósito, nada ameno para las organizaciones de amantes de los animales, era engordarla y mandarla al matadero. Su aventura –tan de él como del ganado vacuno– la narra en “La vida de una vaca”, un libro que mira a la Argentina como un gigantesco camal donde comer carne es una religión monoteísta en la dieta de millones de habitantes. Meneses, que no es argentino pero como a todos le gusta hablar de ellos, había llegado a Buenos Aires persiguiendo a una mujer. Era una época en que Argentina sufría la peor crisis económica de su historia y sus calles eran una olla de presión social que llevó a este país a tener cinco presidentes en sólo una semana. Ya en 1999, Richard Read había perseguido un vagón de papas fritas desde un campo de cultivo en Estados Unidos hasta una sucursal de McDonald’s en Indonesia como una estrategia narrativa para explicar la crisis financiera de Asia. A un Meneses recién llegado a aquella explosiva Buenos Aires, le sorprendía que, a pesar de los diarios saqueos a supermercados, la carne de res continuara omnipresente en todos los platos. Entonces se compró una ternera recién nacida, la bautizó “La Negra”, y se convirtió en un ganadero de bolsillo para, bajo esa carnada, explicar cómo los habitantes de un país se volvieron los mayores carnívoros del mundo.
Meneses continúa en español una tradición de libros que en Estados Unidos llamaron “Popular Meat Writing” y que empezó con el ya clásico “Fast Food Nation” de Eric Schlosser y tuvo quizás su ejemplo más curioso en “Portrait of a Burger as a Young Calf: The Story of One Man, Two Cows, and The Feeding of a Nation”, de Peter Lovenheim, que cuenta cómo compra dos vacas y explica su vida antes de que acaben en hamburguesas. En una época en que en Hispanoamérica sólo se consagran libros de periodismo sobre narcotraficantes, guerrilleros, secuestrados, políticos corruptos, multimillonarios e inmigrantes, un libro que indaga en un país desde la crianza de una vaca es bienvenido, sobre todo si está bien escrito. La novedad en Meneses es adoptar una estrategia de creación colectiva: antes de publicar su libro, fue contando su historia en varias revistas y blogs de la región, y su público votaba a favor o en contra de matar a la vaca. El lector, vegetariano o no, cual matarife amateur, ha tenido la ilusión de poseer en sus manos el destino de esa pieza única de la Ganadería Meneses. Mientras Susan Orlean, la autora de “El ladrón de orquídeas”, escribe un libro sobre Rin Tin Tin para explicar una verdad más allá de aquel pastor alemán de Hollywood, Juan Pablo Meneses ya desentrañó la carnalidad argentina, continúa siendo carnívoro y cree que, si alguien lee su libro, ya no podrá ser el mismo ante un plato de bistec.
LETRAS DE CAMBIO// EVA ORÚE
Leer es para muchos, quizá la mayoría, sólo un hermoso pasatiempo, y no seré yo quien critique esa actitud. Es también una manera de conocer. Y es, sin duda, una forma de conocernos.
Un testimonio
La pequeña editorial Adeire anuncia para mayo un libro de la periodista Lilián Aguirre, Heridas en la sombra. Las otras víctimas de ETA. Antes de que exclamen ¡Oh, más de lo mismo!, llamo su atención sobre el hecho diferencial de este trabajo: su autora cuenta lo que vio, vivió y sufrió no como informadora sino en su condición de mujer de un Guardia Civil integrante de la Unidad de Servicios Especiales, es decir, experto en la lucha antiterrorista. Éste es el relato novelado de hechos reales vividos por Aguirre y su marido, sus compañeros y sus familias, historias de un tiempo pasado (pero no tan lejano, ni por supuesto olvidado) en el que se vio obligada a esconder la identidad del hombre con el que comparte su vida. Y lo ha escrito porque cuando pudo sincerarse y contar cómo había sido su vida, sus amigos alucinaban, no se lo podían ni imaginar. Heridas… viene a sumarse a una surtida biblioteca de títulos en los que desde un punto de vista estrictamente personal o sobre todo militante, tantos han dejado negro sobre blanco su experiencia en los años de plomo.
Muchos espejos
Frente a quienes aseguran que no éste no es país para memoriosos, la industria editorial ha apostado fuerte, desde los albores de la Transición, por los libros de recuerdos y análisis. No siempre —es verdad— teniendo la verdad histórica por horizonte, a veces —mejor no negarlo— haciendo de la obra escrita una suerte de alegato en defensa de lo indefendible. Quizá el caso paradigmático de editor comprometido es el de Rafael Borrás quien, en Planeta y fuera de ella, se ha mantenido siempre fiel a la preocupación que ha guiado su trayectoria profesional: «esclarecer el pasado para que no se vuelva a repetir», lo que le llevó a lanzar primero la colección «Espejo de España» y, más recientemente, «España escrita».
Más reflexiones
Hace algún tiempo, seis intelectuales españoles: Gabriel Tortella, Francisco Rodríguez Adrados, Francisco Javier Fernández Nieto, Luis, A. García Moreno, Joaquín Abellán e Ignacio Sotelo, se dieron cita en la Universidad de Alcalá de Henares para reflexionar en torno a un asunto tan amplio como comprometedor: La democracia ayer y hoy. Ahora, sus aportaciones se han convertido en un libro, editado por Gadir, que sale al mercado con el ánimo de hacernos pensar en la calidad de la democracia en general, y de la nuestra española en particular. Porque, queda dicho, hay que leer para conocerse. Pero también para proyectarse y reinventarse.
UNO DE LOS NUESTROS// PEIO H. RIAÑO
Cuando Júnior despertó, el amasijo de carne violada seguía estando allí”. No es ni un tributo, ni un homenaje, ni una venganza. Es puro y duro cachondeo que Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970) mantiene con Augusto Monterroso. Esta parodia del cuento del maestro de los cortos más cortos le sirve para arrancar uno de los capítulos de Río Quibú (Lengua de Trapo), la nueva novela de Ronaldo en la que sigue su batalla por saber cómo es posible no ser un bárbaro en medio de la barbarie. Si en el anterior libro, Las bestias, se divirtió con el humor que fulmina el drama de las escenas más crueles y cubre a los personajes con una espesa capa de absurdo de lo más real, en Río Quibú se ha vuelto sórdido. Y sucio.
Socialismo tropical
El exceso de información alimenta los prejuicios. Recomiendo que lo último que se haga con este libro sea leer de arriba abajo la solapa y la contraportada. De saltarse este aviso, uno creería que en esta caricatura deformante de la realidad que traza Ronaldo está Cuba al fondo. Hay algo típicamente tropical en todo esto y son los contrastes sociales que hacen del peor de los delincuentes el mejor de los físicos cuánticos. Los bestias son eruditos en sus ratos libres y Ronaldo está ahí para tomar apunte, exagerar y hacer una crónica de la barbarie que está ahí agazapada.
La cara dura
Que la humanidad a lo mejor no es lo que pensábamos. Que la humanidad a lo mejor es algo chungo y feo, huele mal y te golpea en la parte baja de los riñones. No queremos saber nada de nuestra verdadera cara, la B, la que contiene toda la bárbara humanidad a la espera de hacer saltar por los aires el barniz de civilización que nos cubre, brilla y da esplendor. En Río Quibú, la identidad del protagonista sufre un vuelco inevitable: de la más tierna ingenuidad llega a la más cruda maldad. Como no podía ser de otra manera, la animalización del entorno terminó contaminado y corrompiendo la fina película civilizada.
Pegado al libro
Como buen maestro cuentista, reconoce escribir a borbotones y que de esa primera idea que se le presenta sin avisar, afeita y desbroza hasta quedarse o con un relato corto, o con el inicio de una novela. Ronaldo es uno de los más finos escritores del momento. Un delicado maestro orfebre que destaca por la pericia en la tensión y agudeza en la estructura, producto de una exigente dedicación a la investigación del relato corto. También sus novelas se leen como cuentos y así sucede en cada uno de los capítulos de Río Quibú. Sólo puedes quedar agarrado a las tapas del libro, mientras te explotan en la cara, uno tras otro, todo tipo de sucesos. Suelta semillas de vez en cuando, que florecen a lo largo de la lectura.
YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Un holandés apenas salido de la adolescencia se ha hecho con sus buenos dineros sin más que colocar en su cuarto una cámara de las que transmiten imágenes desde la computadora y estarse quieto delante de ella ofreciendo en Internet el dolce farniente. A los visitantes de su página, el joven holandés les pedía una limosna para compensar tales esfuerzos. Parece que ha sacado cerca de dos millones de pesetas en mes y medio –dicho en la moneda de antes se entiende mejor el alcance de la cifra. Todo un logro mendicante.
En busca de emociones
No estoy seguro de qué se debe admirar más, si el talento del que decide que sólo con exhibir naderías se llega a fin de mes o la abdicación de quienes no tienen cosa mejor que hacer que navegar por las catacumbas de la emoción ausente. Contemplar a alguien que se está quieto porque sí, en una especie de suerte de don Tancredo pero sin toro alguno cerca, viene a ser como vigilar si la yerba crece. Pagar, encima, por ello es un recurso que convierte la cola del pago de multas en una película de Tarantino. Pulp Fiction sin necesidad de la metafísica de las hamburguesas de París, pongo por caso.
Balance de quietudes
Aunque tal vez el chaval de los Países Bajos haya dado con la clave profunda de la postmodernidad, esta época en que lo mejor que le puede pasar a uno es que, de la mano de la virgen de Fátima, se quede como estaba. Dando fe de que no sucede nada en absoluto, la cámara viene a certificar no sólo que cualquier pasado fue mejor sino, encima, que la opción preferible es la de quedarse plantado en el día de anteayer. El complemento ideal del programa es un calendario que haga pasar él solo las hojas.
Aplicaciones innovadoras
Pero el invento tiene también sus virtudes prácticas, un lado innovador e industrioso. La lista de los ministros que habrían hecho progresar no poco el reino de España por la vía de quedarse en la cama quietos, sin mover ni un músculo, ocuparía varios volúmenes. El conjunto de los profesores que, en silencio, se crecen, supera con mucho la nómina de los maestros ejemplares. La retahíla de los escritores que más valen cuanto menos publican colapsaría cualquier agencia literaria. Todo es cuestión, pues, de distinguir, de hacer dos montones para separar lo que merece mucha marcha de aquello que mejora con la quietud absoluta. Me ofrecería a iniciar el estudio de no ser que inmóvil, metido en la cama, incluso sin cámara alguna que me filme, yo también salgo ganando.
¿SOY YO O ES LA GENTE?// ANTONIO OREJUDO
Ser considerado un artista de culto es una maldición para el autor, pero un halago para la vanidad de ciertos espectadores. Significa básicamente que ellos lo vieron, o lo leyeron, o lo escucharon, o estuvieron allí primero. Y tú no.
Alphaville
Arrebato, aquella película de Iván Zulueta, acaba de ser considerada Película de Oro en el Festival de Málaga. Recuerdo cuando la vi en los Alphaville de Madrid, que siguen en pie, pero con otro nombre. Aquellos cines están asociados en mi memoria a dos películas, las dos primeras que vi en ellos. Themroc, otra película de culto, protagonizada por Michel Picoli, la historia de un obrero que un buen día decide regresar a las cavernas, convertir su casa en una cueva, renunciar al lenguaje y comerse asado a un guardia urbano. La segunda fue Arrebato, que me pareció rara y fascinante. La historia de un hombre literalmente devorado por el cine. Un hombre que a su vez se convertía en sumidero por donde se precipitaban dos personajes inolvidables, los protagonizados por Eusebio Poncela y Cecilia Roth.
Arrebato
Recuerdo la escena de la que nace el título. Se inyectaban heroína y colocaban un objeto de su infancia frente a ellos. Podía ser una colección de cromos o aquel juguetito olvidado, que de pronto reconocemos. Lo miraban y poco a poco desaparecían arrastrados por un torrente de recuerdos y emociones dormidas que despertaban por estímulo de la contemplación y la droga. Eran arrebatados de la realidad consciente y arrojados a otro mundo poblado de imágenes y sensaciones fragmentarias, pero tan reales, o más, que sus propias vidas. Yo era muy joven cuando vi la película, pero entendí perfectamente aquel arrebato. A mí me sucedía lo mismo. Y sin necesidad de recurrir a la heroína. Y todavía me pasa: huelo el forro plástico de los cuadernos escolares de mis hijos y abandono la realidad para volver a parvulitos. Veo a la señorita Pilar, veo mi clase y a todos mis compañeros, muchos de ellos con botas ortopédicas de cuero marrón. Veo los tarros donde se guarda la plastilina, cada uno de ellos con el nombre de su dueño grabado en una tira roja y adhesiva de Dymo.
Inmersión
Es como una inmersión en aguas desconocidas y al mismo tiempo familiares. Buceamos por la ficción de nuestra infancia, pero sólo nos une al barco de la realidad adulta la delgada sonda de oxígeno que hace posible el viaje. Arrebato cuenta lo mismo que El Quijote. La historia de una huida sin regreso. La historia de un hombre que se sumerge y al que se le rompe el cordón umbilical que lo une con la realidad. Ojalá la repongan.
CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA
Quizá el título de esta columna pueda llevar a confusión, ya que parece que se refiera a una señora o señorita. Y bueno, eso no deja de ser cierto, ya que, en efecto, existe una persona llamada Antònia Font, que vive y trabaja en Mallorca, pero ahora no hablamos solamente de ella, sino también de un grupo musical con el mismo nombre. Nótese el matiz: no solamente, sino también. Y es que la homonimia entre Antònia Font y los Antònia Font –mallorquines también, por supuesto– no es casual, sino que el grupo decidió expresamente bautizarse con el nombre de Antònia Font: y no de cualquier Antònia Font, sino de una Antònia Font bien concreta e individual, ésa a la que hemos aludido y que vive y trabaja en Mallorca. Para colmo, ninguno de los miembros de Antònia Font (de los miembros del grupo, no de la chica, se entiende) se llama así y ninguno de ellos es mujer, sino cinco tíos con toda la barba que se llaman Joan Miquel Oliver, Pau Debon, Pere Debon (éstos son hermanos, sí), Jaume Manresa y Joan Roca. En resumen, Antònia Font ni canta ni toca en Antònia Font, pero el grupo lleva su nombre. Reconozco que es un poco lioso; si no fueran todos amigos míos (los y la Antònia Font), incluso yo podría confundirme.
Un carrerón
Además de amigotes, en pocos años Antònia Font se han convertido, para muchos, en el mejor grupo pop en catalán surgido en mucho tiempo. En Catalunya y Balears, sus canciones se escuchan por todas partes, sus conciertos venden todas las entradas, el personal se sabe de memoria las letras medio surreales, vitales y suavemente melancólicas que escribe Joan Miquel Oliver (que ahora acaba de debutar como novelista con la flipante El misteri de l’amor), y reciben todo tipo de premios y reconocimientos. Hace unos días, les dieron otro premio, pero no en su tierra, sino en Valladolid: nada menos que el Premio de la Música, concedido por la SGAE y la Sociedad de Artistas de España, al Mejor Disco Pop del Año. Lo recibieron por su último trabajo, Coser i cantar, en el cual recuperan los temas más conocidos de sus cinco álbumes anteriores (Antònia Font, A Rússia, Alegria, Taxi y Batiscafo Katiuskas) y los reinventan mediante una brillante lectura sinfónica.
Alegría
Escuchar las canciones de Antònia Font es algo fácil, bonito y gratificante, como, claro está, coser y cantar. Tienen la infrecuente virtud de transmitir alegría de vivir y están habitadas por robots, alpinistas samuráis y astronautas rimadores que se parecen sospechosamente a cualquiera de nosotros, sólo que estos personajes viven en un mundo de melodías felices y memorables, como deben ser las melodías del mejor pop. Escúchenlos y ya me dirán. Y no, el teléfono de Antònia Font no se lo damos a nadie.
DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO
En la Fundación Caja Madrid y en el Thyssen se celebra, hasta el 18 de mayo, una exposición sobre Amedeo Modigliani (1884-1920). Muchas de sus más conocidas obras se exhiben junto a las de algunos de sus maestros (Thyssen) o de sus amistades parisinas y bohemias (Caja Madrid).
Clásico y moderno
Modigliani es uno de esos artistas malditos de familia acomodada que se ahogó en la pobreza y que, de haber vivido un poco más, habría nadado en la abundancia. Seguramente hay unos cuantos parisienses que tendrían ahora una pequeña fortuna si sus abuelos no hubieran destruido las obras que el italiano abandonaba en sus huidas de los estudios cuyo alquiler no pagaba. Hachís, amantes, alcohol, pobreza, la pareja joven y bella que se suicida pocos días después de su muerte por tuberculosis: todo eso ha contribuido a su leyenda, sin duda, pero ésta no existiría si Modigliani no hubiera sido un gran artista.
Ojos vacíos
Tenía una formación clásica, pero el París internacional y vanguardista de principios del XX cambió su concepción del arte, como resulta patente al ver sus obras junto a otras de Brancusi, Picasso, Derain o Cézanne. En varios de sus retratos –el de Max Jacob, el de la muchacha con cuello blanco– el espacio que deberían ocupar los ojos es negro, lo que me hace recordar esos bronces romanos con las cuencas vacías. Nada más intranquilizador que la mirada de un ciego. Modigliani se autorretrató así, y sin embargo, recorriendo esta doble exposición se hace evidente que sabía mirar.
Pactar con la realidad
Modigliani escribió: “El hombre que no es capaz de extraer continuamente de su energía nuevos deseos, e incluso un individuo nuevo, ni de derribar todo lo que ha quedado viejo y podrido para reafirmarse, no es un hombre: es un burgués, un boticario, un cualquiera”. Los artistas revolucionarios, aunque no suelan alardear de ello, tienen a veces que disimular su desprecio por sus semejantes-inferiores y pactar con la realidad: uno de los mecenas de Modigliani, Paul Aleixandre, era hijo de un rico farmacéutico. Cuellos largos, caras afiladas, colores delicados aunque a la vez fuertes, cabezas inclinadas, figuras estáticas, lánguidas, muslos, caderas y pechos rotundos, barreras invisibles entre el espectador y el retratado. Modigliani distorsionaba la realidad, pero, también, pactaba con ella. Sus desnudos, que en su época escandalizaron, siguen siendo hoy, además de decorativos, extrañamente turbadores: una mezcla nada fácil de alcanzar.
HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG
Tras toda una vida libertina y 50 libros, en el último de ellos, Henry Miller dijo que su mejor amigo había sido una bicicleta. En El libro de mis amigos, exagerado como todos, Miller es tan tierno como cruel: cuenta los defectos y virtudes de sus amistades de la infancia, unos perfectos desconocidos que nos recuerdan que el mejor amigo casi siempre es un don nadie. “No hay amor; hay pruebas de amor”, decía Jean Cocteau. Los amigos, sobre todo los de infancia, no exigen pruebas de amistad y con ellos se es más feliz por las cosas que se ignoran que por las que se saben. El amor, en cambio, para parecer verdadero, exige que le den de comer con abundantes “te quiero”. Son extrañas estas declaraciones entre amigos, y, cuando aparecen, suelen ser exabruptos bendecidos por alcohol. Si William Blake creía que un amigo debía ser un sincero opositor, Montaigne fue amigo de Etienne de la Boétie “porque él era él; y yo era yo”. Una tautología que a la vez era su
máxima lealtad.
Hoy el amigo de toda la vida sobrevive pero con mayor escasez. En Elogio de la amistad, el escritor Tahar Ben Jelloun dice que toda amistad es una religión sin Dios, sin Diablo y sin juicio final. Su lema, cree él, debería ser “acogedora y no invasora”, e intenta clasificar a esa multitud de amigos que, aunque eventuales, no son menos importantes. El deshilvanado, es un amigo que aparece de vez en cuando y con el que no siempre podemos contar, pero con quien a veces compartimos placer y calidez. El de paso, aquel con quien simpatizamos en el momento de un viaje o de un encuentro casual, de quien anotamos una dirección que luego olvidamos, y que pensamos en él sin necesidad de verlo de nuevo. El de las penas, ese que descubrimos y apreciamos por compartir con él un acontecimiento doloroso y que sólo lo volvemos a ver gracias a la persona que nos reunió. El desaparecido, ese que se esfuma durante un año, no responde las llamadas pero del que estamos seguros que volveremos a ver un día con la misma prisa, igual de dinámico y fraterno. Tahar Ben Jelloun cree que en toda amistad es posible el silencio y que, si es verdadera, “puede permitirse el lujo de aceptar esos paréntesis que no significan olvido ni rechazo”. A esta clase de amigos, advierte, no hay que molestarlos ni hacerles reproches.
Decía Proust que ciertos recuerdos son como los amigos: saben a reconciliaciones. En tiempos en que uno no puede vivir sin contestar el teléfono móvil, o revisar de instante en instante su e-mail, ser amigos a través de la nerviosa intermitencia del Messenger y el Facebook se opone a esa intimidad de Miller con su bicicleta: un objeto amigable que cultiva la lenta gratuidad del paseo más que la urgente utilidad del trabajo. Algo que no se puede enseñar a conducir, que se sabe de memoria y cuyas caídas siempre –siempre– se olvidan.
LETRAS DE CAMBIO// EVA ORÚE
Solemos aseverar que una imagen vale más que mil palabras. No sé quién fijó los términos del trueque, ni negaré su vistosidad, pero la fórmula no sólo está sobrevalorada: está superada.
Estimulación
“Los clásicos son imperecederos, pero necesitamos nuevas motivaciones para leerlos”. Diego Moreno (Nórdica) se ha impuesto la tarea de ampliar con trazo firme el público al que esos textos indiscutibles pueden llegar. Cree que esta oferta es de interés general, aunque sospecha que atrae fundamentalmente a las generaciones más jóvenes, instaladas en el imperio de la imagen. Por eso, tras propiciar el diálogo entre Isak Dinesen y Noemí Villamuza para asistir a El festín de Babette, o el de Charles Baudelaire y Louis Joos en Las flores del mal, va a volver a intentarlo con El proceso, de Kafka, que saldrá entreverado con dibujos del alemán Bengt Fosshag.
Iluminación
La senda de esta nueva forma de iluminar los libros, que nos lleva mucho más allá del mero dar color a las figuras y letras de una estampa o de un texto, la siguen con paso decidido algunas de las editoriales más esmeradas de este país. Galaxia Gutenberg, por ejemplo, tiene una espléndida colección en la que ha forzado encuentros creativos que parecían imposibles, como el del pintor Ángel Mateo Charris con Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas), o el que mantuvieron Antonio Saura y George Orwell (1984). Hojeando esas obras mixtas, se impone la evidencia de que con su relectura, el artista gráfico complementa y redimensiona la labor del escritor. Prueben a adentrarse en La divina comedia de Dante en la versión (adaptada para todas las edades) que ilustró Carla Olivé en Gadir: “nueve de cada diez dantistas la recomiendan”, dice su artífice, Javier Santillán, quien confía en que ahora los “chejovistas” plebisciten su próxima apuesta, Kashtanka, la historia de un chucho joven y canelo que el maestro ru-
so relató y Raquel Marín ha dibujado.
Nada nuevo bajo el sol
Permítanme la obviedad: haciendo lo que hacen, los editores de hoy confirman las intuiciones de sus mayores. En 1920, las Éditions de La Sirène que animaban Jean Cocteau y Blaise Cendrars publicaron una joya: Les contes des fées, de Perrault, ilustrados por Lucien Laforge. Ha pasado casi un siglo y la española Rey Lear, cautivada por la innegable magia de los textos (La bella durmiente del bosque, Caperucita Roja, Barba Azul, El gato con botas, Las hadas, Cenicienta, Riquete el del Copete y Pulgarcito), y por los dibujos, tan delicados y tan radicalmente modernos para su tiempo, asume el reto de una reedición respetando el formato y, con ligeras variantes, la maquetación originales. ¿Algún voluntario para reformular la manida expresión citada al inicio?
UNO DE LOS NUESTROS// PEIO H. RIAÑO
Hace unas semanas cruzó el charco por primera vez. Tampoco hace mucho que llegó a la novela: en 2004 fue finalista del Permio Clarín-Alfaguara y en 2007 le conocimos acá, gracias a la trepidante novela Chamamé que la editorial Salto de Página tuvo a bien traer a nuestras librerías. Lo lleva encima. Toda esa experiencia la arrastra en su cuerpo y en su indumentaria. Una chupa de cuero desgastada, una gorra beisbolera y camiseta azul con el símbolo de Superman que le resta frialdad a una mirada que le rezuma calvario. Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973) parece haber esperado toda su vida a poder escribir, parece haberse hinchado más y más del mal rollo que mamó en el extrarradio de la capital argentina para soltarlo de golpe en un año. Un año pletórico, en el que pasó de estar a cero, de no ser nadie a publicar cinco libros. Los tenía ahí dentro metidos, le hacían daño.
Pelea y resiste
En su primera visita a España no sé si tuvo tiempo para visitar “la cancha” y el Prado. Me dijo que no quería marcharse de aquí sin conocer El jardín de las delicias de El Bosco. Toda esa capa de acero se le cae de golpe. No podía quitarme de la cabeza que delante tenía a un tipo silencioso que se tatúa el título de todas sus novelas a lo largo y ancho de su cuerpo. El de Chamamé lo tiene pecho arriba, casi en el cuello. Y Gólgota, que es la última novela que podemos leer de él por acá, estaba a punto de tatuárselo. Le asoma en el antebrazo el nombre de Ramón, su hijo. Sus libros también son hijos suyos. Estaba hablando con el mismo sujeto al que había leído decir que a todos
nos pueden crucificar, pero que también podemos crucificar; que la venganza corre libre y que hay que decidir cómo llegar al Calvario, crucificando o crucificado; que puedes poner la otra mejilla, pero que si
lo haces, prepárate a pasarlo mal el resto de la vida. A Leonardo, su padre le enseñó a pelear cuando era un mocoso para que nadie le tocase un pelo. Porque él no estaría ahí para defenderle.
Muerde y mata
Al final ha terminado escribiendo como pelea. Es rápido, dribla, lleva el ritmo en el cuerpo, tiene mala leche, no baja la guardia ni un momento, es sucio y pringoso, cuesta quitárselo de encima y te hace trizas de una página a otra. Sus otros maestros son Tarantino y Scorserse, porque cuentan cosas que están pasando en cualquier callejón oscuro del mundo. Y esa es la materia prima de Oyola: la realidad de las narices, la chunga, la de su barrio, la de primero tú y luego tus compañeros. La realidad que muerde y mata. Su literatura es exorcismo y suelta lastre. Se vacía y experimenta con todo lo que vivió. Lo trae una y otra vez, le pasa la capita de ficción para que no haya tanta autobiografía, ensucia y ya no hay huellas.