LETRAS DE CAMBIO// EVA ORÚE
Aunque se extiende la idea de que la crisis no ha llegado al mundo del libro, mejor, de que el sector está como un toro, quedarse extasiado mirando balances no es opción para nadie. Así que ahí los tienes, editores buscando nuevos caminos.
Contexto
Sobre todo aquellos que, por decisión editorial y limitación presupuestaria, ni quieren ni pueden servirse de esas grandes firmas (¿será verdad que en EE.UU. han pagado, en concepto de adelanto, 5 millones por el libro de Ruiz Zafón?) que permiten salvar los muebles por amplio que sea el apartamento, y tampoco están en condiciones de plantar batalla mercadotécnica. Aquellos que no ven el editorial como un negocio (legítimo, por supuesto) de venta de libros (meras hojas encuadernadas) sino que aspiran a crear fondos literarios.
Siete de estos últimos: Libros del Asteroide, Barataria, Global Rhythm, Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso, presentan este martes y en Madrid una asociación, Contexto, cuyo objetivo es promover sus catálogos, desarrollar proyectos conjuntos y establecer una relación directa y fluida entre editores, lectores, libreros, bibliotecas y medios de comunicación.
Feriantes… y después
El nombre, polisémico, viene a cuento (y a novela, y a ensayo…) de su pretensión de crear un “contexto” como “discurso” colectivo; quieren “significarse”, esto es, según la RAE, “ser, por naturaleza, imitación o convenio, representación, indicio o signo de otra cosa distinta”. De momento, comparecen juntos en la Feria del Libro, y lo hacen con, bajo el brazo, una revista que se llama como la asociación, tiene una tirada superior a los 40.000 ejemplares, está concebida como herramienta de comunicación con los letraheridos y se distribuirá gratuitamente en librerías y bibliotecas.
Comunidad
La revista, de la que no existen precedentes en el mercado editorial español, tiene sin embargo una prima hermanita: la Revista de libros impulsada en México por SP Distribuciones, nombre bajo el que (no) se esconde la distribuidora creada el año pasado por Sexto Piso, editorial nacida allá pero instalada también acá. SP se ocupa de colocar los libros propios, más los de otra editorial mexicana, una argentina y las españolas Periférica, Nórdica, Impedimenta y Gadir. En total, cuatro contextualizadas y tres no. De lo cual se deduce que a ambos lados del charco los editores indeoendientes tienen necesidades comunes que van resolviendo de maneras similares. Y que las experiencias de éstos, aunque no sean exactamente iguales a las de los esos, pueden servir e inspirar.
UNO DE LOS NUESTROS// PEIO H. RIAÑO
No es raro empezar a leer a los 7 años y ver que a los 77 seguimos con el mismo libro entre las manos”, escribe el editor con los dedos más finos y los ojos menos fatigados de este país. Algunos le dicen a Vicente Ferrer el seleccionador nacional de los ilustradores. Es el alma de la editorial Media Vaca, que es el sitio donde vi por primera vez, creo, las ilustraciones de Noemí Villamuza. Ella es quien hace que el entrecomillado de arriba sea posible, porque junto con Ferrer creen que los niños no tienen libros a su medida: que son los niños quienes la ponen. Por eso vuelvo a aquel El libro de las nanas constantemente, para matar el gusanillo del prejuicio ese que dice que las imágenes con palabras son para personitas que todavía no pueden con las palabras. Así que lo regalo en cuanto puedo y me quedo helado delante de esa cebolla que sube a los cielos un canastillo con bebé, como un globo. Pero la que más me gusta de todas, la que va más allá del impacto, es la que da imagen a la Nana de la adúltera, de José Agustín Goytisolo. Me dice que también es la de ella.
El misterio
Noemí vive y trabaja en Barcelona, nació en Palencia hace 36 años y ayer inauguró en la librería Panta Rhei de Madrid la exposición Dos, con originales en los que la idea común son parejas, de lo que sea. Para Noemí la comunicación entre sus personajes y sus elementos, ya sean objetos, ya sean seres vivos, es un hecho involuntario e inevitable. Hay aislamiento, están sobre el vacío, pero no son autistas. Se necesitan. Y en esas escenas sobre fondo blanco siempre silencio, belleza, movimiento y misterio. Sus ilustraciones en el libro Encender la noche (Kókinos) no resuelven nada a primera vista. Mejor el misterio que la evidencia. Mejor dejar asuntos a medio rematar, que darlo todo masticado. Dice que la buena ilustración es la que no se resuelve completamente, dice que los libros de los que se acuerda son aquellos que no entendía de pequeña pero que la tenían encantada.
El festín
Cuanto menos, más y la imagen en los huesos. Noemí es todo lo sofisticada que le permite su carboncillo y sus papeles. Dice que a los niños con los que trata les atraen las curvas y la suciedad del lápiz de sus dibujos. Yo le digo que a mí me pasa lo mismo. Que me encanta el borrón, la cuenta nueva y a lo hecho-pecho. Que me encanta cómo vibran sus seres por el nervio de un lápiz que anda solo por los límites del perfil. El festín de Babette (Nórdica) es otro de esos libros de personajes colgados en el vacío absurdo de Beckett, en agradables escorzos, contrapicados saltones que entran y salen por el margen de la página menos previsible, como en un teatro de comedieta de puertas e intrigas. Noemí no sabe lo que hace: miro más sus dibujos que lo que veo.
YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Si se lograra alguna vez entrar en los pensamientos de los chimpancés, tal vez comprobaríamos hasta qué punto los humanos somos las únicas criaturas vivas con ideas religiosas. No es que seamos capaces de husmear en los sesos de nuestros congéneres en busca de divinidades; estamos casi tan lejos de hacerlo como de averiguar la fe de cualquier simio. Pero los científicos comienzan a atisbar qué sucede en el cerebro humano cuando se pasa por un proceso místico, o se piensa en cielo e infierno, sin más.
Máquinas piadosas
Las máquinas que mejor miden hoy el estado –activado o no– de las redes neuronales son la resonancia magnética funcional, fMRI, y el magnetoencefalógrafo, MEG. Ambas proporcionan algo así como un retrato de los mapas del pensamiento. Pero son incapaces de detectar si una persona miente: aquél que se declare creyente puede serlo sólo de boquilla, quizá porque saca muy jugosos beneficios de su pretendida piedad. Los ejemplos, con algún que otro locutor asilvestrado por delante, abundan. Así que, en el fondo, el problema es doble: hay que saber cómo funciona el cerebro no sólo cuando se cree en Dios sino cuando se abstiene de soltar mentiras.
La mentira como arma social
El problema consiste en que mentir, lo hacemos todos. Sin mentiras piadosas no existirían matrimonios, amistades, universidades, ministerios y negocios. Los chimpancés mienten también, y de manera harto sutil. Poseen lo que se llama pensamiento maquiavélico, la capacidad para engañar al otro en beneficio propio. Sin el engaño, no habría grupos de simios. Tampoco sociedades humanas.
Por sus obras los conoceréis
Así que, al cabo, lo que importa no es tanto lo que se piensa como lo que se dice. Por poner un ejemplo, el señor embajador del Reino de España ante la Santa Sede acaba de recomendarnos a los ciudadanos que marquemos la casilla de ayuda a la Iglesia en la declaración de impuestos. Cada cual es dueño de declararse creyente, e incluso meapilas si así lo desea. Pero conviene tener muy claro también, como los propios chimpancés, en qué consiste su papel. Todo embajador de un Estado laico con gobierno socialista no debería tal vez pensar esas cosas pero, de hacerlo, estaría mucho mejor calladito. Hasta que llegue la máquina maravillosa y distinga entre los que tienen creencias religiosas, los que mienten al respecto y los que ni siquiera saben en qué consiste eso de pensar.
¿SOY YO O ES LA GENTE?// ANTONIO OREJUDO
Hay víctimas que cuando dejan de serlo intentan paliar el dolor ajeno. Otras no se lo piensan dos veces y cometen con los demás las mismas injusticias que soportaron en carne propia. Bien mirado, es una manera de aprovechar el sufrimiento. El que lo ha padecido sabe mejor que nadie cómo provocarlo. Y puede ampararse en su antigua condición de víctima para evitar críticas.
Víctimas
A Saramago se le ocurrió decir algo evidente: que el Gobierno israelí trataba a los palestinos con la misma crueldad que los nazis a los judíos. Casi lo gasean. Por nazi. Aquí, a quien critica esa desigualdad entre hombres y mujeres que consagra la Ley de violencia de género y que acaba de ser bendecida por el Constitucional, le llueven los golpes. Por machista. En Estados Unidos llevan décadas aplicando la discriminación positiva a favor de los negros. Quien la criticaba era racista. Pero ahora empiezan a oírse voces que no ven racismo en las críticas, sino en la propia discriminación positiva, que ejerce un efecto perverso: garantizando la plaza en la universidad o el puesto de trabajo por el color de la piel, se invita a no trabajar, a no esforzarse. Así, los beneficiarios negros no se convertirán nunca en profesionales competentes, en verdaderos competidores de los blancos.
Verdugos
En Europa estamos en pleno debate sobre qué hacer con los inmigrantes. Los negritos de Johanesburgo, curtidos durante décadas en injusticias y palos, nos han mostrado el camino que debemos seguir. Todo lo que saben sobre procesamiento de excedente humano, por llamarlo así, lo han aprendido en su propia carne, gracias al magisterio de los bóer holandeses, que durante décadas les aplicaron el eficaz procedimiento del ‘apartheid’: ni centro de internamiento, ni cuatro meses ni dieciséis; a los inmigrantes hay que matarlos a hostias según van entrando ilegalmente en tu país. En Europa nos hemos escandalizado, pero la inmigración se ha reducido notablemente en Sudáfrica.
Berlusconi
Jonathan Swift, el autor de ‘Los viajes de Gulliver’ publicó hace dos siglos y medio un artículo como este, titulado ‘Una modesta proposición’. Swift daba ideas para paliar la crisis económica que devastaba Irlanda hacia 1729: comerse a los niños pobres, para acabar a un tiempo con el hambre y la pobreza. Europa debería prestar más atención a las medidas de Berlusconi. Convirtiendo a todos los inmigrantes ilegales, es decir a los pobres, en delincuentes y metiéndolos en la cárcel, el italiano, más elegante que los negritos, ha dado un paso de gigante en la desaparición de la pobreza.
CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA
A sus 84 tacos, el muy venerable director Sydney Lumet se ha descolgado con una película magnífica, tan amarga como estremecedora: se trata, como los lectores espabilados sabrán sin duda, de Antes que el diablo sepa que estás muerto, o de cómo una mala situación (pero que todavía tiene arreglo) se convierte en un desastre sin recuperación posible a causa de la codicia, la estupidez y la inconsistencia moral. Seca, dura y concisa como un garrotazo en la cabeza, la visión de este film deja aturdido al más pintado y obliga al más optimista a salir de la sala con gesto meditabundo, si no cabizbajo. Quedan avisados, pero cuidado: que ni ésta ni cualquier otra sinopsis más o menos sombría les disuada de acudir a ver esta lección de composición narrativa (Lumet conduce el relato con deslumbrante magisterio) e interpretativa
(el trío Albert Finney-Phiplip Seymour Hoffmann-Ethan Hawke funciona a pleno rendimiento, y Marisa Tomei está perfecta en el papel de cabeza de chorlito caprichosa e infiel). En fin, no les explico nada más, no sea que la pifiemos, pero resumiendo, no se la pierdan.
Veteranía
Y es que –cuando hay talento– la veteranía sin duda es un grado, y a ciertas edades los buenos creadores ya hace tiempo que han aprendido a dejarse de puñetas e ir directos al grano de la mejor forma posible. Salvando diferencias, Antes que el diablo sepa que estás muerto me hizo pensar en la también excelente Saraband, de Bergman, en ese colosal testamento fílmico que fue Los muertos, de John Houston, sobre el relato homónimo de James Joyce, o en las grandes películas que a su provecta edad nos ofrece Clint Eastwood con encomiable frecuencia: ya tengo ganas de ver la que ha estrenado en Cannes, aunque nadie me va a hacer creer que ese filete llamado Angelina Jolie haya sido capaz de hacer ningún gran papel, como se dice por ahí. Por excelente que llegue a ser un veterano –y Eastwood lo es– lo que no se puede hacer son milagros.
Argumentos, por favor
En una entrevista, al preguntarle qué le había decidido a rodar Antes que el diablo…, Lumet no titubeaba: “El argumento”. Y añadía: “La historia me pareció muy ingeniosa, muy inteligente, cargada de tensión y melodrama de primera calidad. El melodrama, ¿sabe?, es un género que no gusta mucho ahora, pero a mí me encanta”. Santas palabras que más de uno haría bien en tatuarse en algún lugar visible de su anatomía. Abundan en el cine catalán, y en el español, películas facturadas con corrección, incluso con brillantez formal, pero faltadas –o carentes del todo– de argumentos, de buenas historias que las sostengan. Contra eso, fijémonos en lo que recetan los maestros –Lumet, por ejemplo– con astuta sencillez: más melodramas y menos gaseosas.
DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO
Hay libros que se te caen de las manos y otros que caen en tus manos. De los primeros, es mejor no hablar. De los segundos, uno de los que últimamente más me ha gustado es Campo de amapolas blancas (Tusquets), de Gonzalo Hidalgo Bayal.
La memoria imprecisa
Novela corta o cuento largo, que trata –entre otras cosas– de la imposibilidad de que el arte atrape la vida, tiene como personajes principales a H., el antiguo amigo del narrador, cuya vida se esboza, al padre de H., y al propio narrador. El libro arranca con una advertencia acerca de la imprecisión de la memoria. No hay muchos detalles en la narración, en la que se crea, sobre todo, una atmósfera, una especie de nostalgia por un pasado que fue doloroso, pero que fue suyo. En algo me recuerda a Modiano, pero las novelas de Modiano son más limpias, menos perversas o, al menos, así lo
recuerda mi imprecisa memoria.
Ironía y crueldad
Y es que Campo de amapolas blancas es un libro turbio y perturbador. H. es un adolescente –y luego un joven– herido y sin talento, que fracasa en sus cambiantes aficiones artísticas, y la mirada que el narrador, su supuesto amigo, deposita en él es una mirada cruel (porque la ironía, cuando se aplica a una historia tan triste, deviene en crueldad). Hay en el narrador una especie de resentimiento, de amargura, de ajuste de cuentas, porque H. se atrevió a buscar ese campo de amapolas blancas, mientras que él, más realista, supo pronto que hay que resignarse a vivir sin la felicidad. Y aunque el narrador consigne con una inconfesada satisfacción el derrumbe del amigo, es consciente de que él también ha fracasado,
porque no ha intentado lo imposible.
El abismo y la retirada
Da la sensación de que este retrato de una época pasada, de un amigo perdido, tiene mucho de autobiográfico. Tanto da. Si no lo tiene, esa sensación de verdad que transmite se debe a su extraordinaria escritura, a algunas páginas magníficas por su hondura psicológica, por su desgarro; y si lo tiene, es un ejemplo de que un escritor, cuando acierta, es capaz de extraer de la vida su esencia, como el escultor que saca de un bloque de mármol la escultura que hay en él. Claro que toda buena novela bebe también de la literatura, y en este caso, Gonzalo Hidalgo Bayal cita –para no esconderse– El perseguidor de Cortázar, con el que tiene muchos paralelismos, aunque, como es lógico, más diferencias todavía. Buscar la plenitud de la vida, o retirarse antes de caer en el abismo. Quizá no haya más posturas ante la existencia.
HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG
En todos los lugares donde vive Mario Vargas Llosa, hay un hipopótamo. En realidad, una manada de ellos. “Tengo un cariño por ese feo y enorme animal, que es uno de los más benignos que haya creado la naturaleza, el del paladar más delicado y con una deliciosa proclividad por el amor”. Cuando Vargas Llosa estrenó en Inglaterra su obra de teatro Kathie y el hipopótamo, los actores le regalaron unos en miniatura y, desde entonces, ellos y otros más habitan su escritorio. A pesar de esa risueña serenidad que despiertan en el escritor, el hipopótamo es el animal más peligroso de África. Siendo vegetarianos, en un año matan a más seres humanos que leones y hienas. No parecen ser las bestias más eróticas. Acostumbrado a convivir con cocodrilos en ríos y lagunas, un hipopótamo defiende sus crías y su territorio con una agresividad inesperada para una criatura que inspira tanto a Vargas Llosa como a fabricantes de juguetes de peluche. Sus más de tres toneladas, distribuidas en casi cinco metros de longitud, y unos dientes de marfil más duros que los de un elefante, hacen que este mamífero sea una amenaza disimulada por su horripilante pero cómica redondez. El hipopótamo ha sido siempre una bestia carismática. Su cuerpo parece una broma pesada de la naturaleza. Su nombre, una obra maestra de la cacofonía. Una bestia como el hipopótamo puede gustar por distintas razones a un novelista y a un narcotraficante.
Mientras Vargas Llosa los iba coleccionando en miniatura, Pablo Escobar compraba nueve para su zoológico privado. En un futuro libro, José Alejandro Castaño, ese cronista con una puntería quirúrgica para convertir en extrañas las tragedias más comunes, publicará Adónde van dos hipopótamos tristes. Se trata de una historia que resume una de las caras de ese país que, como los hipopótamos, despierta tanta simpatía como miedo. “El narcotraficante más famoso del mundo ordenó construir una versión del Edén con cada animal que deseó –escribe Castaño–. Un ejército de mil hombres construyó una geografía de colinas, valles y lagos como si aquello fuera un inmenso campo de golf para bestias salvajes”. Pablo Escobar reunió un caprichoso bestiario en su hacienda, donde no aceptó ningún tigre porque lo consideraba peligroso. Cuando le asesinaron, nadie pudo seguir gastándose esa fortuna en alimentar a sus animales. Los sobrevivientes fueron trasladados a otros zoológicos, excepto los hipopótamos. Nadie se los pudo llevar de allí. Pronto, los nueve se duplicaron, pero sólo un macho podía dominar la manada. Fue cuando dos hipopótamos machos se fugaron. Hoy, Castaño presume de que deambulan tristes por Puerto Triunfo, cerca de unos campos minados, buscando una hembra para aparearse donde nunca la habrá. “Pueden ser muy crueles los hipopótamos”, le advirtieron a Vargas Llosa cuando estuvo en África. Lejos de allí, el escritor, fascinado por los que lo acompañan en su escritorio, prefiere pensar que practican el sexo con una gran convicción.
LETRAS DE CAMBIO// EVA ORÚE
Que un libro se venda o no depende de muchos factores, y la calidad del texto no siempre es el determinante. Parte fundamental del trabajo recae sobre el distribuidor, y si éste no sintoniza con el editor, la crisis acaba siendo inevitable.
El problema
Bibliópolis es un sello de referencia en la literatura fantástica, en cuyo catálogo figura uno de los grandes del género, el polaco Andrzej Sapkowski, que con las ventas de la saga protagonizada por el brujo y mutante sobrehumano Geralt de Rivia, permite sostener un proyecto editorial más ambicioso que en otros frentes no era tan boyante. ¿Causas de ese avanzar dubitativo? Varias, seguro, entre ellas que, era la convicción del editor, las obras requerían un trato singular que su distribuidor, por lo demás reputado y competente, no les daba. La necesidad de cortar lazos se hacía palmaria, pero el contrato en vigor les unía hasta 2009. Siendo las relaciones buenas, ambas partes manifestaban su voluntad de llegar a un acuerdo, mas no se antojaba sencillo. Y en plena negociación, el editor cayó en la cuenta de que quizá estaba ante la oportunidad soñada: podía sacar un sello nuevo, que le permitiera romper con su encasillamiento, y confiárselo a una distribuidora diferente.
Nace Alamut
Solución: el fondo de Bibliópolis sigue disponible, aunque no incorpora títulos, y el distribuidor actual se encarga de moverlo hasta la extinción del contrato en vigor. Y Alamut, el sello nuevo del que se hace cargo una distribuidora distinta, publica las novedades y también revisiones del autor fetiche, con un diseño pensado para un público más adulto. Lo cual incluye ilustraciones de Alejandro Colucci, que está dando nueva vida a las quimeras de Sapkowski y también se encargará de iluminar la siguiente serie, que no es fantástica sino histórica.
De la necesidad, virtud
En este proceso de transición podía haber surgido un obstáculo. En España no se ha publicado, porque aún se está traduciendo, la séptima entrega de la saga de Geralt de Rivia. El editor querría sacarla en el sello nuevo y con el nuevo diseño, pero sabe que los coleccionistas, que son tan suyos, no le perdonarían que dejase incompleta la «edición Bibliópolis». Por ello se plantea lanzar una primera tirada de 7.000 ejemplares en la editorial «clásica», y hacer las posteriores (que las habrá, siempre las ha habido) en Alamut. Aunque, puestos a innovar y a convertir los problemas en ocasiones, ¿por qué no sacar la novela simultáneamente en ambos sellos? Se lo está pensando.
UNO DE LOS NUESTROS// PEIO H. RIAÑO
Había uno en una calle angosta y muy oscura, justo debajo de la única lámpara que la iluminaba. Un espejo como un azulejo, con un dibujo recortado a base de cinta aislante. Pasé un par de veces sin darme cuenta del asunto, no sé. Pero el dibujo estaba allí, en aquella pared, sin hacer ruido, agazapado para quien no tuviera prisa. La luz de la farola en el espejo con tamaño de azulejo proyectaba una sombra sobre el muro de enfrente. Era un dibujo que sólo aparecía de noche. Mágico. Tenía su firma, un diapasón. Al principio, veíamos un yo y le dimos mil argumentos del tipo “es su palabra prohibida”. Con los años conocí a ELTONO y me lo aclaró, un diapasón retorcido. Lo curioso es que llegó a cambiar hasta nuestro itinerario y ya sólo pasábamos por allí para disfrutar unos segundos del efecto.
Chisssssst
Entró en la cadena del mercado del arte hace 10 años. Era una galería, y pronto se animarían las instituciones públicas. De hecho, la exposición colectiva Pintura mutante, en el MARCO de Vigo, le invitó como un representante más de la nuevas intenciones de la vieja disciplina. Ya le consideren pintor o grafitero, él dice que lo suyo es street art, arte de la calle, para cualquier espectador, sin estridencias ni griteríos. Entre todo ese ruido al que se somete la acera, con neones, publicidades y ofertas, todavía se hace oír. En silencio, para quien quiera verte, no para que te vean.
En la noche
No transformar, no alterar, no aterrar. Podrían ser los principios que sigue ELTONO en su ritual, para aparecer con cuidado. Primero, ruta por la ciudad. Hay que seleccionar una puerta sobre la que actuar con brochas y pinturas acrílicas. La ortodoxia del spray se acabó hace tiempo. Por ejemplo, TVBOY trabaja en Barcelona con pegatinas. Las nuevas leyes también tienen que ver en la evolución del arte urbano. Segundo, la puerta debe estar abandonada y ser de madera (hace dos años pintó 150 puertas de Puerto Lumbreras, en Murcia). Tercero, algo propio de los márgenes de la ley, de noche y con calma.
En el centro
ELTONO es el relevo de la espantajería garabateada en la pared. MUELLE no lo era, pero él llegó a todo lo que podía ofrecer el grafiti a granel. Muchos años después la necesidad artística hizo acto de presencia y ahora están en la duda de cómo meter la espontaneidad en una galería, con fines comerciales. Así llegamos a Londres, donde ELTONO aterrizó hace unos días en la ciudad con NURIA, NANO y 3TTM (si les llamamos sus discípulos no quedaremos nada bien), para darle al barrio de la Tate Modern una manita de alegría durante cuatro noches. Los comisarios de todo este estupendo follón dicen que Barcelona y Madrid son la madre del cordero en arte urbano… hasta que Londres abrió su corazoncito (de) plástico a esta disciplina e invirtió en él todas sus expectativas de nuevo mercado.
CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA
Si mañana, por lo que sea, se encuentran ustedes en Barcelona, no deberían perderse la ocasión de asistir al Festival Internacional de Poesía, que como cada año (y ya van 24) llega puntual a su cita con el mes de las flores: concretamente en el Palau de la Música Catalana, a las siete de la tarde. Este año la cosa va de poesía europea, así que, además de los catalanes Amat Baró i Joan Vergés, y de los valencianos Maria Josep Escrivà y Vicente Gallego, van a desfilar por el escenario del Palau la croata Tatjana Gromaca, el alemán Dürs Grunbein, el esloveno Brane Mozetic, el francés Bernard Noël, el escocés Don Paterson y la islandesa Sigurbjörg Thrastardöttir, buena amiga de un servidor y, sin embargo, excelente poeta. El recital contará con la música del gran Toti Soler, y todo ello está dirigido por otro poeta, Víctor Obiols. Hay que dejar seis pavos en taquilla para entrar, y ya les aviso que suele quedarse gente fuera, así que no se duerman. Además, te dan un libro con los poemas que van a recitarse en la velada y una pequeña linterna para poder seguir la letra de lo que suena en escena, qué más se puede pedir.
Una semana de versos
El Festival Internacional es el acontecimiento que acostumbra a cerrar la Semana de la Poesía de Barcelona, que ya lleva doce ediciones bajo la atenta coordinación de David Castillo (también poeta, por supuesto). La Semana de la Poesía es, como su nombre indica, siete días durante los cuales la poesía literalmente conquista Barcelona entera, con más de cien actos que pueden ocurrir en cualquier punto de la ciudad: hay lecturas y recitales, rutas y recorridos poéticos, poemas en el metro ilustrados por Juanjo Sáez, conciertos, performances y todo lo que ustedes quieran, algo impresionante. En cualquier caso, una ciudad que se abandona durante toda una semana a la musa lírica no puede ser tan mala como a veces parece.
Josep Lluís Aguiló
Por otra parte, si hoy mismo están ya en Barcelona, como deberían, pueden acercarse al noble Saló de Cent del Ayuntamiento, donde esta tarde, también a las siete, se entrega el premio de los Jocs Florals, galardón varias veces centenario y ahora reconvertido en uno de los premios literarios más importantes a que pueden aspirar los poetas en lengua catalana. El ganador se convierte durante un año en el Poeta de la Ciudad y hoy Josep Lluís Aguiló va a tomar su turno después de la mencionada Maria Josep Escrivà: es decir, que el, digamos, trono poético barcelonés pasa de una valenciana a un mallorquín, cosa estupenda. Por lo demás, Aguiló es un poeta magnífico, y, por el momento, aún inédito en castellano: a ver si se espabila algún editor, caramba.