DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO
Las modas son efímeras –por definición–, pero hay cosas que nunca pasan de moda, como el Antiguo Egipto. ‘Tesoros sumergidos de Egipto’ es el nombre de la exposición que, tras pasar por Berlín, Bonn y París, recala ahora en el antiguo Matadero de Legazpi de Madrid.
Permitido prohibir
Uno va un poco asustado al Matadero, aunque sólo sea por el nombre, y en la entrada, al ver la exhaustiva lista de prohibiciones, se asusta un poco más: fumar, tocar las piezas (salvo si eres ciego), apoyarse en las vitrinas, hablar por el móvil, beber, comer, grabar sonidos o imágenes, entrar con un animal (salvo si eres ciego), llevar cascos, paraguas, mochilas o armas. En plena celebración del mayo del 68 y su prohibido prohibir, tiene su gracia. La exposición, con unas 500 piezas rescatadas por el buscador de restos arqueológicos Frank Godoy en la zona en la que se levantaron Heraclion, Canopo y parte de Alejandría, cuenta además con mapas, vídeos y paneles explicativos. Resulta didáctica y sugerente.
Pechos de diosa
Lo más interesante es, posiblemente, el naos de las Décadas (un altar-calendario que guardaba una imagen del dios Shu), por sus textos y finos grabados. Su inscripción comienza así: “El Gran Dios (Shu) en los Orígenes: él es quién provoca las matanzas en las filas de los rebeldes…”. Los egipcios dividían el año en tres estaciones de cuatro meses, según el Nilo (inundación, germinación, sequía), y los meses, en tres décadas de diez días. En el naos, década tras década, se enumeran los males, enfermedades, guerras y catástrofes meteorológicas que Shu había enviado a los enemigos de Egipto. Sin embargo, la estrella de la exposición es una escultura de Arsínoe II, ya en plena época helenística. Su hermano y esposo, Ptolomeo II, impuso su culto en todo Egipto. La postura (brazos pegados al cuerpo, pie adelantado) es egipcia, pero el tratamiento –el paño mojado pegado al cuerpo– es griego. Nos atrae por su sensualidad: los senos, el ombligo, el sexo, casi se ven (huelga decir que tocarlos está prohibido, salvo si eres ciego).
Resortes
También llama la atención la Estela de Nectanebo II, con sus jeroglíficos elegantes, limpios, en los que se habla de impuestos: “Un décimo de oro, de plata, de madera en bruto, de madera trabajada, de todo lo que proceda del Mar de los Griegos…”. Es curioso –o quizá no tanto– que tres de las piezas más destacables artísticamente de esta exposición se refieran al dinero, al poder y al sexo, tres de los más poderosos resortes que mueven el mundo, y que, como Egipto, no pasan de moda.
HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG
Gauri Nanda, una diseñadora y científica graduada en el Massachusetts Institute of Technology, es una creyente de la hora exacta. Cuando era estudiante del Media Lab, no creía que un reloj despertador debía seguir fracasando en su triste tarea de hacer que la gente se levantara de la cama. En su clase del MIT, Nanda inventó Clocky, un reloj despertador cuyo prototipo tenía la apariencia de un rollo de papel higiénico de peluche y cuya novedad era levantar de la cama hasta al más disciplinado devoto de Morfeo. Lo diseñó en tres días. A una hora puntual el despertador chirriaba, saltaba de la mesa de noche y rodaba por la habitación hasta esconderse en algún rincón sin cesar en su alarma. Una vez en la clandestinidad, volvía a chillar y obligaba a levantarse de la cama a buscar al maldito bicho para apagarlo. La noticia era que, cuando lo encontrabas, ya estabas despierto. “Te recuerda a una mascota problemática”, dijo Gauri Nanda. “Es algo de lo que te puedes reír cuando te despiertas en la mañana”. Despertarte no debía convertirte siempre en un cascarrabias. A fin de cuentas, la inspiración de Nanda no fue más que la historia de una bella durmiente (véase su retrato en Internet). Unos gatos con quienes ella dormía en su cuarto la despertaban mordisqueándole los dedos de sus pies y salían huyendo de su cama cuando ella se disponía a atraparlos. Si un despertador corriente era como un perro domesticado, Gauri Nanda quiso inventar uno que fuera como un gatito salvaje.
Después de su clase en MIT, había guardado su peludo reloj despertador en su clóset. Unos blogs de tecnología fueron descubriendo su invento y fue despertando más curiosidad: periodistas del Reader’s Digest, la BBC y Play Boy empezaron a llamarla. Un día, en el programa Good Morning America, debutó en la televisión demostrando el nuevo diseño y funcionamiento de su despertador. Sin proponérselo, en 2005, Gauri Nanda ganó el Ig Nobel Prize in Economics, un premio que rinde tributo a la curiosa persistencia de gente cuyos inventos te hacen primero reír y luego pensar. Lo que había sido sólo un proyecto académico, hoy ya es un producto comercial hecho en China cuya venta por Internet está cerca de las 50.000 unidades. Al parecer, no es un gran negocio, lo que quiere decir que la gente aún prefiere dormir. El nuevo diseño de Clocky lo sigue haciendo parecer una mascota de plástico de colores. Ahora el ruido del despertador se parece al que hacía R2-D2 (ar-tu-di-tu). La diseñadora quería humanizar la tecnología y ha creado su propia empresa: Nanda Home. En ella busca soluciones simples y a la vez excepcionales a problemas de la vida diaria. “Hago un llamamiento a todos los amantes de la hora exacta”, dijo una vez el lúgubre Edgar Allan Poe. La inventora Gauri Nanda acudió un siglo y medio más tarde a esta convocatoria.
LETRAS DE CAMBIO// EVA ORÚE
Imite a su autor favorito en 4.000 caracteres! La revista francesa Le Magazine Littéraire premiará los mejores textos escritos “a la manera de”, es decir, tomando elementos característicos de la obra de otro artista y combinándolos de forma que parezcan una creación independiente.
Entretenimiento
Según la RAE, eso son los pastiches. Como los Dos pastiches proustianos de Llorenç Villalonga (Anagrama). O los más recientes de Sergi Pàmies en las páginas de El País, cuando publicó artículos imitando a firmas (Javier Marías, Elvira Lindo…) muy conocidas. Sin entrar en comparaciones, odiosas e inútiles, ambos sacaron buena nota en ese ejercicio estilístico que, por lo demás, no siempre se realiza con aviesas intenciones. Así, en los talleres de escritura. los aspirantes a literatos se entrenan escribiendo textos en los que manipulan las formas lingüísticas de grandes autores o imitan géneros y estilos que se integran en la tradición literaria.
Aprender y aprehender
Cosa distinta es que esa forma de hacer se convierta en hábito… “Si algo creo que debe tener la literatura es libertad total para ensayar, experimentar y elegir”, asegura en su blog Agustín Fernández Mallo, el hombre que ha elevado la leche, el cacao, las avellanas y el azúcar, en dos palabras, la Nocilla, a categoría literaria. “Lo que no me gustaría a mí es escribir a la manera de Galdós pensando que así ya soy un “escrutor” [entrecomillado en el original, no sé si es un error o un neologismo]. Eso me parecería ridículo. Por lo demás, en todas las artes hay renovaciones, que beben de lo anterior y lo mezclan con asuntos totalmente contemporáneos.”
Y distinto también es pervertir el homenaje y transformarlo en copia.
Todavía hay clases
El plagio es una confesión de impotencia creativa. La intertextualidad, una maraña de vínculos casi afectivos que relacionan un texto con otros, a un autor con otros de la misma época o de épocas anteriores. Y el escrito “a la manera de” es, cuando no una vía de aprendizaje o una gimnasia estilística, una declaración de admiración.
“Traté de ser Kafka, de imitarle ambiciosa e inútilmente”, confesó Jorge Luis Borges. Y Mariano Baquero cita a Eugenio D’Ors, quien “reconocía como renuncia máxima a la personalidad la que suponía el querer ser –no escribir a la manera de, sino justamente querer ser– Goethe” ejemplificando así “ese a la vez extraño y normal proceso por virtud del cual otras vidas se incorporan a la nuestra, a través del testimonio dado por escritores del presente o del pasado”. Porque de eso se trata.
YO TAMPOCO ENTIENDO NADA // CAMILO JOSÉ CELA CONDE
lA fundación Clásicos de Weimar, que debe tener pocas cosas en las que entretenerse, ha aireado la noticia de un fracaso: el de la tarea de identificar el cráneo de Friedrich Schiller, el filósofo y literato alemán, amigo de Goethe, entre los restos sepultados en la cripta real de la ciudad de Turingia. Se encargó de la tarea de legitimación un comité internacional de expertos con herramientas adecuadas para el análisis comparado de cráneos.
Medir con el compás de puntas ángulos y distancias, de la glabela al occipucio y vuelta a contar, es tarea propia de la antropología física, por supuesto, pero resulta difícil escaparse a la tentación de hacer memoria de los frenólogos al estilo de Cesare Lombroso y Franz Joseph Gall. Sea como fuere, después de comparar las cifras con las obtenidas del examen de las cabezas de los descendientes de Schiller, los miembros del comité decidieron que ninguno de los dos cráneos hallados dentro de la tumba perteneció al dramaturgo. Es todo un alivio. Peor habría resultado concluir que ambos eran suyos.
Utilidad del cráneo
Las cabezas de los próceres han tenido siempre un cierto morbo aunque sólo sea por aquello de que dentro del cráneo está –o estuvo– el cerebro. Si bien Aristóteles creía que la única función de los sesos era la de refrescar el aire que se respira, hace siglos que, para bien o para mal, identificamos cerebro y pensamiento. De ahí, tal vez, que los estudiantes del University College robaran hace años la cabeza de la momia de Jeremy Bentham, el fundador de la primera universidad laica del Reino Unido cuya figura embalsamada preside uno de los pasillos de la institución. Secuestrar el cráneo es casi como apoderarse del alma -siempre que demos más crédito a la neurociencia que a la cadena de radio episcopal- así que cabría sacar una conclusión benevolente respecto del robo. Los alumnos más fervorosos en el recuerdo del también filósofo Bentham, el padre del utilitarismo, aplaudirían semejante muestra de aprecio.
Cuestión de método
Pero en el fondo, ¿qué más da? Un cráneo se parece muchísimo a cualquier otro, siempre que no ande por la cripta un antropólogo tomando sus medidas. Y si nos confundimos y damos por legitimada a la postre la cabeza que perteneció en realidad a un arriero, no va a caer por eso en pedazos la bóveda celeste. Ni siquiera deberían manifestar disgusto alguno los estudiosos de Schiller. Con cabeza o no; con uno, dos tres o media docena de cráneos en la tumba, sus obras de teatro y sus ensayos filosóficos seguirán igual que estaban.
¿SOY YO O ES LA GENTE?// ANTONIO OREJUDO
Caso A: Ortiz, la hermana de la princesa de Asturias, quiere privatizar su vida privada frente a ciertos medios de comunicación que la quieren pública. Caso B: Aquirre quiere privatizar la sanidad, para que sólo las bacterias malvadas sean públicas.
Caso A
Dice Ortiz que no quiere que le saquen fotos si no es en actos oficiales. Y ha pedido medidas cautelares contra cincuenta medios de comunicación. Los afectados dicen que eso es censura previa. Que el derecho a la información es sagrado y que Ortiz es una persona pública, y que las personas públicas igual que ganan privilegios, pierden la propiedad de sus vidas. En la puerta de los juzgados había sujetos disfrazados en apoyo de la prensa rosa que gritaban: “Telma Ortiz, te vas a arrepentir”. Viva la mierda.
Caso B
Esperanza Aguirre y el tal Lamela tampoco creen que nuestra vida nos pertenezca. Ellos no creen que sea propiedad de los medios de comunicación, pero tampoco de la gente. Quizás piensen que nuestra vida es de Dios y que es Él quien decide cuándo y de qué modo nos la retira. Es la doctrina Rouco: no necesitamos que ningún médico de ningún hospital de Leganés venga a paliar ningún dolor. Si la voluntad de Dios es que te mueras atormentado por el sufrimiento, te jodes. Y si la voluntad de Dios es que te mueras después de haberte infectado con una bacteria en la UCI del Hospital 12 de octubre, porque tu presidenta de la Comunidad de Madrid no se gasta el dinero en mantener limpias las instalaciones, te jodes también. Viva Dios.
Ni caso
Como casi siempre, todo es un asunto de dinero. Ni los periodistas rosas están interesados en la libertad, ni Aguirre & Lamela están interesados en Dios o en otras vidas que no sean las suyas y las de sus allegados. Y mucho menos en la sanidad pública. Eso no les interesa nada y se la van a regalar a los inmigrantes, como han hecho con la enseñanza. Los inmigrantes, como son pobres, tienen menos necesidades que los demás. El daño causado por la bacteria en las instalaciones hay que agregarlo al daño causado por el consejero en los profesionales. Todo es tan perfecto que parece una estrategia de liquidación. Al contrario que Aguirre & Lamela, lo único que temen los defensores rosas de la libertad es la privatización de la vida privada, que hasta nueva orden es una materia prima pública y gratuita. Tú la coges por la calle y luego la vendes. Todo lo que ganas es beneficio. Sería una catástrofe para su industria que la juez concediera esas medidas cautelares. Ortiz, te vas a arrepentir.
La verdad es que la primera vez que me tomé un zumo de naranja en sillones de escay rojo con Sofía Rhei (Madrid, 1978), sospechaba que todos esos inventos que me iba descubriendo poco a poco –porque ella tiene un sexto sentido escénico que le impide el exhibicionismo barato– sólo podían salir de la curiosidad por apropiarse de lo más prosaico para volverlo poesía. Para hacerlo exótico. La sospecha se confirmó tras leer Química (recientemente publicado por los magos de El Gaviero Ediciones), en el que hace andar a los poemas desde la tabla periódica de los elementos. Imagínate, química y poesía. Para que lo entiendas, piensa en un Scrabble en el que se componen palabras y se acompañan de poemas, que casi son aforismos por la concreción y expresividad.
Elementos contrasistema
Sofía ha acercado tanto la poesía al ajetreo de la calle que la profundidad del arte ya no está reñida con el kitsch comercial. Y qué alivio encontrarse con actitudes como éstas, cuando hoy nos enfrentamos a la superproducción de memoria, de recuerdos, a la superproducción de lo viejo. Lo nuevo, por cierto, no significa la superación de lo viejo. Ni siquiera, una separación de lo viejo. La cualidad de lo nuevo, que es la que ostenta Rhei, supone que la regla para seguir la tradición es romper con ella. Ella lo hace con el optimismo de la voluntad, contra el pesimismo de la inteligencia. “Creo mucho en el optimismo”, dice como insinuando que no escribiría si no fuese para cambiar algo. Para el optimismo todo tiene explicación, porque con el optimismo, al parecer, se revela el genuino interés por todo.
Esto no es un jugo
Química es un libro para los descubrimientos: para la química de los flujos que llevan al enamoramiento, para pellizcar en las pequeñas señales y para ver cómo la ciencia estimula la metafísica, paradójicamente. Su interés por la ciencia (Biología era una de sus asignaturas favoritas) hace creer en el lector como el responsable último de un acto de lectura creativa. Con el lector en plena encrucijada de preguntas cruzadas, en las que se cuestiona si es realmente objetivo el lenguaje científico y si la expresión poética es tan, tan privada, la poeta se presenta como alguien que muestra, no como alguien que ve. Eso quiere decir que Química evita la evidencia para no caer en desencantos, para no generar banalidades, para decirlo en breve, para no agotarse. Así que se exprime para limpiar toda la gaseosa, todo truco, todo lo que sobra. Y se escurre los adentros para hablar de amor, otra vez, y soltar un: “Crecer no basta si no es en dirección a ti”, Pim. Un “Me basta la mitad de espacio para darte el mismo tiempo”, Pam. Un “No debes preocuparte: no dejarás de existir de repente porque estaré para mirarte”, Pum.
CAMILO JOSÉ CELA CONDE// YO TAMPOCO ENTIENDO NADA
La necrofilia avanza. O la necesidad de ir más allá del negocio de la salud, ya vacilante. Una web de Nevada, allá en EEUU, ofrece a sus clientes el hacerse cargo del correo electrónico una vez que la muerte les sorprenda o, mejor dicho, si ésta aparece sin darles tiempo de enviar los mails pendientes. Eso es orden y previsión y lo demás, bobadas.
Remitente finado
Debe de ser toda una experiencia recibir un correo con una coletilla que advierta que su remitente ha fallecido, detalle imprescindible para evitar respuestas innecesarias. Desde que La Codorniz inventó el diálogo para besugos, las posibilidades de hablar con alguien sin que ninguno de los dos escuche abundan. Pero si el interlocutor está muerto, el significado mismo de charla cambia. Así que, en realidad, el nuevo servicio no es tanto una gestión del correo electrónico como una despedida destinada a todos aquellos que figuran en la agenda. Igual que las tarjetas navideñas que los hombres ilustres nos envían por medio de sus secretarios.
En prevención de pelmas
En realidad el servicio de comunicación del fallecimiento les es mucho más útil a los vivos que a los muertos. A menudo he pensado en lo conveniente que sería publicar la esquela anunciando la muerte de uno mismo, no se invita particularmente, el señor obispo ha concedido las indulgencias habituales. Proclamando que te has ido, una parte considerable de quienes te asedian en demanda de favores, entrevistas, prólogos, conferencias y presentaciones se vería en cierto modo desanimada. Verdad es que existen seres tenaces con capacidad sobrada para perseguirte, de la mano del Dante si hiciera falta, hasta el Hades mismo. Pero digo yo que serán los menos. De tal suerte, evitaríamos casi todas las congojas porque los únicos mensajes de persistencia segura, los de las convocatorias a reuniones inútiles, tienen su propio remedio (el de la indiferencia también tenaz).
Pago por adelantado
La web del correo post mortem tiene ya miles de clientes a los que se les exige pago por adelantado. A primera vista, parece lógica esa cautela pero es un signo cierto de que el servicio no confía en su propia eficacia. Si ni siquiera se pueden ajustar las deudas que hemos dejado en tierra, ¿a santo de qué el trasiego del correo desde el más allá? Urge dar con un medio de pago trascendente, una especie de tarjeta de crédito de ánimo espiritual. El PayPal traducido en PayDecessed, por ejemplo, aunque con firma delegada.
CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA
Como la mayoría de los lectores avispados ya saben, la semana pasada se estuvo representando, en el teatro Valle-Inclán de Madrid, una excelente adaptación teatral de La Plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda, con texto a cargo de Josep M. Benet i Jornet y dirección de Toni Casares. Se trataba de una adaptación bien larga y bien prolija, casi cuatro horas, y estuvo en cartel desde el martes hasta el domingo pasados, todo un lujo teniendo en cuenta que la obra se representó en catalán sobretitulada en castellano, ahí es nada. Los titulares sobre el estreno fueron unánimes: “en Madrid y en catalán”, recalcaban, haciéndose eco (y haciéndose cruces) de lo insólito, y acaso desfachatado, de la propuesta.
Reciprocidad
En su crónica del estreno, el Telenotícies o telediario de TV3 dedicó un minuto a las reacciones del respetable a la salida del espectáculo. Me llamó la atención una señora que quiso regalar unas reflexiones al micro: “No, si ya me parece bien que lo hagan en catalán”, decía, sin especificar si se refería al teatro o a otra cosa, para añadir a continuación: “Pero espero que también se representen obras en castellano en Barcelona”. Colosal. De sesenta obras que se proponen mientras escribo estas líneas en la cartelera barcelonesa, veintinueve se representan en castellano, con frecuencia gracias al esfuerzo de compañías, actores y directores catalanes para un público catalán. Y esto no es una novedad de hoy, sino la pauta habitual desde hace un montón de años. En cambio, que una obra (una obra en mucho tiempo) se represente en catalán en Madrid constituye una audacia, o una especie de desafío, que merece titulares y suspicacias. Sin proponérselo, la señora en cuestión se hacía portavoz de la España plural tal como la tenemos a día de hoy: cerrada, desconfiada e intransigente. La España que entiende cualquier manifestación de normalidad como una amenaza no ya latente, sino manifiesta. En fin: por mi parte, el día en que una parte significativa (ya no digo la mitad) de la cartelera madrileña esté ocupada por espectáculos en catalán (o en eusquera, o en gallego) sin que nadie se lleve las manos a la cabeza ni reivindique obviedades, ése día empezaré a creerme la dichosa España plural. Mientras tanto, no sé qué decirles.
Rodoreda
Bueno, sí: les digo que lean a Rodoreda, háganse el favor. Es una magnífica escritora y, entre las más de veinte traducciones con las que cuenta La Plaça del Diamant existe alguna al castellano, es decir, que el acceso es fácil. Además, este año se conmemora el centenario de su nacimiento con un montón de actos (al menos, en Catalunya), así que razón de más. Rodoreda, que tuvo que exiliarse de esta plural España para no ser perseguida por catalana… ¿Nunca es tarde si la dicha es buena? No sé qué decirles…
DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO
Goya siempre está en el Prado, motivo más que suficiente para que cualquier visita al museo esté justificada. Pero ahora hay una exposición, Goya en tiempos de guerra, que hace casi obligatoria esa visita. Y digo casi porque el placer nunca debe ser obligatorio.
Las heridas de la guerra
Cuando se trata del pintor aragonés, yo siempre soy un pez que quiere picar, y más cuando el cebo está enriquecido: sesenta y cinco obras (de las cerca de doscientas que se exponen) provienen de otras colecciones e instituciones, y, además, dos de sus cuadros fundamentales han sido restaurados para la ocasión: la carga de los mamelucos el 3 de mayo en la Puerta del Sol y los fusilamientos del 2 de mayo en Madrid. Curiosamente, estas pinturas sufrieron las heridas de la guerra: en 1938 fueron trasladados a Gerona, y el camión que los llevaba se accidentó. Restauradas en 1941, han vuelto ahora a pasar por los talleres para recuperar el color perdido. El tiempo oscurece, y los grandes artistas, como Goya, iluminan, aunque utilicen los tonos más sombríos.
Las heridas de la enfermedad
Tras una grave enfermedad, Goya se quedó sordo en 1794. El aislamiento que produce la sordera, el espanto de la guerra, cambiaron su personalidad y su arte. Sin duda era ya un gran artista, pero esas dos desgracias –la personal, la general- en lugar de hundirle, le encumbraron. Seguramente sin la sordera no tendríamos sus estremecedoras y magníficas pinturas negras –tan superiores a sus escenas tranquilas y galantes-, y, obviamente, sin la guerra no tendríamos sus grabados más impresionantes, ni algunos de sus cuadros imprescindibles.
¡Mira!
Paseando por las salas del Prado, rodeado de goyas, me siento un privilegiado. Me detengo ante uno de los grabados de los Desastres, titulado Lo mismo: un civil español se dispone, con el rostro desfigurado por el odio, o por la locura de la guerra, a descargar un hachazo sobre un soldado francés caído. Hace doscientos años de aquello, y parece que fue ayer. Goya, español afrancesado, criticó la barbarie de ambos bandos. Fue un cronista imparcial y moderno, tan moderno que está en el origen de muchas cosas, incluido el comic. Cuando hablaba de placer, al principio, no me refería al placer de lo fácil, lo agradable, lo que gusta y halaga, sino al placer que da asomarnos a una ventana y mirar el espectáculo de la vida, a veces bonito, a veces tenebroso, sórdido, terrible. Es Goya el que nos empuja a ella, mientras nos grita, yo estoy sordo, pero tú no te quedes ciego: ¡Mira!
HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG
Hugh Hefner, el dueño de Play Boy que les dijo a sus conejitas que sin ellas su revista sería sólo literaria, vive en su mansión con tres novias que tienen la edad de su nieta. Daniel Samper Ospina, el director de Soho, la revista para hombres más vendedora de América Latina, es fanático de los sonetos y cree en la fidelidad. Por ser director de esa revista, que en Colombia tiene más de un millón de lectores, la gente suele imaginar su oficina como un jacuzzi rodeado de modelos. Samper Ospina, que no usa batas de seda, desilusiona cuando cuenta que mata el tiempo en un escritorio pidiendo artículos a sus autores. “Soy fiel primero que todo por guardarle un homenaje modesto al amor cotidiano, el de todos los días, desgastado por la rutina pero a su vez alumbrado por ella, que es el único real –escribe–. Hablo del amor que aprendió a alternar pacíficamente la subida y la bajada de la tapa del inodoro; que no huirá si el cáncer llega”. Al director de Soho le aburre viajar. Es fan de un equipo de fútbol que casi nunca gana. Recita de memoria sonetos de Garcilaso, Góngora y Quevedo. Por eso, cuando lo comparan con Hefner, se le dibuja una sonrisa sin hilo dental.
Si tienen algo en común es que sus revistas ofrecen más que mujeres desnudas. En Play Boy, se publicaron inéditos de Nabokov, la primera entrevista a Fidel Castro y la última a Martin Luther King. Una de las fórmulas de Soho es descontextualizar a la gente de sus quehaceres normales. No sólo les piden a unas anónimas empleadas públicas que se desnuden. Al presidente de Colombia le pidieron escribir un poema. Lo hizo. Al comediante Chespirito, contar sus depresiones. Lo hizo. Un día un fotógrafo propuso crucificar en la portada a una modelo. No lo hizo. Prefirió parodiar un cuadro de La Última Cena: en el centro, una semidesnuda presentadora de la televisión era Cristo. Entre sus apóstoles estaban la Zar anticorrupción, un líder de la comunidad gay, un ex boxeador, un profesor, un escritor, un ex alcalde de Bogotá y el presidente del Partido Conservador.
Después de la publicación de esa promiscua Última Cena, el Opus Day y los Legionarios de Cristo demandaron al amante del barroco español. El hombre al que le da pereza ser infiel respondió con una campaña de respeto a la libertad de expresión y ganó. En Soho, una revista abominable para los perros guardianes del periodismo pero muy leída por los periodistas, también puedes enterarte de que García Márquez juega tenis por prescripción médica. O de cómo un escritor joven vive seis meses con el sueldo mínimo en un barrio popular trabajando en una fábrica textil. O de qué difícil es tener un hermano guerrillero y ser mamá de un árbitro de fútbol. Samper Ospina heredó Soho en el número veintidós y la reinventó en su baño, ese lugar donde más se lee. Hugh Hefner inventó Play Boy en su cocina.