¿Soy yo o es la gente? / Antonio Orejudo
Estoy en el extranjero, pero todo está lleno de españoles. Los reconozco porque van dando voces por todas partes, sobre todo en el autobús. Y porque llevan una española al lado. ¿Qué cómo sé que es española? Por las mechas. Y porque hay un aire de ordinariez que nos distingue, un tufillo de nuevos ricos, de paso, paso, que soy español. Esta falta de educación nos hará con el tiempo universales.
‘Organic’, ‘fresh’
Hay un café en Oxford, muy cerca de la estación de autobuses. Parecido al Starbucks, pero de otra cadena. Ya sabes, muy progre, muy enrollado, muy guay. Parece un café de izquierdas, pero no lo es. Pienso en las semejanzas de este café con el gobierno de Zapatero mientras me tomo un té en tacita de porcelana. El establecimiento tiene tres palabras mágicas, tres palabras tótem, escritas por todas partes: ‘organic’, ‘fresh’ y ‘fair trade’. Como las palabras ‘igualdad’ y ‘mujer’ en boca de nuestros ministros y ministras. Toda la comida que venden es ‘organic’ y ‘fresh’. Como si la comida pudiera ser ‘metalic’. Como si hubiera alguien fuera buscando comida caducada. Pero dicen ‘organic’ y ‘fresh’ para decir que la comida que ellos venden procede de la Madre Naturaleza, sin intermediarios. Aunque los emparedados estén manufacturados y precintados, empaquetados en una fábrica de embutidos por mano de obra barata y pakistaní. Para que los clientes que me rodean disfruten del té han de estar seguros de que al ingerirlo no están siendo agresivos con su cuerpo y por lo tanto con la naturaleza.
‘Fair trade’
El té y el azuquitar son ‘fair trade’, es decir, han sido obtenidos mediante comercio justo. Lo pone en el sobrecito, quién va a dudar de ello. Se trata de que los jóvenes europeos y los socialdemócratas que me rodean puedan tomarse un té con buena conciencia ecológica y política. Con su placer están ayudando a los negritos del África Tropical. Así el té sabe mucho mejor. Lo que me sorprende con este bombardeo de lo ‘organic’ es que todavía haya gente que entra en el McDonalds. El otro día entré a hacer pis y me fijé en el tipo de gente que estaba pecando, comiéndose una hamburguesa. Infieles. Es decir: pobres.
‘Moraleja’
Todo esto de lo ‘organic’ y lo ‘fresh’ es una nueva marca de consumo de niños ricos. Una pijería. Y lo del fair trade es como la caridad del 0,7%: un gesto inútil para mantener tu conciencia tranquila y para que los pobres no se enfaden demasiado, no vayan a prender fuego al mundo. Un gesto conservador, que contribuye a evitar que todo salte por los aires, y podamos irnos, como todos los años, de vacaciones.
UNO DE LOS NUESTROS // PEIO H. RIAÑO
La tierra prometida es cosa de otros./ Para nosotros la arena:/ un paisaje que cambia con el viento”. Colgados en el puro vacío, ella o su personaje. Quién sea, ambos, suspendidos en el absurdo que lo vuelve todo del revés y arrasa con las fantasías del refugio indestructible e inalterable. Allí donde nada cambia, allí, no hay nadie, porque no existe. Aquí, donde todo puede pasar, la felicidad es un preparativo sin destapar. Ahí, es donde Miriam Reyes (Ourense, 1974) trabaja. En la tierra del desahucio. Te he escrito antes los últimos versos del poema titulado “¿Vas a enseñarme a vivir?”, incluido en su poemario más reciente: Desalojos (Hiperión).
Sal
Miriam es una poeta acusada de personalidad que, a fuerza de no procurarlo, se mantiene al margen de la ortodoxia y, a fuerza de experimentarlo, próxima al vómito incubado en un cuerpo que madura. De ahí nace con una fuerza difícil de igualar esta última entrega suya del desgarro feroz de la humanidad. Antes llegaron Espejo negro (DVD ediciones, 2001) y Bella durmiente (Hiperión, 2004). En el libro, la voz del protagonista se ve obligada a abandonar, primero, la compañía de su madre tras fallecer. Después, una relación de pareja o familiar. En el primer destierro hay nostalgia suave, dolor apagado y carne de sus entrañas. En el segundo hay ira contenida, despecho a desgarrones y páginas en blanco. Primero es desalojada para recordar, después desaloja para empezar.
De
El breve escrito se libra en dura pugna por olvidar el pasado que pudo ser, por el sabor del deseo y la necesidad de la huida. Desalojos deja cicatriz. Pero no tengas miedo, aquí no se atisba el fracaso, que siempre aparece como algo contrario al triunfo. El logro de Miriam Reyes es no haber competido por el triunfo, porque renuncia a esa confianza ciega de superar un estado atormentado. Ella ya tomó la pastilla de la debilidad y no espera al ser prometido, el de hierro, con medallas y cosido a elogios.
Aquí
Nadie desaparece. Todos dejamos rastro, aunque seamos nadie, que leí hace tiempo. Y ella escribe en otro poema de Desalojos: “Sueño tu cuerpo como hierba/acariciando mi cuerpo rendido en la espesura”, y pienso en los escollos de la indiferencia que va soltando el olvido. Y pienso también en cómo encararme a lo heredado para romper como lo hace ella –como si escribiese una carta a alguien que ya no está cerca de mí– con los recuerdos que palpitan en sus varices.
YO TAMPOCO ENTIENDO NADA // CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Pese a la sentencia contundente y nada ambigua del Tribunal Supremo echando un cerrojo definitivo a la teoría de la conspiración relacionada con el 11-M, el señor Trillo, portavoz de su partido en materia conspirativa, ha insistido en que queda por detallar la autoría intelectual del atentado. En su calidad de miembro de una conocida organización religiosa de gran enjundia en materia de almas, es lógico que el señor Trillo dude al respecto. En realidad ese detalle, el de la autoría intelectual, suele constituir un misterio. Uno más de los que permiten que existan religiones, sectas, hermandades y sus muy rentables derivaciones.
La causa última
El autor intelectual podría considerarse el causante último de todas las cosas y, claro es, alcanzar una perspectiva tan lejana resulta por lo común complicado. Imaginemos, por ejemplo, la ley de la gravitación universal. ¿A quién se le ocurriría? La salida teológica no sirve porque, de responderse que a quien se le ocurrió fue al dios creador del universo, habría que insistir entonces acerca de quién sería el autor intelectual de la divinidad misma. Sostener que no hace falta, que la divinidad es autocontenida, lleva a peligrosas fisuras en cualquier teoría conspirativa. Si el universo entero, con la gravitación por medio, deja lugar a que no haga falta la inspiración intelectual, qué decir de la barbarie, incomparablemente más simple, de las bombas en las mochilas.
Contenido intelectual
El problema de husmear en las causas mentales tiene, por añadidura, un obstáculo añadido: que a alguien se le ocurra preguntar acerca del autor intelectual de insistencias como la de Trillo. ¿Será el presidente de su partido? ¿Algún otro anterior, en situación ahora de indignado retiro? ¿Recaerá esa figura en los inspiradores mediáticos del armagedón? ¿Habrá que recurrir, qué sé yo, a la necesidad permanente de luchar contra la masonería, el ateismo y el soviet, aunque este último ande quizá ya un tanto flojo de remos a los efectos intelectuales?
Intelectualidad modular
Para evitarnos problemas, lo mejor sería atribuir las autorías intelectuales de manera modular, como parece que funciona la propia mente. Que el big-bang sea el inspirador de la gravedad, que cada terrorista lo sea de sus actos, el presidente del Gobierno del manejo de los recursos del Estado y todo ministro, el de Defensa, por ejemplo, de los aconteceres de su gabinete. Incluso si a veces van y se le caen los aviones que él mismo, en un rasgo de generosidad intelectual, ha alquilado.
ANTONIO OREJUDO // ¿SOY YO O ES LA GENTE?
Una decisión valiente, dijo Corbacho, el de los fuertes antebrazos, refiriéndose a la idea de la Generalitat. ¡Qué tío, qué vozarrón! ¿Cómo se llevará con la vicepresidenta De la Vega? ¿Y de verdad que no había otra persona para gestionar la inmigración? Solucionar los problemas derivados de las oleadas migratorias no es un trabajo de brocha gorda; y este ministro tiene poco de Jesús Caldera y mucho de Pepe Gotera. Y de Otilio.
Confinamiento progresista
La idea es segregar en centros especiales a los extranjeros menores de edad que lleguen cuando el curso haya empezado. ¡Cuidado, impuntuales! Allí se les enseñará cuáles son las características sociales y culturales de Cataluña, tan peculiar ella. Y todo, por puro progresismo; no olvidemos que Esquerra Republicana tiene sus carteritas en la Generalitat. Me gustaría saber qué piensa Zapatero de esta idea de bombero de su amigo Montilla. ¿Pensará que es progresista, como la directiva comunitaria? Y los que la criticamos, ¿seremos ignorantes y demagogos o directamente fascistas? El que ha elaborado este plan tan fantástico, tan progresista y tan valiente o es un tipo al que le molestan los extranjeros o es un tipo que no tiene ni idea de aprendizaje de lenguas ni de educación. O ambas cosas a un tiempo. ¡Puede que hasta sea un pedagogo nacionalista!
Inmersión lingüística
Hace unos años llegamos con el curso empezado a Elckerlik School, un pequeño colegio internacional en la preciosa ciudad holandesa de Leiden. Mis hijos, que entonces tenían 4 y 6 años, no entendían una palabra de inglés, que era la lengua franca de aquel colegio, al que acudían niños de diferentes nacionalidades. Si en vez de ser Holanda hubiese sido Cataluña, los hubieran confinado y recluido con otros ignorantes mientras les explicaban las peculiaridades del carácter holandés. En el Elckerlik los metieron en su clase correspondiente, con los demás niños. Dos horas al día, tres días a la semana, una excelente profesora de inglés les enseñaba cositas que ellos luego ponían en práctica con angloparlantes de verdad. En menos de dos meses estaban perfectamente integrados.
Tener y no tener
Claro que nosotros éramos emigrantes ricos, por decirlo así. De hecho, no creo que los hijos de los nuevos fichajes del Barça sean confinados, por muy tarde que lleguen a la apertura del nuevo curso. Me da a mí que la brillante idea de la Generalitat se aplicará solamente a los emigrantes pobres, que tienen la cabeza mucho más dura, y a los que no hay manera de que les entren los idiomas ni las peculiaridades sociales de Cataluña.
CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA
Pues nada: vino, cantó y arrasó, como tenía que ser. Era mi primera vez en un concierto del Boss, y, a pesar de que había leído y escuchado toda clase de ditirambos y aspavientos, realmente es algo que hay que verlo para creerlo: en escena, el de Nueva Jersey derrocha una energía que para sí quisieran algunos veinteañeros. En lo musical, Bruce y sus amigotes poca cosa tienen por demostrar: la E-Street Band es una de las mejores bandas de la historia del rock y el Boss es el rock mismamente, hecho carne mortal. O no tan mortal: porque, con todo, lo más asombroso de un concierto de Springsteen es la devoción mesiánica que le profesan sus admiradores. No sé en otros sitios, pero en Barcelona uno tenía la sensación de asistir, más que a un concierto, a una especie de eucaristía, como si Jesucristo hubiera vuelto tocando la guitarra y calzando botas de vaquero. Los fans reían, lloraban, se empujaban por tocar los tobillos o rozar la mano del cantante, y seguían mesmerizados sus concisas instrucciones (come on! One, two, three, four!), que recibían como si fueran dogmas revelados.
Fan catalán
Y es que los catalanes, quizá especialmente los barceloneses, son muy suyos en esto de demostrar sus afectos. Habitualmente flemáticos y reservados, de vez en cuando les da por un personaje en concreto y, entonces, se desbordan. Esto sucede desde hace años con dos señores : uno es el propio Springsteen (cuyo “idilio con Barcelona” es ya una coletilla que ningún cursi se olvida de añadir a continuación de su nombre) y el otro es Woody Allen, quien, después de rodar en la ciudad su nueva película, corre un serio peligro de ser santificado en Montserrat, junto a la Moreneta. Woody Allen y Bruce Springsteen: más de uno por aquí votaría porque se convirtieran en presidentes del Barça y de la Generalitat, y que fueran turnándose.
Friquis
Los excesos de entusiasmo pueden llevar fácilmente a un cierto friquismo. Es lo que les sucedió a los chicos de las JNC, las juventudes de Convergència, que no tuvieron otra idea que enviarle una carta hace un par de semanas al Boss pidiéndole que diera apoyo al Estatut de Catalunya –que está en el pasillo de la muerte del Constitucional— cantando We shall overcome, un tema de Pete Seeger que no figuraba en el repertorio de esta gira. Huelga señalar que Springsteen no cantó esa canción, aunque, bien mirado, echó alguna parrafada en catalán e incluso plantó la senyera en lo alto del escenario, junto a la bandera de los EE.UU. Hablando de friquis, ¿a qué esperan Savater, Rosa Díez, Pedro Jota, Losantos y Espe Aguirre a montarle un cirio al Boss por separatista y antiespañol?
DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO
Zara y el librero de Bagdad, la última novela de Fernando Marías, ha obtenido el Premio Gran Angular de literatura juvenil. “Fernando Marías, la literatura como compromiso”, reza una frase de la contraportada.
Compromiso
La he leído con la impaciencia con la que se leen las historias que nos atrapan, y eso, el compromiso, es de lo que menos me ha interesado. ¿Por qué? Pues porque todas las novelas son “comprometidas”, se pretenda o no. Y por regla general, el que ese “compromiso” sea explícito no redunda en beneficio de la novela. Ni la frase de la contraportada ni el título hacen justicia al libro: es más que un libro “comprometido” sobre una chica y un librero de Bagdad. Y nos dice mucho más que la obviedad de que las guerras son malas.
Recursos
Zara y el librero de Bagdad tiene una estructura no lineal, con dos historias, una con el trasfondo de la Guerra Civil española y otra con el de la de Irak, y tres ciudades, Madrid, Barcelona, Bagdad. Para despertar y mantener el interés del lector, Marías se vale de esa estructura, dos historias relacionadas que avanzan hasta confluir, del recurso de la novela dentro de la novela, de ciertos enigmas, ¿quién es Max, ese viejo excéntrico que asegura haber escuchado las últimas palabras de Antonio Machado?, ¿cuáles son esas supuestas palabras?, de elementos de la novela policiaca popular, el Asesino de las Horas, en Barcelona, el “novelista cazador de hombres” en Bagdad, de frases afortunadas, ya sean humorísticas o lapidarias, como “Vivir como un millonario es carísimo, amigo mío”, o “Permanecimos así unos minutos, quién sabe cuántos: la miseria es un reloj sin agujas”, y, en fin, de escenas llenas de intensidad y significado, la bofetada que humilla, los dos desconocidos que se miran enamorados, que van a cruzarse…
Respeto
Todo eso sí me ha interesado, y ése es el compromiso que le pido yo a un novelista: que respete el que tiene conmigo en mi faceta de lector, no de ciudadano. Quizá porque soy un lector que escribe, hay una escena que me ha conmovido especialmente, aquella en la que el narrador, un simple escritor por encargo, resignado a escribir siempre “las historias de los otros”, vive un momento de inspiración, en el cementerio de San Antonio de la Florida, imaginando un encuentro entre Goya y Machado. Y me conmovió al leerlo porque es un momento intrascendente, casi risible, en el polo opuesto del Goethe revivido por Zweig escribiendo la Elegía de Marienbad, pero que nos recuerda que las vidas humildes, como la de ese escritor, también son valiosas.
HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG
A Italo Calvino no le gustaba escribir siempre en el mismo lugar, pero cuando escribía le encantaba que le interrumpieran. Dos extrañas costumbres para un intelectual introvertido, en una tradición de escritores que se jactan de la disciplina y la soledad del encierro. Sin proponérselo, parecía oponerse a una de las máximas que Pascal lanzó en el siglo XVII: “La infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar inactivos en una habitación”. Con esta sentencia, el filósofo y matemático que descubrió los secretos del triángulo y pensó en fórmulas sobre la creencia de Dios, parecería ahora un propagandista del budismo zen y la pereza en tiempos de extrema movilidad digital. El filósofo que inventó la primera máquina calculadora podría incluso parecer el precursor de un acto de resistencia que hoy la IBM promueve en sus oficinas: que sus empleados se desconecten por un día del resto del mundo. Cada viernes, tienen licencia para no hacer reuniones ni contestar e-mails y llamadas telefónicas. Algunas empresas lo llaman “espacio en blanco”: se trata de abolir esas prótesis electrónicas que han revolucionado nuestro modo de pensar y trabajar. Es una batalla simbólica contra la adicción a ese lado oscuro de la tecnología que debilita la concentración. Una habitación liberada de interrupciones es como un tributo post industrial a Pascal.
Cuando a Newton le interrumpió la caída de una manzana y descubrió la ley de la gravedad se debió más a su paciente atención que a cualquier otro talento. En tiempos de aturdimiento digital, la tecnología está sobre todo al servicio de la distracción. En su libro Distracted: The Erosion of Attention and the Coming Dark Age, Maggie Jackson estudia cómo perdemos cada día más posibilidades de pensar en profundidad y de aprender: cada tres minutos un hombre deja de hacer algo para revisar su e-mail, responder su teléfono o subir algún dato a Facebook. Pero no siempre es negativo distraerse. Al explicar el lenguaje de los poetas, Octavio Paz advertía: “Distracción quiere decir atracción por el reverso de este mundo. La voluntad no desaparece; simplemente, cambia de dirección (…) La pasividad de una zona provoca la actividad de la otra y hace posible la victoria de la imaginación frente a las tendencias analíticas”. Distraerse puede ser otro modo de estar alerta. A veces, cuando Chejov conversaba con sus amigos, se reía de súbito frente a ellos a pesar de que no habían dicho nada divertido. Al oír alguna anécdota, empezaba a convertirla en una historia humorística en su mente. Tenía una atención distraída, un oxímoron parecido a un silencio revelador. Como si se reconciliara con esa demanda de quietud y soledad de Pascal, Italo Calvino creía que para escribir no había nada mejor que un cuarto de hotel, anónimo, vacío y abstracto, sin recuerdos que le distraigan. “No me encierro nunca y no me molesta que me hablen”, dijo quien nunca quiso usar una máquina de escribir.
LETRAS DE CAMBIO// EVA ORÚE
Las editoriales tienen algo de compañías petrolíferas: exploran el subsuelo (literario) basándose en el examen de los caracteres del terreno (los lectores, el mercado) con el objetivo de descubrir yacimientos (textos valiosos, escritores potentes).
Lo que es
De resultas, a veces extraen material añoso y por razones varias olvidado. Bartleby, editorial pequeña que apuesta por la excelencia y de cuando en vez nos regala una joya (lean los Cuentos completos de Haroldo Conti, cuya novela Sudeste, que saliera en Alfaguara y no está disponible, va a rescatar), ha contratado Poemas de un novelista, la única incursión en la poesía de José Donoso, inédita en España. El chileno los publicó al poco de regresar a su país, en 1981, aunque los escribió a lo largo de una década, entre 1970 y 1980, y no lejos de aquí: en Calaicete, Sitges, Madrid…
Lo que no fue
“Soy lo que no hice, lo que no hago, lo que no haré”, apunta Donoso, afirmación que parece dedicada a un autor que murió joven: Rafael Barrett, apenas conocido en su país natal: España, del que Periférica rescata en un solo libro: Hacia el porvenir, tres aportaciones: De Estética, Lo que son los yerbales y La cuestión social.
Barrett (1876-1910), cántabro de Torrelavega y coetáneo de la Generación del 98, vivió al otro lado del charco y es considerado por muchos como un gran escritor… paraguayo. Y aunque ya en 1919 la editorial América publicó en Madrid Moralidades actuales y Cuentos breves, hubo que esperar hasta 1977 para que Tusquets recuperara Mirando vivir (“un libro genial”, al decir de Borges), labor de rescate que continuaron, entrado el siglo XXI, Ladinamo (A partir de ahora el combate será libre), Ronsel (Del natural) y, con sendos ensayos, Gregorio Morán y Francisco Corral, autor por cierto del prólogo de Hacia el porvenir…
Lo que quizá sea
Otras veces, los editores exploran posibilidades futuras partiendo de indicios presentes. Un ejemplo: tras el tan traído y llevado “proyecto Nocilla”, elogiado sin medida cuando se gestó en una editorial pequeña, vituperado sin mesura cuando se instaló en una grande, llega [hotelº postmoderno (InÉditor), divertimento a ocho manos, las de Alberto T. Blandina, Carolina Otero, Sergio Velasco y Maxi Villarroya, que fue finalista del Premio Azorín. Chiste fácil: si Mallo es Nocilla, estos cuatro son leche, cacao, avellanas y azúcar. Pero, como diría el cantor, no es lo mismo, de entrada porque el “primer grupo de literatura post” se burla de la seriedad que afecta Fernández Mallo. Veremos si todo esto, además de un presente juguetón, tiene futuro.
UNO DE LOS NUESTROS// PEIO H. RIAÑO
Hay una exposición que no merece la pena ir a ver, con fotógrafos que no te puedes perder. En la Fundación Canal de Isabel II de Madrid, con motivo de PHotoEspaña, cuelgan de un cable tirado al aire libre los retratos que seis fotógrafos hicieron expresamente para esta muestra (o lo que sea) a gente de la calle que se acercó por allí. Mírate es el título que le han puesto y forman parte del despropósito Marta Soul, Luis de las Alas y, nuestra protagonista de hoy, Sofía Moro (Madrid, 1966). No quiero ni pensar en la cara que se les debió de quedar cuando vieron el panorama.
La extinción
Sofía estuvo diez años persiguiendo por todo el país ex combatientes de la guerra civil y cuando juntó a todos los que necesitaba lo llamó Ellos y Nosotros. Una referencia en el retrato fotográfico español de todos los tiempos. Me dice que al principio no lo sabía, pero que pronto fue consciente de la recuperación de la memoria en la que se había metido. Una generación al borde de la extinción y sin testimonio. Un largo silencio visual sin protagonistas, que dejaba aquellos años desangelados. Ella los siguió, corrió todo lo que pudo y consiguió retratar a golpe de escucha (como dice Daniel Mordzinski en esta misma sección).
La palabra
Es importante, la escucha. La actitud de la atención frente al personaje, para lograr que el retratado se interese por formar parte de la foto. Por eso, recuerda que primero hablaban mucho de sus vidas y sólo una vez pasadas las horas, el tiempo, aparecían las ganas de ponerse delante del objetivo. Ella lo llama “conexión especial”. El retrato se hace con el oído, no con el ojo. La gran paradoja de esta herramienta contra el olvido es su incapacidad para registrar la palabra. “Soy defensora del pie de foto y el texto” y escrita por ella misma. Hay historias que necesitan ser contadas junto con la foto, como apunta. Ahora anda con la segunda parte de aquel trabajo: los brigadistas.
El entorno
Hablamos también del contexto en el que colocar al retratado, porque en el trabajo que realizó para la mencionada exposición preparó una gran caja de madera en la que meter a los personajes. Tenía trampa: “Lo suficientemente incómodo como para que no se confiasen”, porque le preocupa el hecho de que ya estamos muy acostumbrados a colocarnos. Y recordamos a Virxilio Vieitez (1930-2008), un tipo que no sabía que era fotógrafo, que sacó la cámara a la calle y se metió en la piel de sus seres. “Es uno de los grandes retratistas del siglo XX”, y se acuerda de otros como Avedon y García Alix, claro, y no se olvida del generoso Navia, que fue quien la presentó en sociedad (fotográfica).
YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Perdida ya la batalla crucial, ésa misma que persiguió hitos como, qué sé yo, el dejar de pagar con cargo a los presupuestos generales del Estado las creencias místicas o, en su defecto, subvencionar también a quienes dicen ver salir ovnis de las aguas de la mar, andamos en el derribo de los símbolos. Así, se piensa en retirar los crucifijos presentes en las tomas de posesión de los ministros por aquello de animarles –imagino– a que ejerciesen mejor sus tareas apostólicas.
Cuestión de ceremonias
Un paso adelante de ese estilo quizá no nos lleve de golpe a la postmodernidad pero nos alejará sin duda del Antiguo Régimen, e incluso de usos imperiales como el de Napoleón Bonaparte sometiéndose a la bendición del papa a la hora de coronarse. Quedarán, sin embargo, otros aspectos por pulir. Siendo inevitable hasta ahora la cruz ministerial –hablo de los símbolos–, el rojerío se aferraba a la fórmula de la promesa en vez del juramento por ver de marcar ciertas distancias. Si no recuerdo mal, en la última ceremonia de ese estilo fue todo el gabinete, ministras y ministros, quien prometió sus cargos.
Retorciendo la lengua
De acuerdo con la Real Academia Española de la Lengua el juramento tiene, en castellano, un cierto matiz de meapilismo. Pese a que, en su tercera acepción, el diccionario de la academia dé a la palabra el sentido que viene al caso, el de someterse solemnemente a los preceptos constitucionales de un país, el diccionario por excelencia menciona en la primera entrada el hecho de hacerlo poniendo a dios por testigo. Un error manifiesto, por cuanto cabe respetar la Constitución o lo que sea que se comprometa uno a seguir, en términos laicos. Sea como fuere, los ministros con ánimo agnóstico eligen prometer. Y retuercen de tal forma la lengua.
Juremos todos
Prometer es verbo que remite a un compromiso concreto. Implica obligarse a hacer, decir o dar algo. No parece que sea el caso de quienes dirigirán, mal que bien, un ministerio. Deben expresar respeto al contrato social y el acatamiento de sus preceptos pero no pueden en forma alguna prometer sus cargos así, en general. Cierto es que la fórmula protocolaria salva el escollo, haciendo prometer que se cumplirá con fidelidad las obligaciones del cargo. Pero al oído –al mío, al menos– le chirría no poco esa salida. Mejor sería alejar de la corte celestial los juramentos recuperando para ellos incluso su lado más blasfemo, si hace falta. Que, en términos bien castizos, vaya si lo hay.