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Pobre de mí

15 jul 2008
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¿SOY YO O ES LA GENTE?// ANTONIO OREJUDO 

Para ser nacionalista sólo se necesita que alguien diga lo mal que se come en tu pueblo o lo fea que es la ermita. Entonces sientes una cosa por aquí, que va subiendo: es el nacionalismo. Para dejar de ser nacionalista basta, como decía Ferlosio, con unos minutos de autosugestión.

Vehicular
Antiguos estudiantes de Estados Unidos me han escrito y me han preguntado si Barcelona es un buen sitio para practicar español. Han leído cosas por internet estos días. Yo les sigo diciendo que sí. Lo diré siempre, aunque Cataluña consiga algún día ser una nación soberana e independiente, como acaban de declarar los nacionalistas de Convergència. ¿Que por qué? Porque al día siguiente de convertirse en nación soberana e independiente, ese Gobierno presidido por Artur Mas, o por otro parecido, iniciaría contactos con el Gobierno español para alcanzar algún tipo de acuerdo que permitiera enseñar español como lengua vehicular, signifique lo que signifique esta espeluznante palabra. ¿Tú sabes la cantidad de extranjeros que van a Barcelona para aprender español?

Caspa
Las manifestaciones del folclore nacionalista me parecen todas grotescas. Sin excepción. Me sucede como con las religiones, no me parecen ocupaciones y creencias para gente adulta. Una virgen con dilataciones, un paraíso con huríes si mueres matando en la guerra santa. Desde las sevillanas hasta la jota aragonesa, pasando por la sardana, el chotis, la muñeira y por ese danzarín vasco que da saltitos de bienvenida. Me estoy acordando ahora mismo de esas ofrendas del Barça a la Moreneta cuando gana la Liga. O de esas otras, igualmente patéticas, del Real Madrid a la Almudena. Nacionalismo deportivo y religión: demasiada pureza para mi organismo. Esos jugadores musulmanes que tienen que arrodillarse ante la Virgen de la nosequé  merecen un capítulo aparte en la ‘Enciclopedia General de la Caspa’, todavía por escribir.

San Fermín
Y por supuesto los sanfermines, que ahora retransmiten por televisión. Me extraña que las cadenas autonómicas nunca hayan cubierto el lanzamiento de la cabra por el campanario o la decapitación de los pollos colgados. Mucha gente estaría allí, a primera hora de la mañana. Y no faltaría una marca comercial que patrocinara la retransmisión. A mis 45 años, cumplido el primer cuarto de mi larga vida, puedo decir que voy camino de conseguir lo que una vez me propuse: morir en la cama habiendo testado y sin haber acudido jamás a las fiestas de San Fermín.

En el pueblo de Joan Vinyoli

14 jul 2008
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CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA 

El pasado viernes estuve en Santa Coloma de Farners, donde acudí a dar una lectura de poesía: de vez en cuando, aparece gente descabellada que me pide cosas así, y yo, pues encantado. Santa Coloma de Farners, con sus once mil habitantes más o menos, es la capital de la comarca de la Selva, en la provincia de Girona: eso quiere decir que el pueblo está rodeado de una naturaleza pletórica y exuberante, con abundancia de encinas, alcornoques, y castaños, así como de bosques de ribera que conceden al aire un agradable frescor, y le dejan a uno el cabezón levemente mentolado. También hay en Santa Coloma un restaurante llamado Vent d’Aram (viento de cobre), en cuyo patio se llevó a cabo la susodicha lectura. El nombre del establecimiento puede resultar algo chocante, pero no es, en absoluto, casual: se trata del título de uno de los libros más importantes de Joan Vinyoli, que por supuesto era hijo de Santa Coloma de Farners.

Un maestro
Joan Vinyoli es uno de los mejores poetas que he leído jamás, en la literatura catalana o en cualquier otra: uno de los más delicados, uno de los más poderosos, uno de los más penetrantes, uno de los más humildes y, por eso mismo, deslumbrantes. Excelente y autodidacta traductor de Rilke, Hölderlin y Rimbaud, Vinyoli tomó impulso en el romanticismo alemán y en el postsimbolismo para urdir un discurso poético vibrante y generoso, extenso como la vida: no es exagerado afirmar que Vinyoli llegó a escribir su alma, a hacerla visible entre verso y verso. La mayoría de sus libros (como El callat, Tot és ara i res, El griu, Cercles, Domini màgic o el citado Vent d’aram, por apuntar sólo algunos) son simplemente fundamentales, aunque una buena parte de la inteligentsia oficial de su tiempo (Vinyoli murió el 1984, a los setenta años) se resistiera a reconocerlo, llevados por prejuicios de todo tipo. Sin embargo, como era de justicia la obra de Vinyoli ha prevalecido por encima de todas las miserias y se ha convertido en referencia insoslayable para diversas generaciones de poetas catalanes. En castellano, que yo sepa, sólo existe un lejano volumen (de 1980, si no me equivoco) de poemas (muy bien) traducidos por José Agustín Goytisolo.

Civilización
Por lo demás y como suele suceder, lo mejor de la lectura vino después: sentados en la plaza de Santa Coloma con Anna Lloveras y Roger Vilà, organizadores del tema, con Pep Solà, que lo sabe todo de Joan Vinyoli y de más cosas, o con la señora Carmen, hermana del poeta, viendo centellear a lo lejos una temprana tormenta veraniega, hablando de esto y lo otro, le venía a uno la gratificante certeza de que, después de todo, sí que existe la civilización.

Dicen que es la calor

09 jul 2008
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YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE 

Un cuarto de siglo después del vuelta de la democracia al reino de España, por fin entramos en materia de altura de discusión política. Se centra en un aspecto digno de la Escuela de Frankfurt: ante la mucho calor, ¿qué es lo procedente? ¿Quitarse la corbata o tirar a lo bestia del aire acondicionado?

Sincorbatismo en el Congreso
Hablo de las Cortes, claro es. Fuera, en el mundo real —lleno de contribuyentes de los de trapillo— semejantes dilemas ni se imaginan. La alternativa plebeya viste de chancletas y pay-pay, tratándose incluso de las aulas universitarias. En mi facultad, sin ir más lejos, los profesores tienden a escenificar el fin de curso poniéndose de pantalón corto, cosa bien pedagógica cuando se trata de las clases de antropología cultural. Pero el atuendo de indígena prolifera incluso entre los expertos en lenguas clásicas. Debe ser cosa de la postmodernidad militante.

Falta de etiqueta
Hablábamos, sin embargo, del congreso de los diputados, allí donde un ministro levantisco decidió hace poco presentarse sin corbata ante el escándalo del presidente de la sala. Le envió éste —por medio de un ujier de riguroso uniforme— la prenda echada en falta pero el ministro, ofendido en sus convicciones de etiqueta práctica, replicó con una sugerencia: que pusiesen el aire acondicionado a una temperatura más alta, incompatible con las corbatas, las bufandas y los mitones. En tiempos difíciles, bueno es el desnudarse.

Aquí mando yo
A ningún cronista fino se le escapara que la discusión va más de cuestiones de autoridad que de protocolo. Entre los primates, los machos suelen lucir signos conspicuos de su condición —como es la espalda plateada— y defienden con harto despliegue de gruñidos sus privilegios. Una simple transposición de rituales le permitiría a cualquier etólogo entender que el rifirrafe de las Cortes abunda en lo mismo y podría haberse planteado con un granizado de limón como pretexto.

Pasando el tiempo
De tal suerte, discusión viene, discusión va, igual se pasa el verano tan ricamente. Da gusto tener un templo de la democracia donde, con la que está cayendo —hablo de la crisis—, y en uso de sus prerrogativas constitucionales, el macho más alfa de todos los alfas entiende que no hay como llevar corbata para que queden aliviados en gran parte, de manera formal al menos, los apuros ciudadanos.

Joan Margarit, poeta cartesiano

07 jul 2008
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CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA 

El jurado de los Premis Nacionals que cada año otorga el gobierno catalán ha tenido el buen gusto de distinguir, en la categoría de Literatura, al poeta Joan Margarit por su último libro, Casa de misericòrdia (si no existe todavía traducción al castellano, es de suponer que la habrá pronto, como es habitual con los libros de Margarit). Afirmar a estas alturas que Joan Margarit es uno de los mejores poetas catalanes vivos (“si no el mejor”, como apostilló Luis Antonio de Villena) es abundar en una obviedad, pero no quiero perder la ocasión de suscribirla: en efecto, Joan Margarit es uno de los mejores poetas catalanes vivos. También es uno de los más populares (ya hace tiempo que sus libros de poemas se cuentan por éxitos de ventas; sí, sí, de ventas), uno de los más reconocidos (los premios le llueven a pares, y el Nacional de la Generalitat viene ahora a añadirse a un palmarés de los que quitan el hipo), y –esto es lo más importante— uno de los más exigentes: hace pocos años publicó el volumen Els primers freds (El primer frío en versión castellana), que recopilaba su poesía completa desde 1975 hasta 1995, donde aprovechó para someter a su obra a una muy severa poda de poemas sin que le temblara el pulso para nada. Por si todo ello fuera poco, es un excelente recitador o decidor de poesía, y sus recitales de Paraula de jazz junto al poeta Pere Rovira (otro de los grandes) y el saxofonista Perico Sambeat son siempre una experiencia memorable. Joan Margarit, en resumen, es un crac.

Cálculo de estructuras
Arquitecto de profesión (él es uno de los actuales responsables de las obras de la Sagrada Familia, esa iglesia que están a punto de cargarse excavando un túnel bajo sus cimientos) y catedrático de cálculo de estructuras (ése es precisamente el título de uno de sus mejores y más recientes libros), no es descabellado pensar que su trato con el tiralíneas y el compás expliquen en buena medida el orden, la limpieza y el buen sentido de la construcción –nunca mejor dicho— que caracterizan sus poemas, de tal modo que Miquel de Palol –seguimos nombrando maestros— haya descrito a Margarit como “un poeta racionalista”. Cartesiano, diríamos: lo cual quiere decir preciso, elegante, concienzudo, y, precisamente por todo ello, contundente y conmovedor. En pocos poetas como en Margarit se unen la sobriedad con la capacidad de emocionar al lector: no conozco a nadie, por talludo que sea, que no haya llorado leyendo los poemas de Joana, el libro que el autor escribió al filo de la muerte de una hija suya. En fin, a sus setenta años, sólo se puede decir que Joan Margarit sigue en plena forma, y que es un gozo poder decir que, por una vez, la calidad de un poeta se encuentra en relación directamente proporcional con la magnitud del reconocimiento que obtiene. Como además, tal como ya he señalado, Margarit se ha preocupado de mantener una saludable relación con el público castellano, que debería ser ejemplo para muchos en Catalunya y en España, sólo me queda recomendarles vivamente que le lean. Y ya me contarán.

Pruebas no tan colosales

06 jul 2008
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DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO 

El mismo libro, según qué editorial lo publique, tendrá mejores o peores críticas. El mismo cuadro, dependiendo de su autoría, tendrá un valor u otro. Es una estupidez, pero es así.

Arrepentimientos
Según Manuela Mena, conservadora jefe del siglo XVIII del Museo del Prado, El Coloso no es de Goya, sino de su único discípulo, Asensio Juliá, que le ayudó a pintar los frescos de San Antonio de la Florida. Se basa, por ejemplo, en las correcciones o arrepentimientos, tan comunes en Velázquez. Por lo visto, el de Fuendetodos nunca –pero nunca, ¿eh?– se echaba atrás. El paisaje está peor pintado que en otros cuadros suyos, y también una tartana, y otras cosas. Vamos, que un genio siempre tiene que estar a la altura de un genio. Si hace algo un poco peor, decimos que no es suyo, y asunto solucionado. El torso de El Coloso no se parece al de la estampa de aguatinta, que “sí es de Goya con toda seguridad, porque tiene la anatomía poderosa inspirada en el torso de Belvedere”, afirma la experta. Irrefutable.

Me echaría a temblar
Las dudas de Manuela Mena sobre esta pintura, considerada una alegoría de la guerra, se desataron en 1991. Ahora han encontrado unas iniciales, A.J. Curiosamente, han tardado en hacerlo, en un cuadro tan estudiado, nada menos que diecisiete años. Eso sí que es una “chapuza”, palabra muy empleada por la propia Mena cuando se refiere a El Coloso. Claro que el británico Nigel Glendinning, otra autoridad sobre Goya, no ve una A y una J, sino un 18, número que correspondería a un cuadro llamado El Gigante, en el inventario hecho en 1812 tras la muerte de Josefa Bayeu. Y mientras, otros amenazan: hay más lienzos de Asensio por descubrir. Pues los descubrirán, no me cabe duda. Si yo fuera Miguel Zugaza, director del Prado, me echaría a temblar. ¿Cuánto valdría ahora El Coloso?

Presunción de inocencia
En 1994 José Luis Morales, catedrático de Arte de la Autónoma, dudaba nada menos que de 73 obras atribuidas al aragonés. Otro catedrático, Juan José Junquera, puso en 2003 en tela de juicio las pinturas negras de la Quinta del Sordo. En este caso, el autor podría ser su hijo. Volviendo a Manuela Mena, La lechera tampoco sería de Goya, sino de su presunta hija, Rosario Weiss. Me asalta una duda: ¿cómo era más genial Goya, con el pincel en la mano o procreando futuros artistas geniales? No tienen ninguna prueba, claro, sólo indicios. Ahora que empiezan a defenderse los derechos de los animales, los amigos del Prado deberían empezar a defender los de los cuadros. Entre ellos, la presunción de inocencia.

Un tímido con nombre de valiente

05 jul 2008
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HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG

Kafka dijo que no había nada más triste que enviar una carta a una dirección insegura. En 1919, cuando escribe su Carta al padre sabe que nunca llegará a su destinatario. En una historia de la literatura plagada de padres autoritarios, cuando asistimos por TV e Internet al reencuentro de la ex secuestrada Ingrid Betancourt con sus hijos, hay que leer El olvido que seremos de Héctor Abad para entender a Colombia y un extraño caso de amor filial. Este libro no es sólo una carta de amor a su padre sino la historia de bondad de un hombre en un país en guerra y miseria. Era un amoroso educador de sus hijos, un médico que siempre se sintió torpe para tratar un paciente enfermo pero que fue un gran luchador por la salud social y preventiva en Antioquia y un pacifista militante de los derechos humanos que acabó asesinado por sicarios de los paramilitares. “Casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra”. Años después del crimen, Abad Faciolince también creyó que la carta a su padre tenía una dirección incierta. Si Kafka creía que nada había más triste que una carta sin destino, la de Abad Faciolince ha tenido miles de lectores. Debió esperar a que el dolor se atenuase para poder escribirla. Durante diecinueve años, guardó la camisa ensangrentada de su padre asesinado. Mientras escribía su libro, entendió que la única venganza era contar su historia.
 
El día en que reconoció el cadáver de su padre acribillado en una calle de Medellín, Abad Faciolince halló tres cosas en sus bolsillos: una bala que no le había entrado al cuerpo, una lista de los amenazados por los paramilitares que incluía su propio nombre y un soneto escrito a máquina y atribuido a Borges: “Ya somos el olvido que seremos”, decía el primer verso. Más que un fenómeno editorial que va a llegar a los cien mil ejemplares vendidos, El olvido que seremos se ha convertido en un clásico del amor filial sin caer en el campo minado del melodrama, pero también en uno de esos escasos libros que gente que casi nunca lee acaba de leer. Desde el primer capítulo, donde cuenta sin pudores el amor que tenía por su padre  (“Yo amaba a mi papá con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor, sobre la cama, cuando se iba de viaje, y yo les rogaba a las muchachas y a mi mamá que no cambiaran las sábanas ni la funda de la almohada”), Abad Faciolince no confiesa: se expone, aunque repita que es “un cobarde con nombre de valiente”. En una de sus cartas, Kafka, quizás el más tímido de los escritores tímidos, escribió que vivir en casa de los padres era tan malo como dejarse caer en ese círculo de bondad. En literatura es más difícil narrar una historia feliz que infeliz. Héctor Abad Faciolince demuestra que contar la vida de un buen padre puede ser una obra maestra de la verdad.  

Malditos

01 jul 2008
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¿SOY YO O ES LA GENTE?// ANTONIO OREJUDO

Juego a imaginar que los escritores tienen la misma influencia social que los futbolistas, y que una multitud enardecida los espera en Barajas después de una brillante conferencia titulada, qué sé yo, “Leche, cacao, avellanas y azúcar en la narrativa española actual”.

Creadores
Me gustaría, te lo digo con la mano en el corazón, que Juan Goytisolo llenara estadios de fútbol. Y que la gente encendiera mecheros y recitara con él esa canción suya, tan conocida, que habla del canon literario español, impuesto por el poder, que deja fuera lo único que merece la pena de nuestra tradición: el Arcipreste, la ‘Lozana’ y el propio Goytisolo. En la Feria del Libro de Madrid la gente hacía cola para ver a Ken Follet. Entre los nuestros triunfó Carlos Ruiz Zafón. Pero a ninguno de ellos lo esperaban con pancartas en la Plaza de Colón ni le pusieron un autobús descapotable para recorrer Madrid. Lo más parecido a mi sueño es el Blizzard Worldwide Invitational, que se ha celebrado el pasado fin de semana en París. Allí, sí, las estrellas son los creadores. Pero otro tipo de creadores; los creadores de mundos virtuales. ¿Los novelistas? No, los creadores de videojuegos. Allí los informáticos que han creado ‘Warcraft’ son aclamados como estrellas del rock por miles de seguidores. Qué digo miles: millones. Grand Theft Auto IV vendió seis millones de copias en una semana. Ni Follet, ni Zafón, ni Goytisolo.

Poetas
Parece mentira, pero hubo un tiempo en el que los escritores –¡los poetas!– estaban tan cerca del dinero y del glamour como lo están hoy los deportistas. ¡Qué abrazo le metió Casillas a Su Majestad! Todas las terminaciones nerviosas del poder acaban encontrándose antes o después en el palco de un gran estadio. Era 1608 cuando al conde de Lemos lo designaron virrey de Nápoles. Lo primero que hizo fue encargar a dos poetas de segunda fila –los Argensola– una especie de dream team de las letras españolas para que se fueran con él a Nápoles, y le dieran relumbrón. Eligieron a gente como Mira de Amescua (¿quién se acuerda hoy de él?) y dejaron en tierra a Cervantes, a Góngora, a Lope. Ah, los mediocres: siempre cortando el bacalao en este país de mamoneo, donde el mérito y la brillantez siguen siendo contraproducentes.

Malditos
Y si no, mira a Luis Aragonés: ha limpiado de mafiosos el vestuario, ha conseguido que la selección juegue como nunca y se ha traído para casa la única copa que yo he visto ganar en cuarenta años. Pero no le renuevan el contrato. Goytisolo debería incluirlo en su canon de malditos.