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Desnudos

05 dic 2008
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LETRAS DE CAMBIO// EVA ORÚE

Fue una extraña asociación de ideas: una película reciente y el cumple de la Constitución me recordaron a aquellas actrices que decían desnudarse «porque lo exige el guión», cuando querían decir «la taquilla». Pensé luego que hoy nadie pide explicaciones, pero conductores de guaguas canarios o vecinos de Mataró se quitan la ropa y aluden a motivos solidarios. Por fin, recuperé una estimulante sesión de «ropas fuera» literaria.

Autores
Éramos varios amigos, nos habíamos citado para comer, y alguien preguntó: ¿qué autores están sobrevalorados? No daré nombres, son secreto de sumario, pero salieron a relucir unos que no pueden estar sobrevalorados porque apenas han sido valorados, y otras cuyo valor es más político (los últimos mohicanos, que tan bien se venden) que literario. Coincidimos en que lo peor son esos escribidores de apellido compuesto que van de divinos cuando sólo son virtuosos urdidores de tramas, deberían aprender de Ken Follett: «No soy un escritor profundo», ni falta que le hace. E irritante es toparse con ésos que intentan hacer pasar por iconoclastas inventos literarios que los surrealistas ya consideraban antiguallas.

Críticos
Hablamos entonces de los críticos que, por razones extrañas si no espurias, acogen tales experiencias con grandes alharacas. Metidos en faena, surgió el nombre de un reputado opinante que justificó su condescendencia con el peor de los libros de García Márquez, Memoria de mis putas tristes: «Es que Gabo siempre escribe bien». ¡Precisamente por eso! Tal actitud contrasta con la severidad que otros dómines reseñadores exhiben ante los primerizos, a los no amparan compromisos adquiridos ni redes de amistad e influencia tejidas.

Lectores
Ya puestos, decidimos pedir cuentas a los lectores. Las excusas son infinitas, andamos sin tiempo, sin ganas, y se nos ofrecen demasiadas alternativas: elijan la venda que quieran para la herida que vamos a infligirnos, pero caemos rendidos con gran facilidad en brazos de autores cuyo único mérito (nada desdeñable, añado) es hacernos pasar (que no pensar) un buen rato. Somos presa fácil de libros que los yanquis llaman pageturner porque no puedes soltarlos, y los británicos adult-teen crossover porque están pensados para mayores pero elaborados con criterios adolescentes, vivimos tiempos en los que escritores que fueron populares (Zweig, por ejemplo) son considerados propios de un público culto.

Concluido el striptease, un espeso silencio cayó sobre la mesa. Y a la hora de la despedida, brindamos porque locura literaria no se detenga, así que pasen 30 años.

Los dos suecos

03 dic 2008
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AGUAS HELADAS// LORENZO SILVA 

El hasta ahora rey indiscutible del género negro sueco, Henning Mankell, ha opinado sobre el autor que a título póstumo ha venido a disputarle el cetro, Stieg Larsson. Dice que ha leído los libros del escritor fallecido (que sólo en Suecia ha vendido más de 3 millones de ejemplares, y que se ha convertido en un fulminante éxito en toda Europa, incluida España) y que no le han emocionado. Para él, agrega, el fenómeno Larsson es como el de cualquier best-seller, al estilo Dan Brown. Mira que podía haber dicho nombres de autores de best-seller. Pero no, obsérvese el calibre del plomazo: Dan Brown. Caca de la vaca.

Puñaladas traperas
¿Por qué la gente a la que le va bien, y aun diría más, apoteósicamente bien, es tan poco generosa a la hora de reconocer el mérito de alguien que se incorpora al club? O, admitiendo que puede resultarles difícil hacerle propaganda a un rival, e incluso que están en su derecho de no sentir aprecio por esa creación ajena, ¿por qué sienten la necesidad de desacreditarla con puñaladas traperas como la asestada por el filantrópico Mankell al difunto (y no menos filantrópico) Larsson? Tal vez en este caso haya además una cuenta pendiente: según sus amigos, y esto ha llegado a los papeles, Larsson declaraba su más rotundo desinterés por la novela negra escandinava, que llevaba al extremo de leer sólo autores anglosajones (y en inglés). En el saco de su desdén estaría por tanto Mankell. ¿Se trata entonces de devolver el golpe?

Fastidiosa piedad
Pero en fin, es que hablamos de un muerto. De un hombre que no vivió para ver su propio éxito y que ha dejado tras de sí un lío con la herencia, porque ni le dio tiempo a formular su última voluntad. ¿O es que los muertos, con esa fastidiosa piedad que inspiran, son rivales especialmente odiosos para los reyes del mambo? No hace mucho otro celebradísimo escritor, éste español, se quejaba en su columna de los elogios para él desmedidos que reciben los autores difuntos, y de la facilidad con que se los eleva a la categoría de clásicos. Sin decirlo, de lo que se quejaba era de que a él alguien le regateara aún esa etiqueta. Y en su columna tampoco faltaba un feo lanzazo a moro muerto.

Del lado del muerto
Si he de elegir, prefiero alancear al moro vivo. Hay cosas de Lars-son que no comparto (su tono moralista, su afán de explicarlo todo), pero Mankell, por quien hasta ahora sentía simpatía, no tiene derecho a despreciarlo. Con todos sus defectos, Larsson resulta más divertido, llega a más gente y además no le puede devolver los golpes. Así que, ya que el vivo ha abierto fuego, me pongo del lado del muerto y de su feroz criatura, Lisbeth Salander. Sintiéndolo mucho por Wallander. 

Buena educación

02 dic 2008
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YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE 

Los opositores al gobierno de Somchai Wongsawat, primer ministro tailandés, tomaron hace una semana el aeropuerto internacional de Bangkok, Suvarnabhumi, buscando poner en evidencia la debilidad del gobierno. Wongsawat asumió su cargo tras la sentencia del Tribunal Constitucional de Tailandia que inhabilitaba a su predecesor, Samak Sundaravej, por presentar un programa de cocina en la televisión, pero no se ha mostrado menos proclive a hacer negocios. El jefe del ejército tailandés coincide con los opositores en la idea de que el gobierno debe dimitir, aunque mantiene a las tropas al margen del conflicto.

Envidia insana
Qué envidia. Los tailandeses muestran unos modos y costumbres en eso de poner y quitar gobiernos que para nosotros los querría yo. Setenta años después de la Guerra Civil todavía no sabemos abrir o cerrar las tumbas sin que surjan los incendios. Los ciudadanos y los políticos de Tailandia son gente mucho más civilizada. Wongswasat, al verse contra las cuerdas, ha declarado que la policía tratará de forma gentil a los ocupas del aeropuerto. Todo modo.

Perdonen las molestias
Pero también los insurgentes exhiben modales. Al ocupar el aeropuerto de Bangkok, los opositores desplegaron una pancarta escrita en ingles en la que pedían disculpas a los viajeros por las molestias que pudiesen causarles la suspensión de los vuelos. Ese mensaje, en la boca de cualquier ayuntamiento, cuando levanta por enésima vez las calles, suena a fórmula manida. Pues bien: se vuelve cortesía exquisita si se trata de una revolución.

El hierro y la seda
La fórmula de la mano de hierro con guante de seda tiene sus precedentes. El general corrupto que en la película Traffic torturaba a los narcos con voz amable y como pidiéndoles perdón por lo que iba a hacerles viene a cuento acerca de la paradoja de los buenos modales desplegados en episodios sangrientos. No se trata de nada personal, dicen los ejecutores de la mafia antes de pegarle un tiro en la nuca a sus víctimas. Pero habida cuenta de que, como sostiene Fidel Castro, no hay forma alguna de hacer una tortilla sin romper antes unos cuantos huevos, más vale que te hagan la puñeta de manera educada. A lo mejor fue eso lo que consideraron los tribunales tailandeses al destituir al primer ministro culinario-televisivo: que su programa hería la sensibilidad de los espectadores. Qué pena que aquí, en España, no contemos con tan buena educación.

Navidades progres

01 dic 2008
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CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA

Cuando empezó a extenderse la palabra progre, ya advirtió el escritor Jaume Vidal Alcover que se veía por el diminutivo que los progres iban a ser la caricatura de los progresistas. Supongo que se reiría lo suyo, el bueno de Vidal Alcover, si levantara la cabeza y viera las ocurrencias que despacha el Ajuntament de Barcelona –paradigma y faro de la militancia progre— cada vez que se acercan, oh cielos, las Navidades, unas fiestas que las mentes fértiles del casal barcelonés deben considerar de lo más carca y desfasado, y que les despierta un terrible empeño de modernización y puesta al día.

Habitualmente, el blanco de la inspiración consistorial suele ser el belén que, desde hace un montón de tiempo, se instala por tan señaladas fechas en la plaza Sant Jaume, justo delante del edificio del Ajuntament (y del Palau de la Generalitat, que está al otro lado de la misma plaza). Un año les dio por montar un belén ciudadano, como creo que lo llamaron, lo que significó cambiar los pastorcillos por imágenes de personajes típicos de la ciudad: desde transeúntes sin identificar hasta un mosso d’esquadra, pasando por un bombero, unos inmigrantes y lo que ustedes quieran. No sé si dejaron al buey y la mula en su sitio, pero entonces quedarían algo desubicados, pobres. Otro año, poco después de aprobar una llamada normativa cívica sobre uso de la vía pública (que, por lo que se comprueba a la que sale uno a la calle, debió de ser olvidada inmediatamente), se debatió sobre la conveniencia de suprimir del belén la muy catalana figura del caganer, no se diera el caso que algún despistado la interpretara como una apología del zurullo callejero. Perlas cultivadas, en fin, de la corrección política progre.
 
Abetos sostenibles
Este año, sin embargo, el celo corrector ha ido a fijarse en otro abalorio navideño: el árbol, que ya se ve que constituye una barbaridad ecológica y un atentado contra toda moral verde que se precie. Ante ello, en el Ajuntament han encontrado una solución feliz: abetos sostenibles, les llaman. Son seis cachivaches enormes, de unos doce metros de altura y forma cilíndrica: cuatro de ellos se iluminan con placas fotovoltaicas y los otros dos por interactividad, es decir, pedaleando una bicicleta que llevan adosada, en homenaje al más progre de los vehículos. Podría parecer un chiste, si no fuera porque los seis abetos de marras han costado la poco sostenible cifra de 214.000 euros, que podrían haber dado para unas cuantas fiestas de la biodiversidad. En fin, no es que uno sea precisamente un fan del espíritu navideño y todas esas cosas. Pero las tradiciones también son cultura, y, cuando alguien se empeña en transformarlas a cuenta de una u otra ideología, el resultado suele ser grotesco (y caro, en este caso). Eso sí, reírte te ríes un rato.