Opinion · Posos de anarquía

Egipto y su reválida democrática

Este fin de semana se han vivido las peores revueltas en El Cairo desde la caída del dictador Mubarak. Han llovido las acusaciones contra la policía militar por haberse excedido en el empleo de la fuerza contra los manifestantes cristianos coptos y las cifras, desde luego, sí que revelan que la situación no se gestionó correctamente: al menos 24 muertos y más de 200 heridos en el centro de El Cairo. El mismo escenario pacífico de la Primavera Árabe se torna ahora sangriento, llegando a imponerse el toque de queda.

El primer ministro, Essam Sharaf, ha negado que se trate de enfrentamientos entre cristianos y musulmanes.  En su opinión, no es un problema de religiones, sino de enemigos de la nación contrarios a la Primavera Árabe, opuestos al cambio. Pero la realidad es que, sea o no un enfrentamiento entre coptos y musulmanes, hay un problema de fondo.

Los cristianos coptos son una minoría social; suponen aproximadamente un 10% de la población egipcia. Y como minoría, siempre temerosa de que la mayoría -islámica- termine por acorralarla asfixiándola socialmente, reforzando sus argumentos con críticas vertidas contra la policía por su tibieza a la hora de intervenir cuando con anterioridad se han producido agresiones a grupos cristianos.

Ya 2011 arrancaba, en pleno Año Nuevo, con una bomba en una iglesia cristiana de Alejandría; además, el pasado mes de mayo ya hubo revueltas, entonces sí entre cristianos y musulmanes, después de que cundieran los rumores de que los primeros estaban ahorcando a un hombre que se ha había convertido al Islam. El Gobierno, entonces, puso en marcha la maquinaria para establecer nuevas leyes que penalizaran los crímenes por violencia sectaria.

Por eso, escuchar a Sharaf negar un problema no llama al optimismo. De hecho, escuchar sus palabras tachando a los manifestantes del fin de semana como enemigos del cambio democrático, que “es un complot contra el país” detrás del cual puede haber extranjeros, recuerda a las palabras de Bashar al-Assad cuando arrancaron las revueltas en Siria. Y si echamos un vistazo a los últimos acontecimientos, podemos ver que el Gobierno de Sharaf cerró el canal de televisión que retransmitía en directo el caos de las revueltas o que los episodios de la dura represión de la policía no son aislados, ya hubo otros contra universitarios en Alejandría.

¿Está el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF) facilitando el mejor de los escenarios para un aperturismo democrático, para allanar el camino -por definición empedrado- hacia el cambio? Ya hay voces en Twitter que califican a los miembros del SCAF de asesinos. El proceso hacia la democracia no es sencillo y si hace meses todas las miradas se centraban en Egipto como ejemplo de cómo derrocar pacíficamente a un dictador, hoy también está en el punto de mira. ¿Será también ejemplo del cambio? ¿Pasará su propia reválida democrática?