Duelo oficial por un asesino

David Bollero

No puedo decir que sorprenda ver llorar a moco tendido a algunos coreanos al conocer la muerte de Kim Jong-il, -lo mismo sucedió en España el 20-N de 1975-, pero desde luego no deja indiferente. Ha muerto un tirano, un asesino. La muerte no hace menos malo a nadie…tampoco más bueno. Somos nosotros los que idealizamos para bien o para mal pero, objetivamente hablando, el dictador coreano sembró más desgracia que felicidad en su paso por este mundo. Creo que, a pesar de las imágenes de lloros, con su defunción se han invertido las tornas, incluso, en su propio país.

La muerte ha abierto una tímida puerta a la esperanza para el pueblo coreano, que vive en condiciones lamentables. Y digo ‘tímida’ porque el sucesor, su hijo, no invita a una apertura democrática, ni a un replanteamiento de las inversiones estatales que prácticamente son absorbidas en su totalidad por el programa nuclear en lugar de recaer en el porvenir del pueblo. Y con ‘apertura democrática’ no quiero decir sumisión a Occidente, ni nuevo impulso al capitalismo, ni rendición de pleitesías a EEUU. Nada más lejos de la realidad. Hablo, más bien, de construir una nación en lugar de un cortijo oriental en el que el monarca se pega la vida padre mientras su pueblo muere sin poder protestar.

Precisamente la ONU ha condenado esta violación sistemática de los Derechos Humanos (DDHH) en Corea del Norte y Siria. La votación se ha saldado con 123 países a favor y 16 en contra, entre los que se encuentran China, Argelia, Bielorrusia, Cuba, Egipto, Irán, Birmania, Omán, Rusia, Sudán, Uzbekistán, Venezuela, Vietnam y Zimbabwe. Sí, han leído bien, EGIPTO. Qué cosas. Eso merecería un post aparte. Piensen en ello.

Aún más lamentable que quienes votaron en contra es quienes se abstuvieron: hasta 51 odiosas abstenciones de países como Ecuador o Nicaragua. Y es que, no me cansaré de decirlo, en política la abstención, que es sinónimo de indefinición, no es justificable desde ningún punto de vista.

Como tampoco lo es llorar a un asesino. Y es lo que el régimen de los Castro pretende hacer con Cuba. El gobierno castrista ha decretado duelo oficial de tres días por la muerte de Kim Jong-il. Otros, como Hugo Chávez, han expresado “su más sincero pesar”. Entro ambos extremos, hay un abismo y es que no hay justificación posible para avalar las matanzas y violaciones de DDHH de un tirano. No lo hay. Ni siquiera la búsqueda desesperada de aliados enemigos de EEUU. Siempre hay otras vías, como lo es el acercamiento a otros aliados de tu enemigo. Ya saben, la máxima de ‘divide y vencerás’ que, en el caso de Cuba, los Castro no han sabido llevar a término.

Posiciones como la mantenida ahora con la muerte de un asesino no acercan, más bien alejan al país del resto de la Comunidad Internacional. En realidad, es un intento de forzar artificialmente la construcción de dos ejes opuestos: Occidente y Oriente. La nueva Guerra Fría del siglo XXI que entremezcla religión con los fantasmas del terror islámico, poder embadurnado de capitalismo fracasado y amenazas radiactivas. Los mismos errores, a su vez, que se cometen en el otro lado, con hipocresía disfrazada de diplomacia y venganzas maquilladas de guerras justas.

¿Saben qué pasa? Que uno, más en estas fechas, sueña con que llegará un país y marcará la diferencia. Pero no es así. Siempre hay una Cuba o un Egipto que se encargan de romper los sueños.