Basura bajo la alfombra

Anoche asistí indignado a otra muestra de desfachatez de quienes han estado al frente del país. La escena tuvo lugar durante la emisión del programa Salvados, en la que el ex ministro socialista, Josep Borrell, no sólo no se arrepentía, sino que mostraba orgullo al relatar cómo en su estapa como secretario de Estado de Hacienda (1984-1991) habían detectado en el ministerio una gran cantidad de facturas falsas emitidas por las constructoras.

El motivo de su orgullo no era por esa detección, sino porque días después de ser nombrado ministro de Obras Públicas en 1991, se reunió con las empresas de la Construcción y les pidió amablemente que dejaran de aceptar esas comisiones a los cargos políticos. Y es que aquella gran cantidad de facturas falsas no eran más que una manera de ocultar las comisiones, las mordidas de la época.

En el programa, Borrell admitía que la decisión entonces fue criticada, acusándole de afán de protagonismo, pero la calificó de “acertada”. Algo más descolocado quedó el socialista cuando Jordi Évole le mostró una segunda portada de periódico en la que, años después de aquel intento, Borrell se veía obligado a pedir por segunda vez a las constructoras que no aceptaran el pago de estas comisiones.

Este es un buen ejemplo de cómo la corrupción no se ha hecho estructural, sino que la han hecho estructural. ¿Quiénes? Pues los que ahora más presumen de demócratas, los que tanto encumbran a la Transición a pesar de la ingente cantidad de basura metida bajo la alfombra y, años después ya en los 90, siguieron metiendo más inmundicia.

¿Por qué no se le pidió también a los cargos políticos que dejaran de cobrar sobornos a cambio de las adjudicaciones? Borrell respondió anoche: “Porque no sabía quiénes eran, en cambio las constructoras sí”. Y eso, irremediablemente, nos lleva a la siguiente pregunta: Y si se habían detectado todas esas facturas y, como ayer mismo se admitía en el programa, se tenían identificadas a las constructoras, ¿por qué no se recurrió a la Justicia, dado que se estaba cometiendo un clarísimo delito contra la competencia y la Hacienda Pública? Muy sencillo: era el espíritu de la Transición.

¿Saben qué fue otra de las cosas que más me indignó? Que nadie en aquella mesa de Salvados -con la excepción de Évole-, mostró la más mínima sorpresa por aquella revelación, absolutamente nadie, ni del PP ni del PSOE.  Los mismos partidos que a veces hablan de cómo los nuevos actores en la política nacional amenazan al país; quizás, lo que les preocupa, es que se levanten las alfombras, como de hecho ya ha sucedido en algunos Ayuntamientos.