La noticia es Otegi, no Sánchez

01 mar 2016
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Otegi sale hoy de la cárcel. Lo quiera o no Pedro Sánchez, ésto es más noticia de lo que lo será el debate de investidura, cuyo resultado está anticipado desde hace días y, con actuaciones tan lamentables como la absurda consulta del PSOE a su militancia o el ‘corta y pega’ de documentos de ayer, se ratificó. En términos prácticos, su puesta en libertad podría tener más impacto en el futuro de España que el debate de investidura de hoy, aunque se haya montado un circo mediático de órdago en el Congreso.

Que Otegi esté en libertad no agrada a muchos, a pesar de que ha cumplido escrupulosamente su condena de prisión. Una pena, por otro lado, que fue rebajada por el Tribunal Supremo (TS) de diez a seis años y medio; de hecho, el TS le mantuvo en prisión por tan solo un voto de diferencia. Ahora, sale en libertad y sin que todavía el líder abertzale haya pronunciado nada susceptible de delito, son muchos los que desearían que se pudriera en la cárcel.

Detrás del miedo de buena parte de sus opositores se encuentra la posibilidad de que Otegi sea capaz de sortear la pena de inhabilitación para cargo público y se convierta en candidato a ‘lehendakari’, algo sobre cuya intención ya se ha manifestado a The New York Times. ¿Y saben por qué les aterra esa posibilidad? Porque no es decabellado en absoluto que reciba un gran apoyo popular porque, incluso, entre los que se oponen a su pasada vinculación terrorista, ven en Otegi la posibilidad de un puente para la desaparición definitiva de ETA.  Un tema demasiado complejo para dejar que se resuelva unilateralmente, como pretende el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz.

Entiendo perfectamente que, especialmente a las víctimas del terrorismo y sus familiares, no les haga ni pizca de gracia esta vía, como en el caso más parecido que tenemos en Europa, el irlandés, sucediera en su día con Gerry Adams. Sin embargo, Adams fue una pieza clave en la disolución definitiva del IRA. Imagino que esa es la diferencia entre una democracia madura como la británica y una esclerótica como la española, en la que incluso partidos legales y ratificados por los tribunales como Sortu o EH-Bildu son sistemáticamente marginados o, incluso insultados, por los llamados ‘demócratas’, violentando la ley.

Es lícito que en política haya entrañas, pero no que éstas terminen imponiendose a la razón, de otra manera, el bipartidismo jamás habría sido posible. Esa es la realidad. No se puede reclamar el abandono de la lucha armada en favor de la política y, cuando ésta se quiere llevar a cabo, también encuentre oposición.

Esa es la diferencia entre Reino Unido y España. Si hace cuatro años vimos a la reina Isabel II estrechando la mano nada menos que al excomandante del IRA, Martin McGuinness, -curiosamente, también condenado a seis meses de cárcel-, ahora vemos en nuestro país cómo, quizás, se dinamite el puente hacia la paz definitiva en Euskadi y en España. ¿Que sería preferible optar por otro puente? Es posible, pero no lo hay y el inmovilismo por parte del partido no contribuye a resolver un problema latente.


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