Sánchez y Díaz líderes, pero del fracaso del PSOE

Pedro Sánchez nunca ha parecido líder. Desde que fuera elegido secretario general del PSOE hace menos de dos años, ha sido incapaz de sacudirse el aire de interino que le envuelve. En gran parte se debe a que ha sido cuestionado, precisamente, por quien más ayudó a imponerse a sus rivales en aquellas primarias: la federación andaluza, con Susana Díaz a la cabeza.

¿Cómo liderar un país, siquiera unas negociaciones para formar Gobierno, si no es capaz antes de llevar las riendas de su propio partido? Diría más: cuando lo ha hecho, cuando ha impuesto su parecer con un golpe en la mesa, se ha equivocado. Lo vimos en Madrid, cuando una organización regional, que es conflictiva desde tiempos de Tierno Galván, fue desbaratada por Sánchez e impuso a su gente de confianza. ¿El resultado? Un descalabro electoral en Madrid el pasado 20-D.

Sánchez ha pasado hoy por la radio y se ha aferrado a lo que puede, que es más bien poco. Al mantra de “soy un político que hace lo que dice”, aunque de la noche a la mañana le hemos visto casarse con Ciudadanos, el partido al que en campaña acusó de querer desmantelar el Estado de Bienestar, o no nos hemos enterado de lo hablado en ninguna reunión, aunque aseguró que todas serían retransmitidas por streaming.

Peor aún ha sido el momento de la entrevista con Pepa Bueno en el que ha querido afianzar su liderazgo apoyándose en el 80% de los votos que respaldaron sus tesis de pactos tras el 20-D. Un 80%, no lo olvidemos, de la mitad de los militantes nada más y en una consulta cuya pregunta era tan abierta e insustancial que otro resultado habría sido lo realmente extraño. En resumidas cuentas y ésto es lo más grave, Rajoy parece mucho más líder en el PP que Sánchez en el PSOE… y, si por algo se caracteriza Rajoy, es por no liderar.

Al otro lado esta Susana Díaz, la china en el zapato de Sánchez, cuya estrategia tampoco está siendo correcta. El hecho de que nadie la crea no la hace menos mentirosa. Siempre ha negado que tenga aspiraciones a La Moncloa y ha afirmado por activa y por pasiva que su sitio está en Andalucía. Nadie la cree, ni los andaluces, ni el PP, ni Ciudadanos -que ya han dicho que le retiran el apoyo si coge el AVE a Madrid-… ni siquiera el PSOE. Y por eso, el liderazgo de Sánchez es inexistente, convertido en un mero sparring de boxeo, pero sin que beneficie gran cosa a la hija del fontanero.

El debilitamiento de Sánchez no fortalece de Díaz. Su cinismo, sus medias tintas, la prepotencia y soberbia que siempre han caracterizado a la presidenta andaluza juegan en su contra, la desgastan. En pocas palabras, Díaz cae mal y su evidente maquiavelismo inquieta, genera rechazo. Obvio que tendrá sus partidarios, sus obedientes, pero no sus seguidores, no al menos como se sigue a un líder, sino como se sigue a un equipo de fútbol. Y eso no cuenta, eso pasa factura, dé el paso al frente ahora o a la espera de que Sánchez se vuelva a pegar un batacazo electoral en junio y, quizás entonces, sea tarde no sólo para Díaz, sino para el PSOE en conjunto.