El lesbianismo sí existe

Sé que no debería hacerlo. Me lo he repetido una y mil veces: no debería dar pábulo a los escupitajos pseudointelectuales que planta Salvador Sostres en los medios que se lo permiten. Comentar las provocaciones de este individuo, refuerzan el personaje en que se ha convertido, más cercano a Torrente cada día que pasa.

A pesar del convencimiento de lo expuesto, leer esta mañana su artículo El lesbianismo no existe me supera; me obliga a dedicarle unas líneas a este cromañón de la era moderna, cuyo pensamiento vive -porque no se desarrolla- anclado en un tiempo de intolerancia e irracionalidad absolutas. En resumen, la teoría de Sostres para asegurar que esta orientanción sexual no existe se sustenta en el hecho de que, según él, en el lesbianismo todo remite al falo ausente, y tanto las realizaciones corporales como las que se llevan a cabo con juguetes de silicona son una sustitución del pene que se añora y da rabia añorarlo”.

¿Puede existir un planteamiento más hueco? Sostres lo intenta, reviste su discurso de palabrería que parece plasmar una sesuda reflexión cuando, en realidad, ésta es más básica que el mecanismo de un botijo. En este punto, hago un inciso para preguntarme si Sostres sabrá siquiera beber de un botijo.

El lesbianismo sí existe y, de hecho, debería abordarse con naturalidad desde nuestra más tierna infancia, en el colegio. Negarlo por alguno de los modos en que se busca obtener placer es tan absurdo como negar el veganismo porque existan hamburguesas vegetarianas. Es tan ilógico como negar que un@ sea abstemi@ porque bebe cerveza sin alcohol. Estoy convencido de que entender eso para Sostres es como pedir a un mono que opere a corazón abierto, pero esta columna no va dirigida a él, sino al resto, a quien haya podido leer su artículo y haya visto alguna pizca de sensatez.

No lo hagan. Este sujeto no es quién para juzgar por qué una opta por ser lesbiana, cómo y con quién una busca placer sexual. Ser lesbiana es algo más que prescindir de un hombre para masturbarse con un pene de silicona. Ser lesbiana ni siquiera tiene por qué implicar penes de silicona, ni patas de cama, como de un modo intencionadamente hiriente escribe Sostres.

No tiene la más remota idea porque, entre otros muchos motivos, jamás se ha molestado en interesarse por ello. Banaliza hasta el esperpento la ubicación biológica de los puntos de placer, tanto en el hombre como en la mujer. Quizás, porque su pensamiento ‘torrentiano’ no le da para más.

Ser lesbiana, sentirse lesbiana trasciende de ese universo de dildos que nos ha dibujado Sostres; no seré yo quien cometa la temeridad de generalizar, porque cada relación, tenga la orientación sexual que tenga, es un mundo, es distinta en sí misma, pero de lo que estoy convencido es de que una lesbiana no es una despechada de los hombres, no es una amargada que reniega de los hombres al tiempo que los anhela, como intenta sugerirnos Sostres.

Y si cometiera el error de generalizar, sería para completar el título del columnista de ABC: “El lesbianismo no existe… hasta que conoces a Sostres”.