Refugiad@s: del infierno al purgatorio

Jamal tiene 56 años. Es sirio y llegó a España en 2013, cuando ya hacía un par de años que había estallado la guerra en su país. Llegó solo porque no consiguió visados para su esposa Maysaa y sus dos hijos Khaled y Wisam. El resto de su familia había huido de Damasco antes, hacia Egipto, desde donde no consiguieron los visados. Él, en cambio, optó por Líbano, desde donde sí consiguió ese visado que, a pesar de ser familiar, no sirvió de nada para traer a los suyos.

El punto de entrada en España fue Málaga. Fue entonces cuando contactó por primera vez con Cruz Roja, que le planteó la opción de poder reagrupar a su familia bajo el estatus de refugiado. Inició gestiones como el embajador español de El Cairo, pero no consiguió nada.

En un español trabajoso, con dificultad que por momentos reclama la ayuda del traductor, Jamal relata cómo al cumplir el año en un centro de acogida de Cruz Roja dejó de tener cobertura. Su paso por aquel centro lo recuerda con sabor agridulce, no puede olvidar cómo se sentían cuantos vivían allí, al sentir en todo momento que estaban de prestado, viendo cómo se fiscaliza hasta un bote de champú, cómo se anota todo cuanto consumen, recordándoles inevitablemente que están costando dinero, que aquel no es su lugar.

Pasado ese año, se quedó en la calle, se habían agotado las ayudas y ni Cruz Roja ni ninguna otra ONG pudieron hacer nada por él. Llegó en volandas noviembre de 2015 y, al menos, su familia consiguió llegar a España. Habían conseguido entrar gracias a la reagrupación familiar, pero mientras que ellos pudieron pasar 9 meses en un albergue de Málaga, a Jamal no se lo permitieron por haber agotado su ayuda. De nuevo, más cerca que nunca, pero separados.

Y las dificultades se sucedieron y la familia pasó hambre, comiendo a veces sólo fruta, viviendo en un centro de gestión compartida con una residencia de estudiantes Erasmus. Y daba igual, por fín volvían a estar todos en la misma ciudad, habían escapado de la guerra y, además, no lo habían tenido que hacer vía patera o abandonados en campos de refugiados a la intemperie, con frío, barro y concertinas.

Se sentían afortunados y querían salir adelante, pero no resultaba sencillo. Aprender español no es fácil porque ni siquiera hay cupos para aprender el idioma en la Escuela Oficial de Idiomas. En cuanto a la educación, su hijo hubo de pasar más de tres meses sin escolarizar por que las Administraciones Públicas se pasaban de un lado a otro. Al mayor, Khaled (19 años), le aseguraron que podría estudiar informática, pero aquellas promesas se esfumaron. Su válvula de escape es la música y rapea cuando tiene ocasión. “Está perdido”, lamenta su madre.

Jamal recuerda cómo el Gobierno les concedió una ayuda anual de 180 euros para comprar ropa, pero también cómo de noviembre a enero no pudieron cobrarlo, calando ya el frío cuando pudieron hacerlo. Agradece la ayuda concecida, pero también admite que no está bien diseñada. De cara a contribuir a su integración y que consiga entrar en el mercado laboral, ¿de qué le sirve a él que le enseñen a confeccionar un currículom si es un ingeniero con 25 años de experiencia?. “No era eso lo que yo necesitaba”, recuerda.

Jamal y Maysaa nunca quisieron estar aquí, y menos aún sentirse como una carga, ser objetos de la beneficiencia. Ellos quisieran no haber salido nunca de su Damasco, poder vivir en su país en gran parte Occidente se ha encargado de destruir. Allí eran felices. Tanto Jamal como Maysaa son ingenieros y regentaban su propio negocio de aire acondicionado. Sin embargo, no tuvieron opción.

Así las cosas y con unos escasos ahorros que conservaban, quisieron montar un negocio. Cometieron la locura de hacerse emprendedores: abrieron una tiendita de artesanía y alimentación árabe, muy cerca de la mezquita de Málaga. Allí pasa los días Jamal, echando las cuentas una y otra vez porque no le alcanza para pagar el alquiler y la cuota de autónomos, para lo que no ha recibido ni una sola ayuda del Estado, asegura.

Han invertido todos los ahorros que les quedaban, querían ser productivos para no consumir los recursos de España y, ahora, son ellos mismos los que se consumen poco a poco. Y continúan sintiéndose afortunados, porque no han entrado en esos cupos de seres humanos con los que la Unión Europea ha comerciado con Turquía.

El próximo 20 de junio es el Día Mundial de las Personas Refugiadas pero no hay absolutamente nada que celebrar con más de 7.000 tumbas en el Mediterráneo, con apenas 1.200 refugiad@s acogid@s por España de los casi 17.400 que nuestro países se comprometió a recibir en 2015. Y en septiembre termina el plazo para hacerlo. Vergonzoso. Inhumano. Ruin.

Por eso, más de 100 colectivos, asociaciones, entidades y movimientos sociales se manifestarán en Madrid para exigir que de una vez por todas se cumplan los compromisos adquiridos con las personas refugiadas. Será el 17 de junio a las 19 horas entre Cibeles y Plaza de España (Madrid). Acude a la manifestación, firma el manifiesto, exige a nuestro Gobierno que deje de comerciar con Derechos Humanos, que recuerde que la historia del pueblo español está marcado por las migraciones, por las acogidas en otros países.

Jamal y su familia, a pesar del purgatorio vivido en España tras su salida del infierno sirio, han tenido mucha suerte… o, por ser más precisos, la miseria, la desesperanza, no se ha cebado con ellos como sí lo hace con millones de personas refugiadas a las que España, entre otros Estados, están dando la espalda. No se la demos también nosotr@s.