Ser padre o madre no es un derecho

Ser padre o madre no es un derecho; sencillamente, es una capacidad que ofrece la naturaleza. En ocasiones, incluso, quienes tenían de inicio esa capacidad la pierden, bien por alguna enfermedad, bien por los hábitos de vida que llevamos o la avanzada edad. Lo queramos o no, lo pintemos como lo pintemos, tener hij@s nunca será un derecho. Así de crudo.

A lo largo de la historia se han buscado alternativas para sortear la infertilidad, encontrando en las adopciones la primera opción. A medida que avanzó la ciencia, se extendieron las técnicas de reproducción asistida -cuya legislación, por cierto, sigue marginando a las parejas LGTBI– y ahora que queremos rizar el rizo con la gestación subrogada.

Ilustración de ‘El cuento de la criada’ (The Folio Society) realizada por Anna y Elena Balbusso.

Detrás de esta fórmula se esconde el deseo de que la nueva criatura que venga al mundo tenga, al menos, los genes de uno de los padres o madres. En el caso de parejas homosexuales tan sólo podrá tener el ADN de un@ de ell@s (el esperma de uno en ellos, el óvulo de una en ellas); en el caso de las parejas heterosexuales en las que ambos sean fértiles -y ella no pueda gestar por embarazo/parto de riesgo- pueden tener el de ambos mediante fecundación in vitro.

¿Tan importante es que nuestro hijo o hija tenga nuestros genes hasta el punto de que un tercera persona done su cuerpo durante nueve meses para ello? Para muchas personas, sí, tanto como para querer darle una cobertura legal, no sólo a los que a partir de la aprobación de la ley se inclinen por estas prácticas sino, además, a los que ya lo han hecho en otros países y ahora, al llegar a España donde hoy por hoy es ilegal, se encuentran junto a sus nuev@s hij@s en un limbo legal.

Este es el caso de Ciudadanos y su proyecto de ley de gestación subrogada que presenta hoy en el Congreso. El único mérito que concedo a la formación naranja es que se posiciona en una cuestión que es compleja. Ya es más de lo que se pueden decir de otras formaciones, como Podemos o PP, que no terminan de definir una postura concreta. PSOE, por su parte, sí se mostró contrario en el último 39º Congreso al considerar que supone una “mercantilización de la mujer”.

Para evitar precisamente esta mercantilización, C’s plantea que no exista transacción comercial, que la madre gestante lo sea de manera altruista y, además, que tenga una situación económica estable… Imagino que por estable entienden que no tenga necesidades económicas, porque cada vez más en España la pobreza es estable.

El modelo de C’s se parece mucho al inglés, aunque en Reino Unido está restringido a las parejas heterosexuales. Los de Rivera consideran que sólo las personas españolas tienen derecho a la gestación subrogada. Supongo que lo han redactado de este modo para que nuestro país no termine convirtiéndose en una California o Ucrania, esto es, Estados grandes receptores de este tipo de contratos -porque haya dinero o no, es un contrato-. Me pregunto por qué C’s excluye a residentes en nuestro país, aunque no sean españoles.

A estas alturas del artículo habrán deducido que mi postura es contraria a la gestación subrogada. No soy ajeno a la lógica de los argumentos, esgrimidos por muchas personas feministas, de que la mujer ha de ser libre sobre su cuerpo hasta el punto de querer o no convertirlo en un vientre de alquiler. Sin embargo, que no sea ajeno no quiere decir que lo comparta. Ese argumento de “es mi cuerpo y debo tener libertad de hacer lo que quiera con él”, ¿qué me impide que subaste mi riñón en eBay?

Futbolistas, artistas y presentadores de televisión con poderío económico han conseguido frivolizar mucho este asunto, que es cierto que encierra muchas veces auténticos dramas de quienes se sienten incomplet@s si no forman una familia. Me refiero a esas parejas que quieren recurrir a la adopción pero que encuentran tantas trabas, no sólo en España sino en el extranjero, que recurren a la gestación subrogada como última opción.

Antes que regular esta fórmula, ¿no debiéramos tratar de simplificar por todos los medios, siempre con todas las salvaguardas necesarias, los procesos de adopción? ¿O es que el requisito es que nuestro hijo tenga nuestros genes? Aunque sea ateo, la expresión “jugar a ser Dios” se aplica aquí a la perfección.

Es innegable que el debate es una cuestión moral, de valores en la que incluso a los más progresistas se nos pueden tachar de conservadores por negarnos a este modelo y, sin embargo, a la derecha conservadora, como C’s, ensalzarla como progresista.

Me preocupa que, aunque sea altruista, una pareja tenga el control sobre el cuerpo de una mujer durante nueve meses. No puedo dejar de ver una versión edulcorada de El cuento de la criada de Margaret Atwood, de temer que en un contrato se establezca cómo otro ser humano ha de comer, qué tipo de relaciones sexuales ha de disfrutar -si puede disfrutar alguna-, o cómo se ha de medicar.

Que nadie se engañe, todo eso está detrás de la gestación subrogada. Es algo más que el gesto altruista de una mujer que cede su cuerpo por hasta dos veces, según C’s, para ser madre para terceros. Hay toda una serie de obligaciones, de condicionantes y variables que tienden a olvidarse cuando se debate a la ligera este asunto. ¿Qué sucede cuando el feto presenta malformaciones? ¿De quién es la decisión de abortar o no? ¿Y si detectan Síndrome de Down? Si muere la gestante, ¿cuál será la indemnización que pague la pareja que contrató sus servicios?

Los vientre de alquiler, la gestación subrogada supone rizar el rizo en un tema sobre el que no se han trabajado lo suficiente el resto de alternativas. Y nunca, jamás, podemos defender esta relación contractual bajo el argumento de que la maternidad y la paternidad es un derecho. Nunca lo ha sido. Nunca lo será.