Parábola de una manifestación que duele

Imaginen que viven en un tranquilo pueblo español. Imaginen también que su alcalde, un tipo campechano, muy bien preparado, se dedica a llenarse los bolsillos vendiendo pseudoefedrina -ingrediente esencial para fabricar metanfetaminas- al mayor traficante de la zona. Puestos a seguir suponiendo, imaginen que es habitual ver al alcalde en casa del traficante, de copas, disfrutando, rodeándose de empresarios de la comarca.

Un buen día, una veintena de jóvenes del pueblo mueren víctimas de la metanfetamina. El municipio entero queda consternado y el alcalde en persona propone convocar una manifestación contra las drogas. Y allí están, queriendo encabezar la manifestación el regidor, su amigo el traficante y ese puñado de empresarios que se iban de fiesta con el narco, que hacían negocios con él.

Unidad contra las drogas, claman tod@s. De pronto se escucha una voz que dice que no, que ni hablar, que él no comparte pancarta con quien tiene las manos manchadas de sangre, con quien ha comerciado con vidas humanas, quien sostiene directamente o indirectamente el tráfico de drogas. Una parte del pueblo, en lugar de ponerse de su lado, mira al alcalde campechano, al traficante que, incluso, patrocina al equipo de fútbol del pueblo, y arrementen contra el discrepante, acusándole de romper la unidad contra las drogas.

¿Saben cómo termina la historia? Que las metanfetaminas siguieron vendiéndose, que los jóvenes continuaron cayendo como moscas, que algunos continuaron lucrándose gracias a ello y que el alcalde, siguió pareciendo el tipo campechano, incluso, en las fiestas del traficante.

Pues bien, hoy yo me siento como esa persona que alzó la voz y no quiso compartir pancarta. Y, afortunadamente, muchas personas creo que hoy se sienten como yo. Nos acusarán de no compartir el dolor y quizás, precisamente porque lo sentimos más, somos incapaces de sostener una pancarta, compartir siquiera un recorrido con ciertos personajes.