Uniformes escolares: sexismo en una cadena de montaje

Mañana llega al Congreso una proposición de Unidos Podemos que pide acabar con la imposición de uniformes diferenciados por sexo en los colegios. Un asunto que para muchas personas puede parecer banal, pero no lo es. En absoluto, porque uno de los argumentos más esgrimidos por quienes defienden la imposición del uniforme escolar es que favorece la igualdad. ¿Qué igualdad es aquella en la que las chicas sólo pueden vestir falda y los chicos pantalón?

Muchos colegios en España, buena parte de ellos públicos o concertados, son sexistas. Obligar a llevar falda o pantalón en función del sexo es retrógrado y machista. Sin embargo, el debate debería ir, incluso, más allá, nunca debería ser imponerse la obligatoriedad de uniforme en todo aquel centro escolar que reciba dinero del Estado, ya sean públicos o concertados.

Todos los argumentos que leo a favor del uniforme únicamente favorecen a los padres y madres, no a los niñ@s. Uno de los de mayor peso es el de la igualdad. ¿Tan necios somos para pensar que vestir del mismo modo nos hace iguales? La igualdad es otra cosa bien distinta. Arrebatar a l@s más pequeñ@s la oportunidad de elegir lo que quieren vestir no favorece al desarrollo de su personalidad, no contribuye a enseñarles que la diversidad enriquece. Convertimos la escuela en una suerte de cadena de montaje donde la homogeneidad parece ser lo importante.

El argumento de que el uniforme ayuda a eliminar las diferencias socioeconómicas es otra patraña. ¿También vamos a obligar a que tod@s l@s niñ@s lleven al colegio el mismo balón de fútbol? ¿Vamos a imponerles un tipo de estuche o determinados rotuladores? Quizás, lo que hay que hacer es educar a nuestr@s hij@s, hacerles ver que, en la vida real, existen esas diferencias, que no podemos pagar de nuestro bolsillo determinadas marcas y que, a fin de cuentas, una marca no te hace valer más.

Quizás, no hemos terminado de entender que educar no es anular la personalidad con un uniforme, sino expandirla jugando con los elementos de la vida real. A veces tengo la sensación de que quienes defienden el uso del uniforme pretenden crear un microcosmos en el colegio que, al salir de él, se rompe en mil pedazos, más aún a medida que crecemos.

Por otro lado, uniforme no siempre es sinónimo de abaratamiento. En ocasiones, no sólo cuesta encontrarlo en determinadas épocas del año sino que, además, son caros. ¿Quién hace negocio? Muchas veces los colegios concertados, que se embolsan comisiones de hasta del 15% cuando cierran exclusividad con algún proveedor.

Así las cosas, que los colegios privados hagan lo que les plazca, no así los que reciben dinero público. No caigamos en los tiempos de Esperanza Aguirre, tan partidaria de los uniformes que, incluso, aprobó la barra libre de deducciones fiscales por la compra del uniforme… ahí sí había igualdad, porque se deducía la compra desde un multimillonario a un mileurista… tanta igualdad como injusticia social.

De hecho, incluso si el Consejo Escolar y la Dirección del centro aprueban el uso del uniforme, rebélense, porque vulnera el artículo 27 de la Constitución, esa que se defiende para unas cosas pero para otras no y que establece el derecho a una educación pública y gratuita.