Érase un rey que nunca nadie eligió

Érase una vez un rey que nunca nadie eligió. Este rey era alto, guapo y bien preparado y, sin embargo, nunca dejó de ser príncipe. Mientras un@s le apellidaban “sexto”, para otr@s no era más que “de tres al cuarto”. Quizás esto último se debía a que much@s no entendían para qué sirve un rey, quizás much@s lamentaban que en este reino, además, en lugar de un rey hubiera dos, con sus respectivas reinas.

Llegó un buen día y, en un rincón del reino, un grupo muy numeroso de súbditos se rebeló pacíficamente. No era algo nuevo. En realidad, llevaban muchos años queriendo dejar de entregar los sacos del grano al señor feudal y el gobernador, en lugar de atender sus inquietudes, continuó recaudando los impuestos sin mediar palabra alguna.

Quiso entonces la comarca que todos sus habitantes decidieran qué hacer, seguir o no entregando el trigo. El gobernador, un gallego poco ducho en cuestiones de Estado, decidió mandar sus huestes de soldados, porra en mano, para impedir que l@s súbdit@s de aquel rincón del reino pudieran opinar. Hubo cargas, sangre, desproporción y quienes cinco años atrás pedían democracia para resolver su negativa a dar trigo y ésta les fue negada, sintieron que el feudo los asfixiaba aun más.

¿Y dónde está el rey de este cuento, os preguntaréis, pequeñines? Pues eso mismo se preguntaron tod@s l@s súbdit@s, porque se borró del mapa. El rey alto, guapo y bien preparado no dio la cara. Al fin se dirigió al pueblo, pero no fue hasta que las glosas de algunos trovadores se burlaron por no haberlo hecho antes, extendiéndose sus versos por doquier.

Y quienes se preguntaban para qué sirve un rey hallaron respuesta: para nada. Un monarca cuyo único fin era salvaguardar la unidad del reino, llegaba con días de retraso, lo que evidenciaba su ineptitud. A pesar de ello, todo el mundo escuchó al monarca con la esperanza de que, quizás, tuviera la clave para mediar entre los sublevados y el gobernador.

No fue así. Hasta en diez ocasiones el señor feudal se refirió a la democracia, precisamente él cuya figura era antónimo de democracia. Habló el rey del “derecho de todos los españoles a decidir democráticamente su vida en común”, algo que durante décadas su padre y él venían negando a la pueblo llano, pues se vivía muy caliente en palacio.

Tan caliente se vivía, que el rey se escudó en la Constitución, un legajo de leyes escritas por antepasados para poder mantener sus privilegios. Unos privilegios que fueron heredados, que nunca los ganó ni le fueron delegados por el pueblo, que vivía bajo un régimen impuesto que nunca eligió. “Nuestros principios democráticos son fuertes, son sólidos”, dijo el rey que nunca nadie votó.  Siete veces en apenas seis minutos se refirió a esta Constitución obsoleta; ni una sola al diálogo, a las conversaciones, a la diplomacia. Ni una sola a l@s súbdit@s que yacían heridos por las huestes de soldados por haber querido opinar.

¿Cómo termina el cuento? Quizás con un dragón, quizás no. Lo que es seguro es que en este cuento, a falta de un bufón, hay muchos, pero tienen muy poca gracia.