Opinion · Posos de anarquía

Negro de mierda

“Negro de mierda, soy blanca te puedo matar y no pasa nada”. Dar un par de botellazos en la cabeza, abrir una brecha de siete puntos a una persona, ser identificada por la policía e irse tranquila a dormir a casa. Esa es la sucesión de hechos que vivió ayer una racista (de mierda, podríamos añadir), sin que la policía la detuviera. Confieso que me surge la duda: ¿habría sucedido lo mismo si hubiera sido una persona negra o  gitana la que hubiera pegado un botellazo en la cabeza a otra blanca?

La agresión racista que sufrió el actor Marius Makon en un bar de Madrid retrata perfectamente a una parte de la sociedad española. ¿España es racista? Diría que sí, como también es machista, homófoba y transmófoba. Indeseables como la mujer que golpeó a Makon hay much@s; es una pena, pero es así. Presumen en redes sociales, se amparan en medios de comunicación abiertamente racistas y xenófobos y retroalimentan su odio, que es inversamente proporcional a la actividad neuronal de sus cerebros.

Por lo general, todas esas personas racistas están identificadas, se dejan ver, porque les gusta presumir de su tara mental agrupándose, incluso, en partidos políticos u organizaciones que disfrazan su mezquindad en mal llamados ‘Hogares Sociales’. Sí, esas personas son un problema, pero identificado.

Más problemáticos resultan l@s racistas camuflad@s, es@s que militan entre quienes se dicen no racistas pero que, en realidad, aún han de sacudirse unos cuantos vestigios racistas. Me refiero a esas personas que no dudan en afirmar que “yo no soy racista”, pero que les recorre un escalofrío por todo el cuerpo el día que su hija trae a casa un novio negro. Esas personas que si caminan por la noche por una calle poco transitada con escasa iluminación, se sienten más inseguras si quien camina detrás de ellas es alguien negr@ que blanc@.

Estas personas infiltradas también se dan en las otras facetas que mencioné antes: ya saben, la persona  que no es homófoba pero “que no me salga un hijo gay”. El que no es machista pero “cómo no le van a meter mano, si es que mira qué corta lleva la falda”.

Va siendo hora de ser honest@s con nosotr@s mism@s, juzgarnos y determinar qué somos realmente. Es un ejercicio tan complicado como recomendable, imprescindible hacerlo en primera persona porque, por lo general, cuando es el prójimo quien te saca los colores evidenciando el machismo o el racismo que te atraviesa, se adquiere una postura defensiva-ofensiva, en lugar de encajar la cruda realidad.

No tengan complejos para admitir sus complejos: porque el racismo, el machismo, la homofobia, transmofobia y el resto de taras no son más que reflejos de sus carencias.