Opinion · Posos de anarquía

Confidencias místicas al preso Oriol, por José Ángel Hidalgo

En algunas ocasiones he aprovechado este espacio para publicar pensamientos o reflexiones de terceros. Lo hago de manera puntual y, en esta ocasión, creo que merece la pena. Se trata  de un artículo que me envió José Ángel Hidalgo, el funcionario de prisiones que tanto escozor produjo en las altas esferas con la publicación de Los gatos de Estremera. Tras aquel artículo en CTX, en el que sentía “vergüenza democrática” por el papel que le habían obligado a jugar en el encarcelamiento de los líderes independentistas catalanes, Hidalgo fue llamado al orden por los inspectores de Instituciones Penitenciarias. Por ello, y ante lo que a mis ojos es una estrategia de intimidación y amenaza a la libertad de expresión, publico su nuevo artículo, que lleva por título Confidencias místicas al preso Oriol:

¡Lo humano, oh, es sobre el factor humano! Esa es la cuestión de la que quiero hablarte, querido Oriol.

Pero no debería hacerlo; como humilde funcionario de la prisión de Estremera no debo dirigirte siquiera la palabra, me atormento. ¡Un independentista¡ ¡Idea ominosa! Hube de renegar de ti en público, lo admito, aunque me sintiese por ello el hipócrita más grande del mundo, sí, porque aunque os detesto como idea, aún detesto más, con el doble de mis fuerzas, a esta derecha abominable que nos gobierna, y aún más, si cabe, a la que nos llega de recambio… Muerto Tiberio en clamorosa depravación, el feroz Calígula le sucederá: pobres romanos.

Pero hube de hacerlo, sí, gritarlo para evitar la represalia, el mordisco en carne blanda, venenoso, ¡sois la peste, Oriol, sí la peste independentista! Ahí quedó eso.

Y aun así, a pesar de haber renegado de ti cien veces más que Pedro, ¿por qué habría de renunciar a establecer contigo una roja conexión, casi mística? Bien tengo entendido que tú, que eres hombre bueno y preclaro, me comprenderás, que sabrás ser el ungüento que calme mi alma inflamada con el traqueteo de estos días. Sé que me perdonarás.

Quizás te pida demasiado, ¡encima!, pues no pierdo de vista que os he usado indecentemente, a los cinco gatos, casi que estoy por confesarlo.. y todo para un lucimiento literario, pecado, pecado… Pero créeme, Oriol, ojalá y caigan sobre mí de nuevo los golpes secos que me arrancaron a tiras la piel; ojalá y otra vez se redoblen los insultos y desprecios… ojalá y se cumplan los peores augurios.

Si será un honor, pues todo ese odio levantado como la silueta ominosa de una bestia en la noche, lo he sentido casi por momentos en éxtasis, como la realización de un sueño personal..  me ha sabido a poco, te lo he de confesar.

¡Se atreve un mísero funcionario a dar su opinión!…  y se empujaban pidiendo turno para insultarme

Qué maravilloso fresco fue todo ese griterío de horda trepanada, ¡The Walking Dead! ¡Se atreve un mísero funcionario a dar su opinión!…  y se empujaban pidiendo turno para insultarme, ¡mi sangre!, como cuando se desata esa furia blanca que se cree justa (y que es tan fea) a la salida del estadio tras la victoria, otra vez.

Pero me siento como un ser instalado con holgura en su demencia, intelectualmente superior. Esa es mi soberbia, y ese es el camino.. y he de empeñarme en él, medio loco, y por eso quiero hablarte y que me comprendas. ¿Quieres escuchar mis pequeñas cosas e inquietudes, de rojo a rojo, tendrás paciencia, me reconfortarás?

¿Sabes Oriol que de madrugada me acerco en moto a esta cárcel de Estremera, a trabajar?

Mira, salgo desde Madrid en dirección Sureste, por la A-3.

Qué hermoso es ver cómo se levanta la aurora sobre las vegas del Tajo; acaricio el lomo suave de la autovía kilómetro a kilómetro, avanzando con deleite sobre la curva casi femenina de su espalda; mi deseo siempre es que no acabe el pequeño viaje, es verdad, pues, a esas horas, me entusiasma el sol incipiente que con cautela remueve de pequeños afanes montes y cultivos, los agita de vida, poco a poco.

Con el sollozo melancólico del motor, se inquietan las tórtolas a mi paso entre las copas de los pinos, y saltan curiosos en las cunetas los conejos que viven en el encinar.

¿Ves tú Oriol ese renacer diario de las vegas del Tajo desde la celda? Si es así, tu alma, como sucede con la mía, se encabritará, lo adivino; es entonces cuando levanto la pantalla del casco, para que la brisa de la mañana entre a chorro por mi boca. Su frescura me embriaga con aromas sutiles a campos que se inundan sin pausa y al final se cansan de tanta labor.

Oriol, estoy seguro de que también aspiras esos perfumes desde tu ventana abierta, como si te fuera en ello la vida, como el último aliento de un hombre que no se resigna a vivir atrapado entre los barrotes de una trampa. ¿A que es un efluvio intensísimo a espliego y romero, a cosecha ya próxima, a savia que se derrama con la afilada cuchilla del labriego? ¿Te arrastra en trance el olor a grano húmedo, a río manso que se retuerce sobre la tierra fértil?

Lo humano, me digo entonces sobre mi moto, lo humano es la razón, lo que importa y me redime allí, dentro de aquella prisión, Estremera, tu perdón es lo que en realidad anhelo, sí, tu perdón inmerso dentro del Gran Perdón de todos los que allí aguardan encerrados, los más de mil dentro de la cárcel que ya veo en lontananza, amagada entre los brazos lentos del Tajo, la cárcel que araña con su perfil alto y afilado de cuarteles el regazo suave de la vega.

Poco a poco me aproximo, y siento como en delirio el sollozo ahora colérico del motor. Mira, ahí está, ¡el talego!, el tuyo, el mío, máquina asombrosa de precisión casi germánica, diseñada con cálculo y escrúpulo suficientes para que todo sea tragado sin dolor; es la cárcel de Estremera, y surgiendo de sus módulos atestados de inteligencias ya se puede advertir un zumbido agudísimo, el que producen todos los mundos que dentro de las celdas los más de mil imagináis.

Oriol, es tu cárcel, la mía, una máquina de pensamiento formidable capaz de concebir el apogeo de órbitas secantes tras la nocturna colisión. Tú no lo sabes, pero cuando uno la contempla desde la carretera de Valencia, oh, es que no deja de mirarla pasmado por su arquitectura de Escorial hecho con cuatro cuartos, sin oro de ultramar, unas formas que, como sucede con el espantoso monasterio, embelesan menos que afligen por la amenaza rectilínea de su poder.

La cárcel, ésta o cualquiera otra, es un matadero de ciudadanía, una fábrica de zombis a los que se les arrebata reflejos y capacidad de amar

Pero si la vieses de noche, ay, aún sería peor. Los potentes focos del perímetro te darían la sensación de avistar a lo lejos un escenario forense donde se analizan los restos biológicos, las pistas y señales de un crimen social inmenso que no cesa, la evidencia de una opresión de la que todos tenemos una parte alícuota de responsabilidad. Ah, sí, claro que sí que la tenemos. Tú también, Oriol.

Déjame que te abra mi alma roja, déjame por lo que más quieras que te explique, sí, escucha, que la cárcel, ésta o cualquiera otra, es un matadero de ciudadanía, una fábrica de zombis a los que se les arrebata reflejos y capacidad de amar; es un espantapájaros para que todos nosotros, vosotros, los hombres libres de afuera, aceptemos ser masticados sin pausa entre unas fauces olorosas, estas sí que criminales de verdad.   

Mira Oriol, ya sabrás, que está la cárcel a rebosar de pobres, de hijos de pobres y nietos de pobres, con lacra para toda la vida, heredada de antaño, a los que cuando estaban afuera no hicimos lo bastante todos para romper esa cadena febril de enfermedad social. La cárcel, sí, ese espantajo portentoso que asusta mucho para que todo vaya cayendo en los bolsillos de un solo pantalón.

¿Sabes que si tuviera las llaves del establecimiento te abriría las puertas de par en par para que corrieras en busca de tu mujer, de tus hijos, para que regresaras con ellos feliz a Barcelona, querido Oriol? Ah, pero no saldrías tú solo por sus rastrillos y portones, no, correrías acompañando a los más de mil; ¡todos fuera, libres, que este talego se quede vacío para siempre!

Que si pienso que vosotros, los cinco gatazos, sois presos políticos, me preguntaron unos señores a mesa fría. ¡Pero si los presos comunes no existen! Eso escribía Haro Tecglen (ay, qué gran personaje, rojo de verdad): “todos los presos son presos políticos”, sí, y todos en multitud en esa Jornada de Puertas Abiertas de Estremera, en ese día de la Gran Liberación, correrían entre carcajadas a enfilar la capital, irresponsables y hermosos con sus harapos al aire, bebiendo Jumilla barato, anunciando con vehemencia de seres inútiles que Madrid va a ser pronto entre risas ocupada, que pronto todo ese castillo de naipes caerá.

Y no habrá fuerza alguna que lo impida puesto que hay un funcionario loco que ha abierto de par en par el talego, que lo ha incendiado con la mecha de su palabra, un funcionario que tiene la extravagancia de no aceptar que la culpa de todos solo la paguen algo más de mil.

Eso, abrir las puertas de par en par, pienso yo, es ser de izquierdas, querido Oriol, y te pregunto, ¿cómo se puede ser rojo y pedir tan solo tu libertad? Es la redención de los pobres, no solo la tuya, la que hay que encontrar, exigirla en manifestación masiva, no con lazo amarillo, sino con uno de cristal de gran transparencia, casi invisible.

Metamos a los ricos en la cárcel, veinte más o menos por prisión, y pronto (con suerte y buen oficio en menos de una década) sus celdas quedarán ocupadas tan solo por ecos, óxido y arañas

Pero si es que además es un fácil objetivo: mira, metamos a los ricos en la cárcel, veinte más o menos por prisión, y pronto (con suerte y buen oficio en menos de una década) sus celdas quedarán ocupadas tan solo por ecos, óxido y arañas.

Se cumpliría así una ley científica, pero de una lógica aplastante, casi natural.

Entonces será el lazo invisible el símbolo de una humanidad redimida, sí, y por eso te pido que me ayudes, Oriol; olvídate del amarillo, no seas corto de miras y déjate de independencias: diluye tu demanda de Cataluña libre en el programa mucho más ambicioso de una Humanidad que en libertad vive y prospera.

Es lo humano, Oriol, el factor humano, sí, y no te haces una idea de lo que necesito tu concurso… porque es que además, yo solo, ¿qué puedo hacer? ¿No ves la falta que me haces? Tan insignificante les parezco que no dejan en mis manos ni las llaves de la cárcel… ¿cómo entonces a los más de mil os voy a liberar?

JOSÉ ÁNGEL HIDALGO, funcionario de prisiones, periodista y escritor, es autor de la novela Sal en los zapatos (Editorial Verbum), publicada en 2017.