Opinion · Posos de anarquía

Una Alianza Europea de Solidaridad

Proteger las fronteras. Siempre que escucho esa expresión referida a los flujos migratorios se me ponen los pelos de punta. Para poder proteger, debe existir una amenaza y quienes llegan a nuestras costas -si llegan- deshidratad@s, hambrient@s, débiles… tan sólo buscan ayuda. ¿Por qué continúa empleándose el lenguaje como si de una invasión se tratara en lugar del grito de auxilio que en realidad es?

La respuesta es sencilla: porque quiere trasladarse esa idea de amenaza, cuando quienes llaman a nuestra puerta son realmente los amenazados por las guerras, por la hambruna, por los conflictos por los recursos naturales, por el cambio climático que nosotr@s, el mundo más desarrollado ha provocado.

La minicumbre europea de ayer para abordar lo que han llamado el desafío migratorio utiliza esta terminología: proteger las fronteras. Aunque la cuestión sea compleja, abordarla teniendo claro que la solidaridad es la máxima debería resultar muy sencillo, pero no lo es. Entre las voces xenófobas como las de Italia y las que no terminan de mojarse desde una óptima humanitaria, miles de personas siguen muriendo en las aguas del Mediterráneo, vendiéndose al por mayor a Turquía o encerradas por el mero hecho de pedir ayuda a quien, en la mayoría de los casos, provocó sus problemas.

Debería ser muy fácil abordar un política migratoria europea común, pero no lo es y, así las cosas, yo apostaría por una Alianza Europea de Solidaridad. Todos aquellos Estados que todavía presentan un mínimo de humanidad deberían unirse y rebelarse contra la Unión Europea (UE). ¿Cómo? Muy sencillo, dándolo a los xenófobos donde más les duele, en el bolsillo.

Los Estados humanitarios, en los que tras el cambio de Gobierno quiero pensar que estaría España, habrían de constituir esa alianza, ayudándose unos a otros. Del mismo modo que los países que se quieren lavar las manos apuestan porque entre determinados países se llegue a acuerdos bilaterales o multilateriales únicamente en materia de migración o, lo que es lo mismo para esos Estados, “quitarse el marrón de esos muertos de hambre que nos invaden”, deberían extenderse esas alianzas en materia económica.

¿Se imaginan que los países de acogimiento se favorecieran fiscalmente frente a los que no son solidarios con las personas migrantes? ¿Que el hecho de que seas o no realmente un país solidario tenga efectos directos en tus relaciones comerciales? Obviamente, eso es un desafío a la misma esencia de la UE, pero también debería verse así la cuestión migratoria y se evalúa con diferente rasero.

Si el fascismo y la xenofobia quiere crecer en países como Italia, que lo haga, pero no beneficiándose de acuerdos económicos previos en el contexto de una UE, que no ha de tolerar esas posturas. Hacen falta en estos tiempos líderes con coraje que defiendan valores más solidarios y humanitarios. A veces uno tiene la sensación de que los únicos con agallas son los despreciables Trump o Salvini, que actúan siguiendo sus convicciones sin importarles la respuesta o aprobación del resto. ¿Acaso la gente de bien no tiene, si cabe, más derecho que estos malnacidos? Avancemos hacia nuevas alianzas humanitarias en las que la economía sea sólo un mimbre más del cesto, en lugar de alianzas económicas -como la UE- en el que la solidaridad apenas sí es tiene su espacio.